«Mi novela combate el género negro»

Entrevista a Juan Torres, autor de Todo en orden (editorialadarveblog.blogspot.com)

¿Quién es Nora López?

Nora López fue la alcaldesa de una pequeña localidad mesetaria de trece mil habitantes, y en Todo en orden nos narra los sucesos que tuvieron lugar durante siete días, cuando vio peligrar su reelección y tuvo que emplearse a fondo.

¿Pero existió Nora López?

No, no. En absoluto. Como Flaubert y Emma Bovary, Nora López soy yo.

Nora es un personaje moralmente dudoso y socialmente incorrecto. ¿Te has basado para crearla en personas reales?

Nora es un personaje de ficción y toda ficción se asienta en la realidad porque incluso la imaginación más desbordada necesita anclarse en la evidencia. Lo que se cuenta en Todo en orden tiene mucho que ver con la política española de los últimos cuarenta años, pero mi modelo para esta novela está tomado también de la ficción. Nick Corey, el sheriff psicópata de 1280 almas, es el alter ego de Nora López. Y nada me gustaría más que ser acusado de plagiar descaradamente a Jim Thompson.

Tu novela, por tanto, se adscribe al género negro.

Mi novela combate al género negro. Estoy de novela negra hasta el gorro. Estoy de suecos, y noruegos, y escoceses, y juezas supereficientes, y detectives entregados, y periodistas listísimos hasta más allá de las narices. Así que he escrito una novela contra todo eso.

¿Y el resultado?

Doscientas páginas que se leen con facilidad y en las que me he esforzado por arrancar unas cuantas sonrisas. Si encuentro un lector que no se sonría ni una sola vez al leer Todo en orden me consideraré un fracasado.

¿Hay algún mensaje que quieras transmitir a través de este libro?

Si quisiera transmitir un mensaje no habría escrito una novela sino un ensayo. O un catecismo: los catecismos son idóneos para transmitir mensajes. La novela es la más modesta de las actividades literarias: el autor inventa unos personajes y esos personajes hacen cosas que no modifican en nada el transcurso de la historia. Como mucho, la novela puede encender alguna lucecita en el magín de algún lector. Una lucecita que le ayude a entender un poco mejor la vida. Muchas veces, ni eso: la novela, como género, no es más que un modo de pasar el rato. Y empieza a quedarse anticuado.

¿Por qué escribes novelas, entonces?

Por tres razones: porque es una de las pocas cosas que sé hacer; porque me divierte, y porque los amigos me jalean y me refuerzan la autoestima.

¿Y qué lees? Muchas novelas negras, supongo…

Hace años que no leo novela negra. Yo creo que fue Ellroy el último autor del género que me sedujo. Y novela a secas leo poca: la ficción da poco juego y es muy engañosa. Estoy además ya en la edad de dar marcha atrás, de releer mucho, de reencontrar joyas casi olvidadas. No me obligues a dar nombres, pero te diré que en la mesita que tengo en mi despacho siempre está la Ilíada, en la traducción de García Calvo, a la que vuelvo sin desmayo.

Entrevista publicada en el blog de la Editorial Adarve el día 24 de junio de 2021

La pasión crítica de Ernesto Castro

Reflexiones sobre «Memorias y libelos del 15M»

Memorias y libelos del 15M es el último libro del joven filósofo y desatado grafómano Ernesto Castro. Tengo razones personales para apreciar a Ernesto desde hace muchos años, pero como conviene no mezclar espinacas con alharacas no voy a desvelarles los entresijos de nuestra relación. Lo cierto es que lo sigo y lo leo desde que empezó a publicar, en una edad muy tierna, y, sin poder afirmar que me lo haya leído todo -no me daría la vida para ello-, sí tengo un conocimiento de su obra podríamos decir que por encima de la media.

Me gustan de Ernesto Castro su curiosidad infinita y su desvergüenza intelectual, que le llevan a adentrarse en todos los terrenos del conocimiento humano -del trap al animalismo; de Aristóteles a Byung-Chul Han-, dispuesto a poner en solfa el pensamiento mainstream con un desparpajo que se despacha poco por nuestros lares. Me gustan menos algunos excesos conceptuales y las prisas de su prosa, que en ocasiones le conducen, y con él al lector, a ciertas oscuridades de dudosa eficacia.

Memorias y libelos del 15M es el libro de Ernesto que más me ha gustado porque tiene mucho de todas sus virtudes y muy poco de sus defectos. Es un libro legible, digerible, serio y divertido, y, por tanto, muy recomendable para todas y todos, les interese o no el 15M, porque, en realidad, del 15M es casi de lo que menos habla.

Ernesto no engaña a nadie, ni siquiera desde el título. Se trata, sensu stricto, de un libro de memorias, (lo que viniendo de alguien que ahora mismo tiene 31 años, da un pista de las esperanzas que podemos depositar en este hombre en lo que a producción memorialística se refiere) en el que emplea un mecanismo narrativo muy sugerente: sitúa el eje de la acción en torno a los sucesos ocurridos en la Puerta del Sol de Madrid a lo largo del mes de mayo de 2011 (lo que en la historiografía oficial y emocional de todos ha pasado a denominarse el 15M), pero en torno a ese eje narrativo Ernesto avanza y retrocede, se va de un lado para otro, nos cuenta su vida y la de sus amig@s y opina sobre todo cuando se mueve, e incluso sobre cosas que no.

