Un poeta contra la independencia

Acaba de cumplirse un siglo del nacimiento de Aimé Césaire. Martinica, la isla caribe en la que vino al mundo, formaba parte del sólido entramado colonial francés que representaba, por aquel entonces, el 8,4% del territorio habitado del planeta.

El colonialismo de nuestros vecinos, fiel a la visión política de la Revolución de 1789, era brutalmente centralista en su organización administrativa, culturalmente uniformador e inevitablemente paternalista. En ese contexto, Césaire nació siendo, en cierto modo, un privilegiado. Perteneciente por raza al escalón más débil de la masa social de Martinica, era sin embargo nieto del primer profesor negro de la isla. Su padre era también profesor y su madre, una costurera que sabía leer y que jugó un papel importante en la alfabetización de las mujeres.

De los seis hijos del profesor Césaire, Aimé es el único que consigue una beca para estudiar en París, donde llega con dieciocho años. En la capital de la metrópoli estudia primero en el Liceo Louis-le-Grand para pasar después a la selecta Escuela Normal Superior, donde se forma la flor y nata de la clase dirigente francesa. En esos años encuentra dos compañeros que serán esenciales en su devenir: el senegalés Léopold Sédar Senghor y el guayanés Léon Damas. Los tres nombres quedarán para siempre unidos en la creación de un concepto esencial para el desarrollo del pensamiento político y cultural del siglo XX: la negritud.

Más que un programa político

La negritud, por decirlo con simpleza wikipédica, es la culminación de la toma de conciencia de los negros asentados en territorios dominados por los blancos y, más específicamente, por los europeos. Pero se trata de una toma de conciencia que va más allá de la liberación de la esclavitud o del puro dominio político y económico. La negritud implica también la liberación cultural, la recuperación de las señas de identidad específicas de las diferentes culturas africanas arrasadas, el descubrimiento, por parte de los ciudadanos negros de las colonias, de nuevos modelos, de modos propios de crear, de pensar, de avanzar, de construir el futuro.

El movimiento puesto en marcha por Césaire, Senghor y Damas cuajó porque en el caldo de cultivo de los años treinta había ya un serio debate en el pensamiento europeo más progresista sobre el sentido del colonialismo. El marxismo jugó un papel determinante en esta reflexión, lo que no deja de ser paradójico, puesto que su triunfo reciente en Rusia iba a servir para construir una nueva forma de explotación de los pueblos tanto o más opresora, pero lo cierto es que, al menos en Francia, el discurso de Marx, a través de Sartre y de algunos otros pensadores del momento, ayudó a los jóvenes estudiantes negros parisinos a dar forma a su teoría.

Eran tiempos también de vanguardias y no conviene olvidar que nuestros tres protagonistas eran, tanto o más que activistas, poetas. La condición de poeta y revolucionario es bastante frecuente -Neruda, Cardenal, Alberti, Maiakovski-, así que no hay de qué extrañarse. Lo extraño es que a la larga la combinación funcione, porque lo usual es que los poetas sean unos pésimos políticos o que su búsqueda de las esencias termine alejándolos de la realpolitik de sus camaradas. Los poetas políticos suelen acabar mal y recuerden, por no irnos muy lejos, el último poeta español que se sentó en el Consejo de Ministros. No es esto así en los casos que nos ocupan.

Marxismo, surrealismo, una buena formación intelectual y una formidable red de contactos y apoyos convirtieron a Césaire, todavía muy joven, en uno de los líderes destacados de la oposición colonialista en Martinica. No solo porque tenía un discurso sólido contra el dominio colonial, sino porque también había articulado un consistente relato en favor del nuevo tiempo que los antiguos esclavos, dueños de su destino, estaban en condiciones de construir. La obra poética de Césaire -una de las más fascinantes escritas en lengua francesa durante el siglo XX- había arrancado ya con el inmenso poema Cuaderno de un retorno al país natal y su relevancia y modernidad habían sido saludadas por André Breton como una de las más audaces novedades de la joven poesía francesa.

Rechazo a la independencia

Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, el destino de Aimé Césaire parecía ya escrito. Se afilia al Partido Comunista precisamente en 1945 y forma parte del conglomerado de líderes en todos los países de la francofonía que lucha denodadamente por acabar con el dominio colonial. Son años duros, terribles, para países como Vietnam, Camerún, Argelia, Marruecos, que avanzan de manera imparable hacia su independencia. O como Senegal, donde su amigo Sédar Senghor encabeza el enfrentamiento con el implacable De Gaulle. Todo el mundo espera que Césaire, alcalde ya de la capital de la Martinica y con un escaño recién alcanzado en la Asamblea Nacional francesa, rompa con la metrópoli y declare la independencia.

No solo no lo hace sino que hace todo lo contrario: negocia con el gobierno francés una vieja reivindicación de algunos líderes criollos del XIX: el estatuto de departamento para la isla, es decir su transformación en una pieza más del territorio francés, al mismo nivel administrativo, para entendernos, que París, con su mismo estatus, con sus mismos derechos e incluso con más dinero, habida cuenta de sus componentes de insularidad y extraterritorialidad. La petición es insólita y atrevida porque supone exigir ciudadanía de pleno derecho para quienes hasta ese momento han sido súbditos de tercera división, pero De Gaulle se lo concede como se lo concede a Guayana, Guadalupe y Réunion, en un momento en el que necesita presentarse ante los franceses con algo más que un montón de fracasos coloniales.

Entre su amigo Senghor y él se abre un abismo. Para el que pronto será flamante presidente de un Senegal libre, la negritud solo puede plasmarse en oposición a Europa, abriendo un frente nítido contra los valores y la cultura de los opresores. Césaire en cambio piensa que ya no hay división posible, que las culturas se han entremezclado inexorablemente y que lo que ahora deben hacer los territorios explotados es recuperarse del expolio exigiendo a la metrópoli la devolución de cuanto se han llevado. Césaire tiene las ideas muy claras: una Martinica independiente es inviable porque carece de recursos propios suficientes y se encuentra sembrada de una inextricable red de corruptelas, ineficiencias y mala administración. Una Martinica independiente -por más que él estaba llamado a ser su presidente- estaría condenada a ser uno más de los pobres países del continente americano, un reducto del Caribe tan pintoresco como miserable, al modo de Haití. Martinica, piensa Césaire, necesita desarrollo y ese desarrollo debe pagarlo quien se lo arrebató: no hay mejor modo de cobrárselo que formando parte de él.

Fruto de este discurso insólito y atrevido, a contracorriente del pensamiento dominante, estos departamentos franceses de ultramar son hoy territorios de la Unión Europea en el continente americano, espacios ampliamente desarrollados en un entorno de calamidades y carencias, lugares donde el encuentro de culturas va más allá del folclorismo y donde la inversión tecnológica e industrial se mide en tasas europeas.

Aimé Césaire mantuvo la alcaldía de Fort-de-France y su escaño en París hasta pocos años antes de su muerte en 2008, lo que algo dice de la consideración política que le tuvieron sus conciudadanos. En el campo internacional, es un poeta conocido y ponderado. Sin embargo, la lucidez política que le hizo abandonar las posiciones independentistas de su juventud nunca ha sido reconocida como se merece.

(Este artículo apareció publicado por primera vez en el diario Vozpópuli el 3 de enero de 2014)

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Cuando el fútbol era un deporte

Darle patadas a una pelota es actividad que se remonta a los comienzos de la civilización. Sobre la base de algún antecedente más o menos pintoresco, cualquier nación actual puede intentar hacerse con la paternidad del fútbol moderno, pero lo cierto es que fueron los británicos, a lo largo del siglo diecinueve, los que de verdad hicieron el trabajo y lo culminaron brillantemente.

Los antecedentes los habían puesto en las islas británicas las legiones romanas de Julio César y durante toda la edad media y la edad moderna el pueblo llano se había distraído con variedades bastante bruscas del golpeo de pelotas y adversarios. Cómo sería la cosa que, en tiempos tan broncos como aquellos, hubo intentos incluso de prohibir estos juegos, pero sin éxito.

Jugar entre varios con un objeto esférico golpeado con los pies tiene varias ventajas: es una forma barata de ocio, es una manera fácil de hacer ejercicio, muy necesario para quien no lo practica en su vida ordinaria, y es un buen modo de fomentar la camaradería. Estas ventajas las tuvieron tan claras en las escuelas secundarias y en los colleges británicos que todos ellos terminaron por desarrollar fórmulas propias de practicar este deporte.

Fútbol asociación

Al principio hubo tantos tipos de fútbol como escuelas. El desarrollo industrial vino en ayuda de su unificación porque el ferrocarril acortó las distancias y permitió que las diferentes escuelas pudieran competir. Esto era esencial para impulsar el factor de identificación del grupo, así que todas lo fomentaron. Pero durante un tiempo la situación era tan absurda que, cuando dos equipos se retaban, tenían que echar largas horas de negociación para determinar las reglas de cada partido.

