El fútbol con barniz UVI


No sé si ustedes saben lo que es el barniz UVI. No se preocupen, yo se lo explico en un pispás y luego les cuento a qué viene.

El UVI es un sistema de barnizado que se utiliza sobre material impreso cuando se quiere conseguir un acabado brillante y sofisticado. Es caro y, además, excesivamente pomposo como para abusar de él, de modo que, en publicaciones que buscan cierto prestigio, es usual aplicar barniz UVI solo en las portadas.

Cuando las memorias anuales de las empresas se hacían en papel (ahora casi todas son ya únicamente digitales) las de las grandes empresas, las del Ibex, iban todas así, con barniz UVI en la página inicial.

Menos una, que lo llevaba en todas, absolutamente en todas sus páginas. El documento era un tocho difícilmente manejable -el barniz espesa mucho y aumenta el gramaje-, pero muy vistoso y sobre todo muy sonoro, porque, especialmente en su primera revisión, el abanicado de sus páginas provocaba un rumor llamativo y sugerente.

El presidente de esta empresa lo quería así y, cuando sus colaboradores convocaban el concurso anual correspondiente para la realización de la memoria -siempre lo ganaba la misma agencia, pero el paripé era obligado-, en el briefing figuraba expresamente “barniz UVI en todas las páginas”. Era absurdo explicar que aquello encarecía una barbaridad el producto y lo hacía indigerible. “Es que el presidente lo quiere así porque le gusta oír a los consejeros pasar las paginas el día que les entrega la Memoria”.

Este hombre de gustos tan refinados acaba de dar un puñetazo encima de la mesa y tirar las fichas de la partida que desde hace años venían jugando unos cuantos -él mismo entre ellos- a cuenta de uno de los grandes negocios de la edad moderna: el fútbol.

No me pidan que me detenga en los pormenores de esta actividad. En una sociedad como la nuestra, incluso el más ajeno al fútbol sabe algo de él. Sabe, por ejemplo, que mueve miles de millones de euros, que afecta a los sentimientos de mucha gente y que ha creado un enorme tinglado en el que se han amalgamado muy extraños intereses, honestos y menos honestos, de tipo emocional, financiero, mediático y político.

Hace años que el fútbol dejó de ser un deporte para convertirse en un espectáculo de masas en torno al cual se mueven ingentes cantidades de dinero. O, si lo prefieren, sigue siendo un deporte en los niveles más modestos y un tinglado de egos y poder en los más altos.

El fútbol ha llegado a ser más importante que la mayoría de cosas importantes

Actividad privada donde las haya (ya me dirán ustedes qué interés público puede tener darle patadas a un balón hasta que entra entre tres palos), los Estados metieron hace mucho sus manazas en el asunto para mangonear los sentimientos de los aficionados. Actividad improductiva por esencia (ya me dirán ustedes qué producto puede generar, etcétera), el mundo financiero se ha volcado en sacarle réditos a la cosa. Actividad lúdica y honesta por definición (ya me dirán ustedes, etcétera) ha congregado en torno suyo un extraño conglomerado de sinvergüenzas, vividores, supervivientes de toda ralea e incluso algún tipo honrado que pasaba por allí. Alguien -uno de los pocos cultivados que se ha movido con éxito en ese mundillo de trúhanes- dijo en su día que el fútbol era lo más importante de las cosas menos importantes. Ahora ya no: ahora es más importante que la mayoría de las cosas importantes porque conjuga más intereses que la mayoría de las cosas importantes.

Y ahora, ya saben, llega el señor del barniz UVI, que tiene un club de fútbol con el que entretiene sus murrias, y se pone de acuerdo con otros cuantos ricachones y dice que ellos van a hacer con sus empresas lo que quieran. Que para eso son suyas. Y va el personal, la mayor parte del personal, y en particular los Estados y todo los que les cuelga -uefas, fifas y otras filfas-, y se enfadan. Ya que hablamos de fútbol: es como cuando un grupo de niños juega a la pelota en el parque, y de pronto uno dice que la pelota es suya y que se la lleva porque se va a casa a merendar. Pues todos se enfadan. Normal.

La verdad es que yo, por una vez y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con el presidente del barniz UVI. Él tiene un balón y echa a pies con otro de los grandullones y decide quién juega y quién no. Los demás, que se organicen.

Yo estoy de acuerdo con él. Siempre y cuando, claro, devuelva las ayudas que el Estado y sus fifas le han dado y le llevan dando desde tiempos inmemoriales. Siempre que devuelva los favores que le han hecho para que construya sus megalómanos proyectos en las mejores zonas de la ciudad y siempre que dejen de reírle las gracias en cuantas actividades empresariales y pseudodeportivas se le ocurran.

Yo soy un firme defensor de la iniciativa privada, siempre y cuando, naturalmente, sea privada de verdad.

No sé si he conseguido explicarme, porque, a mí, escribir pegado a la actualidad me pone muy nervioso. Como cuando calculaba el coste de un documento barnizado en UVI en todas sus páginas y me salían unas cifras disparatadas y absurdas.

Actualización.– Con el artículo ya en prensas -estaban los linotipistas dándolo todo, si hubiera linotipistas- al presidente del barniz UVI se le han venido encima todos los poderes fácticos y perifácticos y le han dicho que ni hablar, que el fútbol es una cosa muy seria y que no se puede tratar como un negocio.

Y se lo han venido a decir hinchas de clubes que son propiedad de emires árabes y de empresarios instalados de siempre en la raya misma de la ilegalidad; se lo han venido a decir gobiernos que se valen del fútbol para todo tipo de artimañas mediáticas; se lo han venido a decir exjugadores que hicieron de la fullería en sus contratos multimillonarios todo un modo de vida y jugadores en activo que inventan copas davis privadas sin que se les mueva una ceja…. Y por supuesto se le han levantado en armas esas entidades generosas y sin ánimo de lucro (espero que se capte la ironía), tipos uefas y fifas, que de pronto han visto peligrar su armónico modus vivendi.

Esto del fútbol reventará, por supuesto, pero en lo que revienta o no, no les agüe la fiesta a los que viven de ella, don Florentino.

Publicado en La Política Online el 20/04/2021

La hora de la salud mental (al parecer)


Hace algunas semanas, un joven diputado con mucho futuro -lo digo como conjetura, porque de presente va un poco justo- se subió a la tribuna del Congreso en uno de esos plenos vacíos en los que unos a otros se insultan con desparpajo, y conminó al presidente del gobierno a que se preocupara por la salud mental de los ciudadanos. La pregunta tuvo mucho impacto, por lo inusual, y el propio Pedro Sánchez le felicitó (“son estas preguntas las que dignifican esta cámara”) como si, por ejemplo, preguntar por el modo en que piensa abordar la deuda pública o el modo en que va a ayudar a los autónomos arruinados revelaran una actitud indigna.

El caso es que todo el mundo -entendiendo por todo el mundo los medios que regulan el pensamiento mainstream- aplaudió la iniciativa del diputado-con-futuro. Hay consenso en que la salud mental va cada vez a peor y en que la pandemia ha incrementado hasta niveles nunca vistos dolencias psicológicas del tipo de depresión o ansiedad.

Es la hora de los psiquiatras, al parecer. Y como a mí las unanimidades me ponen un poco nervioso (atención, psiquiatras: paciente potencial) me puse a ronronear hasta que recuperé una historia que había leído hace muchos años.

Experimento, fase uno

En 1972, un psicólogo norteamericano, David Rosenhan pidió a ocho amigos que le ayudaran a realizar con él un experimento. Les dio unas cuantas instrucciones básicas y envió a cada uno a un hospital psiquiátrico de lugares y tipologías distintos. Lo que cada uno de aquellos amigos -profesionales de cierto nivel todos ellos- tenía que hacer era sencillo: presentarse en la recepción y decir: “Oigo una voz que me dice ‘zas’ (thud en el original, es decir, la expresión onomatopéyica tan típica de los cómics)”. Las instrucciones indicaban que al resto de las preguntas que se les hicieran había que contestar con sinceridad, aunque sin revelar la identidad. Si los admitían en el psiquiátrico, debían declarar inmediatamente que se encontraban bien y que habían dejado de oír la voz. En cuanto a la medicación que previsiblemente les administrarían, les enseñó a esconder las pastillas debajo de la lengua.