Rabiosamente moderno

El género memorialístico tiene algunas ventajas innegables para quien lo cultiva: no exige los esfuerzos técnicos de la ficción -que tiene que hacer creíbles asuntos difíciles de creer-, ni el rigor intelectual del ensayo, que requiere de un cierto despliegue de aparato teórico. En las memorias uno dice lo que quiere, cuenta lo que le parece, desarrolla lo que le va bien y se salta lo que no encaja en su proyecto. ¿Riesgos? Los hay, claro, el más importante de los cuales es que al lector potencial no le importe nada de lo que le sucede al protagonista-narrador y termine por arrojar el libro a lo más recóndito de su disco duro.

Ernesto solventa bien el escollo: maneja la historia con buen ritmo narrativo, jalona los capítulos con sobradas dosis de sexo, droga y rocanrol, salpimienta el relato con provocaciones diversas e introduce algo que no es fácil de encontrar en el resto de su obra: mucho sentido del humor.

Con esos ingredientes sería suficiente para asomarse a la particular visión del autor sobre el 15M en particular y sobre la vida en general, pero en mi opinión hay algo que va mucho más allá y que lo convierte en un libro particularmente sugerente. Me refiero a la pasión crítica que exuda la obra desde la primera hasta la última página. Pasión crítica -me lo han oído mucho quienes me conocen- en el sentido que dota Octavio Paz a la expresión: la capacidad de poner en duda todo cuanto le rodea a uno, incluido uno mismo y el lenguaje (¡pobres académicos desnortados, qué soponcios con las licencias que se permite este hombre!). Desde esta concepción rabiosamente moderna, lo de menos es que el libro de Castro sea honesto, riguroso o certero, por derramar epítetos obligados de las reseñas bibliográficas. Lo importante es que es un libro que interpela, que nos sitúa ante una etapa de nuestra historia reciente y que nos hace transitar en ella por un terreno escabroso en el que no es fácil hacer pie y no hay donde agarrarse.

Todos los que vivimos aquellos años deberíamos leer este libro para desenmascarar y desenmascararnos. Y los que no, con más razón, porque les permitirá transitar por ellos bien alejados de los tópicos al uso.

Cómo nació Nora

Nora López, la protagonista de Todo en orden, es un personaje de ficción.

Puede parecer una obviedad afirmar tal cosa, pero tiene su importancia. La relación entre Nora y yo es la misma -salvando las distancias- que la que hay entre Flaubert y la señora Bovary: Nora López soy yo. Todo en ella es puro despeñamiento de mi imaginación y estoy convencido de que no hay alcaldesa de este país que es España que se sienta reflejada en ella.

O sea que, por ahí, nadie me va poder demandar.

En qué momento nació y por qué, quién sabe. Debió ser allá por el año dieciocho, cuando la pandemia no aparecía ni en las previsiones más agoreras, y nos prometíamos unos años razonablemente felices a base de endeudamiento infinito y patada para adelante -o sea, como siempre, como ahora.

Yo estaba cabreado. Me pasa con frecuencia. Cabreado con la vida, con la política, con las instituciones, pero cabreado especialmente con la literatura tramposa con la que nos inundan las editoriales mainstream para hacernos creer que leyendo lo que ellas publican se entiende mejor la realidad.

Es mentira, naturalmente, siempre ha sido mentira, pero lo es más en estos tiempos en los que la novela negra se ha convertido en el gran referente de la cultura prescindible de la clase media.

La novela negra -no confundir con la muy respetable novela policial británica de doña Agatha Christie y de sir Arthur Conan Doyle- nació en los primeros decenios del siglo pasado, como respuesta comercial, emocional y estética a los duros años de la Gran Depresión. Pero por arte de birlibirloque, unos y otros la han convertido en la lectura cómoda y evanescente de quien novelas porque fumar porros les sienta mal.

No me voy a parar ahora en esto. Lo que quiero decir es que la novela negra de ahora no me interesa en absoluto.

Nora López es Nick Corey

Adonde yo quiero llegar es a Jim Thompson. Jim Thompson es mi ídolo. Uno de esos escritores admirables y únicos, en los que vida y literatura se entremezclan sin que resulte fácil deslindarlas.

Como Homero, un poner.

Jim Thompson publicó unas treinta novelas y yo me las leí todas -todas las traducidas, porque su inglés no está a mi alcance- cuando buena parte de mi tiempo lo desperdiciaba en leer novela negra en lugar de labrarme un futuro en alguna prestigiosa escuela de negocios. Me vi también todas las películas que se rodaron a costa de sus historias.

Hace años que no vuelvo sobre las obras de Jim Thompson. Con una excepción: 1.280 almas, una novela que releo al menos una vez al año, junto con la Iliada y con alguna de las cosas de Sciascia.

1.280 almas es una novela prodigiosa, porque en muy pocas páginas, y en eso le gana a Homero, condensa el más despiadado, irónico y verídico retrato de la humanidad.

Como un tríptico de El Bosco, como si dijéramos.

Con un protagonista narrador -Nick Corey- que tiene todo lo que hay que tener en esta vida para triunfar: cinismo, inteligencia y una absoluta amoralidad. Nick Corey se quedó en sheriff de una pequeña localidad del sur de los Estados Unidos porque era muy vago. Con un poco más de laboriosidad hubiera llegado lejos: no me hagan decir a qué.

