Cultura popular

Era un trozo de tradición encajado en la ciudad.

En este barrio había una plaza enorme, con nombre de cereal, probablemente porque en ella se había cultivado antes de que la conurbación se expandiera hacia el suroeste. Y en mitad de la plaza se habían construido las dos infraestructuras más importantes del barrio: el mercado de abastos y el polideportivo, única instalación deportiva pública en toda la zona centro. Ambos tenían ya muchos años, desde luego. El primero, bellísimo,  fue inaugurado en 1875 por el rey Alfonso XII, así que ya se pueden hacer ustedes una idea de su estado, aunque ciertamente ha sufrido remodelaciones notables con posterioridad. El segundo fue construido en los finales setenta del pasado siglo y, sin ser ninguna joya arquitectónica, cumplía, con su piscina cubierta y sus restantes instalaciones, un servicio esencial para zona.

La reforma de la plaza del cereal

A finales del siglo veinte la famosa plaza del cereal necesitaba, es verdad, una reforma. El barrio, que siempre había tenido fama por sus tradicionales fiestas y su mercadillo dominical, empezó a ponerse de moda y a atraer jóvenes y turistas a los establecimientos de restauración que empezaban, muy poco a poco, a abrirse. En paralelo, tomó el mando del municipio un alcalde empeñado en pasar a la historia como fuera y no se le ocurrió mejor método que destripar la urbe, cubrirla de zanjas y de grúas y cargar el presupuesto local con un endeudamiento del que no se verá libre hasta que nuestros tataranietos decidan refundar la ciudad en otra parte.

Este alcalde, cuyo padre había desempeñado un notable papel en la etapa de la Transición, alumbró la idea de que en la plaza del cereal era mejor hacer rupturas que reformas. Tuvo un sueño faraónico, encargó que se lo dibujaran, lo anunció por tierra, mar y tele, y encargó a la piqueta que fuera demoliendo el polideportivo para empezar cuanto antes a plasmar sus delirios. Los vecinos se quedaron sin piscina en horas veinticuatro, pero qué importancia tiene la natación cuando está en juego la gloria de un alcalde.

Al insigne regidor solo se le pasó por alto un detalle: Lehmann Brothers había dejado de existir, la crisis se había enseñoreado de todos, incluso de las arcas municipales, y no había posibilidad alguna de ejecutar el plan previsto.

Al alcalde… ya ves tú, como si te operan. Hubo elecciones, ganó su partido, y el nuevo presidente de gobierno encargó al ya exregidor que demoliera la justicia con la misma celeridad y el mismo encendido arrojo con que había demolido la ciudad. Allá se fue, siempre presto a servir al bien común, y a los vecinos del barrio les dejó un bonito erial de ruinas y cascotes para que vieran la posibilidad de nadar en él. Las ratas empezaron a hacerlo, así que por qué no los demás habitantes.

Tengo una convicción: si aquellas ruinas hubieran seguido algunos meses, algunos años más, la nueva alcaldesa se habría apresurado a dar una solución inmediata, porque aquella imagen, en uno de los puntos más céntricos y concurridos de la ciudad, era una sangría de votos para el partido en el gobierno.  Cada vez que un vecino, un ciudadano, ¡un votante!, pasaba por allí y veía aquel destrozo, un chip se activaba en su cerebro y le hacía reaccionar.

El campo del cereal

Pero, ay, llegó el pueblo. No el pueblo de verdad, claro, sino el que se hace llamar el pueblo. Ya saben: las asociaciones de vecinos, las asociaciones culturales, las organizaciones juveniles y feministas, las asambleas, los círculos y los cuadrados, los alternativos y los continuos, los hunos y los hotros. Todos juntos suman menos individuos de lo que se tarda en escribir los nombres de sus organizaciones, pero ellos se arrogan la representación del mundo y, sobre todo, se apropian de palabras y conceptos para enredar en ellos sus particulares bobadas. Cultura popular, lo llaman. Y pobre de aquel que se oponga a tan brillante hallazgo.

Llegaron, digo, se fueron al Ayuntamiento y convencieron a sus ediles de que aquel erial era un sitio estupendo para llevar a cabo lo que Mao intentó sin éxito: la revolución cultural. Todo era sencillo y, sobre todo, barato. Bastaba con quitar los cascotes, retirar, a ser posible, las ratas, echar una capa de cemento, colocar una ligera valla y ponerle a aquello un nombre sonoro, ecologista y contracultural: el Campo del Cereal, por ejemplo. La alcaldesa, supongo, debió de dar palmas con las orejas: por cuatro duros le encontraba salida a aquel marrón. Una salida provisional, por supuesto, pero una ciudad que tardó casi dos siglos en concluir la catedral de la religión dominante es una ciudad con gran visión de futuro, capaz de poner las soluciones definitivas en la línea final del horizonte.