Hay una fecha esencial. Entre el 26 de octubre y el 8 de diciembre de 1863 se realizaron seis reuniones en la Taberna Freemason’s a la que asistieron doce clubes de distintas escuelas de Londres. Se trataba de fijar unas reglas definitivas y de crear un órgano que regulara su cumplimiento. El acuerdo se alcanzó y se creó la Football Association –término que le diferenciaba de otros formatos en vigor-, aunque la prohibición expresa de los placajes y algunos otros detalles hicieron que uno de los clubes abandonara para impulsar la Rugby Football Union, el máximo órgano del rugby inglés. Desde entonces, esta escisión ha pesado para siempre en la dicotomía de “un deporte de caballeros practicado por salvajes y un deporte de salvajes practicado por caballeros”. Adivinen cuál es cuál y desde qué lado se pronunció la frase.

Hay que entender algo para poder seguir. En el fútbol inventado por los escolares británicos victorianos ganar no era lo importante: lo importante era cohesionar el grupo y practicar el fair play, los dos valores esenciales sobre los que los ingleses terminaron por construir un imperio. Obsérvese lo que decía al respecto un diplomático español de la época (entendiendo a este respecto que “español” y “época” son dos términos que producen bastante melancolía):

El deporte representa en Inglaterra el más avanzado y eficaz de los métodos pedagógicos. Veamos cómo en un partido de foot-ball, pongamos por caso, se advierte a los jugadores que en el equipo, lo mismo que en la vida, lo que menos interesa son los alardes individuales, el exhibicionismo fanfarrón, incluso cuando sea fruto de excelentes cualidades futbolísticas. Lo que hace falta, lo mismo en el deporte que en la vida pública, es el espíritu de equipo, de colaboración, sacrificando la brillantez personal a la eficacia colectiva.

Esta férrea voluntad de fair play se reflejó desde el primer momento en las reglas, pensadas por lo general no para hacer el juego más vistoso ni para conseguir más goles (de hecho, los marcadores eran ridículamente bajos en los inicios del fútbol) sino para garantizar la limpieza del juego, la igualdad de oportunidades y la cohesión del grupo.

El fuera de juego

El caso de la regla del fuera de juego es especialmente clarificador. El fuera de juego se creó para evitar que nadie se colocara en la portería contraria descaradamente y esperara allí sin esfuerzo la llegada del balón. Era una medida pensada para evitar la trampa y el escaqueo. En una primera formulación, la regla exigía que, cuando un jugador estuviera en posesión de la pelota, ninguno de sus compañeros pudiera posicionarse por delante de esta. Ello obligaba a pasar el balón únicamente hacia atrás y dificultaba hasta extremos absurdos la llegada a la portería contraria. De modo que, pronto, el organismo regulador del Football Association cambió la regla para dejarla en que el fuera de juego se comete cuando entre el último jugador sin balón y la portería contraria hay menos de tres jugadores del equipo que defiende. Esta regla, que luego redujo a dos el número de jugadores y como tal se ha mantenido hasta la actualidad, define la esencia del fútbol tal y como hoy lo conocemos, porque es la que permite que los jugadores se interrelacionen en el campo con una mezcla fascinante de fuerza y de pericia.

Una vez convertido el fútbol en el fenómeno de masas que llegó a ser a lo largo del siglo XX, los británicos han sido poca cosa en el escalafón mundial, entre otras razones por su admirable empeño de mantener independientes las cuatro federaciones correspondientes a las naciones integradas en el Reino Unido. Solo Inglaterra tiene un cierto nivel y su liga y sus clubes se codean con lo mejorcito de la Europa continental. Como selección, Inglaterra tuvo su momento de gloria en 1966 cuando ganó su propio Mundial con un fútbol ejemplarizante de las lecciones fundacionales sobre las que había creado este espléndido juego.

Después vinieron los Havelange, los Villar, los Florentinos y toda esa caterva interminable que ha hecho del fútbol un lamentable espectáculo de egolatría y despilfarro y que ha conseguido convertirme en un exaficionado. Pero eso ya es otra historia.

(Una versión algo diferente de este artículo fue publicada en el diario Vozpopuli el 20 de junio de 2014)

 

Mis poetas muertos

El primer poeta consagrado al que di la mano se llamaba Federico Muelas. Era ya muy mayor cuando vino a mi colegio a pronunciar una conferencia y yo andaba transitando en los primeros cursos del bachillerato elemental. Muelas era, para mi percepción de entonces, inmensamente viejo, hosco de tez, monótono y tedioso, pero estoy seguro que nada de esto era cierto y todo se debía a la lóbrega escenografía de aquel salón de actos. Recuerdo lejanamente que habló de Cuenca sin que viniera a cuento -luego he sabido que siempre hablaba de Cuenca- y que leyó algunos poemas sencillamente incomprensibles. Leía sin gracia, con mucha solemnidad y aplomo, y yo, que debía andar por los once años y ya empezaba a tontear con los versos, me asombraba de que un hombre tan mayor se tomara en serio aquel juego. Al terminar, se acercó a unos cuantos de nosotros y nos dio la mano. No entendí aquel gesto. Federico Muelas, que murió pocos años después, era un nombre que no me decía nada entonces y después me ha dicho poco, aunque soy capaz de reconocerle un buen dominio de la técnica y cierta sensibilidad descriptiva un poquito pastosa. Tal que así:

Alzada en bella sinrazón altiva
-pedestal de crepúsculos soñados-,
¿subes orgullos, bajas derrocados
sueños de un dios en celestial deriva?
¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!
¡Oh, aventura de cielos despeñados!
Cuenca, en volandas de celestes prados,
de peldaño en peldaño fugitiva.
Gallarda entraña de cristal que azores
en piedra guardan, mientras plisa el viento
de tu chopo el audaz escalofrío.
¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
Hilván dorado al aire del lamento.
Cuenca cierta y soñada, en cielo y río.

Dos

A José García Nieto, casi contemporáneo del anterior, lo conocí muchos años después, en un acto cultural pretencioso e insípido auspiciado por un ayuntamiento próximo a la capital, cuando los ayuntamientos próximos a la capital empezaban a dárselas de cultos. Habían premiado a un excelente poeta amigo mío, a quien le resultaba imposible asistir, y allá que fuimos, mi mujer y yo, a recoger en su nombre el cheque y la placa -”sobre todo el cheque”- de manos del complaciente alcalde de turno. Lo que no sabíamos era que el plato fuerte del acto lo marcaba la conferencia de don José de la que no recuerdo nada salvo su engolamiento y su longitud. En el cóctel lo saludé en mi condición vicaria de agasajado e intercambiamos algunos tópicos del oficio. No nos caímos bien, no puedo negarlo, y eso que yo apreciaba por aquel entonces su garcilasiana capacidad de escribir bien sin decir gran cosa. Cuando en el 96 le dieron el Cervantes me quedé un poco perplejo (¡aún no lo había recibido Ferlosio!) pero comprendí, pese a mi insultante juventud de entonces, que en este mundo de los grandes vates los favores son moneda de cambio. Cuando murió, cinco años después, la obra de García Nieto empezó, me temo, a difuminarse. Un suponer:

Erraba sin sosiego… Nadie sabe…
Verde su corazón era, y ardía
coronando a la piedra. Le pedía
vecindades al sol, júbilo al ave.
Era un arco hacia Dios. La forma grave
espuma, vuelo, soledad se hacía,
y el sueño, el aire, el agua repartía,
sola estrella, fiel ala, incierta nave.
Corceles desbocados de la tierra
le pusieron la voz y el alma en guerra;
quedó el verso flotando sobre el ruido,
y, abajo, el hombre, en su mortal estrecho,
con una rosa abierta por el pecho
y en pájaro sonoro convertido.