Total, que yo allá por el año 18 estaba cabreado y necesitaba algo más que leer 1.280 almas para canalizar mi cabreo. Necesitaba escribirla. Plagiar descaradamente a Jim Thompson y poner en un castellano equivalente su descalabrado inglés.

Me puse a retratar a Nick Corey. Y así nació Nora. Nora López soy yo, pero también Jim Thompson.

Ya les iré contando.

Les presento a Nora López

Nora López fue alcaldesa de una ignota localidad española de trece mil habitantes más o menos durante los años en que Rodríguez Zapatero rigió los destinos de nuestro país. Nora pertenecía a una formación regionalista muy peculiar, y peculiar era el modo en que ella gestionaba los intereses de su vecinos, de manera que coincidieran sospechosamente con los suyos propios.

Nora no es muy culta, ni muy trabajadora, ni muy entregada a ninguna causa, así que no cabe esperar de ella grandes aportaciones al pensamiento político contemporáneo. Ni al pensamiento político, ni al pensamiento a secas. Bastante tiene con mantener a flote la alcaldía, con ayudar a su partido a que se mantenga, con que su hijo Julio no se le vaya de las manos y con practicar el sexo frecuentemente por razones estrictas de ocio y de negocio.

Pero, vamos, lo de ponerse a escribir, como que no.

Lo que pasa es que hubo siete días… caramba con aquellos siete días. La que se lio de la manera más tonta.

Y se vio en la necesidad de contarlo. A su manera, claro. Porque Nora todo lo hace a su manera.

Eso es Todo en orden, el libro que la editorial Adarve lanzó urbi et orbe el pasado 1 de junio y que ya se puede adquirir en cualquier soporte y en cualquier canal de distribución.

Es ficción, por supuesto, pero podría no serlo.

Desde este blog vamos a estar muy pendientes de Nora. No solo por lo que nos cuenta en la novela, sino porque no hay que descartar que tenga otras cosas que decirnos.

Linkedin y el onanismo intelectual

Twitter tiene sus riesgos, pero Linkedin es un jardín de infancia para adultos


Periódicamente, algunas figuras notables de nuestro paisanaje anuncian con gran prosopopeya que abandonan Twitter. Traduzcamos la locución «figuras notables»: gentes que se tienen a sí mismas por notables, más allá de que lo sean o no; gentes convencidas de que el mundo les debe algo y llevan tiempo empeñadas en cobrárselo, sea en bitcoins, en votos, en contratos publicitarios o en reputación. Hace pocas semanas han sido una periodista y una política las que han dado el portazo a la red del pajarito y nos han dejado a todos -y todas, naturalmente- huérfanos de su sabiduría.

Según estas dos preclaras figuras de nuestro panorama público, y algunas otras que de vez en cuando salen con la misma soflama, Twitter es un sitio insoportable, cargado de un aire irrespirable y poblado de gentuza, odiadores y canallas.

No digo yo que no, pero…

Tengo cuenta en Twitter desde 2012, es decir, que estoy a las puertas, como el 15-M, de celebrar el décimo aniversario de mi tuiterizaje. En todo este tiempo he sostenido algunos debates y he exhibido algunas discrepancias. También he aprendido mucho y he enseñado, quiero pensar, algo. Solo una vez el debate se me torció: fue a cuenta de una colleja que lancé contra una conocida editorial por los desmesurados precios de las ediciones digitales de sus libros, pensados, sin ninguna duda, para desincentivar su consumo en beneficio del tradicional formato de papel. Más allá de la sustancia del asunto, a mí se me fue un poco la mano en un tuit y me contestaron desabridamente un reconocido escritor y un imbécil. El imbécil se sabía que lo era porque, amparándose en un ridículo pseudónimo, se dedicó a insultarme a palo seco. El escritor sí polemizó como mandan los cánones (es decir, con argumentos) y a partir de ahí establecimos un diálogo en el que yo terminé matizando mi excesiva posición inicial.

¿Qué fue del imbécil? Ni idea: lo despaché con un bufido, me negué a seguirle el juego, y supongo que desde entonces vaga por el éter de las redes sociales intentando enfangar todo lo que se ponga a tiro. Como él hay muchos: en Twitter y en las barras de los bares (cuando las barras de los bares marcaban el eje cenital de nuestro diálogo social: volverán pronto). El mundo está lleno de imbéciles y la clave de la supervivencia consiste en saber esquivarlos. Si uno (o una, naturalmente) es una figura pública, la tarea resulta un poco más complicada, pero el esfuerzo va en el sueldo. Y si, como se hace en ocasiones, se acude al enfrentamiento porque proporciona seguidores, porque da visibilidad o porque reporta réditos de algún tipo, entonces, pues eso: que la vida es muy dura. Es como cuando los niños juegan al fútbol, y a uno lo zurran, y abandona el juego, y decide pasarse al ajedrez. ¡Hombre o mujer de Dios! ¡Qué culpa tiene el fútbol de que haya desaprensivos en todas partes! Pues Twitter, a estos efectos es el fútbol: un terreno pantanoso en el que hay que saber desenvolverse.