Ahí están estos alternativos desde hace casi cinco años. ¿Qué hacen? Ruido, fundamentalmente. Disfrazado, por supuesto, de un bello e incomprensible discurso alternativo. Ya saben: presunta música, presunto teatro, cine-de-verano (locución perfectamente comparable a la famosa del pensamiento navarro) y muchas asambleas, muchas, en las que se decide el futuro de la humanidad a voz en grito. O sea, ya digo: ruido.

Pero lo peor está por venir. Lo peor es que tal vez un día llegue a la principal magistratura de la ciudad un alcalde normal. No un hombre de Estado, ni un genio, ni un líder inmarcesible. No: un tipo, o una tipa, normal, con un sentido del deber cívico razonable y una capacidad de gestión de primero de pianola. Este alcalde, o alcaldesa, normal, decidirá un buen día que los vecinos de aquel barrio, céntrico y entrañable, merecen, entre otras cosas, un polideportivo con piscina y un mercado que no se caiga a trozos. Dará orden de hacerlo y entonces todas las asociaciones y organizaciones cuyas infinitas siglas se agolpan en aquel antiguo erial dirán que ni hablar, que aquello no se toca, que qué se han creído la casta y los fascistas, que aquello es un derecho adquirido por el pueblo y que en aquel espacio es donde se concentra, de verdad de la buena, la cultura popular.

Y el alcalde, o alcaldesa, si es un tipo normal, se volverá sus técnicos y a sus asesores, se encogerá de hombros, extenderá las manos abiertas, como quien se las lava, y dirá con sosiego: “Con su botellón se lo coman”. Y se dedicará a cosas serias.

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Lengua y sentido común

Me resulta imposible delimitar cuándo leí por primera vez a Lodares. Fue algún artículo de prensa, probablemente en El País, y me fui haciendo poco a poco adicto a ese lingüista peculiar que escribía con la claridad de la que solo son capaces los buenos escritores, que perfilaba conceptos como quien quita barro a las botas y que desmontaba tópicos con la naturalidad del que se bebe un vaso de agua.

Ese acercamiento paulatino me llevó a su primer libro y de ahí a los sucesivos. Hay dos, sobre todo, a los que aún regreso con frecuencia, porque parecen escritos hoy mismo, con la lucidez y la pasión de alguien que sigue empeñado en desarticular la red de bobadas que se han convertido en verdades oficiales. Sus títulos ya anuncian algo: El paraíso políglota y Lengua y Patria. En 2005 salió El porvenir del español, un título que, en mi opinión, aportaba pocas novedades a los anteriores, pero abría expectativas sobre las futuras reflexiones del que en aquel entonces era, sin duda, el filólogo español más interesante del panorama. Ese mismo año un absurdo accidente de tráfico acabó con su vida. El año próximo hará diez años que estamos sin Juan Ramón Lodares, y bien que lo sentimos quienes creemos que con esto de la lengua conviene no jugar.

Las lenguas no están vivas

Recordemos el contexto en que Lodares escribió su obra: últimos años del pasado siglo y primeros del presente, cuando el debate nacionalista en España estaba en todo su apogeo y buena parte de ese debate lo protagonizaba la cuestión de las lenguas. Eran tiempos en que los gobiernos nacionalistas de Cataluña y País Vasco (pero también Galicia) implantaban de manera implacable sus políticas lingüísticas, cuando la palabra “normalización” empezó a adquirir el dudosísimo sentido que después se ha consagrado y cuando los vociferantes de siempre clamaban en pro del derecho de las lenguas y de delicuescentes derechos históricos.

Es un debate muy aburrido hoy, por lo cansino y, ahora como entonces, muy irritante. Lo más sorprendente del debate es que, en términos generales, estaba mal planteado y que todas las partes que intervenían en él lo hacían a partir de apriorismos perfectamente absurdos. Lodares era un bálsamo, una isla de sensatez, un dechado de sentido común.

Una de sus más insistentes y brillantes ideas empezaba por negar la mayor: las lenguas no mueren, no pueden morir, simplemente porque no están vivas. Las lenguas no son seres vivos, sino simples herramientas que el ser humano se ha dado para comunicarse. Como todas las herramientas, lo que busca en ellas es la funcionalidad, la utilidad, la practicidad. En la medida en que nos valen, las utilizamos y las potenciamos. Cuando dejan de ser útiles, se olvidan y a otra cosa.

