Un poeta contra la independencia

Acaba de cumplirse un siglo del nacimiento de Aimé Césaire. Martinica, la isla caribe en la que vino al mundo, formaba parte del sólido entramado colonial francés que representaba, por aquel entonces, el 8,4% del territorio habitado del planeta.

El colonialismo de nuestros vecinos, fiel a la visión política de la Revolución de 1789, era brutalmente centralista en su organización administrativa, culturalmente uniformador e inevitablemente paternalista. En ese contexto, Césaire nació siendo, en cierto modo, un privilegiado. Perteneciente por raza al escalón más débil de la masa social de Martinica, era sin embargo nieto del primer profesor negro de la isla. Su padre era también profesor y su madre, una costurera que sabía leer y que jugó un papel importante en la alfabetización de las mujeres.

De los seis hijos del profesor Césaire, Aimé es el único que consigue una beca para estudiar en París, donde llega con dieciocho años. En la capital de la metrópoli estudia primero en el Liceo Louis-le-Grand para pasar después a la selecta Escuela Normal Superior, donde se forma la flor y nata de la clase dirigente francesa. En esos años encuentra dos compañeros que serán esenciales en su devenir: el senegalés Léopold Sédar Senghor y el guayanés Léon Damas. Los tres nombres quedarán para siempre unidos en la creación de un concepto esencial para el desarrollo del pensamiento político y cultural del siglo XX: la negritud.

Más que un programa político

La negritud, por decirlo con simpleza wikipédica, es la culminación de la toma de conciencia de los negros asentados en territorios dominados por los blancos y, más específicamente, por los europeos. Pero se trata de una toma de conciencia que va más allá de la liberación de la esclavitud o del puro dominio político y económico. La negritud implica también la liberación cultural, la recuperación de las señas de identidad específicas de las diferentes culturas africanas arrasadas, el descubrimiento, por parte de los ciudadanos negros de las colonias, de nuevos modelos, de modos propios de crear, de pensar, de avanzar, de construir el futuro.

El movimiento puesto en marcha por Césaire, Senghor y Damas cuajó porque en el caldo de cultivo de los años treinta había ya un serio debate en el pensamiento europeo más progresista sobre el sentido del colonialismo. El marxismo jugó un papel determinante en esta reflexión, lo que no deja de ser paradójico, puesto que su triunfo reciente en Rusia iba a servir para construir una nueva forma de explotación de los pueblos tanto o más opresora, pero lo cierto es que, al menos en Francia, el discurso de Marx, a través de Sartre y de algunos otros pensadores del momento, ayudó a los jóvenes estudiantes negros parisinos a dar forma a su teoría.

Eran tiempos también de vanguardias y no conviene olvidar que nuestros tres protagonistas eran, tanto o más que activistas, poetas. La condición de poeta y revolucionario es bastante frecuente -Neruda, Cardenal, Alberti, Maiakovski-, así que no hay de qué extrañarse. Lo extraño es que a la larga la combinación funcione, porque lo usual es que los poetas sean unos pésimos políticos o que su búsqueda de las esencias termine alejándolos de la realpolitik de sus camaradas. Los poetas políticos suelen acabar mal y recuerden, por no irnos muy lejos, el último poeta español que se sentó en el Consejo de Ministros. No es esto así en los casos que nos ocupan.

Marxismo, surrealismo, una buena formación intelectual y una formidable red de contactos y apoyos convirtieron a Césaire, todavía muy joven, en uno de los líderes destacados de la oposición colonialista en Martinica. No solo porque tenía un discurso sólido contra el dominio colonial, sino porque también había articulado un consistente relato en favor del nuevo tiempo que los antiguos esclavos, dueños de su destino, estaban en condiciones de construir. La obra poética de Césaire -una de las más fascinantes escritas en lengua francesa durante el siglo XX- había arrancado ya con el inmenso poema Cuaderno de un retorno al país natal y su relevancia y modernidad habían sido saludadas por André Breton como una de las más audaces novedades de la joven poesía francesa.

Rechazo a la independencia

Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, el destino de Aimé Césaire parecía ya escrito. Se afilia al Partido Comunista precisamente en 1945 y forma parte del conglomerado de líderes en todos los países de la francofonía que lucha denodadamente por acabar con el dominio colonial. Son años duros, terribles, para países como Vietnam, Camerún, Argelia, Marruecos, que avanzan de manera imparable hacia su independencia. O como Senegal, donde su amigo Sédar Senghor encabeza el enfrentamiento con el implacable De Gaulle. Todo el mundo espera que Césaire, alcalde ya de la capital de la Martinica y con un escaño recién alcanzado en la Asamblea Nacional francesa, rompa con la metrópoli y declare la independencia.

No solo no lo hace sino que hace todo lo contrario: negocia con el gobierno francés una vieja reivindicación de algunos líderes criollos del XIX: el estatuto de departamento para la isla, es decir su transformación en una pieza más del territorio francés, al mismo nivel administrativo, para entendernos, que París, con su mismo estatus, con sus mismos derechos e incluso con más dinero, habida cuenta de sus componentes de insularidad y extraterritorialidad. La petición es insólita y atrevida porque supone exigir ciudadanía de pleno derecho para quienes hasta ese momento han sido súbditos de tercera división, pero De Gaulle se lo concede como se lo concede a Guayana, Guadalupe y Réunion, en un momento en el que necesita presentarse ante los franceses con algo más que un montón de fracasos coloniales.

Entre su amigo Senghor y él se abre un abismo. Para el que pronto será flamante presidente de un Senegal libre, la negritud solo puede plasmarse en oposición a Europa, abriendo un frente nítido contra los valores y la cultura de los opresores. Césaire en cambio piensa que ya no hay división posible, que las culturas se han entremezclado inexorablemente y que lo que ahora deben hacer los territorios explotados es recuperarse del expolio exigiendo a la metrópoli la devolución de cuanto se han llevado. Césaire tiene las ideas muy claras: una Martinica independiente es inviable porque carece de recursos propios suficientes y se encuentra sembrada de una inextricable red de corruptelas, ineficiencias y mala administración. Una Martinica independiente -por más que él estaba llamado a ser su presidente- estaría condenada a ser uno más de los pobres países del continente americano, un reducto del Caribe tan pintoresco como miserable, al modo de Haití. Martinica, piensa Césaire, necesita desarrollo y ese desarrollo debe pagarlo quien se lo arrebató: no hay mejor modo de cobrárselo que formando parte de él.