Tres

Rafael Morales, solo ligeramente más joven que los anteriores, tuvo el valor, allá por los ochenta, de hacerse conmigo un viaje desde algún lugar de Andalucía hasta Madrid, en mi achacoso 127 de segunda mano. Yo pisaba el acelerador como si estuviera compitiendo en un rally y él disertaba, con placidez y sosiego, y me cubría, con elegancia y sin sacarme los colores, mis muchas lagunas sobre su obra. No sé muy bien en qué evento habíamos coincidido, y no habíamos cruzado palabra hasta que yo comuniqué a los organizadores que me volvía en mi coche antes de que aquello acabara. Tímidamente, casi con rubor, me pidió que lo trajera arguyendo también algunas prisas genéricas (tengo para mí que el evento en cuestión había dado de sí todo lo que podía). Cruzar Despeñaperros y La Mancha en un 127 hace treinta años da para charlar largo y tendido, y en aquel viaje yo aprendí mucho de aquel hombre que tenía por entonces casi setenta años y las había visto de todos los colores. Me invitó a su tertulia del Gijón, pero, tonto de mí, nunca encontré hueco en mi apretada agenda. Le envié algún libro mío y me contestó, a mano, con tinta verde, letras enormes y firmes, en papel de la Academia, dando muestras de habérselo leído y de no parecerle mal del todo. No nos volvimos a ver, pero tras su muerte en 2005 aún a veces lo rememoro con piezas como este tierno poema al cubo de la basura:

Tu curva humilde, forma silenciosa,
le pone un triste anillo a la basura.
En ti se hizo redonda la ternura,
se hizo redonda, suave y dolorosa.
Cada cosa que encierras, cada cosa
tuvo esplendor, acaso hasta hermosura.
Aquí de una naranja se aventura
la herida piel silente y penumbrosa.
Aquí de una manzana verde y fría
un resto llora zumo delicado
entre un polvo que nubla su agonía.
Oh, viejo cubo sucio y resignado,
desde tu corazón la pena envía
el llanto de lo humilde y lo olvidado.

Cuatro

A Jaime Gil de Biedma no llegué a conocerlo personalmente, pero sí nos carteamos. Era, cuando entonces, mi ídolo y aún sigue figurando en el top ten de mis grandes poetas. En los estertores de los ochenta tuve la osadía de pedirle que me presentara un libro que estaba próximo a publicar y cuyas galeradas le adjuntaba. Me contestó con rapidez y amabilidad, con indicaciones muy certeras sobre el libro, con recomendaciones concretas de mejoras, con exaltación de algunos logros y mención detallada de chirridos. Fue un máster para mí, aquella carta. Al final, el maestro declinaba la invitación con argumentos plausibles, pero a mí me los dio para mantener la correspondencia. Argumentos que se derrumbaron bien pronto porque en enero del noventa Gil de Biedma murió. Su obra, tan viva como siempre, resuena cada día con renovada actualidad:

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.

Cinco

Con Gonzalo Rojas coincidí por casualidad, él ya octogenario y sin que el Cervantes aún lo hubiera ungido. Cuando andaba por Madrid se pasaba casi a diario por una librería con la que yo andaba entonces profesionalmente enredado. Sabía de él, claro. Ya había recibido el Reina Sofía y era una referencia obligada para todo el que quisiera estar al tanto de la poesía en español digna de tal nombre, pero confieso que apenas lo había leído y mis ideas sobre él era bastante tópicas. Venía a la librería en horarios tranquilos de días laborables, así que era perfecto para pegar la hebra. Hablaba un castellano exacto con el acento sedoso de los chilenos viajados y era divertido e irónico, y estaba cargado de anécdotas y de bromas. Me dedicó sus libros y los leí fascinado: esa poesía fragmentaria y frugal, juguetona y en apariencia dislocada… Dejé la librería y no lo volví a ver. Cuando le dieron el Cervantes dudé en felicitarlo, pero siempre he pensado que en esos casos conviene no abrumar. Hace tres años murió, pero lo sigo oyendo:

Tanto hablar de libertad para parar en esto, el barrial
le llegaba a la cintura y yo soñando con su pureza, lo más
que me gusta ver son las estrellas
al mediodía pero es difícil, no hay
arcángeles, ¿qué va a haber arcángeles?, se habría
oído decir, el juego es otro, el balbuceo,
el silabeo, el centelleo, el parpadeo es otro: cosa de cutis
y arrogancia, desplante
y desparpajo
y nada más, le pregunté cien veces
para venirse a vivir conmigo si era valiente,
pero no era valiente.

Seis. Y siete.

A Luis Rosales y a Félix Grande los conocí a la vez, lo cual está bien porque, pese a la diferencia de edad y de generación, llegaron a convertirse en hermanos gemelos. Los tres fuimos miembros del jurado de un premio literario en un sonado municipio manchego. El jurado lo presidía el alcalde, un hombre obeso y gritón, que lanzaba sin parar citas equivocadas del Quijote, y actuaba como secretario el director de la Casa de Cultura, que se admiraba de la capacidad de algunos para escribir sonetos en los que todos los versos, sin fallar uno, conseguían medir once sílabas. Rosales y Grande se tomaban aquel despropósito con una gran profesionalidad y demostraron que se habían leído la mayoría de los trabajos presentados aunque tenían muy claro a quién querían premiar. Yo era joven e inocente, así que, tras pelear inútilmente en pro de otro candidato, rendí mi voto al suyo para alcanzar la unanimidad.

Conocía la obra de los dos, y la admiraba. De Rosales creía, y aún creo, que hubiera podido ser uno de los más grandes de la generación del 27 si la guerra no le hubiera condenado a mantenerse en una posición tibia y cobarde del lado de los vencedores. Con todo, la calidad de su obra es incuestionable. Félix Grande había publicado ya sus dos obras maestras: Las rubaiyatas de Horacio Martín y la Memoria del flamenco. Hablamos aquella noche y aprendí de ambos -aunque Rosales, el hombre, ya estaba muy achacoso y tenía problemas con el habla: murió poco después-. Con Grande me carteé posteriormente, y hablamos por teléfono –no recuerdo con qué motivo- y nos vimos en un par de ocasiones. Era orgulloso, y vehemente, y tenía la autoestima acaso un punto subida. Pero era brillante, y sabio, y mantenía un empeño admirable en buscar la belleza. Su muerte me ha dolido y estos días, más que nunca, me resuenan sus lúcidas palabras:

He querido expresarme

Toda mi vida he querido expresarme.
No tengo otro destino, otro afán, otra ley.
Fui actos sucesivos
y el olvido que destilaban
los corroía a ellos y a mí.
Sobre los actos fui palabras
y ellas buscaban una lumbre
que no me calentaba a mí.
Palabras y actos juntos
nada son sin placer del cuerpo.
Ahora regreso de esa vida umbría
buscando siempre calor de mujer.
Palabras y actos sólo allí me expresan.
Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje.
Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea.

 

Publicado en Vozpópuli el 14 de febrero de 2014

 

Tomando café con Bach

El único pero que se le puede poner a Bach es que no compuso ninguna ópera. Nunca explicó por qué. Puede ser, en parte, porque su formación luterana le disponía mal contra la propia idea del teatro, pero en parte también, y seguramente sobre todo, porque siempre tuvo demasiado trabajo y ninguno de sus clientes se la encargó.

Cabe pensar que alguna vez acarició la idea. Es una conjetura razonable porque, cuando su coetáneo Haendel arrasaba en la escena inglesa, fueron varios los intentos de ambos por verse e intercambiar experiencias. De algún modo se sabían complementarios y se buscaban. Finalmente no se vieron, y resulta fascinante aventurar si no será este uno de esos encuentros frustrados que, de haberse producido, hubieran transformado la historia.

Componer, dirigir y enseñar

No escribió ópera, digo, pero estuvo muy cerca de ella: sus grandes oratorios -las cuatro Pasiones que han llegado hasta nosotros, por ejemplo- así como las cantatas son piezas a las que les falta muy poco para estar en condiciones de dar el salto a la escena. Y hay una en concreto que lo da y que puede encuadrarse sin demérito alguno en el paquete de la opereta cómica, tan querida en la cultura germana. Me refiero a La Cantata del Café, compuesta por Johann Sebastian cuando tenía 49 años y ya llevaba once a las órdenes del Ayuntamiento de Leipzig como cantor y director musical en la iglesia luterana de Santo Tomás, un cargo que en la práctica lo convertía en el máximo responsable de cuanto tuviera que ver con la música en la cosmopolita capital sajona. Con la música y con su enseñanza, lo cual es mucho decir porque, en aquella sociedad precientífica y profundamente calvinista, la música era una disciplina a la que se dedicaba mucho más interés y esfuerzo que a otras más ilustradas, como las ciencias o la gramática.

La faceta didáctica de Bach ha sido siempre bien conocida. Su segunda esposa, Anna Magdalena Wilche, con la que, viudo y treintañero, se casó cuando era ella una jovencísima soprano, ha documentado bien la dedicación terca e incansable del músico en la formación de sus numerosos hijos. Pero más importante aún es la tarea que desarrolló en el Collegium Musicum de Leipzig donde impulsó actividades y métodos con una capacidad inagotable.

Por ejemplo, los miércoles del verano Bach cogía a sus muchachos y se iba al Café Zimmermann (mis dylanianos lectores, que los tengo, sufrirán en este punto una ligera conmoción) a animar las veladas de los satisfechos burgueses que paladeaban el brebaje de moda en toda Europa.