El uso de las lenguas es necesario para el entendimiento de los individuos dentro de su grupo, pero también para el intercambio entre colectivos diferentes, sobre todo a efectos comerciales, para el intercambio fructífero de bienes, productos y servicios. Contra lo que pensaban los románticos, que elucubraron mucho sobre el espíritu de las lenguas y transmitieron algunas de sus maguferías al racionalista siglo veinte, la humanidad ha sido bastante implacable con las lenguas, enterrando las que ya no servían y generando otras nuevas en función, no de valores políticos o estéticos, sino de sus necesidades más simples e imperiosas de acuerdo a cada momento, exactamente igual que había hecho con el hacha de sílex, el cuchillo de bronce o la rueda de molino.

Bilingüismo o semilingüismo

A este respecto de la funcionalidad le dedicó Lodares muchas páginas y no le faltó humor –que algo de humor hace falta- al abordar el espinoso asunto del bilingüismo. No era nuestro filólogo un fanático de su necesidad ni de su importancia. Sostenía, con argumentos convincentes y con soporte científico adecuado, que no es cierta la leyenda urbana que acredita un mayor desarrollo intelectual a quienes manejan dos lenguas sobre los que solo se manejan en una. Una vez más, lo importante es la funcionalidad: hablar dos lenguas es bueno si sirve para comunicarse con más personas, no si solo sirve para comunicarse con las mismas en dos idiomas diferentes. Su ejemplo era palmario: hablar español e inglés suma dos colectivos inmensos y permite la comunicación con más de la mitad de la humanidad; hablar español y catalán permite la comunicación con el mismo número de personas que los que hablan solo el primero. Una simple cuestión de números. Y aprender simultáneamente dos lenguas cuya utilidad se solapa produce el efecto que empieza a notarse en nuestros jóvenes: no bilingüismo sino semilingüismo. No hablar bien ninguna de las dos.

Implacable fue también Lodares en su análisis entre lengua y nacionalidad. Transitando por España, por Europa y por América, nuestro filólogo desmontó tópicos, descartó leyendas negras y puso en evidencia las jeremiadas recurrentes de los apocalípticos de turno. Aunque muchos se empeñen en negarlo, la imposición de una lengua ha sido rara vez una imposición de los poderosos. Ni los reyes ni los dictadores de cualquier signo, salvo contadas excepciones, han tenido un especial empeño en exigir a sus súbditos cómo tenían que hablar (y menos aún escribir, que hasta hace poco ha sido cosa de cuatro). Cuestión distinta es que los súbditos, o los ciudadanos, hayan optado por según qué lengua en función de lo que les resultaba más útil para acercarse al poder, al dinero o a los beneficios. Es sabido, a este respecto, que las constituciones modernas de los siglos XVIII y XIX no se preocupaban de especificar una cuestión tan obvia: ya se encargaban los ciudadanos de saber en qué lengua les convenía expresarse, igual que sabían cómo tenían que vestirse, según hiciera más frío o más calor, sin necesidad de que nadie se lo indicara.

Daba gusto, da gusto leer a Lodares: todo tan evidente, tan de sentido común, tan bien justificado. No hay una sola página de sus libros que haya perdido vigencia y hay que volver a ellas frecuentemente cuando escuchar a unos y a otros nos tiene a todos a las puertas de perder el oremus.

[ Publicado el 19 de diciembre de 2014 en el diario Vozpópuli]

La buena salud del libro

A Txetxu Barandiaran

Querido Txetxu, me propusiste hace unos meses que os escribiera un folio con “algunas sensaciones, experiencias, reflexiones u opiniones en torno al sector del libro y la lectura” con la única condición de que “levanten un poquito el estado de ánimo”. Y yo te contesté que sí, que por supuesto, que solo faltaría y que “lo del estado de ánimo me suena bien: soy un optimista racional y me molesta tanto el entusiasmo adolescente como la melancolía taciturna, porque las dos nacen de la irreflexión”.

Así que aquí estoy, con una promesa a cuestas. Y que no es fácil. Porque una cosa es ser un optimista racional y otra, cumplir con un mínimo de competencia.

Dejo, naturalmente, los análisis sesudos a los que de verdad sabéis de esto, a los que os dedicáis profesional y vocacionalmente a reflexionar sobre el libro y a impulsarlo con rigor. Yo en esto soy un diletante, un mero aficionado que ha tocado circunstancialmente algunos palos del sector. Y con ese desparpajo me expreso.

La buena salud del libro

Fíjate, Txetxu, si estoy en condiciones de levantar el estado de ánimo, que mi primera afirmación tajante es que yo al libro lo veo estupendamente. Sin ningún achaque, sin ningún problema. El libro goza de excelente salud y le auguro un extraordinario futuro.