Fruto de este discurso insólito y atrevido, a contracorriente del pensamiento dominante, estos departamentos franceses de ultramar son hoy territorios de la Unión Europea en el continente americano, espacios ampliamente desarrollados en un entorno de calamidades y carencias, lugares donde el encuentro de culturas va más allá del folclorismo y donde la inversión tecnológica e industrial se mide en tasas europeas.

Aimé Césaire mantuvo la alcaldía de Fort-de-France y su escaño en París hasta pocos años antes de su muerte en 2008, lo que algo dice de la consideración política que le tuvieron sus conciudadanos. En el campo internacional, es un poeta conocido y ponderado. Sin embargo, la lucidez política que le hizo abandonar las posiciones independentistas de su juventud nunca ha sido reconocida como se merece.

(Este artículo apareció publicado por primera vez en el diario Vozpópuli el 3 de enero de 2014)

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Cobardía de baja intensidad

El joven dramaturgo dedicó los días previos a la ceremonia a cincelar su discurso. No era la primera vez que tenía que recoger un premio literario, pero este era el más relevante de su carrera y el primero que obtenía como escritor teatral. El certamen en el que había resultado ganador era uno de los más importantes de España y estaba convocado por una entidad financiera con sede en una de las capitales vascas.

Para el joven dramaturgo también esto era una novedad. Como poeta y como narrador había ganado premios en distintas localidades de Andalucía, en las dos Castillas, en Madrid, pero nunca en el País Vasco, y menos en aquella ciudad tan exquisita. La conocía, por supuesto, la conocía muy bien, y tenía en ella buenos amigos que asistirían a la ceremonia para que se sintiera arropado. Pero al joven dramaturgo no dejaba de producirle una rara aprensión la paradoja de un territorio en el que todo el mundo parecía desenvolverse con naturalidad y desenvoltura mientras que unos cuantos asesinos, respaldados por sus fanáticos seguidores, descerrajaban tiros y secuestraban ciudadanos con la misma naturalidad con la que el barrio viejo de aquella capital se tomaban chiquitos.

Las veces que el joven dramaturgo había viajado a aquella ciudad y a sus alrededores, unas veces por motivos profesionales, otras por ocio o por turismo, siempre había encontrado entre sus interlocutores un muro de silencio respecto a las acciones de aquellos asesinos. No estaba bien hablar de ello, era como de mal gusto, como de pésima educación. Se hablaba de política, sí, y se criticaba al gobierno –sobre todo al gobierno de la nación- y todo el mundo se quejaba de lo mal que iban las cosas. Pero de los asesinos no se hablaba.

Pocos meses antes de que el joven dramaturgo acudiera a recoger su premio, los asesinos habían declarado una tregua. Se comprometieron a dejar de matar durante una temporada, con el fin de demostrar su buena disposición hacia la concordia, hacia aquella concordia que ellos mismos habían laminado. Aquel anuncio fue acogido por las autoridades y por los medios con grandes alharacas, con mucha celebración, con sonadas expresiones de que la paz estaba cerca. (Alguien que hubiera visto aquello desde fuera, no lo habría entendido bien: qué paz, si no había ninguna guerra; por qué se aplaudía a los asesinos en vez de detenerlos… Pero este es otro asunto en el que ahora no vamos a meternos).

Y es cierto que los asesinos dejaron de matar, pero sus seguidores más jóvenes, aquellos que aspiraban a ser como ellos cuando llegaran a mayores, se dieron –impulsados por los mismos asesinos- a emularlos en las calles de un modo extremo pero también siniestro: quema de coches, vuelcos de autobuses, rotura de escaparates, destrozo de mobiliario urbano… Es lo que se vino a llamar “terrorismo de baja intensidad”, y los medios ponían el acento en la palabra “baja”, eludiendo casi del todo la relevancia del sustantivo. Había terror, sí, pero no había cadáveres, así que todo el mundo estaba tan contento, casi eufórico.

También el joven dramaturgo, que se dejaba llevar por el discurso oficial y generalizado. Así que, cuando preparó el suyo, pensó que aquel nuevo clima era idóneo para pronunciar unas palabras emotivas, cívicas, relativamente valientes y conmovedoras, con las que invitar a todos a reunirse en el concierto ciudadano. La obra con la que el joven dramaturgo había ganado el certamen era un drama político, fuertemente comprometido e incluso un punto polémico, de modo que se sentía perfectamente legitimado para introducir en su discurso un leve encaje con la actualidad. Leve, desde luego, y bien inoculado de ironía, porque bien sabía el joven dramaturgo que el mejor modo de no correr riesgos es meter distanciamiento irónico en cualquier toma de posición.

Le quedó muy bonito el texto, que retocó en el avión y volvió a retocar en el hotel, por la noche, y en la mañana misma del acto, mientras desayunaba. Vinieron por fin a recogerlo. Lo acompañaron –maravillosa mañana de primavera, caminando por el paseo marítimo, junto a una de las playas más hermosas del mundo- hasta las instalaciones municipales donde se celebraba el acto. Pasaron al joven dramaturgo a una salita donde se encontraban otros galardonados: el de poesía en castellano, el de poesía en euskera, el de teatro en euskera…, puede que alguno más que él no acertó a ver, porque el joven dramaturgo solo estaba para sí mismo y su discurso.

Una persona de la organización les pidió que esperaran. Al cabo de unos minutos, llegó alguien importante, alguien de la entidad financiera que sostenía aquella juerga. Los saludó muy amablemente, les explicó cómo iba a transcurrir aquello, les describió el protocolo básico, y finalmente, tras una pausa medida, con un tono muy tajante y mirando a cada uno a los ojos, dijo algo parecido a lo siguiente:

-Mirad. Por último os quiero decir lo más importante. No es necesario que soltéis ningún discurso. Nos os lo vamos a prohibir, naturalmente, pero os aconsejamos que no lo hagáis. Es un acto muy largo, donde va a hablar mucha gente, y vosotros sois muchos, así que es mejor que no habléis. Cuando se os nombre, subís, saludáis, recogéis el premio y, en el atril, ante el micrófono, dais las gracias y os volvéis a vuestro sitio… Si alguien quiere decir algo más… no podemos impedírselo, pero es mejor que no.