La hora del café

El café como infusión, tal como lo tomamos ahora, era muy reciente en Europa y apenas un recién llegado en las ciudades-estado del antiguo imperio germánico. También el té y el chocolate eran relativamente nuevos y andaban aún buscándose un lugar al sol en las modas del consumo europeo. Europa llevaba siglos manteniéndose a base de vino y de cerveza y las bebidas calientes -excepción hecha de la leche- le resultaban ajenas. Estas tres además eran poderosas, de destacados efectos euforizantes y consecuencias desconocidas aún.

El café, en particular, fue imponiéndose en un clima enrevesado de entusiasmo y sospecha. En Rusia, el zar cortaba las orejas a sus consumidores. El rey de Inglaterra lo prohibió también, aunque con poco éxito porque su implantación en la isla fue vertiginosa. Los poderes establecidos lo miraban como una droga que provocaba excitación y descontrol, pero no dejaban de apreciar sus cualidades para favorecer una noche en vela de oración o para disminuir la fatiga del trabajo y aumentar el rendimiento… Por esto, quizá, fue la joven burguesía protestante la que empezó a hacerle al café un lugar entre sus hábitos de consumo y, así, no extraña encontrarlo en una ciudad como Leipzig, donde sus constantes ferias y su continuo trasiego comercial la hacían idónea para cualquier novedad.

Llegados a este punto, tenemos los tres ingredientes que necesitamos: la cercanía de Bach a los jóvenes, que le hacía, sin ser la alegría de la huerta, entenderlos y apoyarlos; la moda del café, y el flirteo, modesto, del músico con la escena. La Cantata del Café es el resultado de estos tres ingredientes mezclados por un genio.

Conflicto generacional

El argumento de la pieza es simple, pero contiene más enjundia de lo que nos puede parecer hoy. Una joven, Lieschen,perfectamente asimilable a alguna de las hijas del maestro, se ha aficionado al café con un entusiasmo propio de la edad; su padre, Schlendrian, preocupado por los riesgos que entraña el consumo descontrolado de la bebida, se lo prohíbe, pero la hija se niega a aceptar tal prohibición. El padre la amenaza con todos los castigos posibles con tal de rendir su obcecación, pero la muchacha insiste en que ella no quiere privarse de sus tres tazas diarias de café. Finalmente, Schendrian esgrime la amenaza máxima: no le buscará marido. Lieschen se rinde ante la espantosa perspectiva de la soltería y abdica, pero para sí misma se dice que solo aceptará un marido que le permita beber cuanto café quiera. La breve pieza, en la que junto a los personajes interviene un narrador, termina con un trío que pone en evidencia la arrolladora llegada de las nuevas generaciones y el triunfo indiscutible de la bebida emergente: “El café entusiasma a las señoritas… La madre lo prepara a menudo, y la abuela también lo bebe. ¿Quién podrá pues, censurar a las hijas?”.

El libreto –la leyenda atribuye los últimos versos citados al propio Bach- está escrito por un colaborador habitual del músico, autor, por ejemplo, del texto de La Pasión según San Mateo. Christian Friedrich Henrici, más conocido como Picander, al que los entusiasmos enciclopédicos modernos tienden a calificar de poeta, no era en realidad más que un abogado de Leipzig, un funcionario público, modesto aficionado a la poesía, muy devoto, como Bach, y buen amigo suyo. Sus textos para música sacra son apenas adaptaciones eficientes de pasajes bíblicos apropiados para el caso y de su obra profana seguramente solo destaca esta bellísima cantata que, si en lo musical es perfecta, en lo literario cuenta con unos toques de humor, de ternura y de ingenio que no desmerecen junto a las notas del maestro.

Y basta ya. Ahora toca relajarse, disponer de veinticinco minutos y entrar en el Zimmermann a vivir una experiencia única. A tomarnos un café con Bach. Merece la pena.

(Publicado en Vozpópuli el día 3 de abril de 2013)

 

Una sobredosis de soberbia

En 1895, Oscar Wilde se encuentra en el vértice de su carrera. Es el autor teatral de moda, no solo en Londres, donde simultanea dos obras en cartel, sino también en París y en Nueva York. Es el máximo exponente de la modernidad y del glamur, la encarnación del artista triunfador y diletante, la plasmación más conseguida del esteta y el bon vivant.

Hasta entonces, Wilde, nacido en la Irlanda británica cuarenta y un años antes, de padres intelectuales y políticamente comprometidos, había vivido de éxito en éxito, caminando siempre en el borde del precipicio pero sin despeñarse en él. Provocador, sarcástico, demoledoramente crítico con la puritana y prosaica sociedad victoriana, había, sin embargo, mantenido las formas que cabía esperar de un caballero de su posición. Se había graduado en las mejores escuelas, se había casado con Constance Lloyd, una mujer culta y respetable con la que tuvo dos hijos, había dirigido una publicación y ejercido el papel que le correspondía por clase y por formación.

Lo que sucedió en aquel infausto 1895 es difícil de entender. Wilde, de cuya homosexualidad nadie hablaba pero todo el mundo sabía, vivía una apasionada y tormentosa relación con el joven e insufrible Lord Alfred Douglas, más conocido como Bosie. El padre de éste, el marqués de Queensberry, en un acceso de rabia motivado por el odio que sentía hacia su hijo, escribió a Wilde una nota acusándolo de sodomita –lo cual, en aquellos años de rígida moral victoriana, era de una gravedad extraordinaria: algo así como, en nuestros días, acusar a alguien de violador. La nota, en todo caso, era privada y, si Wilde hubiera sido sensato, debiera haberse llamado a andanas. En lugar de eso, azuzado por Bosie, llevó al marqués ante los tribunales, acusándolo de difamación.

Queensberry era un hombre rico, brutal y despiadado. Le había dejado su mujer y le habían abandonado sus hijos, así que es fácil hacerse una idea de su manera de actuar en la vida. La línea que sus abogados emprenden, siguiendo sus propias indicaciones, es la que en términos futbolísticos se resume con el principio de que la mejor defensa es un buen ataque y, sin parar en barras de gastos y de ética, acumulan contra Wilde un aluvión de pruebas, más o menos reales, para poner en evidencia que la afirmación del marqués estaba basada en hechos probados. Hay un momento, en mitad del juicio, cuando las tornas empiezan a volverse contra el escritor, en que sus buenos amigos –el gran Bernard Shaw, por ejemplo- le aconsejan que dé marcha atrás, que renuncie al juicio y que salga discretamente del país. Un hombre de su talla, de su reconocimiento internacional, podría haberse ido tranquilamente a París, por ejemplo, ciudad que él adoraba y en la que le adoraban, y donde su permisividad y tolerancia hubiera admitido sin problemas los comportamientos heterodoxos del escritor.

Wilde se niega. Sus argumentos son flojos: tanto los que da en el momento, como los que años después desarrolle para justificar aquel error. Lo cierto es que sigue adelante, pierde el juicio por difamación y, como consecuencia, el fiscal entabla un proceso contra él acusándolo de sodomita. El final: dos años de brutales trabajos forzados, y una caída en picado que culmina, tan solo cinco años después, y, cómo no, en París, con su prematura muerte.

El nieto de Oscar Wilde, Merlin Holland, publicó hace unos años las actas completas de aquel delirante juicio. Es un libro estremecedor, implacable, que disecciona sin contemplaciones una etapa especialmente absurda de la sociedad británica y que ahonda con pasión de entomólogo en los circuitos mentales de uno de los tipos más lúcidos de aquella época, que, sin embargo, arruinó su vida y la de los suyos por una sobredosis de soberbia.

No es el aniversario de Wilde, ni el libro está recién publicado. No existen razones objetivas para referirme hoy a este asunto, pero estos días hay en los periódicos muchas noticias sobre juicios y me ha venido a la memoria este, uno de los más absurdos de cuantos se hayan podido celebrar.

(Artículo publicado en Vozpópuli el 23 de marzo de 2013)

La telenovela que tumbó una democracia

 

Cuando Carlos Andrés Pérez (CAP a partir de ahora) ganó las elecciones presidenciales de diciembre de 1988, conservaba intacto el prestigio acumulado durante su primer mandato. En un lejano quinquenio de los años setenta, CAP había gestionado con acierto la economía y las libertades y, sobre todo, había aprovechado con habilidad la crisis de Oriente Medio para hacer del petróleo venezolano el más cotizado objeto de deseo de la compleja geoestrategia internacional de la época.

Pero el segundo mandato llegó en unas circunstancias opuestas. En los diez años transcurridos el precio del petróleo se había derrumbado y las presidencias de Herrera Campins y Jaime Lusinchi no habían sido capaces de frenar el deterioro de la situación, con una moneda fuertemente devaluada, una deuda galopante y un desequilibrio comercial insostenible. CAP se reinstala en el Palacio de Miraflores manteniendo su vitola de socialdemócrata insigne pero no tiene otra, o no se le ocurre, que acordar con el FMI un durísimo programa de ajuste neoliberal que incluye privatizaciones de las empresas que él mismo había nacionalizado, devaluaciones salvajes y fuertes incrementos de precios, incluido, de forma destacada, el de los carburantes.