De quien no se puede decir lo mismo, naturalmente, es de la industria. Las industrias es lo que tienen: que cuando se quedan obsoletas y no responden a la demanda de los ciudadanos-consumidores, desaparecen. Le ocurrió a la industria del sombrero -el ejemplo no es mío: lo airea con frecuencia un conocido economista-: cuando la gente dejó de considerar necesario llevar cubierta la cabeza, el sector se vino abajo. ¿Qué fue de los empresarios, de los trabajadores, de los comerciantes que abundaban en él? Se pasaron a otro, claro, probablemente al de los pantalones vaqueros que entonces empezaba a surgir. El mundo del comercio es así, mal que les pese a los reguladores impenitentes: funciona la oferta y la demanda y cuando se ofrecen cosas que no interesan, es hora de echar el cierre. Sin dramatismos: aceptando la evidencia.

La industria del libro, pues, se está hundiendo por las razones que sean –que a mí eso no me compete-, pero el libro, insisto, goza de excelente salud. ¿Por qué digo esto? No hay más que echar un vistazo alrededor: escribe más gente que nunca, publica más gente de la que nunca ha publicado, todo el mundo sabe leer y tiene posibilidades únicas y maravillosas de acceder a todos los libros existentes. En esas condiciones, ¿por qué voy a pensar que peligra?

Yo mismo: he leído toda mi vida, desde los catorce años, de manera incansable, imparable e ininterrumpida. Me he gastado una fortuna en libros, los he adquirido de todos los precios, tamaños y colores, los he tomado prestados, los he pedido, los he robado… Nunca he tenido tanto acceso a ellos como ahora, ni a tan buen precio. ¿Dónde está el problema?

Religión y mezcolanza

El problema, si es que lo hay, está en dos sitios: en la mitificación y en la falta de discriminación.

Llamo mitificación a esa absurda solemnidad con que todo el mundo se refiere a los asuntos del libro. Del libro se ha hecho una religión, una necia religión (¿redundancia?) en la que se adora no solo un concepto, una categoría abstracta -el dios Libro- sino también sus rasgos y naturaleza: de papel, gordo, con olor a no sé qué y textura de no sé cuánto…

Dicen algunos antropólogos modernos que las religiones han sido una ventaja evolutiva del ser humano porque le han dado impulso para evolucionar. No digo que no, pero no hace falta que entre en detalles sobre cuántos disgustos y quebrantos nos han producido y nos producen aún.

Pues eso: el libro como religión. Con sus sacerdotes, sus liturgias, sus dogmas, sus mandamientos. Con sus sínodos y sus concilios y sus Semanas Santas…

Es curioso al respecto señalar que ninguna otra vertiente de la cultura ha alcanzado semejante nivel de delirio supersticioso. Ni la pintura, ni la música… ni el cine siquiera, que se limita a aprovechar su glamur y su visibilidad para levantar todo el dinero posible sin tomarse muy en serio… Solo sobre el libro se ha montado un tinglado de latría que al final le ha hecho mucho daño, como cuando los emperadores romanos decidieron convertirse en divinidades.

El otro problema es que en este maremagmun de religiosidad masiva resulta imposible discriminar. En el concepto sagrado de libro ha entrado todo con un desparpajo admirable, y con una soltura digna de mejor causa se brinda la misma pleitesía a Homero que a Almudena Grandes como si estuviéramos hablando de dimensiones comparables. Todo merece un respeto, dicen, y todo tiene que ser apoyado y recomendado como si de verdad fuera más importante leer cualquier libro -incluso un premio Planeta- que dar un paseo, tomar un gintonic o escuchar a Bach.

Ya digo: hay que empezar de una vez a desmontar patrañas. Al libro no solo no le pasa nada sino que está viviendo una revolución tecnológica que, al final del camino -no ha hecho más que empezar-, será mucho mejor que la que culminó en Gutenberg. La industria se está viniendo abajo y seguirá haciéndolo hasta que se dé cuenta de que es el momento de ponerse a vender vaqueros. Los seres humanos seguiremos, como hasta ahora, leyendo y escribiendo lo que nos de la gana, y entre la oferta disponible habrá muchísima basura y alguna gema que brotará de vez en cuando.

Como llevo haciendo desde los catorce años, seguiré buscando estas y disfrutándolas, como disfruto del senderismo, de la ópera, del vino tinto o de los cuadros de Kiefer. Con dos ventajas: ahora los libros me cuestan menos, y los trienios que cargo a mis espaldas me ayudan a ser mucho más selectivo. Lo importante no es leer sino leer las cuatro cosas que merecen la pena. Y all the rest is literature.

Como ves, mi mensaje es optimista. Como te prometí.

Un fuerte abrazo.

[Artículo publicado el 9 de abril de 2014 en el blog Del Espacio Texturas de Trama Editorial]