El joven dramaturgo tenía su papel en el bolsillo de la americana, y la mano en el bolsillo. El texto hervía, le saltaban las letras entre los dedos y las palabras bailoteaban. El hombre calló, y de nuevo los miró uno a uno, a los ojos, inquiriendo dudas o demandas. Nadie dijo nada.

El acto empezó. Habló el alcalde, habló el presidente de la entidad financiera, habló alguien más, seguramente, porque en efecto, el acto era interminable. Cuando el joven dramaturgo escuchó al fin su nombre y la invitación a subir al estrado, aún no sabía qué hacer. Con el papel pesándole en el bolsillo como una bola de acero, recibió el trofeo, estrechó manos, se dirigió al micrófono, dijo con voz firme “muchas gracias” y regresó a su sitio.

 

Cuando el fútbol era un deporte

Darle patadas a una pelota es actividad que se remonta a los comienzos de la civilización. Sobre la base de algún antecedente más o menos pintoresco, cualquier nación actual puede intentar hacerse con la paternidad del fútbol moderno, pero lo cierto es que fueron los británicos, a lo largo del siglo diecinueve, los que de verdad hicieron el trabajo y lo culminaron brillantemente.

Los antecedentes los habían puesto en las islas británicas las legiones romanas de Julio César y durante toda la edad media y la edad moderna el pueblo llano se había distraído con variedades bastante bruscas del golpeo de pelotas y adversarios. Cómo sería la cosa que, en tiempos tan broncos como aquellos, hubo intentos incluso de prohibir estos juegos, pero sin éxito.

Jugar entre varios con un objeto esférico golpeado con los pies tiene varias ventajas: es una forma barata de ocio, es una manera fácil de hacer ejercicio, muy necesario para quien no lo practica en su vida ordinaria, y es un buen modo de fomentar la camaradería. Estas ventajas las tuvieron tan claras en las escuelas secundarias y en los colleges británicos que todos ellos terminaron por desarrollar fórmulas propias de practicar este deporte.

Fútbol asociación

Al principio hubo tantos tipos de fútbol como escuelas. El desarrollo industrial vino en ayuda de su unificación porque el ferrocarril acortó las distancias y permitió que las diferentes escuelas pudieran competir. Esto era esencial para impulsar el factor de identificación del grupo, así que todas lo fomentaron. Pero durante un tiempo la situación era tan absurda que, cuando dos equipos se retaban, tenían que echar largas horas de negociación para determinar las reglas de cada partido.

Hay una fecha esencial. Entre el 26 de octubre y el 8 de diciembre de 1863 se realizaron seis reuniones en la Taberna Freemason’s a la que asistieron doce clubes de distintas escuelas de Londres. Se trataba de fijar unas reglas definitivas y de crear un órgano que regulara su cumplimiento. El acuerdo se alcanzó y se creó la Football Association –término que le diferenciaba de otros formatos en vigor-, aunque la prohibición expresa de los placajes y algunos otros detalles hicieron que uno de los clubes abandonara para impulsar la Rugby Football Union, el máximo órgano del rugby inglés. Desde entonces, esta escisión ha pesado para siempre en la dicotomía de “un deporte de caballeros practicado por salvajes y un deporte de salvajes practicado por caballeros”. Adivinen cuál es cuál y desde qué lado se pronunció la frase.

Hay que entender algo para poder seguir. En el fútbol inventado por los escolares británicos victorianos ganar no era lo importante: lo importante era cohesionar el grupo y practicar el fair play, los dos valores esenciales sobre los que los ingleses terminaron por construir un imperio. Obsérvese lo que decía al respecto un diplomático español de la época (entendiendo a este respecto que “español” y “época” son dos términos que producen bastante melancolía):

El deporte representa en Inglaterra el más avanzado y eficaz de los métodos pedagógicos. Veamos cómo en un partido de foot-ball, pongamos por caso, se advierte a los jugadores que en el equipo, lo mismo que en la vida, lo que menos interesa son los alardes individuales, el exhibicionismo fanfarrón, incluso cuando sea fruto de excelentes cualidades futbolísticas. Lo que hace falta, lo mismo en el deporte que en la vida pública, es el espíritu de equipo, de colaboración, sacrificando la brillantez personal a la eficacia colectiva.

Esta férrea voluntad de fair play se reflejó desde el primer momento en las reglas, pensadas por lo general no para hacer el juego más vistoso ni para conseguir más goles (de hecho, los marcadores eran ridículamente bajos en los inicios del fútbol) sino para garantizar la limpieza del juego, la igualdad de oportunidades y la cohesión del grupo.

El fuera de juego

El caso de la regla del fuera de juego es especialmente clarificador. El fuera de juego se creó para evitar que nadie se colocara en la portería contraria descaradamente y esperara allí sin esfuerzo la llegada del balón. Era una medida pensada para evitar la trampa y el escaqueo. En una primera formulación, la regla exigía que, cuando un jugador estuviera en posesión de la pelota, ninguno de sus compañeros pudiera posicionarse por delante de esta. Ello obligaba a pasar el balón únicamente hacia atrás y dificultaba hasta extremos absurdos la llegada a la portería contraria. De modo que, pronto, el organismo regulador del Football Association cambió la regla para dejarla en que el fuera de juego se comete cuando entre el último jugador sin balón y la portería contraria hay menos de tres jugadores del equipo que defiende. Esta regla, que luego redujo a dos el número de jugadores y como tal se ha mantenido hasta la actualidad, define la esencia del fútbol tal y como hoy lo conocemos, porque es la que permite que los jugadores se interrelacionen en el campo con una mezcla fascinante de fuerza y de pericia.

Una vez convertido el fútbol en el fenómeno de masas que llegó a ser a lo largo del siglo XX, los británicos han sido poca cosa en el escalafón mundial, entre otras razones por su admirable empeño de mantener independientes las cuatro federaciones correspondientes a las naciones integradas en el Reino Unido. Solo Inglaterra tiene un cierto nivel y su liga y sus clubes se codean con lo mejorcito de la Europa continental. Como selección, Inglaterra tuvo su momento de gloria en 1966 cuando ganó su propio Mundial con un fútbol ejemplarizante de las lecciones fundacionales sobre las que había creado este espléndido juego.

Después vinieron los Havelange, los Villar, los Florentinos y toda esa caterva interminable que ha hecho del fútbol un lamentable espectáculo de egolatría y despilfarro y que ha conseguido convertirme en un exaficionado. Pero eso ya es otra historia.