El descontento popular se instaló bien pronto en el país y allí se quedó para una larga temporada.

Los frutos del caracazo

En las conurbaciones próximas a Caracas comenzó pronto a enredarse la situación. Al principio fueron protestas pacíficas, concentraciones más o menos airadas, voces. Después, algún escaparate roto, algún supermercado invadido, y la pasividad policial haciendo el resto, de manera que la protesta crece y se encrespa y se carga de más y más violencia. Durante el mes de febrero del 89 la situación se le fue al gobierno de las manos y a finales de mes no se le ocurrió nada mejor que sacar el ejército a las calles. El 28 de febrero se produce una salvaje represión con cifras que se estiman en centenares de muertos y millares de heridos, presos y desaparecidos.

El caracazo, mal gestionado y aun peor explicado, marcó definitivamente la segunda presidencia de CAP y definió de manera precisa, a partir de ese momento, la relación del pueblo con sus representantes políticos y el grado de confianza que los venezolanos eran capaces de aportar a sus instituciones.

Un joven escritor caraqueño, Ibsen Martínez, andaba por allí, por aquel entonces, labrándose un futuro. Tenía ya un nombre, una prestigiada columna en El Nacional y cierta facilidad para moverse en los despachos de la poderosa Radio Caracas Televisión. La RCTV, al igual que su competidora Venevisión, eran buenas empleadoras de escritores principiantes porque las telenovelas venezolanas llevaban décadas convertidas en producto de consumo masivo para los televidentes propios y para los foráneos. Después del petróleo, eran una de las mejores fuentes de riqueza del país y, por supuesto, de los accionistas de las dos cadenas.

El modelo de la telenovela venezolana se basaba -y se basa- en llevar al paroxismo la estructura tradicional de los cuentos de hadas y princesas, en el marco de un discurso burgués tradicional y profundamente conservador. Ya saben ustedes a qué me refiero. Ibsen Martínez tuvo la brillante intuición de utilizar el modelo para hacer todo lo contrario: para contar la realidad desde la óptica más popular, para pegarse a la vida misma y para reflejar, como un notario, el descontento civil de aquellos días.

Aquellas calles de entonces

El joven autor había empezado a pergeñar Por estas calles en los meses posteriores al caracazo, al calor del profundo desencanto sufrido y del distanciamiento de los ciudadanos respecto a la democracia representativa. Durante todo 1991 intentó convencer a la RCTV de las bondades del producto pero los directivos de la cadena no terminaban de ver aquel giro. Y no porque se sintieran comprometidos en el apoyo al gobierno, sino por puro sentido de la oportunidad. Al año siguiente, dos circunstancias les hicieron cambiar de opinión. En febrero, cuatro tenientes coroneles, entre los que se contaba un tal Hugo Chávez, intentan un golpe de estado que, aunque fracasa, aumenta el desprestigio gubernamental. En paralelo, la RCTV siente amenazado su liderazgo en el prime time televisivo. Como consecuencia de esos dos factores –mézclenlos ustedes como mejor les parezca- Ibsen Martínez recibe luz verde para poner en marcha su proyecto y Por estas calles comienza a emitirse en junio de 1992.

El éxito es inmediato, fulgurante, colosal. El descontento venezolano se ve proyectado en aquella serie de manera absoluta y sus personajes pasan a formar parte del universo simbólico de la población. Como el mismo autor ha reconocido con una lucidez autocrítica infrecuente, Por estas calles se instaló en el coro colectivo de la antipolítica, ese discurso populista tan frecuente en épocas de crisis según el cual “todos los políticos eran cínicos, todos los empresarios mantenían funcionarios corruptos en su nómina, y todas las transgresiones de la ley por parte de la lumpenpobrecía marginada estaban justificadas” (Todas las cursivas de la frase entrecomillada son del autor).

Incluso la trama inicial de la telenovela se vio progresivamente desbordada. En un primer momento, los hilos principales de la argumentación giraban, en paralelo, en torno a un juez que perseguía a los corruptos valiéndose de las armas de la ley y a un expolicía que echaba mano de la fuerza y la ilegalidad desde las mismas motivaciones y con los mismos fines. Ibsen Martínez sostiene que su intención era que, al final, el juez parara los pies al expolicía, pero de buenas intenciones está empedrada la historia de la literatura y lo cierto y verdadero es que la audiencia se volcó a favor del segundo hasta el punto de que terminó enterrando, literalmente, al mojigato magistrado. Por desacuerdo, por cansancio, por desbordamiento -nunca ha sido claro a este respecto-, Martínez terminó descolgándose del proyecto al finalizar el primer año pero la cadena no estaba dispuesta a renunciar así como así a aquella mina de audiencia y siguió un año más con nuevos guionistas, con una trama más enrevesada y con una disposición decidida a acabar con un régimen al que consideraba el causante de todos los males de Venezuela.

En esto, desde luego, la RCTV coincidía con casi todos los estamentos de la sociedad. Con la serie en pleno éxito -y todavía con su creador a los mandos-, Chávez había intentado un segundo golpe que el gobierno sorteó también, pero la suerte estaba echada desde tiempo atrás. Lo que las armas no habían conseguido lo consiguieron los manejos institucionales y en 1993 CAP se vio obligado a renunciar a la presidencia y a comparecer ante los tribunales, acusado de corrupción y apropiación indebida.

Seis años después, casi al mismo tiempo que los jueces reducían a menudencias los presuntos delitos de Carlos Andrés Pérez, Hugo Chávez ganaba las elecciones y se convertía en Presidente de la República.

(Este post fue publicado en el diario Vozpópuli el 31 de enero de 2014)

 

Que cada cual se pague lo suyo

“El ateo es un individuo o individua beligerante y rencoroso/a”, decía en su blog hace unos días un señor al que no tengo el gusto y con el que me topé por casualidad en la red. Pese a su escaso amor por la sintaxis –el mismo, aproximadamente, de nuestra inolvidable Bibiana- intercambié con él algunas frases por si había posibilidades de hilvanar argumentos, pero el que me dio en el último de sus tuits (“yo escribo lo que me da la gana”) me hizo pensar que lo de los matices no era su fuerte.

Tampoco es que quisiera decirle grandes cosas. La teología no me interesa, vaya ello por delante, de modo que no era cosa de adentrarme en la hermenéutica de sus misterios, y el de dios es un concepto que me atrae como cualquier otro constructo del pensamiento humano en torno al cual se ha ligado mucha cultura y casi toda la historia. Sería estúpido negarme a reconocer su importancia, del mismo modo que no me niego a aceptar la influencia de abstracciones tales como alma, libertad, belleza, virtud o arte, junto con sus respectivos antónimos y derivados. Dios como concepto, digo. Como realidad, creo tanto en él como en el Ratoncito Pérez, en el Fantasma del Louvre o en Spiderman.

Gestionar la finitud

Ateo, sí, pero un ateo interesado en el debate intelectual y, por supuesto, ni beligerante ni rencoroso. Lamento que cuando nuestro bloguero entrevistó a todos los ateos del mundo para extraer la afirmación tajante que encabeza estas líneas se olvidara de preguntarnos a mí y a otros cuantos que conozco. Podríamos haberle explicado –sin dramas, sin crispaciones e incluso con un poco de humor- que, para muchos como yo, el ateísmo es una consecuencia derivada del ejercicio de la razón y que en sí mismo no tiene demasiada importancia: somos a-teos del mismo modo que somos a-ufólogos, a-homeópatas o a-vampiros, es decir, rechazamos, con naturalidad y sin aspavientos, todo aquello que no tenga evidencia científica o sobre lo que no se pueda aplicar el principio de falsación. No me parece tan grave.

Debo confesar –el uso de este verbo viene muy al caso- que leo con alguna delectación y cierto disfrute títulos emblemáticos de algunos ateos distinguidos que han considerado necesario adoptar posiciones beligerantes en la cuestión. Hace no demasiado tiempo leí Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell, ensayo al que no le había hincado el ojo pese a ser buen admirador de su autor, porque, conocida su firme militancia en el mundo de la lógica y de la ciencia, me parecía tautológico su empeño en explicar lo que no era. He leído también hace bien poco el librito de Mark Twain Reflexiones contra la religión y también me ha dejado frío, aunque haya disfrutado con su prosa más que con la de mi bloguero de hoy. Más interés intelectual han despertado en mis cortas entendederas los esfuerzos de Kitchens, Dennet o Dawkins por desmontar el tinglado teológico y lo que bajo él subyace. Son gente preparada y capaz que se ha marcado como objetivo en la vida demostrar que las religiones no son sino una forma sofisticada de intentar eludir la evidencia de la muerte. Se opine lo que se quiera de ellos, su obra es intelectualmente fértil.