Cuando todo es bondad, sin mezcla de mal alguno

Hay en cambio otras redes sociales mucho más educadas, dónde va a parar. Instagran, un poner, que he dejado de frecuentar porque tanto amanecer y tanta puesta de sol me deslumbran. Facebook: a mí no me había interesado nunca, pero entendí perfectamente su función el día que vi La red social, la película de David Fincher, que narra con buen pulso y bastante precisión el invento de Marck Zuckerberg. Facebook fue originariamente un sitio para ligar desde unos parámetros sexistas, y a partir de ahí solo tenía margen de mejora. Se ha convertido en un sitio como de botellón perpetuo, donde uno va, está un rato, se encuentra gente, parlotea, cotillea, «fuese y no hubo nada».

El periodista David González decía hace poco que «si hoy no publicas contenido ‘feliz’ en Facebook, no funciona. ¿Qué es feliz? Contenido aspiracional, de superación, que no atente contra los anunciantes». Eso es verdad, pero es que Facebook siempre ha apostado por el contenido feliz. Más me preocupa el caso de Linkedin, la red social para profesionales por antonomasia, que ha terminado convertida en un jardín de infancia para adultos.

Linkedin es, con mucho, la red social que más me ha defraudado. Tardé en entrar en ella por pereza estética. Es fea y poco amable. Pero todo el mundo decía que era el lugar de encuentro en el que los profesionales de cualquier disciplina estábamos llamados a encontrarnos, y a intercambiar, y a debatir, y a enriquecernos intelectualmente… O yo no me sé mover, o lo que he encontrado en Linkedin es uno de los ejercicios de onanismo intelectual más desvergonzados de los que se despachan por ahí. Felicitaciones entusiastas, recomendaciones sin fin, alabanzas desmedidas. Linkedin es una pasarela automática de empresas encantadas de haberse conocido, de empleados de esas empresas que no tienen ni un pero que ponerle a su empleador, de colegas que se quieren mucho y se respetan aún más, y entre los que no hay ni envidias ni rencores… Es un saco sin fondo de aportaciones intelectuales de valor dudoso, pero que, en todo caso, nadie discute, ni nadie falsea, ni nadie rebate. De vez en cuando se sube algún material de interés (yo mismo, mis artículos), pero para encontrar alguna joya es preciso adentrarse en un fango de baboseo verdaderamente pringoso.

En Linkedin todo es bondad, sin mezcla de mal alguno. Una bondad más falta que un billete que dos mil euros y con un problema sobrevenido, el más grave de todos: sin el más mínimo sentido del humor Porque en Linkedin no cabe la ironía, ni la pasión crítica, ni siquiera la broma. Todo es hueco y orondo, como un balón de playa.

Y en ese plan, ya me dirán ustedes: mucho mejor Twitter.

Publicado en La Política Online el 17 de mayo de 2021

Ensalzamiento y loa de los secretarios de organización

Nadie llega a nada en la política española si no lo quieren los secretarios de organización de los partidos


Ahora que ya han pasado las elecciones madrileñas, y antes de que caigan sobre nuestras cabezas cualesquiera otras (he oído que el alcalde de Villalpradillo del Bandajo está pensando en adelantar las de su concejo), me he animado a escribir unas líneas sobre política y lo que le cuelga.

Es un asunto que tengo en agenda desde hace tiempo, pero no sabía cómo encararlo, y han venido en mi ayuda tres expertos y un estudio. Los expertos son los profesores Iñaki Ortega, Juan Moscoso del Prado e Iván Soto, y el estudio, el que desde Deusto Business School y por encargo de APRI, acaban de hacer público bajo el título «La visión de los poderes públicos sobre las relaciones institucionales en España».

Si no se lo han leído todavía (puede que estén enzarzados con el libro del profesor Zamora Bonilla que les recomendé el otro día), háganlo cuanto antes, porque van a aprender muchas cosas sobre la realidad del lobby en España y sobre el modo en que nos relacionamos los profesionales de los asuntos públicos con nuestros representantes y gestores de los poderes legislativo y ejecutivo.

Ya saben: yo no se lo voy a resumir.

Pero hay un aspecto del estudio sobre el que me interesa detenerme: lo que el equipo investigador ha dado en llamar «Taxonomía de los representantes y cargos públicos». Con una capacidad de síntesis y una claridad de ideas admirables, los profesores Ortega, Moscoso del Prado y Soto agrupan a nuestros legisladores y altos cargos del Gobierno en tres categorías: «los militantes», es decir, aquellos que proceden de la cantera de los partidos y que han desarrollado en ellos toda su carrera, como (y los ejemplos son de los analistas) Francisco Álvarez Cascos o José Luis Ábalos; «los funcionarios», aquellos que proceden de la Administración Pública, y en particular de los escalones más altos de ella, al modo de Soraya Sáenz de Santamaría o Margarita Robles; y «los profesionales», que proceden de ámbitos diversos (la universidad o la empresa) y destinan unos años de su vida al ejercicio de la política, como pueden ser los casos de Iván Redondo o Josep Piqué.

La taxonomía es brillante porque, con todos los matices que se quiera, proporciona un buen modo de acercarse a la personalidad de aquellos (y, naturalmente aquellas) que toman decisiones importantes sobre nuestras vidas sin que la mayor parte de las veces nos enteremos de su intervención.