Omito detalles para no alargarme demasiado: todos los participantes en el experimento -incluido el propio Rosenhan- fueron hospitalizados, todos recibieron terapia y a todos se les diagnosticó ‘esquizofrenia paranoide’ o alguna etiqueta por el estilo. Si preguntaban “cuándo voy a salir”, la respuesta era “cuando esté bien”. Y un buen día, sin que sucediera nada ni hubiera ningún cambio, les daban el alta. La estancia media en el hospital había sido de diecinueve días: la más larga, cincuenta y dos; la más breve, siete. Les daba el alta por remisión de síntomas; en ningún caso se diagnosticó la cordura de estos falsos pacientes. El alta era un paréntesis pasajero en una enfermedad que nunca remitiría.

Experimento, fase dos

El experimento de Rosenhan fue duramente criticado por buena parte de sus colegas y se organizó un debate agrio. Tanto, que el psicólogo decidió darle una vuelta de tuerca y hacer un nuevo experimento, esta vez a la inversa. Acordó con un hospital psiquiátrico concreto, en el que sus profesionales habían sido especialmente duros con él, que a lo largo de tres meses le enviaría un número indeterminado de pacientes falsos, y serían esos profesionales quienes tendrían que detectarlos. No se trataba por tanto de decidir quién tenía problemas de salud mental sino quién estaba perfectamente cuerdo.

Al cumplirse el tercer mes, el personal del hospital informó a Rosenhan que se habían detectado, “con un alto grado de fiabilidad”, cuarenta y un pacientes falsos.

Rosenhan no había enviado ninguno.

Experimento, fase tres

Pasaron más de veinte años. La psiquiatría había avanzado mucho. Algo había tenido que ver la antipsiquiatría de Cooper y Laing, pero es posible que también el avance de la “sociedad medicalizada” que denunció Ivan Illich, que permite sustituir la reclusión por pastillas para obtener el mismo control sobre el paciente. El caso es que un buen día de finales de siglo, la psicóloga Lauren Slater, haciéndose pasar por una amiga suya, se está cinco días sin ducharse, se viste desharrapadamente y se va a las urgencias psiquiátricas de un hospital cualquiera.

Repite paso a paso lo que Rosenhan y sus amigos hicieron veinte años antes. “Oigo una voz que dice zas”, le revela al médico que la atiende. El doctor le pregunta por su vida, por su infancia, por su situación. La paciente contesta a todo con sinceridad, es decir, le narra una vida perfectamente normal y monótona. El médico concluye que le va a recetar un antipsicótico. “Entonces -pregunta ella-, ¿cree que soy psicótica?”. “Creo que tiene un toque de psicosis y que además está bastante deprimida”, le contesta mientras le rellena el formulario.

La psicóloga repitió el experimento varias veces durante los días siguientes. Acudió a las urgencias de varias hospitales y repitió la misma historia. En casi todos los casos le diagnosticaron depresión con características psicóticas. En ningún caso la ingresan y las visitas no duran más de diez minutos, pero en total le recetan veinticinco antipsicóticos y sesenta antidepresivos.

********


Nuestro joven diputado-con-futuro está muy preocupado por nuestra salud mental y nuestro presidente comparte con él la preocupación. Ha prometido priorizar la estrategia de salud mental del sistema nacional de salud y, aunque -en el mejor estilo sanchista- no ha precisado nada sobre qué significa todo eso, yo he empezado a acordarme de Thomas Szasz, y a ver psiquiatras por todos los rincones, psiquiatras que me miran con una mezcla de displicencia y conmiseración y me incitan a consumir cantidades ingentes de risperidona y mirtazapina.

Naturalmente, con receta.

Publicado en La Política Online el 18/04/2021

Cinco cartas radioactivas

Por una vez me voy a ajustar a la actualidad más rabiosa. El día 12 de abril, ayer mismo como quien dice, la Comisión de Transición Ecológica y Reto Demográfico del Congreso de los Diputados recibió al presidente del Consejo de Seguridad Nuclear, que compareció, excepcionalmente, para un asunto monográfico: quejarse de haber recibido en un plazo de tres años la desbordada cantidad de cinco cartas en las que los remitentes se quejaban por el retraso del informe que este organismo tiene que emitir en torno a la explotación minera de uranio que la empresa Berkeley dice que quiere llevar a cabo en la provincia de Salamanca.

Como si de España misma se tratara, los portavoces de los grupos presentes en la Comisión se dividieron en dos bloques. Los de la izquierda pusieron el grito en el cosmos por la presión intolerable a la que se sometía al organismo y por el daño ecológico brutal que supone para la comarca la extracción del uranio de la mina de Retortillo. Los de la derecha pusieron el grito en Las Batuecas para lamentar la pérdida de riqueza para España y de empleo para la comarca por el intolerable maltrato al que se estaba sometiendo a esta honestísima empresa que lo único que quiere es hacer el bien y que todos nos beneficiemos de ello.

En el asunto de las cinco cartas que motivaban la comparecencia también los bloques se retrataron: la izquierda -Izquierda Plural, Unidas Podemos y PSOE- habló de sospechosas maniobras, y de sus bocas salieron las palabras malditas: lobbies, grupos de presión, y tal y tal. La derecha mostró su extrañeza ante el hecho de que se considere presión, por ejemplo, una carta de la comunidad autónoma en cuyo territorio está la mina y dos más de la empresa preguntando aquello de cómo-va-lo-mío. Y hablando de presiones, decían tanto Vox como PP (Ciudadanos no estaba ni en un bloque ni en otro: simplemente no estaba), habría que preguntar acerca de las ejercidas por los colectivos ecologistas y las oenegés que llevan años oponiéndose al proyecto. El compareciente, a todo esto, jugaba a neutral -“órgano independiente” y estas cosas que se dicen- aunque enseñaba la patita cuando, por ejemplo, se permitía tutear al diputado de Unidas Podemos -el activista medioambiental López de Uralde- porque lo de “su señoría” se le atascaba.

Sensatas, lo que se dice sensatas, se dijeron pocas cosas. Una de las pocas la dijo la diputada Inés Sabanés -Izquierda Plural, es su grupo- cuando señaló que todo este lío de las cinco cartas se habría resuelto si estuviera bien regulado el asunto de los lobbies, sobre la base de criterios de transparencia y juego limpio. Muy sensato el comentario, coincidente de lleno con lo que los lobistas de bien (APRI y tantos otros) llevamos reclamando desde hace diez años. Considerando que la señora Sabanés pertenece a la mayoría gubernamental, le sugiero que ella misma se autopresione para sacar adelante la ley que prometieron y en la que, se dice, están trabajando.

El truco de la mina que no existe

Los parlamentarios, tanto los de un bando como los de otro, con este rifirrafe de las cinco cartas, le hicieron el juego a Berkeley al eludir la pregunta clave: Por qué esta empresa minera australiana se instaló en España hace más de diez años y lleva desde entonces proclamando a los cinco vientos que quiere reabrir la mina de uranio de Retortillo en Salamanca pese a los infinitos obstáculos que, al parecer, unos y otros le van poniendo en el camino.

Verán. La historia es muy larga y no quiero aburrirles con ella. Así que les daré una repuesta telegráfica y luego, si me queda sitio, me explayo un poco en la explicación, de manera que el que quiera pueda dejar el artículo a medias conociendo ya el final.