A este respecto, John Gray se ha metido en el mismo lío por otra senda más sofisticada. Gray es uno de los nombres esenciales de la filosofía contemporánea y, junto con Frankfurt, el que más me estimula en estos momentos. Gray tiende a ver las cosas con cierto desgarro –como un Cioran menos poético, para entendernos- y tiene una posición muy crítica respecto al progreso y las posibilidades del ser humano. Como a mí me pasa lo contrario, y tiendo a dejarme llevar por algunos entusiasmos psicobiológicos, llevo un tiempo en que me autorreceto sesiones intensivas de Gray para que se me equilibren los humores.

En el último libro que tengo entre manos el autor británico se marca un ensayo extraño, más cercano a la microhistoria que a la filosofía, en el que cuenta por lo menudo cómo tipos sesudos, razonablemente sensatos y entregados a la causa de la razón, cayeron en los más absurdos disparates de la superstición y la magufería con el fin de aferrarse a la necesidad personal de que hubiera algo más allá de la muerte. Darwin, Myers, Wells, Gorki, Lenin y otro montón de nombres así de ilustres, suscribieron todo tipo de creencias que a tipos normales, como usted y como yo, le parecen sencillamente delirantes. ¿La conclusión de Gray? En traducción un tanto libre y a modo de moraleja, lo que viene a decir es que nadie está libre de ensoñaciones y que no hay que sorprenderse de la permanente necesidad del ser humano de buscar trascendencia. La finitud es un asunto que no es fácil gestionar.

Ejerciendo de ciudadano

Pero volviendo a lo que estábamos, a mí todo esto me interesa, ya digo, lo justo. Muchísimo menos, por poner algunos ejemplos, que el futuro del Estado moderno, al que tenemos que irle dando una pensada, la racionalización de los recursos naturales, que esos sí son finitos, o el papel del endecasílabo en la poesía actual, en mi opinión necesitado de un reajuste. Y ello sin contar con las menudencias del día a día –desde la fiscalidad hasta la lavadora- que me traen a mal traer.

Claro, que una cosa es lo poco que me interesa ejercer de ateo y otra lo que me siento obligado a ejercer como ciudadano. El asunto de la Iglesia Católica, por ejemplo. El autor del blog al que me he referido al principio está muy enfadado porque los ateos consideremos a la Iglesia Católica (y cito literalmente, de nuevo con su sintaxis escabrosa) “una mera organización de poder humano, por consiguiente nada de lo que digan sus miembros puede afectarme a mí, ateo” (fin de la cita). No entiendo cómo podría ser de otro modo. Si no creo en ningún dios ni en ninguna trascendencia, sería admirable que considerara a la Iglesia una organización trascendente. ¿Respetable? Por supuesto, como cualquier colectivo con fines legales y honestos, por muy errados que me parezcan. ¿Con derechos? Solo faltaría. Es más, defenderé siempre el que le asiste a expresar opiniones morales, sociales e incluso políticas, por más que se encuentren en las antípodas de las mías y aunque a veces me irrite la excesiva atención que se le presta desde los medios.

¿Dónde está el problema? El problema está, como casi siempre, en el dinero. El dinero es un gran invento, porque permite discernir grandes cuestiones sin entrar en berenjenales teóricos. Verá: ¿que usted quiere salvar al mundo? Estupendo, pero, por favor, que no sea metiendo la mano en mi bolsillo. ¿Que usted considera que la predicación de su doctrina es un bien para la humanidad? Pues hágalo, pero que los gastos corran de su cuenta. Yo no tengo ningún problema con la Iglesia, con ninguna iglesia, como no lo tengo con los boy scouts o con los clubes de fans de One Direction. Lo único que me molesta es que las cuentas no estén claras.

Resumo. En cuanto ateo, los asuntos de los creyentes ni me interesan ni me molestan ni me incumben. No me verán nunca opinando en el terreno doctrinal ni inmiscuyéndome en los asuntos internos y organizativos de las iglesias y las organizaciones religiosas. Allá cada uno. Pero, en mi condición de ciudadano que comparte la plaza pública con otros ciudadanos, creyentes o no, me preocupa cierta confusión sobre la ocupación de los espacios y sobre los costes financieros que la convivencia supone. La solución que propongo puede resumirse en esto: que cada cual se pague lo suyo. Tal vez parezca un poco simple, pero podría funcionar.

 

Artículo publicado en Vozpópuli el 1 de agosto de 2014

Entrevista a un intelectual comprometido

Quedamos, para la entrevista, en uno de estos cafés que abundan por todas las esquinas y el profesor, al constatar el toque norteamericano de la cadena, declara solemnemente: “Mire, joven, dicen que Europa se está americanizando, pero no es cierto. No hay influjo ni reflujo entre ambos continentes: hay nivelación”. Así es nuestro hombre, incapaz de hablar como todo el mundo, incapaz de expresarse como una persona normal. Catedrático de Metafísica ejercitante a todas horas. Así que entramos en materia sin dilación.

Usted siempre ha sido un firme defensor de Europa y un precursor de la unión de todas las naciones del continente. ¿Sigue creyendo en ello pese a las actuales circunstancias?

Ha sido el realismo histórico el que me ha enseñado a ver que la unidad de Europa como sociedad no es un «ideal», sino un hecho y de muy vieja cotidianidad. Una vez que se ha visto esto, la probabilidad de un Estado general europeo se impone necesariamente.

No parece que las cosas estén ahora en su mejor momento para alcanzar ese objetivo…

Es deplorable el frívolo espectáculo que los pueblos menores ofrecen. En vista de que, según se dice, Europa decae, cada nación y nacioncita brinca, gesticula, se pone cabeza abajo o se engalla y estira dándose aires de persona mayor que rige sus propios destinos. De aquí el vibriónico panorama de «nacionalismos» que se nos ofrece por todas partes. Pero no importa.  La ocasión que lleve súbitamente a término el proceso puede ser cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico.

Pero habrá que esperar a que la situación mejore…

La primera condición para un mejoramiento de la situación presente es hacerse bien cargo de su enorme dificultad. Sólo esto nos llevará a atacar el mal en los estratos hondos donde verdaderamente se origina. Es, en efecto, muy difícil salvar una civilización cuando le ha llegado la hora de caer bajo el poder de los demagogos.

Ya, pero hagámonos cargo: las cosas están peor que antes…

La decadencia es, claro está, un concepto comparativo. Se decae de un estado superior hacia un estado inferior. Ahora bien: esa comparación puede hacerse desde los puntos de vista más diferentes y varios que quepa imaginar. Para un fabricante de boquillas de ámbar, el mundo está en decadencia porque ya no se fuma apenas con boquillas de ámbar. Otros puntos de vista serán más respetables que éste, pero, en rigor, no dejan de ser parciales, arbitrarios y externos a la vida misma cuyos quilates se trata precisamente de evaluar.

Pero la crisis es evidente, los problemas palpables…

¿Qué diría sinceramente cualquier hombre representativo del presente a quien se hiciese una pregunta parecida? Yo creo que no es dudoso: cualquier pasado, sin excluir ninguno, le daría la impresión de un recinto angosto donde no podría respirar. Es decir, que el hombre del presente siente que su vida es más vida que todas las antiguas, o dicho viceversa, que el pasado íntegro se le ha quedado chico a la humanidad actual. Esta intuición de nuestra vida de hoy anula con su claridad elemental toda lucubración sobre decadencia que no sea muy cautelosa.

Usted sostiene que, más allá de los problemas económicos, estamos ante una crisis de pensamiento…

Estamos ante el problema de la vulgaridad intelectual, acaso el factor de la presente situación más nuevo, menos asimilable a nada del pretérito. Hasta ahora, el vulgo tenía creencias, tradiciones, experiencias, proverbios, hábitos mentales, pero no se imaginaba en posesión de opiniones teóricas sobre lo que las cosas son o deben ser. Hoy, en cambio, el hombre medio tiene las «ideas» más taxativas sobre cuanto acontece y debe acontecer en el universo. Por eso ha perdido el uso de la audición. ¿Para qué oír, si ya tiene dentro cuanto falta? Ya no es sazón de escuchar, sino, al contrario, de juzgar, de sentenciar, de decidir. No hay cuestión de vida pública donde no intervenga, ciego y sordo como es, imponiendo sus «opiniones».

Pero ¿no es esto una ventaja? ¿No representa un progreso enorme que las masas tengan ideas, es decir, que sean cultas?