Lo que los autores del estudio no han abordado es una cuestión previa: cómo llegan estas personas -pertenezcan a la categoría que pertenezcan- a ocupar los puestos en los que han sido catalogados. Los autores no lo abordan -porque nadie se lo ha pedido, no porque ellos no sean capaces. Y yo no tengo posibilidades de lanzarme a estudiarlo, pero sí tengo el desparpajo de formular una conjetura: nadie llega a nada en la política española si no lo quieren los secretarios de organización de los partidos. Sean de la categoría que sean y valgan lo que valgan.

Hagamos un experimento.

Cojamos las listas de los diferentes partidos que han competido en las recientes elecciones madrileñas (si las han tirado a la basura en el contenedor correspondiente o si no estaban ustedes empadronados en Madrid, las pueden buscar en internet), y señálenme el grado de conocimiento que tienen ustedes y sus próximos sobre los candidatos, más allá de los cabezas de lista. O bien conocimiento personal y directo, o bien conocimiento inferido, derivados de sus actividades, de sus discursos o de sus publicaciones.

No hace falta que me contesten: me hago una idea. Por tanto, los 132 legisladores electos que durante los próximos dos años van a opinar y decidir sobre nuestras madrileñas vidas son personas, seguramente muy valiosas, no me cabe ninguna duda, que han sido puestas ahí por decisión directa de los líderes de los partidos y de lo que ampulosamente se llama «los aparatos».

Elaborar una lista de legisladores es una tarea hercúlea de la que se exime, como es natural, al ciudadano

El máximo exponente del aparato de un partido es el secretario de organización, sobre cuyas espaldas recae el encargo, verdaderamente hercúleo, de depositar ante el líder o la lideresa la lista que ha de competir en las elecciones correspondientes.

Hercúleo he escrito, y hercúleo es la palabra. Para elaborar una lista hay que atender a una cantidad infinita de condicionantes en cada candidato: su fidelidad a la causa, naturalmente (sin duda la exigencia más determinante), su género, su representación territorial, los servicios prestados que haya que abonarle, los servicios que se le van a pedir que abone, la capacidad de presión de quienes lo recomiendan o impulsan, el grado de amistad o cercanía con los verdaderamente influyentes, una cierta competencia profesional en algún caso, por sobreentendida que sea… y algún nombre que le suene al gran público para poder abrir algún informativo hablando de fichajes al modo florentino (el de Valdebebas).

Tiene mucho mérito lo que hacen los secretarios de organización. No todo el mundo se queda contento, claro, y a veces se labran enemistades por las que a la larga terminan pagando, pero ellos hacen un trabajo inmenso y nos facilitan a todos la vida. A los líderes, que pueden volcarse en los asuntos serios sin tener que ocuparse de la tropa; a los profesionales del lobby, que podemos dedicar nuestra actividad a desentrañar el perfil perfectamente desconocido de nuestros legisladores, y a los ciudadanos de a pie, que pueden enarbolar su papeleta, sin ni siquiera leerla, y depositarla en una urna en un acto perfectamente sacramental de comunión con el Estado.

En realidad, ahorraríamos mucho gasto público si solo eligiéramos a los secretarios de organización y fueran ellos los que se sentaran a legislar, pero ya comprendo que la gran liturgia democrática perdería mucho empaque.

Publicado en LPO el 11/05/2021

El futuro es muy futuro y mucho futuro

El filósofo Jesús Zamora Bonilla nos invita a conjeturar sobre la humanidad de dentro de millones de años


Una de las muchas virtudes de Jesús Zamora Bonilla es que es un filósofo que no parece un filósofo. No lo parece, por lo menos, si te lo encuentras fuera de su entorno. Supongo que si entras en un aula en el que hay un señor disertando sobre Kant y te dicen que es JZB pues, bueno, sí, será filósofo, claro. Pero como es catedrático y decano de la UNED y en la UNED no hay aulas, el ejercicio se complica.

Si, además, descubres que es también economista, y que tontea con la ciencia, y que tuitea sin descanso, y que es bloguero empedernido, y que ha escrito tres novelas estupendas que además son divertidas, entonces ya, qué quieres que te diga: vaya tipo más raro.

Pero, claro, como es filósofo, de vez en cuando escribe libros de filosofía. Y se ha despachado con uno que cuenta con una peculiaridad que lo hace encajar perfectamente en las páginas de este diario en el que escribo, en el que atendemos poco a la filosofía, pero donde tan preocupados andamos siempre con el futuro.

El libro se titula Contra apocalípticos y ya están tardando ustedes en comprarlo -o en sacarlo de la biblioteca- porque todo lo que escribe JZB merece la pena per se y yo no estoy aquí para suplir el rincón del vago.

A ver, un resumen rápido sí les tengo que hacer, porque si no no me van a entender.

La cosa va de que JZB echa un vistazo al pensamiento más en boga que se despacha hoy en día y lo pone verde. Poshumanistas, transhumanistas, animalistas, ecologistas, superfeministas, tecnologistas, metahistoricistas…, qué sé yo, invéntense ustedes lo que quieran: todo le parece mal. Se pone a revisar libros y autores y corrientes y escuelas del aquí y el ahora y no deja, como suele decirse, pensador moderno con cabeza (ni, por supuesto, pensadora).