Repito, pues, la pregunta: ¿Por qué Berkeley no consigue explotar el uranio de Salamanca? La respuesta: Porque no hay uranio. O para ser exactos, porque el uranio que hay, por volumen y por localización, no puede ser extraído.

Siguiente pregunta: Si no hay uranio, ¿por qué Berkeley sigue empeñada en el proyecto, en el que se ha gastado, dicen, casi cien millones, y está dando empleo a sesenta personas? La respuesta: porque Berkeley no vive del uranio, sino de la especulación bursátil.

(Quien tenga prisa, puede dejar de leer aquí: el resto del artículo es un desarrollo, en todo caso muy sintético, de lo anterior).

A veces, los socialistas prefieren lo privado a lo público

El uranio en Salamanca se empezó a explotar a comienzos del siglo veinte, y en los últimos decenios corrió a cargo, como parece lógico, del Estado, a través de la Empresa Nacional del Uranio (Enusa). Los directivos y profesionales de Enusa -gente muy seria, créanme- llegaron en los primeros años de este siglo a la conclusión de que aquello no daba más de sí y acopiaron recursos y procedimientos para acometer la titánica tarea de restaurar la zona, de limpiar las aguas, de reverdecer el entorno que había sido deteriorado tras un siglo de explotación minera radioactiva. Pero cuando Enusa estaba en estas, llegó una empresa australiana a la que nadie conocía, Berkeley -primero con socios franceses que le aportaban pedigrí, después con socios coreanos que soltaban la tela: los socios se le iban con la misma velocidad con que llegaban- y convenció al Ministerio de Industria y Energía de que Enusa estaba equivocada, de que en Retortillo aún había uranio y de que, si se lo permitieran, ellos iban a crear riqueza y empleo en la comarca como no se había vito desde los tiempos de Roma.

Hay que dar nombres, perdónenme si parezco faltón: el ministro que quitó la competencia a la empresa pública para dársela a Berkeley se llamaba, y se llama, Miguel Sebastián, a la sazón titular de la cartera en el segundo gobierno de Rodríguez Zapatero. Por allí andaba también el que había sido ministro de Trabajo del primer gobierno del leonés y al que Zapatero había enviado al rincón de pensar en la Fundación Ideas. Me refiero a Jesús Caldera, a la sazón y por mucho tiempo diputado socialista por la circunscripción de Salamanca, y muy interesado por tanto en el progreso de su provincia.

Sebastián y Caldera, pues. Cuando escuché, en la sesión parlamentaria que nos ocupa, al portavoz socialista Germán Renau atacar a Berkeley y defender las soluciones ecologistas para la comarca, me alegré porque me parece muy sano el ejercicio intelectual de cambiar de opinión: quizá, tal vez, un toque expreso de autocrítica a veces no vendría mal. Y al señor Renau se le olvidó.

La estrategia de la dilación

Berkeley recibió desde el primer momento el apoyo de todas las instituciones: de los ayuntamientos de la zona, de la Junta de Castilla y León, de la Administración central. Lástima que sus técnicos necesitaban tiempo para entender aquel proyecto engorroso y confuso. Solo hablaron en contra -Enusa, amordazada por su propio gobierno, no lo pudo hacer- las organizaciones ecologistas. Pero incluso estas erraban el tiro porque, con su oposición al proyecto, lo impulsaban. Si Berkeley hubiera recibido de inmediato todos los permisos para reabrir la mina y explotarla se le hubieran visto las vergüenzas: es justo lo que no quería. Por eso, como en la sesión parlamentaria reflejó perfectamente el presidente de CSN, la documentación que la minera exhibe es siempre “deficiente e incompleta”. No por incompetencia -cuenta con cuantos expertos necesite a golpe de talón- sino por táctica.

Berkeley lleva más de diez años haciendo una prodigiosa estrategia de comunicación financiera: periódicamente anuncia grandes avances en su proyecto -un papel recibido de una oscura oficina administrativa, una prospección que apunta, dicen, en la dirección correcta, el fichaje de un sonado directivo- y con ello consigue que el valor de la acción se dispare en las tres bolsas en las que cotiza -Australia, Londres y Madrid-. De vez en cuando -acaba de hacerlo hace unos días- amenaza con acciones legales para obtener sustanciosas indemnizaciones por los supuestos perjuicios de los retrasos acumulados, y siguen, entretanto, presentando los papeles tarde y mal para que la rueda no se pare.

A los amigos de Berkeley ya se les va viendo las costuras. En la sesión parlamentaria, el diputado López de Uralde -de lejos, el más enterado de esta historia y el que había convocado la sesión- ya esbozó su sospecha de la estrategia especulativa de la minera australiana. Pero si esto es así, ¿por qué siguen todos- López de Uralde incluido- haciéndole el juego a la empresa? Déjense, queridos ecologistas, de insistir en el daño ambiental que Berkeley va a hacer en la comarca. Berkeley no va a sacar de Retortillo ni un gramo de uranio, no solo porque no lo hay, sino porque no es a eso a lo que juega.

Cinco cartas radioactivas (lapoliticaonline.es)

Antigüedades antiguas

Hay una historia muy olvidada, sobre la que todo el mundo -y sobre todo la parte más socialista madrileña de todo el mundo del mundo – ha hecho lo posible por echar grandes paletadas de olvido: la historia moderna del Mercado Puerta de Toledo .

Este antiguo enclave había sido durante muchos años el mercado central de pescados de Madrid (el principal puerto de España, se decía de él) hasta que la ampliación de la ciudad obligó a sacarlo fuera, a Legazpi, y luego, muchos años después, a Mercamadrid.

Aquellas instalaciones del antiguo e inhóspito mercado central quedaron, abandonadas y cochambrosas, en un suelo que, por razones que no son ahora del caso, estaba protegido del uso privado y residencial.

Llegan los años ochenta del pasado siglo. En España en general, y en Madrid en particular, los socialistas lo eran todo. Tomen nota, por ejemplo, de un año al azar de aquella década. 1986, por ejemplo. En enero muere en olor de santidad política el alcalde en ejercicio Enrique Tierno Galván y le sucede Juan Barranco, su número dos, con la seguridad y la confianza con que las ahora se transmiten las vicepresidencias de unos a otras, sin sospechar siquiera que muy poco después será arrojado de la alcaldía a la que el PSOE no ha sido capaz de regresar aún. Ese mismo año, en junio, Felipe González obtiene una arrolladora victoria en las urnas y comienza su segunda gloriosa legislatura como presidente del Gobierno. Y ese mismo año, Joaquín Leguina cumple su tercer aniversario al frente de la naciente Comunidad de Madrid con una mayoría más que sobrada para establecer las pautas de la nueva estructura administrativa y para fijar una políticas expansivas que bien podrían haberse recogido bajo el eslogan Que no falte de ná.

Eran tiempos estupendos. Aún no había estallado ninguna de las crisis que ha conocido nuestro actual periodo democrático, empezaba a llegar el dinero europeo, los socialistas habían demostrado al mundo que eran limpios y educados y que, en consecuencia, se podía invertir con ellos, y comprar y vender y divertirse. No por casualidad el ministro Carlos Solchaga declaró que “España es el país del mundo donde más rápido puede uno hacerse rico”.

El Madrid de la beautiful people

Madrid no era ya el poblachón manchego de Azorín, pero le faltaba caché para dar cabida al mundo de la beautiful people que el mismo Solchaga representaba y que estaba haciéndose con el poder político y económico en España. Había que hacer cosas para dotar de empaque a la capital del Reino y una de ellas (abrevio, que si no no acabo) era construir un eje arquitectónico cultural desde San Francisco el Grande hasta el Paseo del Prado, pasando por la Puerta de Toledo y la glorieta de Atocha. (Mis lectores no madrileños, que son muchos, pueden echar un ojo a través de Google Earth para hacerse una idea). Ahí entra el Mercado, el viejo mercado de pescados, ruinoso y desatendido.

