Paseo solitario por el campo

Un domingo, antes de regresar al tráfago,
él, o ella, o los dos -aunque es menos probable-,
salen a pasear, lentamente, sin meta
y sin niños, como paseaban de jóvenes.
Por una vez, no miran el paisaje. Dejan
que los pensamientos, como una mandarina,
se desgajen, rueden, tengan vida propia…
Giran, en derredor, un sinfín de sonidos:
los mirlos, las hojas mecidas por el aire,
los lagartos, el agua: solamente ruido,
voces huecas. Decir, nadie dice nada.
Él, o ella (o los dos) se hacen muchas preguntas.
La naturaleza no sabe, no contesta.

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