En manera alguna. Las «ideas» de este hombre medio no son auténticamente ideas, ni su posesión es cultura. Quien quiera tener ideas necesita antes disponerse a querer la verdad y aceptar las reglas de juego que ella imponga. No hay cultura donde no hay principios de legalidad civil a que apelar. No hay cultura donde no hay acatamiento de ciertas últimas posiciones intelectuales a que referirse en la disputa.

Hay quien piensa que las normas que regulan la sociedad actual están caducas, que no son representativas.

Hay que decir tres cosas al respecto: primera, que la democracia liberal es el tipo superior de vida pública hasta ahora conocido; segunda, que ese tipo de vida no será el mejor imaginable, pero el que imaginemos mejor tendrá que conservar lo esencial de aquellos principios; tercera, que es suicida todo retorno a formas de vida anteriores.

Pero el ciudadano, hoy, no se siente bien representado, piensa que el Estado ya no le sirve…

El Estado contemporáneo es el producto más visible y notorio de la civilización. Y es muy interesante, es revelador, percatarse de la actitud que ante él adopta el hombre-masa. Éste lo ve, lo admira, sabe que está ahí, asegurando su vida; cualquier dificultad, conflicto o problema que sobreviene en la vida pública de un país, el hombre-masa tenderá a exigir inmediatamente que lo asuma el Estado, que se encargue directamente de resolverlo con sus gigantescos e incontrastables medios. Este es el mayor peligro que hoy amenaza a la civilización: la estatificación de la vida, el intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado; es decir, la anulación de la espontaneidad histórica, que en definitiva sostiene, nutre y empuja los destinos humanos.

Pero las instituciones no funcionan. El Parlamento, por ejemplo…

Hay aquí un error de óptica que conviene corregir de una vez, porque da grima escuchar las inepcias que a toda hora se dicen, por ejemplo, a propósito del Parlamento. Existe toda una serie de objeciones válidas al modo de conducirse los Parlamentos tradicionales; pero si se toman una a una, se ve que ninguna de ellas permite la conclusión de que deba suprimirse el Parlamento, sino, al contrario, todas llevan por vía directa y evidente a la necesidad de reformarlo. Ahora bien: lo mejor que humanamente puede decirse de algo es que necesita ser reformado, porque ello implica que es imprescindible.

¿Usted cree que con una reforma sería suficiente?

El desprestigio de los Parlamentos no tiene nada que ver con sus notorios defectos. Precede de otra causa, ajena por completo a ellos en cuanto utensilios políticos. Si se mira con un poco de cuidado ese famoso desprestigio, lo que se ve es que el ciudadano, en la mayor parte de los países, no siente respeto por su Estado. Sería inútil sustituir el detalle de sus instituciones, porque lo irrespetable no son éstas, sino el Estado mismo, que se ha quedado chico.

El Gobierno, por tanto, tendrá que hacer algo

El gobierno vive al día; vive sin programa, sin proyecto. No sabe a dónde va, porque, en rigor, no va, no tiene camino prefijado, trayectoria anticipada. Cuando intenta justificarse, no alude para nada al futuro, sino a la urgencia del presente. De aquí que su actuación se reduzca a esquivar el conflicto de cada hora; no a resolverlo, sino a escapar de él por de pronto, empleando los medios que sean, aun a costa de acumular, con su empleo, mayores conflictos sobre la hora próxima.

¿Usted piensa que la juventud está afrontando la crisis con conciencia?

En la época actual la actitud ante la vida se reduce a creer que uno tiene todos los derechos y ninguna obligación. Es indiferente que se enmascare de reaccionario o de revolucionario: por activa o por pasiva, al cabo de unas u otras vueltas, su estado de ánimo consistirá decisivamente en ignorar toda obligación y sentirse, sin que él mismo sospeche por qué, sujeto de ilimitados derechos.

¿Alguna solución?

Con extraña facilidad, todo el mundo se ha puesto de acuerdo para combatir y denostar al viejo liberalismo. La cosa es sospechosa. Porque las gentes no suelen ponerse de acuerdo si no es en cosas un poco bellacas o un poco tontas. No pretendo que el viejo liberalismo sea una idea plenamente razonable: ¡cómo va a serlo si es viejo y si es ismo! Pero sí pienso que es una doctrina sobre la sociedad mucho más honda y cara de lo que suponen sus detractores, que empiezan por desconocerlo.

La solución a la crisis ¿vendrá desde la  izquierda o desde la  derecha?

Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral. Además, la persistencia de estos calificativos contribuye no poco a falsificar más aún la «realidad» del presente, ya falsa de por sí, porque se ha rizado el rizo de las experiencias políticas a que responden, como lo demuestra el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías.

A usted se le atiende poco y se le entiende mal. ¿Qué prefiere, que sea por ignorancia o por mala fe?

El tonto es vitalicio y sin poros. Por eso decía Anatole France que un necio es mucho más funesto que un malvado. Porque el malvado descansa algunas veces; el necio, jamás.

Pues muchas gracias, maestro. Ha sido un placer encontrarlo de nuevo.

(Este artículo fue publicado en Vozpópuli en día 13 de enero de 2013)

Cultura popular

Era un trozo de tradición encajado en la ciudad.

En este barrio había una plaza enorme, con nombre de cereal, probablemente porque en ella se había cultivado antes de que la conurbación se expandiera hacia el suroeste. Y en mitad de la plaza se habían construido las dos infraestructuras más importantes del barrio: el mercado de abastos y el polideportivo, única instalación deportiva pública en toda la zona centro. Ambos tenían ya muchos años, desde luego. El primero, bellísimo,  fue inaugurado en 1875 por el rey Alfonso XII, así que ya se pueden hacer ustedes una idea de su estado, aunque ciertamente ha sufrido remodelaciones notables con posterioridad. El segundo fue construido en los finales setenta del pasado siglo y, sin ser ninguna joya arquitectónica, cumplía, con su piscina cubierta y sus restantes instalaciones, un servicio esencial para zona.

La reforma de la plaza del cereal

A finales del siglo veinte la famosa plaza del cereal necesitaba, es verdad, una reforma. El barrio, que siempre había tenido fama por sus tradicionales fiestas y su mercadillo dominical, empezó a ponerse de moda y a atraer jóvenes y turistas a los establecimientos de restauración que empezaban, muy poco a poco, a abrirse. En paralelo, tomó el mando del municipio un alcalde empeñado en pasar a la historia como fuera y no se le ocurrió mejor método que destripar la urbe, cubrirla de zanjas y de grúas y cargar el presupuesto local con un endeudamiento del que no se verá libre hasta que nuestros tataranietos decidan refundar la ciudad en otra parte.

Este alcalde, cuyo padre había desempeñado un notable papel en la etapa de la Transición, alumbró la idea de que en la plaza del cereal era mejor hacer rupturas que reformas. Tuvo un sueño faraónico, encargó que se lo dibujaran, lo anunció por tierra, mar y tele, y encargó a la piqueta que fuera demoliendo el polideportivo para empezar cuanto antes a plasmar sus delirios. Los vecinos se quedaron sin piscina en horas veinticuatro, pero qué importancia tiene la natación cuando está en juego la gloria de un alcalde.

Al insigne regidor solo se le pasó por alto un detalle: Lehmann Brothers había dejado de existir, la crisis se había enseñoreado de todos, incluso de las arcas municipales, y no había posibilidad alguna de ejecutar el plan previsto.

Al alcalde… ya ves tú, como si te operan. Hubo elecciones, ganó su partido, y el nuevo presidente de gobierno encargó al ya exregidor que demoliera la justicia con la misma celeridad y el mismo encendido arrojo con que había demolido la ciudad. Allá se fue, siempre presto a servir al bien común, y a los vecinos del barrio les dejó un bonito erial de ruinas y cascotes para que vieran la posibilidad de nadar en él. Las ratas empezaron a hacerlo, así que por qué no los demás habitantes.

Tengo una convicción: si aquellas ruinas hubieran seguido algunos meses, algunos años más, la nueva alcaldesa se habría apresurado a dar una solución inmediata, porque aquella imagen, en uno de los puntos más céntricos y concurridos de la ciudad, era una sangría de votos para el partido en el gobierno.  Cada vez que un vecino, un ciudadano, ¡un votante!, pasaba por allí y veía aquel destrozo, un chip se activaba en su cerebro y le hacía reaccionar.

El campo del cereal

Pero, ay, llegó el pueblo. No el pueblo de verdad, claro, sino el que se hace llamar el pueblo. Ya saben: las asociaciones de vecinos, las asociaciones culturales, las organizaciones juveniles y feministas, las asambleas, los círculos y los cuadrados, los alternativos y los continuos, los hunos y los hotros. Todos juntos suman menos individuos de lo que se tarda en escribir los nombres de sus organizaciones, pero ellos se arrogan la representación del mundo y, sobre todo, se apropian de palabras y conceptos para enredar en ellos sus particulares bobadas. Cultura popular, lo llaman. Y pobre de aquel que se oponga a tan brillante hallazgo.