“Que se rehaga”, dicen que dijo alguno de los mandamases. “¿Y qué hacemos allí?”, preguntaron los que tenían que atender la orden. Alguien tuvo la idea: “Antigüedades. llenémoslo de anticuarios y vendamos antigüedades”. “Pero allí está el Rastro. Justo allí mismo”. “Pues por eso: vendamos antigüedades a quienes no se atreven a entrar en el Rastro”.

A ver: en el Rastro entra cualquiera, entonces como ahora, y en aquellos años, justamente, los que más entraban eran los influencers de la época, la Alaska que empezaba a ser Alaska o el García-Alix que arrancaba con sus primeras fotos. El Rastro de Madrid era la vida misma y no cerraba la puerta a nadie. Pero precisamente por eso había gente, la top más top de la sociedad madrileña, que llevaba fatal presentarse en su Mercedes con chófer uniformado a rebuscar antigüedades de las que allí abundaban. Para ese público top se construyó el Mercado Puerta Toledo. Un edificio bello, funcional, amplísimo (de hecho la tercera parte nunca se llegó a ocupar) que además de llenarse de anticuarios, contó también con espacios muy modernos de moda, restauración y de ocio.

Para que se hagan ustedes una idea de lo que iba la fiesta: un anticuario podía comprar por la mañana un mueble a uno de sus colegas del Rastro por doscientas mil pesetas y venderlo por dos millones en su tienda del Mercado pocas horas después. Eso por el día: por la tarde, desfiles a gogó de Moda España y por ahí, y por la noche, alguno de las astros progres más cotizados de la pequeña pantalla llenaba su local de niñas y niños monos al grito tan de entonces de Pongamos que hablo de Madrid.

Me lo decía el otro día un anticuario que tuvo asiento en esos lares: “Aquello fue una máquina de hacer dinero. Durante dos o tres años nos forramos”. ¿Y luego? “Todo se fue al carajo, no es fácil saber por qué”.

Bueno, sí es fácil saberlo, pero nadie ha querido ahondar en ello. El Mercado se inauguró en 1988. En el 89 los socialistas ya habían perdido el Ayuntamiento y, ese mismo año, Leguina salvó una moción de censura gracias al voto de un tránsfuga, que dejó a Alberto Ruiz Gallardón a las puertas de la presidencia y con muchas ganas de devolver la puñalada. En el 93 Felipe quedó muy tocado para su último mandato y el PP se preparaba para iniciar el periodo hegemónico de José María Aznar.

Amiguismo, despilfarro… y más

El Mercado Puerta de Toledo no estaba mal gestionado: es que no estaba gestionado de ningún modo. Era todo un caos en el que dejadez, amiguismo, despilfarro y prácticas dudosas se entremezclaban sin ningún criterio. Las cuentas no salían y solo unos pocos resultaban beneficiados de aquel desorden. El deterioro empezó a producirse de manera progresiva e inexorable. Muchos anticuarios se dieron cuenta pronto y fueron abandonando unos locales por los que pagaban precios astronómicos.  Otros se habían endeudado con los bancos a intereses que hoy nos parecen de usura y se obstinaron en afrontar la decadencia hasta devenir, algunos, en la ruina. Se cerraron las discotecas, con la colaboración, en algún caso, de las fuerzas de orden público, y el bello edificio, de amplios espacios y pasillos inabarcables, se fue quedando para alguna tienda residual y sucesivas propuestas de espacios administrativos que allí encajaban como monja vestida de torero.

El disparate de la gestión alcanzó el esperpento cuando ya en 1992 los responsables del centro se plantearon la privatización del Mercado para quitarse el marrón de encima. Alguien debió ponerse serio: aquello era, además de ilegal, imposible.

Finalmente, llegaron al poder los populares. Escalonadamente, claro: primero el Ayuntamiento, después la Comunidad y finalmente el Gobierno de la nación. Y el Mercado Puerta Toledo, hecho ya una perfecta piltrafa, pero proveedor aún de algunas suculentas sinecuras perfectamente absurdas vio pasar por sus pasillos a personajes singulares del PP madrileño, alguno de los cuales ha cambiado el despacho hipermoderno por las instalaciones algo más austeras de Soto del Real.

El bipartidismo en estado puro.

Y a partir de ahí, el Mercado continuó una agonía incesante que duró hasta que en 2015 se cedió a la Universidad Carlos III para albergar un campus urbano.

Preguntas que quedan en el aire hasta que alguien investigue esta historia: ¿cuánto dinero se dilapidó en este disparate?, ¿cuánta gente se forró en esta operación?, ¿cuántos comerciantes se arruinaron por creer en las promesas del gobierno regional?, ¿cuántos intermediarios tramposos disfrazados de lobistas vendieron favores y repartieron dádivas?

Los años ochenta fueron muy interesantes y se habla de ellos con cierta veneración. Pero algunas cosas que sucedían entonces no hubieran tenido hoy un pase.

Publicado en La Política Online el 7 de abril de 2021

Unplugged

Fue allá por el año 92 del pasado siglo cuando el común de los mortales empezamos a oír y a decir unplugged con la naturalidad con la que se introducen entre nosotros los anglicismos que vienen a transmitir alguna realidad sobrevenida.

Aunque ya venía de muy atrás, el boom del unplugged se produjo con el lanzamiento del disco del mismo título de Eric Clapton, el más vendido y exitoso de su larga carrera, editado un año después de que Paul McCartney se lanzara también por los terrenos procelosos de la desconexión.

Porque unplugged (literalmente, desenchufado) es eso, desconexión, y, en el mundo del rock, hace referencia a la música que se interpreta sin electricidad, con instrumentos exclusivamente acústicos, sean estos la guitarra, el piano u otros de cuerda o percusión.

El unplugged irrumpió en el rock con el efecto desconcertante que tienen los oxímoron. Sin ser exactamente música callada, escuchar a un rockero desempeñarse en clave acústica resulta tan desconcertante y seductor como contemplar un jardín zen sin una brizna de hierba. El rock nació asociado a lo urbano, y por tanto al ruido, y por tanto a la electrificación. El Nobel Dylan lo entendió muy bien cuando, bien jovencito, provocó el escándalo al abandonar las filas entre rústicas y hippies del country para pasarse al rock cañero y eléctrico. La controversia provocada por su comportamiento rompedor en el Festival de Newport de 1965 era un paso inevitable hacia la modernidad. Por el contrario, la desconexión de Clapton, McCartney , Springsteen y tantos otros no fue una vuelta atrás sino una llamada a la reflexión y al sosiego, sin por ello renunciar a nada.


“Desconectar de lo digital puede ser un modo de dar un salto adelante”


Me estoy cruzando de un tiempo a esta parte con algunos jóvenes que me tienen desconcertado. Ya no son niños, desde luego: con los treinta cumplidos -técnicamente, son milénial-, profesionales de diversas vertientes (de ciencias y de letras, por decirlo en lenguaje antiguo), perfectamente ajenos al descerebramiento de los populismos al día, son, por supuesto, nativos digitales, porque ya nacieron y se formaron en los primeros balbuceos de internet y sus infinitas prestaciones. Los móviles y sus aplicaciones no tienen para ellos secretos y tanto su ocio como su negocio mal podrían entenderse al margen de lo digital.


Pues bien, como digo, me estoy encontrando a algunos de estos jóvenes que están optando por un cierto unplugging, por introducir en sus vidas momentos de desconexión voluntaria tras haber estado concienzudamente conectados durante años al mundo digital y sin haber renunciado a él. Sus acciones son muy simples: salir sin el móvil a pasear por la ciudad o a realizar compras; desconectar de internet algunos de sus artefactos electrónicos, como el ebook, para utilizarlos como simples soportes locales, recuperar actividades tan analógicas como la conversación sosegada, los juegos de mesa tradicionales o los paseos al aire libre sin estar pendientes de llamadas, wasaps o tuits de ningún tipo.