(Una versión algo diferente de este artículo fue publicada en el diario Vozpopuli el 20 de junio de 2014)

 

Nota sobre “El joven papa”

Uno se enfrenta a El joven papa con una mezcla de fascinación y reticencia, y esa intersección de sentimientos se mantiene durante los diez capítulos de la serie hasta que se alcanza a entender de qué va la cosa.

En un primer momento asombra que este producto peculiar de la HBO no haya provocado ningún tipo de escándalo, ni condena, ni rechazo por parte de la muy sensible Iglesia Católica. El Vaticano, y sus representantes en el resto de la Tierra, suelen tomarse muy a mal las críticas que se les hacen, y al amparo del respeto que al parecer merecen las creencias religiosas –particularmente las suyas- tienen una facilidad pasmosa para descalificar a cualquiera que se permita acusar a alguno de sus miembros de cualquier menudencia. No digamos nada del intento de someter a escrutinio público a su primer ejecutivo, que, amparado en su condición de vicario de Cristo, elude con una soltura inimitable el juicio político que le correspondería en su condición de Jefe de un Estado pequeño pero influyente.

Pues esta vez no. Esta vez la Iglesia no se ha rasgado la sotana ante una ficción que en su arranque resulta directamente blasfema, en la medida en que parece una permanente “expresión injuriosa contra alguien o algo sagrado”, por ceñirnos a la estricta, aunque floja, definición de la RAE.

No sé si están ustedes al corriente de la trama, que les resumo en dos patadas evitando en la medida de lo posible incurrir en pecado de espóiler.

Un papa excéntrico

Como consecuencia de esas carambolas que al parecer ocurren en los cónclaves, los cardenales han elegido papa, de forma sorpresiva, a un cardenal muy joven (no ha cumplido aún los cincuenta), norteamericano, fumador y excéntrico, que se sienta en la silla de Pedro con el nombre de Pío XIII, y de tal guisa nos lo encontramos cuando la serie comienza.

Para que quede claro de qué va el personaje, los créditos se presentan en una secuencia en la que el joven papa pasea por los pasillos vaticanos de forma muy desenvuelta hasta que en un punto derriba la estatua, sobrecargada y tétrica, de san Juan Pablo II: toda una declaración de intenciones.

En efecto, el tal Pio XIII es la antítesis de sus supuestos antecesores. Es frívolo y dogmático, misántropo y egoísta, autoritario y ciclotímico. Un hombre cargado de traumas infantiles, que proyecta en sus decisiones las carencias emocionales de una maduración mal resuelta.

Es además, medio ateo, es decir, en unos capítulos cree en Dios pero en otros lo pone en duda y en algunos manifiestamente expresa su incredulidad absoluta.

Y la Iglesia, sin reclamar la hoguera para semejante serie. ¿Dónde está la trampa?

La trampa Sorrentino

La trampa está en la habilidad del director, Paolo Sorrentino, para hacer malabarismos y salir indemne.

Sorrentino es un extraordinario director. No he visto ninguna de sus películas, ni siquiera La gran belleza, que se me atragantó de tanto aplauso previo, pero en El joven papa demuestra que tiene una capacidad hipnótica para captar imágenes y unas prodigiosas facultades para hilvanarlas con un hilo narrativo magistral. Sorrentino sabe hacerse con el espectador, sabe llevárselo a su terreno y fascinarlo. Sorrentino aporta –una vez que se le perdona cierta querencia a la cursilería- una nueva forma de narrar, eficaz y sorprendente.

Es, además, provocador. Sabe epatar cuando es preciso, arranca una sonrisa en los momentos tensos, crea tensión cuando no se espera.

Dirige a los actores extraordinariamente. (Que Dios me perdone lo que voy a escribir, pero hasta Javier Cámara me parece bueno).

Y la belleza de las imágenes, el tratamiento de la luz, la exactitud de los encuadres asombran por su calidad.

Una macedonia mal resuelta

Y todas estas virtudes, ¿para qué?

Pues para marcarse una presunta reflexión sobre el poder, sobre la trascendencia, sobre el perdón y la misericordia, sobre el pecado y la culpa, sobre el amor y la venganza, sobre el ser y la nada, que termina por convertirse en una macedonia mal resuelta de presuntas reflexiones profundas que no llevan a ninguna parte.

A mí, qué quieren que les diga, el guion de El joven papa me ha parecido escrito por Rodríguez Zapatero: un aluvión de buenismo infestado de frases huecas pretendidamente profundas.

Anoté algunas al vuelo: “Amo a Dios y a la ausencia de Dios, pero siempre de forma firme y decidida”. “El poder es una banalidad pero hay que ejercelo”. “La ficción nos cambia”. “Los que creen en Dios no creen en nada”.

Y así a lo largo de diez densos capítulos en los que no me quedó más remedio que descabezar algún leve sueñecito.

(Espóiler) A todo esto, Pio XIII, a medida que la ficción avanza, va demostrando que es más bueno de lo que parecía y más creyente de lo que le gustaba decir, y termina haciendo milagros y siendo querido por todos, en medio de un vacío conceptual que ya quisieran para sí los más acendrados amantes del budismo zen.

Todo lo cual me ha llevado a entender por qué la Iglesia no ha rechistado, pese a los aparentes ataques al status quo que la serie anuncia en su inicio y que finalmente no resultan otra cosa que levísimos pellizcos de monja muy apropiados para el caso.

Al final, Pio XIII y Francisco I coinciden: formas nuevas para decir lo de siempre. Sorrentino juega a enfant terrible cuando en realidad añora a la Democracia Cristiana. Vaya por Dios.

Anuncian segunda temporada, con otro papa y otro enredo: como ya he pillado la trampa es posible que la vea. Pero sin sonido.

Tabarca: una historia española

Si se acercan ustedes por Alicante o Santa Pola encontrarán en sus respectivos puertos una generosa oferta para ir a la isla de Tabarca, un reducido espacio de 30 hectáreas, que en el último censo disponible, el de 2015, contaba con 59 habitantes.

Tabarca, más un islote que una isla, separada del continente por poco más de cuatro kilómetros, es la única habitada de la Comunidad Valenciana y, más allá de su actual interés turístico, indiscutible, cuenta con una historia apasionante, una bella y triste metáfora del país al que pertenece.