Pongamos que tiene razón. Es difícil saberlo, porque cita tantos libros y tanta gente que cualquiera sabe. Yo mismo, que algo leo sobre tales materias, me quedo a dos velas con muchas de las referencias. Y con las que me suenan, pues, hombre, a saber, habría que ponerse muy a fondo para estar seguro de quién tiene razón y a mí, francamente, no me da la vida.

Bromas aparte, que sé que el autor sabrá perdonarme, el libro merece ser leído aunque solo sea por los autores que descubre y por los horizontes que analiza. Merece la pena también, y de manera muy especial, por la actitud desde la que el autor escribe y desde la que invita a leerlo: la actitud del relativismo ético que, cito textualmente, «no consiste en estar convencido de que todo da igual, sino en ser conscientes de la relatividad de los valores de cada uno» empezando por los propios, pero siguiendo también por los de los demás. «A la gente -dice el autor- le suele indignar que otros relativicen sus aspiraciones y sus creencias. Pero dejar de hacerlo ‘por no molestar’ es el camino seguro hacia un mundo poblado de fanáticos.»

Empeñarnos en «no molestar» es el camino seguro hacia un mundo poblado de fanáticos

Todo esto es esencial, pero no me quiero detener en ello porque sé que se van a comprar ustedes el libro ahora mismo y ahí van a poder leer todo esto con detenimiento.

Lo que me fascina, lo que me ha deslumbrado de este libro de JZB es el último capítulo sobre el que solo les voy a dar una pincelada para no cometer pecado de espóiler. Se titula Sobre nuestro futuro a larguísimo plazo y en él el autor se pregunta: «¿Cómo de largo es ese larguísimo plazo que sugiero considerar? Muy, muy largo, realmente largo. ¿Los próximos mil años? ¡Qué va! Eso es la vuelta de la esquina. ¡Qué digo la vuelta de la esquina!, eso es tan solo la prolongación del diminuto período histórico en el que andamos metidos, la Edad del Progreso. ¿Diez mil años entonces? Aún se me hace muy corto. ¿Cien mil? Nos vamos acercando, pero aún es un plazo de tiempo demasiado breve. Hablo más bien de millones de años y lo dejaré aquí sin especificar si son unos pocos millones o más bien cientos de millones pues esa es ya una diferencia que a nuestra imaginación le cuesta demasiado trabajo visualizar».

Por qué piensa Zamora Bonilla que la especie humana continuará con sus correrías en un futuro tan lejano es asunto que el autor argumenta con razones muy plausibles y que merece la pena que ustedes se apresuren a desentrañar entre las páginas del libro. Como merece la pena enfangarse en las singulares páginas de ese último capítulo en las que el filósofo -que no en vano se ha desenvuelto con soltura en la narrativa de la ciencia ficción- esboza los rasgos esenciales de una humanidad tan alejada de nosotros que apenas podemos imaginarla.

Zamora Bonilla es un firme convencido de que el Apocalipsis es un invento de populistas y amantes del pensamiento irracional y es también un convencido de que los seres humanos seguiremos perviviendo durante los siglos de los siglos de un modo bastante parecido a como somos en la actualidad.

Más allá de si sus argumentos nos convencen, más allá de si nos surge alguna objeción seria que pudiéramos introducir en un debate riguroso sobre la cuestión, lo que me fascina es el reto intelectual que supone indagar en un futuro visto a millones de años de distancia. Cuando aún andamos preguntándonos qué pasará en las próximas elecciones madrileñas, a dos años vista, dar el salto a un futuro tan lejano como el que JZB nos invita a pensar es verdaderamente un reto. Un reto que les invito a aceptar.

Publicado en LPO el 06/05/2021

El fútbol con barniz UVI

Esto del fútbol reventará, pero en lo que revienta o no, no les agüe la fiesta a los que viven de ella, don Florentino.


No sé si ustedes saben lo que es el barniz UVI. No se preocupen, yo se lo explico en un pispás y luego les cuento a qué viene.

El UVI es un sistema de barnizado que se utiliza sobre material impreso cuando se quiere conseguir un acabado brillante y sofisticado. Es caro y, además, excesivamente pomposo como para abusar de él, de modo que, en publicaciones que buscan cierto prestigio, es usual aplicar barniz UVI solo en las portadas.

Cuando las memorias anuales de las empresas se hacían en papel (ahora casi todas son ya únicamente digitales) las de las grandes empresas, las del Ibex, iban todas así, con barniz UVI en la página inicial.

Menos una, que lo llevaba en todas, absolutamente en todas sus páginas. El documento era un tocho difícilmente manejable -el barniz espesa mucho y aumenta el gramaje-, pero muy vistoso y sobre todo muy sonoro, porque, especialmente en su primera revisión, el abanicado de sus páginas provocaba un rumor llamativo y sugerente.

El presidente de esta empresa lo quería así y, cuando sus colaboradores convocaban el concurso anual correspondiente para la realización de la memoria -siempre lo ganaba la misma agencia, pero el paripé era obligado-, en el briefing figuraba expresamente «barniz UVI en todas las páginas». Era absurdo explicar que aquello encarecía una barbaridad el producto y lo hacía indigerible. «Es que el presidente lo quiere así porque le gusta oír a los consejeros pasar las paginas el día que les entrega la Memoria».