Llegaron, digo, se fueron al Ayuntamiento y convencieron a sus ediles de que aquel erial era un sitio estupendo para llevar a cabo lo que Mao intentó sin éxito: la revolución cultural. Todo era sencillo y, sobre todo, barato. Bastaba con quitar los cascotes, retirar, a ser posible, las ratas, echar una capa de cemento, colocar una ligera valla y ponerle a aquello un nombre sonoro, ecologista y contracultural: el Campo del Cereal, por ejemplo. La alcaldesa, supongo, debió de dar palmas con las orejas: por cuatro duros le encontraba salida a aquel marrón. Una salida provisional, por supuesto, pero una ciudad que tardó casi dos siglos en concluir la catedral de la religión dominante es una ciudad con gran visión de futuro, capaz de poner las soluciones definitivas en la línea final del horizonte.

Ahí están estos alternativos desde hace casi cinco años. ¿Qué hacen? Ruido, fundamentalmente. Disfrazado, por supuesto, de un bello e incomprensible discurso alternativo. Ya saben: presunta música, presunto teatro, cine-de-verano (locución perfectamente comparable a la famosa del pensamiento navarro) y muchas asambleas, muchas, en las que se decide el futuro de la humanidad a voz en grito. O sea, ya digo: ruido.

Pero lo peor está por venir. Lo peor es que tal vez un día llegue a la principal magistratura de la ciudad un alcalde normal. No un hombre de Estado, ni un genio, ni un líder inmarcesible. No: un tipo, o una tipa, normal, con un sentido del deber cívico razonable y una capacidad de gestión de primero de pianola. Este alcalde, o alcaldesa, normal, decidirá un buen día que los vecinos de aquel barrio, céntrico y entrañable, merecen, entre otras cosas, un polideportivo con piscina y un mercado que no se caiga a trozos. Dará orden de hacerlo y entonces todas las asociaciones y organizaciones cuyas infinitas siglas se agolpan en aquel antiguo erial dirán que ni hablar, que aquello no se toca, que qué se han creído la casta y los fascistas, que aquello es un derecho adquirido por el pueblo y que en aquel espacio es donde se concentra, de verdad de la buena, la cultura popular.

Y el alcalde, o alcaldesa, si es un tipo normal, se volverá sus técnicos y a sus asesores, se encogerá de hombros, extenderá las manos abiertas, como quien se las lava, y dirá con sosiego: “Con su botellón se lo coman”. Y se dedicará a cosas serias.

Lengua y sentido común

Me resulta imposible delimitar cuándo leí por primera vez a Lodares. Fue algún artículo de prensa, probablemente en El País, y me fui haciendo poco a poco adicto a ese lingüista peculiar que escribía con la claridad de la que solo son capaces los buenos escritores, que perfilaba conceptos como quien quita barro a las botas y que desmontaba tópicos con la naturalidad del que se bebe un vaso de agua.

Ese acercamiento paulatino me llevó a su primer libro y de ahí a los sucesivos. Hay dos, sobre todo, a los que aún regreso con frecuencia, porque parecen escritos hoy mismo, con la lucidez y la pasión de alguien que sigue empeñado en desarticular la red de bobadas que se han convertido en verdades oficiales. Sus títulos ya anuncian algo: El paraíso políglota y Lengua y Patria. En 2005 salió El porvenir del español, un título que, en mi opinión, aportaba pocas novedades a los anteriores, pero abría expectativas sobre las futuras reflexiones del que en aquel entonces era, sin duda, el filólogo español más interesante del panorama. Ese mismo año un absurdo accidente de tráfico acabó con su vida. El año próximo hará diez años que estamos sin Juan Ramón Lodares, y bien que lo sentimos quienes creemos que con esto de la lengua conviene no jugar.

Las lenguas no están vivas

Recordemos el contexto en que Lodares escribió su obra: últimos años del pasado siglo y primeros del presente, cuando el debate nacionalista en España estaba en todo su apogeo y buena parte de ese debate lo protagonizaba la cuestión de las lenguas. Eran tiempos en que los gobiernos nacionalistas de Cataluña y País Vasco (pero también Galicia) implantaban de manera implacable sus políticas lingüísticas, cuando la palabra “normalización” empezó a adquirir el dudosísimo sentido que después se ha consagrado y cuando los vociferantes de siempre clamaban en pro del derecho de las lenguas y de delicuescentes derechos históricos.

Es un debate muy aburrido hoy, por lo cansino y, ahora como entonces, muy irritante. Lo más sorprendente del debate es que, en términos generales, estaba mal planteado y que todas las partes que intervenían en él lo hacían a partir de apriorismos perfectamente absurdos. Lodares era un bálsamo, una isla de sensatez, un dechado de sentido común.

Una de sus más insistentes y brillantes ideas empezaba por negar la mayor: las lenguas no mueren, no pueden morir, simplemente porque no están vivas. Las lenguas no son seres vivos, sino simples herramientas que el ser humano se ha dado para comunicarse. Como todas las herramientas, lo que busca en ellas es la funcionalidad, la utilidad, la practicidad. En la medida en que nos valen, las utilizamos y las potenciamos. Cuando dejan de ser útiles, se olvidan y a otra cosa.

El uso de las lenguas es necesario para el entendimiento de los individuos dentro de su grupo, pero también para el intercambio entre colectivos diferentes, sobre todo a efectos comerciales, para el intercambio fructífero de bienes, productos y servicios. Contra lo que pensaban los románticos, que elucubraron mucho sobre el espíritu de las lenguas y transmitieron algunas de sus maguferías al racionalista siglo veinte, la humanidad ha sido bastante implacable con las lenguas, enterrando las que ya no servían y generando otras nuevas en función, no de valores políticos o estéticos, sino de sus necesidades más simples e imperiosas de acuerdo a cada momento, exactamente igual que había hecho con el hacha de sílex, el cuchillo de bronce o la rueda de molino.

Bilingüismo o semilingüismo

A este respecto de la funcionalidad le dedicó Lodares muchas páginas y no le faltó humor –que algo de humor hace falta- al abordar el espinoso asunto del bilingüismo. No era nuestro filólogo un fanático de su necesidad ni de su importancia. Sostenía, con argumentos convincentes y con soporte científico adecuado, que no es cierta la leyenda urbana que acredita un mayor desarrollo intelectual a quienes manejan dos lenguas sobre los que solo se manejan en una. Una vez más, lo importante es la funcionalidad: hablar dos lenguas es bueno si sirve para comunicarse con más personas, no si solo sirve para comunicarse con las mismas en dos idiomas diferentes. Su ejemplo era palmario: hablar español e inglés suma dos colectivos inmensos y permite la comunicación con más de la mitad de la humanidad; hablar español y catalán permite la comunicación con el mismo número de personas que los que hablan solo el primero. Una simple cuestión de números. Y aprender simultáneamente dos lenguas cuya utilidad se solapa produce el efecto que empieza a notarse en nuestros jóvenes: no bilingüismo sino semilingüismo. No hablar bien ninguna de las dos.

Implacable fue también Lodares en su análisis entre lengua y nacionalidad. Transitando por España, por Europa y por América, nuestro filólogo desmontó tópicos, descartó leyendas negras y puso en evidencia las jeremiadas recurrentes de los apocalípticos de turno. Aunque muchos se empeñen en negarlo, la imposición de una lengua ha sido rara vez una imposición de los poderosos. Ni los reyes ni los dictadores de cualquier signo, salvo contadas excepciones, han tenido un especial empeño en exigir a sus súbditos cómo tenían que hablar (y menos aún escribir, que hasta hace poco ha sido cosa de cuatro). Cuestión distinta es que los súbditos, o los ciudadanos, hayan optado por según qué lengua en función de lo que les resultaba más útil para acercarse al poder, al dinero o a los beneficios. Es sabido, a este respecto, que las constituciones modernas de los siglos XVIII y XIX no se preocupaban de especificar una cuestión tan obvia: ya se encargaban los ciudadanos de saber en qué lengua les convenía expresarse, igual que sabían cómo tenían que vestirse, según hiciera más frío o más calor, sin necesidad de que nadie se lo indicara.

Daba gusto, da gusto leer a Lodares: todo tan evidente, tan de sentido común, tan bien justificado. No hay una sola página de sus libros que haya perdido vigencia y hay que volver a ellas frecuentemente cuando escuchar a unos y a otros nos tiene a todos a las puertas de perder el oremus.

[ Publicado el 19 de diciembre de 2014 en el diario Vozpópuli]