Cuando nos gobernaban los ilustrados

Hasta comienzos del siglo XVII, la isla ni se llamaba Tabarca ni contaba con habitantes. Se conocía como Isla Plana, había sido utilizada por unos y por otros en las continuas luchas por el control del Mediterráneo y más de un monarca o gobernante le había dado vueltas a instalar allí una fortaleza que protegiera la costa levantina de las incursiones enemigas.

Por fin, con Carlos III en el trono, la idea del emplazamiento militar toma forma –los turcos y los piratas berberiscos estaban muy pesados, pese a que aún no existía la foto de las Azores- y en 1760 se ponen a la faena.

Aquellos eran años de gran impulso político en España. El conde de Floridablanca presidía lo que hoy calificaríamos como el primer gobierno progresista de nuestro país, y pululaban en él, en distintos cargos y posiciones, gentes como Pedro Rodríguez de Campomanes, Pedro Pablo Abarca de Borea, más conocido como el conde de Aranda, Pablo de Olavide y otros cuantos así, un ramillete de jóvenes políticos e intelectuales empeñados en reformar nuestro atrasadísimo país sobre la base de los principios de la Ilustración francesa.

Precisamente el conde de Aranda era gobernador de Valencia cuando se inician las obras de la fortificación de Isla Plana y, coincidiendo en el tiempo, se produce un extraño suceso en el que conviene detenerse.

Apenas a trescientos metros de las costas tunecinas, una pequeña isla llamada Tabarka pertenecía a la República de Génova, entonces adscrita a la Corona de Aragón. La isla estaba habitada por unos centenares de ligures –una etnia muy particular de orígenes remotos y de la que hablaremos otro día-, hasta que en 1741 el sultán de Argel invadió la isla y sometió a la esclavitud a las 69 familias que la habitaban.

Ciudadanos españoles, al fin y al cabo, la esclavización de los ligures genoveses fue un conflicto diplomático y militar que se prolongó durante más de veinte años. Cuando en 1768 se consigue su liberación, el conde de Aranda tiene la gran idea de hacer en Isla Plana un proyecto similar al de Nuevas Poblaciones que Olavide está ya empezando a desarrollar en Sierra Morena y que ya se había implantado en otras zonas del Nuevo Mundo: una propuesta urbanística, económica y social de asentamiento de inmigrantes a los que se les dotaba de unas condiciones óptimas para que mejoraran ellos mismos y su entorno.

Nace Nueva Tabarca

La isla se bautiza como Nueva Tabarca y en ella se instalan unos seiscientos ligures en un pueblo construido por el ingeniero Fernando Méndez de Ras sobre la base de las propuestas urbanísticas de la mejor Ilustración: limpieza, orden, espacio…, nada que ver con la cochambre y la miseria de los asentamientos rurales del Antiguo Régimen.

Que la isla no tuviera agua potable ni recursos naturales de ningún tipo no pareció asunto que preocupara a los inspiradores de la iniciativa. Con la generosidad que el Estado muestra siempre para sus grandes proyectos, los pobladores de Nueva Tabarca se vieron abastecidos por buques de la Armada que, desde Alicante, les proveían sin reparos de agua, de enseres y de alimentos. Se les adiestró en oficios variados y se les proveyó de las herramientas e instrumentos para ejercerlos, confiados en que poco a poco conseguirían cualificación, productos y mercado para salir adelante por sí mismos.

Apenas nueve años después, una comisión enviada por la Corona ya constata que el modelo no funciona. La agricultura no tiene modo de prosperar en aquella tierra áspera, seca y batida por el viento, y los intentos de consolidar oficios se muestran inútiles, puesto que no hay nadie a quien venderle nada. La pesca es el único recurso para una población que empieza pronto a desanimarse y, en la medida en que le es posible, a pasar al continente.

Con el final del siglo, además, el mapa geopolítico cambia. El Imperio español firma la paz con otomanos y bereberes, con lo que el control del Mediterráneo deja de ser una prioridad militar, los ilustrados españoles empiezan a ser mirados de reojo a la vista de las noticias que llegan de Francia, y las arcas del Estado, que nunca han sido boyantes, se resienten más de la cuenta. ¿A quién le importan entonces los trescientos lugareños perdidos en un pedregal inhóspito y aislado?

A partir de aquí, la de Tabarca es una historia de abandono, miseria y desinterés por parte del mismo Estado que antes la había situado entre sus prioridades estratégicas.

Solo el despegue turístico de la costa levantina, en los años setenta del pasado siglo, dio solución a la isla y a sus habitantes. Hoy, sus 59 vecinos viven, y viven bien, gracias a los turistas.

Y supongo que para sus adentros rezan a los dioses ligures para que el Estado no se vuelva a acordar de ellos.

 

Charlatanes

Tengo pocas ganas de salir a la calle.
No por el calor, o no solo por eso.
Cotorreos. Bobadas. “Estas vacaciones
han sido…”. Sandeces. Las palabras avanzan
antes de ser pensadas. “Mi opinión, si quieres
que te diga…”. No quiero, en absoluto. Tengo
que encontrar la manera de hacer que se callen
o la manera al menos de que no disloquen
con sus gritos el terco transcurrir, el seco
gorgoteo. Nadie avanza pero nadie
se para: como hojas que no se recogen.
“Mi opinión, sin embargo…”. No quiero saberla,
así que es muy probable que me quede en casa.

El enigma de la tumba de Joseph Brodsky

Tengo pasión por Joseph Brodsky. Inmenso poeta, admirable traductor, riguroso ensayista, fue más que todo eso: fue un hombre que se alimentaba de palabras y que con ellas construía su recorrido vital en busca de la verdad definitiva.

Se alimentaba, para ser exactos, de palabras y de cigarrillos.

Con una vida basculada, geográfica y sentimentalmente, entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, la relación de Brosdsky con Venecia fue muy extraña. Llegó a la ciudad en una Navidad cualquiera, cuando ya vivía exilado en Nueva York, invitado por un improbable amigo. Aquella visita resultó fallida y desagradable pero la ciudad lo fascinó de tal modo que viajó a ella las diecisiete navidades siguientes, sin perder una. Nunca conoció Venecia con calor, ni siquiera, creo, con esa luz incierta de primavera nueva que la hace tan hermosa.

Nunca vivió en Venecia: fue apenas un visitante, poco más que un turista.

Fruto de aquellos diecisiete años de extraña indagación en las arterias venecianas es el libro Marca de agua, un prodigioso ensayo, brevísimo y condensado, en el que, bajo el influjo de la ciudad de los canales, y usándola de pretexto, Brodsky despliega su visión de la vida y del arte, su ética y su estética, para él sinónimos.