Al ver actuar hace unos días a uno de estos jóvenes, y al comentarme él esta decisión consciente de distanciamiento digital, se me ocurrió la expresión: “¡Vais a ser la Generación Unplugged!”. Le gustó la expresión porque él también es un fan de Clapton y porque sabe que, en música, como en la vida, desenchufarse no es dar un paso atrás sino coger impulso para saltar hacia adelante. Ahora bien, una vez tomado el impulso, hay que ser capaz de dar el salto. Veremos si ellos son capaces, y hacia dónde

****

Una España desenchufada

Un tipo peculiar de desconexión me sucedió también con la lectura de un libro espléndido que acabo de leerme. “Eastwood. Made in Spain”, del periodista Francisco Reyero, llegó a mis manos por casualidad hace dos o tres años. Creo recordar que lo compré en Almería, en una semana de senderismo, perdidos por los rincones de la provincia que fue en su día centro mundial del spaghetti western y que aún conserva restos y aroma de aquellos tiempos extraños. Mi suegro, al que no conocí, pero del que he visto muchos retazos, fue uno de aquellos personajes desbordantes y algo locos que encontraron en el mundo del cine un modo imprevisto de ganarse un buen dinero al tiempo que vivían una vida impensable de risas y aventuras en la normalidad mugrienta de la España de los 40 años de paz.


Las 217 páginas de la monografía están volcadas en narrar las andanzas de Clint Eastwood en nuestro país, cuando, apenas treintañero y actor de segundo nivel, instalado en el entonces mediocre mundo de las serie televisivas, se ve en España rodando un western absurdo, barato y fuera de toda lógica comercial a las órdenes de Sergio Leone, un director italiano desconocido e incontrolable. El proceso de creación y rodaje de Por un puñado de dólares, su éxito imprevisto y, como consecuencia de él, su dos secuelas posteriores (La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo) es el material narrativo y periodístico del que se vale Paco Reyero para reconstruir a su personaje y sentar las claves del origen del éxito del que luego ha sido -y a sus casi noventa años sigue siendo- una de las figuras claves del cine.

Pero, más allá de eso, Reyero hace en este libro algo más que hablar de Clint Eastwood y de la banda de cineastas desharrapados -italianos y españoles- que marcaron una ápoca del séptimo arte. En estas doscientas páginas está además recogida, con una precisión y un buen hacer admirables, un pedazo insobornable de la España de los sesenta del pasado siglo.

Aquella sí que era una España unplugged. Una España desenchufada del mundo, de la modernidad, de las libertades. Una España más que pobre, miserable, gobernada por perfectos mentecatos que entendían el cine como un arma de propaganda, sin llegar a entender que en realidad era mejor que no propagaran nada.
Les interese mucho o poco el mundo del spaghetti western, asómense a este librito. Pasarán un buen rato y se empaparán de un país que, por fortuna, ya no existe.
¿O, de algún modo, sí?

Publicado en La Política Online el 03/04/21

El Señor Lobo se está quedando sin trabajo



Un amigo mío, consultor de comunicación y lobista, fue requerido hace años por un constructor para que ayudara a un político embarrado a salir limpio del lodazal. “Tómate al menos un café con él y luego decides”, le ofreció el constructor a mi dubitativo amigo. Mi amigo se tomó el café, comprobó la pasta de la que estaba hecho el personaje y dijo que no. Cuando volvió a su oficina, recibió una llamada del constructor: “Pásame la factura por tus servicios”, le dijo. “Por tomar café yo no facturo todavía”, le contestó, y ahí terminó mi amigo su carrera como Señor Lobo, antes de empezarla.

El Señor Lobo -ya lo saben ustedes, pero lo recuerdo por razones de procedimiento narrativo- es aquel personaje de Pulp Fiction que funcionaba con un eslogan imbatible (“Soluciono problemas”) y que era capaz de desplazarse en diez minutos a un sitio que estuviera a media hora de distancia.

Tipos con el aspecto y los métodos del Señor Lobo no debe haber muchos en el mundo del lobby, pero sí hay, ha habido y seguramente habrá lobistas tramposos, como los hay entre los fontaneros y los taxistas, y hay clientes que los buscan y los demandan, del modo que se demandan fontaneros y taxistas que te cobran sin iva o que te trampean la factura que le pasas a la empresa.

El lobista que buscaba el constructor que llamó a mi amigo pertenecía seguramente a esta especie de mercenarios chapuceros, y no debió encontrarlo, o no lo suficientemente cualificado, porque el político de la anécdota terminó poco después en el trullo.

Buena parte de la mala fama del lobby viene derivada de la imagen que de él se ha transmitido a través del cine y la televisión. Los guionistas, contra lo que suele creerse, tienen poca imaginación, y las historias que cuentan se las han encontrado en la vida real. La mayor parte de los lobistas de la vida real no pasan de ser aburridísimos ciudadanos (y ciudadanas, claro) sin otra heroicidad que sus apuros para llegar a final de mes. Pero los guionistas prefieren quedarse con los malos, mucho más atractivos y emocionantes en sus aventuras y por eso son los malos los que devienen en personajes de ficción.

El mayor secreto del lobby

Lo dice con frecuencia una lobista de postín: “El mayor secreto del lobby es que no tiene ningún secreto”, pero se refiere, naturalmente, al lobby profesional, serio y ético, que se dedica a poner en contacto a sus clientes con las instituciones y a ayudar a unos y a otros a canalizar el diálogo y el entendimiento.

Hay quien sostiene que lo otro, lo que hace el Señor Lobo, o lo que hacen los profesionales de las agendas ocultas y de las puertas giratorias no es lobby. Yo no lo tengo tan claro. ¿Es fontanería lo que hace el fontanero que cobra en negro?, ¿es taxista el que traslada a un cliente donde el cliente le pide y le da un recibo por el doble del importe? A mí me parece que sí, pero me parece también que el fontanero y el taxista que hacen trampas deben ser denunciados y sancionados por ello.

Lo importante en cualquier profesión es contar con reglas claras para saber a qué atenerse y el mayor problema es que el lobby, en España, no las ha tenido durante demasiado tiempo. La Unión Europea supo ponerlas en su ámbito desde el principio y eso ha ayudado a prestigiar la profesión y a engrasar el funcionamiento de las instituciones europeas, mientras que los países miembros siguen en general un poco perdidos, envueltos en el tradicional sopor de los Estados tradicionales. Anunció el ministro Iceta hace unos días que ahora sí que sí se ponían a ello, a regular el lobby y a marcar las reglas, tal como habían prometido que harían los actuales partidos del gobierno. Pero, por si acaso, -que por algo llevan diez años todos los partidos anunciándolo y posponiéndolo- los lobistas españoles, los que se agrupan con transparencia y honestidad bajo las siglas de APRI, decidieron hace unas semanas aprobar un Código de Conducta que obliga a sus asociados a autorregularse. Ya tenían uno, pero había envejecido y tenía lagunas. El nuevo, que deberá firmar cada socio de puño y letra bajo pena de exclusión, obliga a cosas tremendas: a ser veraz y trasparente, a ser neutral e incorruptible, a respetar las incompatibilidades y la confidencialidad. Obligaciones que algún día tendrán que estar contempladas en la regulación administrativa correspondiente, del mismo modo que los taxistas y los fontaneros tienen obligaciones determinadas por las normativas que afectan a sus gremios.

¿Que habrá incumplimientos del Código de Conducta? Probablemente. ¿Que habrá lobistas que no se integrarán en APRI y por tanto no se verán sujetos a ningún compromiso?. Por supuesto, y serán muy libres de hacerlo. ¿Que habrá periodistas que sigan titulando que “el lobby de tal sector presiona para obtener tales beneficios”? La prosa periodística es lo que tiene. Pero, entretanto, la profesión avanza poco a poco en una dirección antitarantiniana: dentro de poco, el Señor Lobo se habrá quedado sin trabajo.

