El pinar

Los pinos son hoscos, como un ama de casa
con problemas para acabar el mes. Tersos,
respetables, carecen empero de temple.
Como si fuera un simple martes de febrero,
en el pinar no cabe más que la sorpresa
banal y prosaica: esa imprevista nube,
el rastro de una liebre, un tejo aterido.
Y el color: un verde abotargado y sucio
sobre el que pespuntean cárdenos calveros.
Huele muy bien, huele a aire limpio y a piorno,
como está prescrito que huelan estos sitios.
¡Pinar inefable! ¡Tantos documentales
ya han recogido cuanto pueda decirse!

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