Cuando, con poco más de cincuenta años, su corazón reventó en Nueva York, tal y como había predicho que ocurriría, pidió ser enterrado en Venecia, en el cementerio de la isla de San Michelle, ese capricho napoleónico que añade a la ciudad uno más de sus fascinantes rincones.

Bolígrafos o cigarrillos

Cuando hace unos meses visité el territorio mágico de Vivaldi, incluí San Michelle en mi ruta. Siempre visito los cementerios de las ciudades por las que paso, porque la arquitectura y el urbanismo funerarios son un buen reflejo de la sociedad en la que se insertan, de su visión del arte y de la vida, de su manera de ser. Pero además, en este caso, estaban Brodsky y Ezra Pound y suelo acercarme a las tumbas de los buenos escritores por si consigo que me contagien algo de la calidad de su prosa.

No fui capaz de encontrar la tumba de Pound, pese a la existencia de algunos voluntariosos carteles. Lo sentí: el autor de los Cantos tiene una bien ganada mala fama por su fascismo irredento y su pésima cabeza, pero todos le debemos algún buen poema, una excelente labor crítica y, por encima de todo, el descubrimiento de Eliot, la cumbre poética del siglo XX. Me encomendé a su recuerdo.

Sí encontré, en cambio, la modesta tumba de Joseph Brodsky. Nada del otro mundo: austera pero cuidada, con textos en inglés y en ruso proporcionando la información escueta y necesaria: nombre, fechas, esas cosas.

Y al pie de la tumba, algo arrugados, con manchas de humedad y sucios, pero perfectamente reconocibles, un puñado de cigarrillos, depositados acaso por varias manos en distintos momentos pero todos con cuidado, con orden, de forma homogénea.

El tabaco, para Brosdsky, lo había sido todo. Había fumado incansable y compulsivamente y algo había tenido que ver con su prematura muerte, más allá de su congénita cardiopatía.

Todo hubiera quedado ahí, en esa curiosa anécdota, de no ser porque días después, indagando en las hemerotecas al hilo de la visita, me encontré con este artículo de Jorge Carrión. En él, el escritor catalán rememora un viaje similar al mío y una visita a San Michelle parecida a la mía –él tampoco encontró la tumba de Pound-, pero cuando habla de la de Brodsky se refiere a ”la sepultura en la que algunos visitantes depositaron lápices y bolígrafos formando un ramillete de utensilios de escritorio”. La mención me dejó perplejo. Donde yo había visto cigarrillos, Carrión había visto bolígrafos. No podía ser, tenía que tratarse de un error de apreciación mío. Por fortuna, había sacado fotos: las comprobé, las amplié, las escruté con cuidado: eran cigarrillos, sin lugar a dudas.

¿Qué había sucedido? Solo hay dos posibilidades: o Carrión no percibió bien los objetos –me extrañaría, pero cabe pensarlo- o alguien, en algún momento, ha pegado el cambiazo y ha pensado que Brodsky se sentiría mejor con la compañía del tabaco.

¿Alguien tiene respuesta a este enigma?

 

Ha cerrado bez.es

Bez era un buen periódico y, además, sus dos directores son amigos míos. Así que nada puedo decir, sino que lo siento enormemente. Porque mezclar el análisis con la amistad no da buenos resultados.

Es además costumbre generalizada escribir, en estos casos, que el cierre de un periódico es siempre doloroso. Bueno, sí, de algún modo: como el cierre de una mercería o de una fábrica de churros. Cualquier cierre es siempre doloroso (despidos, pérdida de riqueza), pero a mí no me apenó nada la desaparición de El Alcázar, por ejemplo, y eso que trabajaba allí un buen amigo mío. Como siempre, cuidado con las generalizaciones.

Los motivos del cierre de bez los han explicado ellos mismos con lucidez y claridad: aún están ahí colgadas sus dos piezas de despedida, como toallas al sol, y sería una necedad repetirlas. Basta con ir a ellas.

Lo que pasa es que más allá de esta circunstancia concreta, conviene darle una pensada a lo que está pasando con los medios, fanés y descangayados casi todos ellos y con poca perspectiva de futuro.

Una bobada, claro, eso de que internet y las redes sociales están acabando con los periódicos. De acuerdo con esa lógica simplista, internet debería estar acabando también con los comercios, con los supermercados, con los lugares de ocio y esparcimiento físico, con las artes plásticas y visuales, con los restaurantes y hasta con el transporte por carretera: todo eso lo ha transformado, pero no solo no ha acabado con ello sino que lo ha potenciado.

También los periódicos. Internet ha terminado con un modelo de periodismo clásico pero ha abierto las puertas a otro que ya tiene algunos modelos exitosos nacidos gracias a la red.

Estamos en plena transición de un modelo a otro, y de ahí tanta convulsión y tanto lío. Pero a mí no me cabe duda de que una sociedad compleja como la nuestra necesita instrumentos y profesionales que nos informen, a los ciudadanos de a pie, de cuanto nos rodea. Y eso es periodismo.

No hay que darle muchas más vueltas: terminaremos dando con la fórmula (algunos ya están dando con ella).

Y lo único que conviene, siempre, en los fracasos, en cualquier fracaso, es ser muy autocrítico y preguntarse qué ha fallado. Puede que el entorno tenga mucha culpa, pero puede que dentro también haya alguna responsabilidad.

Y no lo digo por mis amigos Juan Zafra y Braulio Calleja, que saben analizar las cosas con rigor y extraerán las conclusiones oportunas para afrontar el próximo reto, sino por algún elemento que al rebufo del cierre de bez se puso a escribir tonterías. Y, lo que es peor, falsedades.

Así no hay manera de relanzar el periodismo.

Poetas andaluces de hace poco

En los primerísimos ochenta tuve la fortuna de ser galardonado en uno de los premios andaluces más renombrados de entonces y tal honor me dio pie para conocer y tratar en años sucesivos a un buen número de poetas de aquella región. Conocía bien el poema que Rafael Alberti había escrito en 1953 reclamando poetas andaluces de ahora y aquella inmersión me dio la tranquilidad de comprobar que la proclama de nuestro marinero en tierra había sido escuchada. Después, por esas cosas de la vida, he perdido contacto con todos ellos –y por eso los referiré en pasado, pese a seguir todos, por suerte, vivos y en activo-, pero conservo un buen recuerdo, alguna sabiduría y la convicción de que, siendo todos bien distintos en calidad y estilos, los unía, y seguramente los une, el rasgo común de su andalucismo.