Publicado en La Política Online 31/03/2021

De think tank del diecinueve a coworking del veintiuno

“El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid tenía una cosa fría, catarral y polvorienta que echaba para atrás”. Un poco por casualidad, removiendo entre algunos de los pocos libros de papel que me rondan por casa, encontré hace unos días La noche que llegué al Café Gijón, de Francisco Umbral, y al hilo de que acababa de ver el documental de Filmin sobre este escritor, me puse a ojearlo. La frase que entrecomillo al principio me saltó como una rana asustada porque casualmente tenía entre mis temas pendientes escribir unas líneas sobre el Ateneo de Madrid. La mítica institución, camino de convertirse en tan mítica como las Musas, a quien todo el mundo invoca y todo el mundo sabe que no existen, anda ahora un poco revuelta. Revuelta, porque están terminándose las obras de restauración de su sede, y revuelta porque el Ateneo es un espacio improbable en el que se entremezclan sopor, gresca y sabiduría sin que quede nunca claro cuál de los tres componentes prevalece.

Por si alguien no lo sabe, los Ateneos son los think-tank del siglo diecinueve, cuando poner nombres en inglés no tenía el predicamento de ahora y había que buscar uno para los espacios de reflexión e intercambio que la burguesía liberal se inventó donde acoger y dar forma a su nueva manera de ver el mundo. El de Madrid nació hace doscientos años y fue, hasta la guerra civil, un ámbito admirable de encuentro cultural. Durante sus primeros ciento y pocos años ningún intelectual español de cierto empaque -e incluso muchos sin empaque- se quedó al margen de cuanto se decía o se cocía en aquel templo del saber. (Esto de “templo del saber”, como lo de “docta casa”, lo escribo para que se note que soy un socio de postín, porque solo los socios de postín utilizamos locuciones tan cursis). Alabanzas se han hecho tantas sobre el Ateneo que no me quiero poner pesado: busquen donde quieran y se hartarán de ditirambos.

El Ateneo de ahora no ha sido capaz de ponerse al día

El franquismo hizo con el Ateneo lo que con toda España: arrasarlo y revestirlo de su grisura falangista. Para ser justos, la frase de Umbral se refiere a ese Ateneo, al del tardofranquismo, que es cuando el escritor vallisoletano llegó al Madrid en blanco y negro en el que, según él, solo el Café Gijón aportaba algo de luz. Pero el Ateneo de después, el de ahora, no ha sido capaz de ponerse al día. Ha recuperado, claro, la libertad -solo faltaría-, pero no ha sabido atender ni entender el paso del tiempo. Enredado en un reglamento decimonónico completamente desfasado, agitado por distintos grupos de socios con intereses contrapuestos e inescrutables (nunca ha sido tan cierto aquello de : “Señor, cuídame de mis amigos, que de mis enemigos ya me cuido yo” ), encorsetado por principios tan rancios que parecen finales, el Ateneo actual es, más que un think-tank, un coworking: un sitio con buenos espacios y con buena wifi en el que se realizan actividades culturales perfectamente minoritarias a las que no acuden ni las minorías.

Leí el otro día que un grupo selecto de intelectuales se ha planteado reconquistar en las elecciones de mayo la docta institución para convertirla en un lugar de vanguardia, como lo fue en su día. Confío en que, a diferencia de los partidos políticos que también en mayo competirán en Madrid, el Grupo 1820 acuda con un programa maduro y pensado, más allá de los topicazos inevitables (que si esgrima, que si caligrafía) vertidos en el artículo periodístico. Se habla en él de reformar el reglamento- verdadera piedra angular de todo el tinglado-: aunque dudo que lo consigan, casi con ese compromiso me vale.

Yo, que le dediqué algunas horas al Ateneo hasta que comprobé que cualquier esfuerzo era baldío, acudiré a votar para que luego nadie me haga ningún reproche, más allá del que doy por recibido con la simple publicación de este artículo, porque no sin razón, el insigne Presidente de la Docta Casa -por mayúsculas que no quede- nos remitió una carta a los socios el pasado 25 de febrero recriminándonos el uso de “medios de comunicación externos” para difundir “opiniones personales” sobre la gestión de la Junta de Gobierno. Y digo que la recriminación del Presidente estaba cargada de razón porque, como él mismo señala, “estas desafortunadas afirmaciones producen un daño considerable a la imagen externa del Ateneo, lo que nos perjudica a la hora de la incorporación de nuevos socios e incluso de posibles subvenciones” (las negritas son mías).

Cuánta razón tiene mi docto presidente: las dos últimas palabras contienen todas las claves.

Publicado en La Política Online el 26/03/2021

Covid-19 y SGAE: dos aniversarios

Soy poco de aniversarios. Los asuntos importantes hay que recordarlos por sí mismos, porque son importantes, y, si no, pues nada, pasando, que es gerundio, como decían los clásicos. Pero algunas veces, hay que reconocer a los aniversarios la función que cumplen de recordatorio, de asiento mental para detenerse un momento y hacer balance.

Hace un año, por ejemplo, el 14 de marzo, cuando Pedro Sánchez decretó el estado de alarma y todos fuimos al fin conscientes de que la pandemia desatada por el SARS-CoV-2 no era una broma. Qué año, qué de cosas. Por fortuna, no hace falta que me ponga ahora a recopilarlas porque ya lo han hecho un montón de periodistas, analistas y escribidores de toda laya y condición y no hace falta repetirse a cada momento. Kiko Llaneras, por ejemplo, -ya saben que yo tengo debilidad por Kiko, una de las cabezas mejor amuebladas de nuestro andamiaje intelectual- escribía el otro día en su newsletter un análisis realmente prodigioso del primer año de pandemia. Ni un pero que ponerle.

¿Ni un pero? Bueno, quizá esta frase, escrita como al desgaire al enumerar los errores más flagrantes que se cometieron: “Me interesan poco las responsabilidades de estos problemas (creo que serán históricas y a repartir)”.

A ver si lo entiendo: los responsables de gestionar la pandemia fallaron -lo dice Kiko, no yo- en detectar, en atender y en organizar. No sabemos por qué, pero fallaron. Y como consecuencia de ello, el número de muertos se disparó hasta alcanzar cifras que ni siquiera hemos acertado a precisar.

¿De verdad no hay que determinar qué culpas ha habido? ¿Será “la historia” quien juzgará a los responsables? Caramba.

Si alguien se encuentra a otro alguien accidentado, herido o abandonado y lo desatiende y muere como consecuencia de esa desatención, ese primer alguien puede y debe ser juzgado, entre otras cosas, por denegación del deber de socorro. Si además es un funcionario público quien obra de este modo, el delito se agrava. ¿Pero si son setenta mil, o cien mil, los abandonados y los muertos, eso ya es un asunto que solo compete a la historia? Alguien me lo tendría que explicar. Porque el problema no es que yo, esta vez, esté en desacuerdo con Kiko Llaneras, sino que todo el mundo parece estar de acuerdo con él.

Con siempre andamos corriendo sin saber a dónde, ya se nos ha olvidado que en la gestión de este disparate puede que se hayan cometido -eso sí, presuntamente- delitos muy graves. Y no estaría mal indagar en los nombres y apellidos sin necesidad de remitirnos al Juicio Final.

10 años del caso SGAE

El día 1 de julio de 2011, la guardia civil, con ese estilo tan suyo de cuerpo policial especializado en la persecución de bandoleros, entró en la sede la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) y se llevó detenidos a su presidente y a un puñado de colaboradores a los que puso a disposición del juez y a los que la fiscalía acusó de un sinfín de delitos en la gestión de la sociedad. A partir de aquel día, Teddy Bautista, un mito en la historia del rock español, que llevaba treinta años trabajando por el reconocimiento profesional de los artistas, recibió, por parte de los telediarios, la condena a muerte civil. La opinión pública, pero más aún la opinión publicada, sentenció a Bautista (y a Caco Senante, y a Ramoncín, y a otros cuantos más) con esos argumentos tan castizos de “yo lo sospechaba hace tiempo”, “esto se veía venir” y “menuda gentuza, cómo se lo han llevado crudo”. En aquellos primeros momentos de conmoción, no recuerdo haber leído, fuera de su círculo más próximo ninguna defensa de estos hombres a partir del argumento de la presunción de inocencia. Después, el tema se olvidó.