Este hombre de gustos tan refinados acaba de dar un puñetazo encima de la mesa y tirar las fichas de la partida que desde hace años venían jugando unos cuantos -él mismo entre ellos- a cuenta de uno de los grandes negocios de la edad moderna: el fútbol.

No me pidan que me detenga en los pormenores de esta actividad. En una sociedad como la nuestra, incluso el más ajeno al fútbol sabe algo de él. Sabe, por ejemplo, que mueve miles de millones de euros, que afecta a los sentimientos de mucha gente y que ha creado un enorme tinglado en el que se han amalgamado muy extraños intereses, honestos y menos honestos, de tipo emocional, financiero, mediático y político.

Hace años que el fútbol dejó de ser un deporte para convertirse en un espectáculo de masas en torno al cual se mueven ingentes cantidades de dinero. O, si lo prefieren, sigue siendo un deporte en los niveles más modestos y un tinglado de egos y poder en los más altos.

El fútbol ha llegado a ser más importante que la mayoría de cosas importantes

Actividad privada donde las haya (ya me dirán ustedes qué interés público puede tener darle patadas a un balón hasta que entra entre tres palos), los Estados metieron hace mucho sus manazas en el asunto para mangonear los sentimientos de los aficionados. Actividad improductiva por esencia (ya me dirán ustedes qué producto puede generar, etcétera), el mundo financiero se ha volcado en sacarle réditos a la cosa. Actividad lúdica y honesta por definición (ya me dirán ustedes, etcétera) ha congregado en torno suyo un extraño conglomerado de sinvergüenzas, vividores, supervivientes de toda ralea e incluso algún tipo honrado que pasaba por allí. Alguien -uno de los pocos cultivados que se ha movido con éxito en ese mundillo de trúhanes- dijo en su día que el fútbol era lo más importante de las cosas menos importantes. Ahora ya no: ahora es más importante que la mayoría de las cosas importantes porque conjuga más intereses que la mayoría de las cosas importantes.

Y ahora, ya saben, llega el señor del barniz UVI, que tiene un club de fútbol con el que entretiene sus murrias, y se pone de acuerdo con otros cuantos ricachones y dice que ellos van a hacer con sus empresas lo que quieran. Que para eso son suyas. Y va el personal, la mayor parte del personal, y en particular los Estados y todo los que les cuelga -uefas, fifas y otras filfas-, y se enfadan. Ya que hablamos de fútbol: es como cuando un grupo de niños juega a la pelota en el parque, y de pronto uno dice que la pelota es suya y que se la lleva porque se va a casa a merendar. Pues todos se enfadan. Normal.

La verdad es que yo, por una vez y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con el presidente del barniz UVI. Él tiene un balón y echa a pies con otro de los grandullones y decide quién juega y quién no. Los demás, que se organicen.

Yo estoy de acuerdo con él. Siempre y cuando, claro, devuelva las ayudas que el Estado y sus fifas le han dado y le llevan dando desde tiempos inmemoriales. Siempre que devuelva los favores que le han hecho para que construya sus megalómanos proyectos en las mejores zonas de la ciudad y siempre que dejen de reírle las gracias en cuantas actividades empresariales y pseudodeportivas se le ocurran.

Yo soy un firme defensor de la iniciativa privada, siempre y cuando, naturalmente, sea privada de verdad.

No sé si he conseguido explicarme, porque, a mí, escribir pegado a la actualidad me pone muy nervioso. Como cuando calculaba el coste de un documento barnizado en UVI en todas sus páginas y me salían unas cifras disparatadas y absurdas.

Actualización.– Con el artículo ya en prensas -estaban los linotipistas dándolo todo, si hubiera linotipistas- al presidente del barniz UVI se le han venido encima todos los poderes fácticos y perifácticos y le han dicho que ni hablar, que el fútbol es una cosa muy seria y que no se puede tratar como un negocio.

Y se lo han venido a decir hinchas de clubes que son propiedad de emires árabes y de empresarios instalados de siempre en la raya misma de la ilegalidad; se lo han venido a decir gobiernos que se valen del fútbol para todo tipo de artimañas mediáticas; se lo han venido a decir exjugadores que hicieron de la fullería en sus contratos multimillonarios todo un modo de vida y jugadores en activo que inventan copas davis privadas sin que se les mueva una ceja…. Y por supuesto se le han levantado en armas esas entidades generosas y sin ánimo de lucro (espero que se capte la ironía), tipos uefas y fifas, que de pronto han visto peligrar su armónico modus vivendi.

Esto del fútbol reventará, por supuesto, pero en lo que revienta o no, no les agüe la fiesta a los que viven de ella, don Florentino.

Publicado en La Política Online el 20/04/2021

La hora de la salud mental (al parecer)

He empezado a ver por todas partes psiquiatras que me incitan a consumir cantidades ingentes de risperidona y mirtazapina.


Hace algunas semanas, un joven diputado con mucho futuro -lo digo como conjetura, porque de presente va un poco justo- se subió a la tribuna del Congreso en uno de esos plenos vacíos en los que unos a otros se insultan con desparpajo, y conminó al presidente del gobierno a que se preocupara por la salud mental de los ciudadanos. La pregunta tuvo mucho impacto, por lo inusual, y el propio Pedro Sánchez le felicitó («son estas preguntas las que dignifican esta cámara») como si, por ejemplo, preguntar por el modo en que piensa abordar la deuda pública o el modo en que va a ayudar a los autónomos arruinados revelaran una actitud indigna.