Uno de los primeros que conocí fue el poeta cordobés Manuel de César, el más joven exponente del grupo Cántico, impulsor de un sinfín de iniciativas culturales y literarias en su comarca y cocreador del premio de poesía Ricardo Molina. De Manuel he leído poco, porque él es de poco escribir y de menos publicar, pero me ha parecido siempre que su poesía es un fiel trasunto de sí mismo: breve, melancólica, mohína, una como ensimismada búsqueda juanramoniana de la palabra exacta.

En el extremo opuesto, al menos aparente, se encuentra Pedro Rodríguez Pacheco, con el que compartí caseta de firmas en una feria del libro de provincias. Esto fue hace muchos, muchísimos años, y me asombraba entonces qué capacidad, la de Rodriguez Pacheco, de hacerse con el público a base de dedicatorias vibrantes y frases acertadas. Nunca se me han dado bien ninguna de las dos. Al contrario que Manuel de César, Rodriguez Pacheco ha ido acumulando durante años una obra ingente y sólida, dicho sea esto último valiéndome de las distintas acepciones que la Academia le concede a este adjetivo. No me disgusta cuando lo leo, aunque tengo la sensación, dios me perdone, de leer siempre lo mismo.

De tarde en tarde me reencuentro con la figura insólita y extravagante de Pablo del Barco, sevillano, profesor, editor y estudioso de las vanguardias. Vanguardista él mismo, admiré en él, cuando tuve el honor de conocerlo, su atrevimiento formal en un tiempo y un espacio en el que los poetas andaluces se aferraban al endecasílabo como a un tinto de verano en pleno ferragosto. La vanguardia de Pablo, cuando uno profundizaba en ella, tampoco daba para mucho pero al menos era honesta. Editaba a gente joven y necesitada –a mí nunca me consideró ninguna de las dos cosas- en formatos atrevidos y ediciones raras. Estaba siempre enfadado, pero eso lo entiendo: ni siquiera entonces era fácil nadar contracorriente.

Sevillana era también María Sanz, de la que siempre admiré su sosiego y su modestia. Hace tiempo que no encuentro nada suyo, pero la he visto mantenerse en un buen tono de poesía personalista y mística, introspectiva y refinada, sostenida sobre buenas lecturas y sobre mucha honestidad intelectualidad. Hablamos un par de veces por teléfono, al hilo también de algún premio literario, pero no nos vimos nunca.

Tampoco he conocido personalmente a Javier Salvago, pero he convivido con él y con su poesía durante tantos años que parece como que sí. Quien se haya movido en los círculos de la poesía de la experiencia ha tenido que rendir pleitesía a este maestro del prosaísmo, uno de los tipos más capaces que conozco de decir cosas interesantes del modo más llano y más vulgar. Si Salvago se hubiera propuesto ser Góngora nunca lo hubiera conseguido: su acierto ha sido no proponérselo ni por asomo. Y su poesía sigue manteniendo una vigencia sorprendente.

No cabe decir lo mismo del que fue, sin duda, el gran líder de la poesía de la experiencia en su vertiente andaluza. Al granadino Luis García Montero lo empecé a leer y a admirar cuando los dos éramos unos críos y los dioses premiaron mi devoción y mi entrega cuando el gran poeta, ya sobradamente consagrado, leyó un poema mío en una televisión pública. El poema no era malo –quizá un poco ingenuo, solamente-, de manera que no tengo motivos para avergonzarme si un día lo encuentro circulando por ahí. En cuanto a Luis, bueno, todos nos hacemos mayores…

El también sevillano Pedro Torres Curiel hubiera podido llegar muy lejos de no ser por su perfeccionismo rayano en lo obsesivo y por su pesimismo hipocondriaco. Profesoral, analítico, obcecado, más que escribir poemas los cincelaba, y ya se sabe que trabajar sobre mármol lleva mucho tiempo. Visto con distancia, echo de menos en su poesía de los años en que nos tratamos algo más de riesgo formal y algo menos de clasicismo impostado. Pero era bueno, Pedro, muy bueno. Y tiene publicada una novela, Bajo la absolución de los árboles, que alguien con criterio y capacidad debería ocuparse de rescatar del olvido.

Pero mi ídolo, de entre los poetas andaluces que he tenido la fortuna de conocer, no es andaluz sino extremeño, aunque sus largos años de residencia en Sevilla le han proporcionado la pátina y la legitimidad suficientes para figurar entre ellos. José Antonio Ramírez Lozano es un caso admirable: casi sesenta libros publicados, la mitad poesía y ficción la otra mitad, escritos todos ellos sobre dos premisas a las que ha sido fiel toda su vida: el juego con las palabras y la imaginación aplicada a lo cotidiano. La clave de Ramírez Lozano, tal como a mí me ha parecido siempre, ha estado en no tomarse nunca nada en serio: no me refiero a la vida, que eso es bastante fácil, sino ni siquiera a sí mismo, a su papel de escritor, al tinglado este, tremendo y engolado, de la literatura y sus mundos. José Antonio ha escrito como quien respira y, como los que practican yoga o pilates, ha respirado muy bien, con hallazgos envidiables a los que ha sabido darles la importancia justa. Hace años, un ensayista de tecla en ristre de cuyo nombre me acuerdo perfectamente lanzó un durísimo ataque contra Ramírez Lozano por la ligereza con la que este utiliza materiales, recicla personajes o poetiza fragmentos que en otras ocasiones fueron prosa. El sesudo ensayista no había entendido nada sobre el juego perpetuo en el que José Antonio transcurre. Sí lo entendió mi hijo, cuando era bien pequeño, y se quedó prendido en algunos guiños de aquel poeta calvo y barbudo que cuando venía por casa dejaba los poemas jugando por el aire:

La carcoma, qué glotona.
De mañana desayuna su poquito de caoba.
Para almuerzo, lapicero.
Para cena, virutillas del palito de la escoba.
Y en el día de su santo,
¿sabes qué?
Caballitos de ajedrez.

Contra Jane Austen

Hace pocas semanas me topé en un babelia cualquiera un elogioso artículo sobre Jane Austen y, despistado como soy en lo que se refiere a fechas y onomásticas, deduje o que Netflix estaba preparándole un biopic o que algún editor avispado tenía un ingente stock de obras suyas y le había pedido al director del suplemento que le echara una mano.