A los pocos años, empezaron a gotear las sentencias sobre los distintos delitos de los que se acusaba a Teddy y a sus colaboradores. Distintas sentencias: todas absolutorias. Finalmente se ha dictado la última, la más mollar, la que se ocupa de los delitos de apropiación indebida, administración desleal, falsedad de documento mercantil y asociación ilícita. También absolutoria.

Diez años de muerte civil son muchos años. El problema de la lentitud de la justicia no es un problema para la justicia sino para los inocentes con los que se cruza en su camino. Y como alguno de los afectados ha declarado, a ver cuántos de los que los dieron por culpable salen ahora a rectificar.

Este es un asunto, el de los falsos culpables, el de los que cumplen penas de telediario, del que no tenemos que cansarnos nunca de escribir.

Yo tengo previsto volver pronto a la carga.

Publicado en La Política Online 20/03/21

Reivindicación del Premio Planeta


Ahora que en España apenas hay asuntos de interés y nadie es capaz de señalar ningún problema relevante, aquí vengo yo con uno que, me consta, no deja conciliar el sueño a los españoles y, naturalmente, a las españolas.

Ahí va la pregunta: ¿Cuántos premios literarios se conceden anualmente en nuestro país? Y las preguntas derivadas: ¿Cuánto dinero se destina a ellos?, ¿cuántos escritores se presentan? ¿cuántos obtienen algún tipo de reconocimiento?

Y la gran pregunta final, la pregunta traca, la recojopregunta: que solo puede responderse desde el sesudo análisis de estas páginas: ¿para qué sirven?

En la estupenda página que la web escritores.org dedica a los concursos literarios pueden ustedes repasar el muestrario, verdaderamente inabarcable, de la oferta que se presenta a los plumíferos que se manejan en nuestra hermosa lengua. No me he parado a contarlos, pero les aseguro que son varios centenares y que responden a una taxonomía más variada de lo que pudiera parecer.

Por ajustarnos solo a los concursos convocados en España -en Latinoamérica se convocan muchos, pero tienen características distintas que no son del caso- la gran mayoría de ellos están abiertos a quien quiera participar, sin límite ninguno, lo que hace muy variada la calidad y el perfil de los participantes. A veces, pocas, se acotan por edad. Son frecuentes los premios dirigidos a jóvenes, entendiendo dentro de este colectivo márgenes muy generosos: entre 20 y 35 años, digamos por aproximación. Pero contra lo que se pueda pensar (que sería una limitación lógica para primar el descubrimiento de nuevos valores con dificultades para hacerse un hueco en la industria literaria) no son muchos los concursos con este requisito.

Puestos a acotar, se acota también por género, si bien no conozco un solo certamen dirigido solo a hombres. Cuando se introduce la marca de género es siempre para buscar talento femenino. No digo que me parezca mal (ni bien), porque ahora no estamos hablando de eso: solo lo constato.

No todos los géneros son iguales

Hablando de género, los géneros literarios más valorados por los convocantes de concursos literarios son el cuento y la poesía. Cuentos cortos, cuentos largos, microcuentos, cuentos de temática específica, cuentos de temática abierta… Es admirable la cantidad de cuentos que se premian en un país en el que no se leen cuentos. Y es llamativo el hecho de que se premien las piezas sueltas de narrativa corta, pero apenas haya concursos para premiar libros de cuentos, pese a ser este formato más adecuado para juzgar la calidad de un escritor, que debe mantener el pulso en alto de un modo sostenido

¿Poesía? Se premian poemas de determinada extensión, entre catorce y cien versos por lo general. ¿Por qué catorce? Porque esa es la extensión canónica de un soneto, que suele considerarse la extensión mínima adecuada para construir un poema con sentido en sí mismo. ¿Quién ha determinado eso? Algún descerebrado, sin duda, hace mucho tiempo, al que un sinfín de sucesores han copiado la idea por una mezcla de desconocimiento y vagancia, porque hay en la historia de nuestra literatura un sinfín de poemas maravillosos que tienen menos de catorce versos y sus autores no habrían podido presentarlos a un premio mediano de un municipio cabeza de partido.

En cambio, así como hay pocos certámenes dirigidos a encontrar buenos libros de cuentos, hay muchos que buscan libros de poesía. Muchos, docenas, puede que centenares. Y es muy de analizar -pero no lo voy a hacer hoy, no se me asusten- el empeño en acotar el número de versos que se exigen para que un libro de poesía pueda ser calificado de tal. Hay quien con trescientos versos lo da por válido y hay quien exige mil. En mitad de ese arco, cuantas variaciones quieran. Pero siempre se acota. Es como si los convocantes desconfiaran de un poeta que se presentara, por ejemplo, con un libro de seis versos y demandara el derecho a ser premiado. En fin.

Después de los cuentos y la poesía, abundan también los premios de novela: larga, corta, mediopensionista, histórica, negra, romántica. Y después, relegados ya a la cola de los géneros más demandados por los convocantes, el teatro -micro o macro- y el ensayo o las diversas formas de no ficción, que despiertan entre las entidades convocantes un escasísimo interés.

¿Qué tal dotados, económicamente hablando, están todos estos certámenes? La variedad es infinita: desde los que entregan un diploma y, con suerte, un lote de libros, hasta los que aportan cantidades de dinero enormemente atractivas.

Las mejor dotadas son las novelas, por las que es fácil conseguir cantidades de cuatro y cinco dígitos. Hay libros de poesía que tampoco están mal retribuidos y cuentos sueltos por los que te puedes llevar un buen pellizco. En este asunto, el criterio es muy claro: ninguno. Por la misma obra puedes obtener quinientos euros en Villanueva de Abajo y dos mil en Villanueva de Arriba. Lo mejor es presentarse a los dos y rezar a San Roque para que ganes el segundo.

Y con el párrafo anterior, ya he avanzado una cuestión crucial: ¿quiénes son los convocantes? En ocasiones, editoriales que buscan con esta fórmula la manera de encontrar obras y autores por un procedimiento alternativo a sus canales habituales. A veces es una fórmula promocional para su sellos. A veces son serios. A veces.

Hay algunas docenas de convocatorias que nacen de fundaciones, asociaciones o instituciones culturales de diferente jaez. Hay de todo y cada uno tiene sus motivaciones: imposible detenernos en ellas.

Todas las instituciones con premios literarios dicen perseguir el fomento de la cultura y todas se limitan a entregar un cheque y a repartir unos canapés

En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, los convocantes son ayuntamientos e instituciones locales, de todo tamaño, presencia y condición. Esta es la parte que me fascina de esta historia. El ayuntamiento de Villapardillo, un poner, convoca un premio de cuentos para fomentar la cultura (todos los premios persiguen el fomento de la cultura), al que se presentan tropecientos escritores -y, sobre todo, escritoras- del mundo entero. Un jurado compuesto por brillantes cabezas de nuestra literatura decide el ganador (no nos detengamos ahora en los procedimientos) y algunos meses después se celebra un acto en el centro cultural del municipio (omitamos la pandemia en este análisis) al que asiste la concejala de cultura (el alcalde suele pasar de estas cosas) y, por lo general, el agraciado o agraciada, que para ese día ha sacado algunas de sus mejores galas. Acompañando a la autoridad y al galardonado, unas cincuenta personas, entre familiares, amigos, funcionarios del ayuntamiento a lo que se les insiste que vaya para hacer bulto y canaperos profesionales que acuden los primeros para comprobar la calidad del jamón. Tópicos de unos, tópicos de otros, una periodista de la comarca que entrevista al ganador, acaso la televisión autonómica para su desconexión local, y todos a casa tan contentos.