El caso es que todo el mundo -entendiendo por todo el mundo los medios que regulan el pensamiento mainstream- aplaudió la iniciativa del diputado-con-futuro. Hay consenso en que la salud mental va cada vez a peor y en que la pandemia ha incrementado hasta niveles nunca vistos dolencias psicológicas del tipo de depresión o ansiedad.

Es la hora de los psiquiatras, al parecer. Y como a mí las unanimidades me ponen un poco nervioso (atención, psiquiatras: paciente potencial) me puse a ronronear hasta que recuperé una historia que había leído hace muchos años.

Experimento, fase uno

En 1972, un psicólogo norteamericano, David Rosenhan pidió a ocho amigos que le ayudaran a realizar con él un experimento. Les dio unas cuantas instrucciones básicas y envió a cada uno a un hospital psiquiátrico de lugares y tipologías distintos. Lo que cada uno de aquellos amigos -profesionales de cierto nivel todos ellos- tenía que hacer era sencillo: presentarse en la recepción y decir: «Oigo una voz que me dice ‘zas’ (thud en el original, es decir, la expresión onomatopéyica tan típica de los cómics)». Las instrucciones indicaban que al resto de las preguntas que se les hicieran había que contestar con sinceridad, aunque sin revelar la identidad. Si los admitían en el psiquiátrico, debían declarar inmediatamente que se encontraban bien y que habían dejado de oír la voz. En cuanto a la medicación que previsiblemente les administrarían, les enseñó a esconder las pastillas debajo de la lengua.

Omito detalles para no alargarme demasiado: todos los participantes en el experimento -incluido el propio Rosenhan- fueron hospitalizados, todos recibieron terapia y a todos se les diagnosticó ‘esquizofrenia paranoide’ o alguna etiqueta por el estilo. Si preguntaban «cuándo voy a salir», la respuesta era «cuando esté bien». Y un buen día, sin que sucediera nada ni hubiera ningún cambio, les daban el alta. La estancia media en el hospital había sido de diecinueve días: la más larga, cincuenta y dos; la más breve, siete. Les daba el alta por remisión de síntomas; en ningún caso se diagnosticó la cordura de estos falsos pacientes. El alta era un paréntesis pasajero en una enfermedad que nunca remitiría.

Experimento, fase dos

El experimento de Rosenhan fue duramente criticado por buena parte de sus colegas y se organizó un debate agrio. Tanto, que el psicólogo decidió darle una vuelta de tuerca y hacer un nuevo experimento, esta vez a la inversa. Acordó con un hospital psiquiátrico concreto, en el que sus profesionales habían sido especialmente duros con él, que a lo largo de tres meses le enviaría un número indeterminado de pacientes falsos, y serían esos profesionales quienes tendrían que detectarlos. No se trataba por tanto de decidir quién tenía problemas de salud mental sino quién estaba perfectamente cuerdo.

Al cumplirse el tercer mes, el personal del hospital informó a Rosenhan que se habían detectado, «con un alto grado de fiabilidad», cuarenta y un pacientes falsos.

Rosenhan no había enviado ninguno.

Experimento, fase tres

Pasaron más de veinte años. La psiquiatría había avanzado mucho. Algo había tenido que ver la antipsiquiatría de Cooper y Laing, pero es posible que también el avance de la «sociedad medicalizada» que denunció Ivan Illich, que permite sustituir la reclusión por pastillas para obtener el mismo control sobre el paciente. El caso es que un buen día de finales de siglo, la psicóloga Lauren Slater, haciéndose pasar por una amiga suya, se está cinco días sin ducharse, se viste desharrapadamente y se va a las urgencias psiquiátricas de un hospital cualquiera.

Repite paso a paso lo que Rosenhan y sus amigos hicieron veinte años antes. «Oigo una voz que dice zas», le revela al médico que la atiende. El doctor le pregunta por su vida, por su infancia, por su situación. La paciente contesta a todo con sinceridad, es decir, le narra una vida perfectamente normal y monótona. El médico concluye que le va a recetar un antipsicótico. «Entonces -pregunta ella-, ¿cree que soy psicótica?». «Creo que tiene un toque de psicosis y que además está bastante deprimida», le contesta mientras le rellena el formulario.

La psicóloga repitió el experimento varias veces durante los días siguientes. Acudió a las urgencias de varias hospitales y repitió la misma historia. En casi todos los casos le diagnosticaron depresión con características psicóticas. En ningún caso la ingresan y las visitas no duran más de diez minutos, pero en total le recetan veinticinco antipsicóticos y sesenta antidepresivos.

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Nuestro joven diputado-con-futuro está muy preocupado por nuestra salud mental y nuestro presidente comparte con él la preocupación. Ha prometido priorizar la estrategia de salud mental del sistema nacional de salud y, aunque -en el mejor estilo sanchista- no ha precisado nada sobre qué significa todo eso, yo he empezado a acordarme de Thomas Szasz, y a ver psiquiatras por todos los rincones, psiquiatras que me miran con una mezcla de displicencia y conmiseración y me incitan a consumir cantidades ingentes de risperidona y mirtazapina.

Naturalmente, con receta.

Publicado en La Política Online el 18/04/2021