Pero en días posteriores me topé a Austen en todos los babelias del mundo, e incluso en algún periódico de verdad, y entonces caí en la cuenta de que celebrábamos el aniversario de no me acuerdo qué y había que conmemorar a la gran escritora inglesa.

Tocaba, vamos. Igual que toca comer turrón en Navidad o derretirse en las terrazas cuando la canícula aprieta.

Leí algunas de las cosas que se escribieron en esos días sobre la buena de Jane y no me pareció que nadie descubriera nada nuevo. La ventaja de esta mujer es que cuenta con una vida y una obra bastante transparentes y no hace falta estar sacando cada dos por tres manuscritos olvidados o cartas desconocidas. A los admiradores de Jane Austen no nos pasa como, por ejemplo, a los de Roberto Bolaño, que viven en el sinvivir constante de descubrir una nueva mala obra maestra del artista adorado, como mínimo cada Feria del Libro, y una nueva donación de cartas cada vez que no hay modo de rellenar las páginas de cultura.

Ella no. Ella hizo lo que hizo, escribió lo que escribió, y se murió, joven también como Bolaño, pero sin hacer ruido ni llamar la atención.

Lo que pasa es que es buena, Jane Austen. Muy buena. Con una capacidad de percepción y análisis envidiables, con una prosa certera y con un sentido del humor tan fino que, probablemente, ni ella misma era capaz de percibírselo. Tenía madera suficiente para ser reconocida como una gran escritora y además, era chica, lo que, si tiempo atrás fue un hándicap para llegar a algo, hoy es, por el contrario, una ventaja.

De manera que yo me hubiera sumado al homenaje merecido, de no ser porque apenas un mes antes de mi babélico descubrimiento me había metido entre ojo y cerebro cuatrocientas páginas de novela que me habían indispuesto contra doña Jane.

La obra en cuestión es de una autora para mí plenamente desconocida, Jo Baker, y tiene un título de reminiscencias complicadas, Las sombras de Longbourn. Hay que ser muy friki de las obras de Jane Austen como para recordar de golpe que Longbourn es el nombre de la residencia de los Bennett, la hilarante familia que protagoniza la obra maestra de nuestra autora conmemorada, Orgullo y prejuicio. Yo, al menos, no lo recordaba cuando compré en una librería de lance el libro de Jo Baker y no estoy seguro de saber cuáles fueron las razones que me impulsaron a hacerlo. Menos aún sería capaz de explicar por qué empecé a leerlo (comprar un libro y leerlo no son acciones que, al menos en mi caso, vayan necesariamente aparejadas), pero sí puedo explicar el deslumbramiento que me produjo. Un deslumbramiento tal que me obliga, no solo a cambiar de epígrafe sino también de autor.

Preguntas de un obrero que lee

Bertolt Brecht (1898-1956) fue cualquier cosa menos un obrero pero tuvo la perspicacia, la habilidad y, posiblemente también, la convicción, de poner su pluma y su palabra al servicio de la clase social que hasta entonces no había encontrado espacio en las obras de literatura.

El poema Preguntas de un obrero que lee es una declaración de principios que se explica por sí misma:

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?
Y Babilonia, tantas veces destruida,
¿Quién la construyó otras tantas? ¿En qué casas
de Lima, la resplandeciente de oro, vivían los albañiles?
¿Adónde fueron sus constructores la noche que terminaron
la Muralla China?
Roma la magna está llena de arcos de triunfo.
¿Quién los construyó?
¿A quiénes vencieron los Césares? Bizancio, tan loada,
¿Acaso sólo tenía palacios para sus habitantes?
Hasta en la legendaria Atlántida, la noche que fue devorada
por el mar,
los que se ahogaban clamaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él sólo?
César venció a los galos;
¿no lo acompañaba siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota,
¿Nadie más lloraría?
Federico Segundo venció en la Guerra de Siete Años: 
¿Quién más venció?
Cada página, una victoria.
¿Quién guisó el banquete del triunfo?
Cada década, un gran personaje.
¿Quién pagaba los gastos?
Tantas historias,
tantas preguntas.

Una de estas preguntas para unas de estas historias es la que se hace la joven escritora Jo Baker y a la que trata de responder en su novela Las sombras de Lounbourg. Para que la familia Bennett pudiera desarrollar la actividad que Jane Austen describe en sus novelas, para que los caballeros que cortejan a las hijas puedan ir y venir en su incesante traqueteo entre Londres, fiestas y fincas, para que la condesa pueda decir sus bobadas y el párroco primo de la familia pueda exhibir su vaciedad, alguien tiene que haber en el trasfondo haciendo las comidas, vaciando los orinales, preparando el té, lavando los vestidos y la ropa interior, cuidando los caballos, dando de comer a los cerdos… Pero en las novelas de Jane Austen ninguno de esos personajes aparece.

Vivir en la Inglaterra rural de principios del XIX no era cosa fácil y, sin embargo, uno lee a Jane Austen y parece que sus personajes solo tienen penas de amor y desajustes sentimentales. Hablan, es verdad, a veces, de la poquedad o la abundancia de sus rentas, pero ni por asomo se vislumbra la consecuencia obvia de que deberían ponerse a trabajar, ni la más obvia aún, de que alguien tenía que trabajar por ellos. Los personajes de Austen viven por y para el ocio y ello solo es posible si, por debajo de ellos, en su subsuelo, otras personas, a modo de sombras, se encargan de resolverles las necesidades cotidianas de la vida.

Estas sombras, estos personajes ninguneados y anónimos son los que busca Jo Baker y a los que da vida en su novelita. Lo hace imitando el estilo de Jane Austen, recreando su mundo y fantaseando dentro de él desde una perspectiva, digámoslo así, brechtiana.

Consigue así un libro bellísimo, muy recomendable, que se publicó hace ya unos cuantos años y que, sospecho, ha tenido muy poco éxito.

Lo encontré por casualidad, lo leí casi con desgana y, ya ven ustedes, me ha arruinado el centenario de Jane Austen. Porque, ahí la tienen: inteligente, protofeminista, demoledoramente crítica, excelente prosista… pero incapaz de brindar un reconocimiento a las personas que, a su lado, le hacían la vida fácil.

Por lo menos, qué sé yo, una nota al pie de agradecimiento a la muchacha que le lavaba las bragas.