Entre unas cosas y otras, al pueblo en cuestión la broma le cuesta unos cuantos miles de euros.(a la dotación del premio hay que sumar el coste del jurado, gastos de organización, algunas cenas…). El premiado se va para casa tan contento con un cheque (ahora la cosa va más de transferencia) que no le arregla la vida, pero se la alegra un poco. Y en su casa se queda, tan desconocido como hasta entonces, porque la obra premiada no se publica o se publica en unas condiciones tan infames que pasa a ser desconocida desde el momento mismo de su publicación.

Es todo tan absurdo, tan miserable, tan irrelevante, tan tosco que a veces pienso que el único certamen literario digno de aplauso es el Premio Planeta. Porque es el único que no engaña a nadie que no se quiera dejar engañar y que consigue lo que busca: publicidad para la editorial y para el premiado. A ver si aprenden los ayuntamientos.

Publicado en La Política Online el 14/03/2021

Sobre héroes sanitarios y humanismo teocrático

Dos preguntas a Josep Maria Margenat


Mi admirado y viejo amigo Josep Maria Margenat publicaba en el número de agosto de esta revista un sugerente artículo, El porvenir de una ilusión o the white-coat people, cargado, como todo lo que él escribe, de una sabiduría hipotáctica y generosa que suscribo casi en su totalidad, pero de cuya lectura me han brotado dos preguntas que no puedo evitar formularle y formularme.

La primera -y que nadie, por favor, busque en ella argumentos ad hominem- tiene que ver con su encendido aplauso a los profesionales de la salud y a “la comunidad científica mundial”. Se trata, claro, de dos colectivos muy diferentes, con intereses y características bien distintos, y que solo en un grado mínimo confluyen en una especie de subconjunto sobre el que incluso habría mucho que matizar. De modo que, aunque nuestro autor los agrupa, a efectos metodológicos hablaremos de cada colectivo separadamente, para no enredarnos.

Dice Margenat que la covid nos ha permitido descubrir a la “gente de la bata blanca”, que ellos son “nuevos héroes, nuestros héroes”. Es curioso: se trata de un lugar común que se ha instalado entre nosotros con solidez y que me crea una cierta perplejidad. Porque a mí, que fui pionero en esto de ser enfermo de covid y, en ese contexto, he tratado con muchos sanitarios, me sucede lo que a Churchill con los franceses: que no los conozco a todos, solo a unos cuantos. Y en esos que conozco -desde los que me salvaron la vida hasta los que me trataron con desdén- hay lo mismo que entre los barrenderos, los poetas y los ingenieros industriales: de todo. Se trata de profesionales que eligieron ese oficio por vocación, por imposición o por casualidad y que se desempeñan en él con más o menos entusiasmo y eficiencia. Como los bomberos, como los militares, sujetos siempre al drama y al imprevisto, tienen un oficio por el que, mal o bien, se les retribuye. Podemos introducir los matices o excepciones que queramos, pero, en cuanto colectivo, no veo la heroicidad por ningún lado. Héroes me parecen, esos sí, los autónomos arruinados en estos meses, los pequeños empresarios que se están dejando el alma por salir adelante, los trabajadores de cuarenta, de cincuenta años, que se han quedado sin empleo y ahora se preguntan qué va a ser de sus vidas, los viudos y las viudas de tanto muerto imprevisto. Estos son los héroes y los mártires de esta dolorosa historia.

Aún más asombroso es lo de los científicos. Tampoco los conozco a todos, aunque se da la circunstancia de que sí a unos cuantos de los mejores que se despachan por aquí. Dice JMM que “hemos redescubierto la libertad, la generosidad y el servicio a la verdad como valores posibles en la comunidad científica mundial” y nos anima a que aprendamos de ellos. Puede ser, yo no lo sé, que (todos) los científicos sean muy libres, muy generosos y muy amantes de la verdad, pero no me importaría nada que fueran también un poco autocríticos. Desde que el SARS-CoV-2 se instaló entre nosotros no he escuchado a un solo investigador reconocer de manera explícita que este asunto se les escapó, que los virólogos llevan decenios trabajando en torno a los coronavirus y no vieron que una variante asesina se expandía por todo el mundo, que la covid-19 nos iba a arrasar. Si hay algo que debe caracterizar a un intelectual es la pasión crítica, y la pasión crítica debe empezar por uno mismo. La echo de menos en este caso -aunque puede ser, no lo descarto, que el miope sea yo.

Qué humanismo

La segunda pregunta que me asalta ante el texto de JMM tiene que ver con su alegato en pro de un “humanismo teocéntrico”, locución que, al pronto, tal como la leo, me parece un perfecto oxímoron. No tengo nada contra esta figura retórica, tan fértil, como acreditó la famosa música callada de Fray Luis, pero cuando se trata de preguntarnos por el mejor modo de construirnos un futuro común, en el que quepamos todos, creyentes y no creyentes, el teocentrismo me desconcierta un tanto. Dice Margenat que el humanismo que se empezó a fraguar en Europa hace más de quinientos años es reduccionista. Supongo, por las fechas, que se refiere al humanismo nacido del Renacimiento en su vertiente artística y cultural, pero también al surgido del intercambio comercial, de la movilidad de los bienes y las personas, del emprendimiento industrial, de la eclosión de las universidades, proveedoras del necesario talento, del surgimiento de una burguesía capaz de crear riqueza y, como consecuencia, bienestar para todos. Supongo que se refiere al humanismo impulsado por la curiosidad y por el afán de aprender. ¿Reduccionista? ¿El humanismo que impulsó las ciencias y las artes hasta horizontes nunca imaginados es un humanismo reduccionista? ¿Seguro que ese humanismo -y cito textualmente- “ya no sirve”?

Comparto, por supuesto, con JMM su interés por un mundo más sostenible, su invitación a lo que llama “la conversión ecológica”, a la “reintegración en el tejido social de las edades no productivas y no consumidoras”. Lo comparto, pero dudo que ese nuevo mundo deba ser la consecuencia de un cambio: será, más bien, la lógica de una evolución. La evolución del espacio por el que los seres humanos hemos transitado a lo largo de nuestra existencia, pero en particular, y al menos en Occidente, a lo largo, precisamente, de los últimos quinientos años. Los datos brutos, las estadísticas escuetas acreditan que la humanidad ha progresado de manera exponencial en términos de bienestar y de sabiduría. Hoy mismo, mientras mantenemos este debate y el mundo está aquejado de una pandemia terrible -coyuntural, en todo caso, por larga que sea-, vivimos inmersos en una revolución tecnológica y digital de unas dimensiones y unas consecuencias asombrosas. No está todo resuelto, claro. No hay líneas rectas ni atajos. Lo imprevisible y lo inesperado forman parte de nuestro devenir y la historia -la historia del siglo veinte, sin necesidad de remontarnos más- está cargada de momentos terribles y de retrocesos vergonzosos. Pero si algo ha caracterizado a la especie humana es su prodigiosa capacidad para sobreponerse a los obstáculos valiéndose de sus tres grandes ventajas adaptativas: su condición de homo faber, su gran movilidad ambiental… y su tendencia innata a la cooperación y al intercambio, que nos permite, de un modo casi genético, y con permiso de los Hitler y Stalin de este mundo, avanzar por la senda de la solidaridad y el bien común.

Así las cosas, en mi condición de ateo convencido, agradezco a Josep Maria Margenat su invitación al humanismo teocéntrico, pero me pregunto, y le pregunto, qué necesidad tengo de él.

Escrito en noviembre de 2020 y publicado en El Ciervo en el número de marzo-abril de 2021.

Firmado por Juan A. Torres