Cobardía de baja intensidad

El joven dramaturgo dedicó los días previos a la ceremonia a cincelar su discurso. No era la primera vez que tenía que recoger un premio literario, pero este era el más relevante de su carrera y el primero que obtenía como escritor teatral. El certamen en el que había resultado ganador era uno de los más importantes de España y estaba convocado por una entidad financiera con sede en una de las capitales vascas.

Para el joven dramaturgo también esto era una novedad. Como poeta y como narrador había ganado premios en distintas localidades de Andalucía, en las dos Castillas, en Madrid, pero nunca en el País Vasco, y menos en aquella ciudad tan exquisita. La conocía, por supuesto, la conocía muy bien, y tenía en ella buenos amigos que asistirían a la ceremonia para que se sintiera arropado. Pero al joven dramaturgo no dejaba de producirle una rara aprensión la paradoja de un territorio en el que todo el mundo parecía desenvolverse con naturalidad y desenvoltura mientras que unos cuantos asesinos, respaldados por sus fanáticos seguidores, descerrajaban tiros y secuestraban ciudadanos con la misma naturalidad con la que el barrio viejo de aquella capital se tomaban chiquitos.

Las veces que el joven dramaturgo había viajado a aquella ciudad y a sus alrededores, unas veces por motivos profesionales, otras por ocio o por turismo, siempre había encontrado entre sus interlocutores un muro de silencio respecto a las acciones de aquellos asesinos. No estaba bien hablar de ello, era como de mal gusto, como de pésima educación. Se hablaba de política, sí, y se criticaba al gobierno –sobre todo al gobierno de la nación- y todo el mundo se quejaba de lo mal que iban las cosas. Pero de los asesinos no se hablaba.

Pocos meses antes de que el joven dramaturgo acudiera a recoger su premio, los asesinos habían declarado una tregua. Se comprometieron a dejar de matar durante una temporada, con el fin de demostrar su buena disposición hacia la concordia, hacia aquella concordia que ellos mismos habían laminado. Aquel anuncio fue acogido por las autoridades y por los medios con grandes alharacas, con mucha celebración, con sonadas expresiones de que la paz estaba cerca. (Alguien que hubiera visto aquello desde fuera, no lo habría entendido bien: qué paz, si no había ninguna guerra; por qué se aplaudía a los asesinos en vez de detenerlos… Pero este es otro asunto en el que ahora no vamos a meternos).

Y es cierto que los asesinos dejaron de matar, pero sus seguidores más jóvenes, aquellos que aspiraban a ser como ellos cuando llegaran a mayores, se dieron –impulsados por los mismos asesinos- a emularlos en las calles de un modo extremo pero también siniestro: quema de coches, vuelcos de autobuses, rotura de escaparates, destrozo de mobiliario urbano… Es lo que se vino a llamar “terrorismo de baja intensidad”, y los medios ponían el acento en la palabra “baja”, eludiendo casi del todo la relevancia del sustantivo. Había terror, sí, pero no había cadáveres, así que todo el mundo estaba tan contento, casi eufórico.

También el joven dramaturgo, que se dejaba llevar por el discurso oficial y generalizado. Así que, cuando preparó el suyo, pensó que aquel nuevo clima era idóneo para pronunciar unas palabras emotivas, cívicas, relativamente valientes y conmovedoras, con las que invitar a todos a reunirse en el concierto ciudadano. La obra con la que el joven dramaturgo había ganado el certamen era un drama político, fuertemente comprometido e incluso un punto polémico, de modo que se sentía perfectamente legitimado para introducir en su discurso un leve encaje con la actualidad. Leve, desde luego, y bien inoculado de ironía, porque bien sabía el joven dramaturgo que el mejor modo de no correr riesgos es meter distanciamiento irónico en cualquier toma de posición.

Le quedó muy bonito el texto, que retocó en el avión y volvió a retocar en el hotel, por la noche, y en la mañana misma del acto, mientras desayunaba. Vinieron por fin a recogerlo. Lo acompañaron –maravillosa mañana de primavera, caminando por el paseo marítimo, junto a una de las playas más hermosas del mundo- hasta las instalaciones municipales donde se celebraba el acto. Pasaron al joven dramaturgo a una salita donde se encontraban otros galardonados: el de poesía en castellano, el de poesía en euskera, el de teatro en euskera…, puede que alguno más que él no acertó a ver, porque el joven dramaturgo solo estaba para sí mismo y su discurso.

Una persona de la organización les pidió que esperaran. Al cabo de unos minutos, llegó alguien importante, alguien de la entidad financiera que sostenía aquella juerga. Los saludó muy amablemente, les explicó cómo iba a transcurrir aquello, les describió el protocolo básico, y finalmente, tras una pausa medida, con un tono muy tajante y mirando a cada uno a los ojos, dijo algo parecido a lo siguiente:

-Mirad. Por último os quiero decir lo más importante. No es necesario que soltéis ningún discurso. Nos os lo vamos a prohibir, naturalmente, pero os aconsejamos que no lo hagáis. Es un acto muy largo, donde va a hablar mucha gente, y vosotros sois muchos, así que es mejor que no habléis. Cuando se os nombre, subís, saludáis, recogéis el premio y, en el atril, ante el micrófono, dais las gracias y os volvéis a vuestro sitio… Si alguien quiere decir algo más… no podemos impedírselo, pero es mejor que no.

El joven dramaturgo tenía su papel en el bolsillo de la americana, y la mano en el bolsillo. El texto hervía, le saltaban las letras entre los dedos y las palabras bailoteaban. El hombre calló, y de nuevo los miró uno a uno, a los ojos, inquiriendo dudas o demandas. Nadie dijo nada.

El acto empezó. Habló el alcalde, habló el presidente de la entidad financiera, habló alguien más, seguramente, porque en efecto, el acto era interminable. Cuando el joven dramaturgo escuchó al fin su nombre y la invitación a subir al estrado, aún no sabía qué hacer. Con el papel pesándole en el bolsillo como una bola de acero, recibió el trofeo, estrechó manos, se dirigió al micrófono, dijo con voz firme “muchas gracias” y regresó a su sitio.

 

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Nota sobre “El joven papa”

Uno se enfrenta a El joven papa con una mezcla de fascinación y reticencia, y esa intersección de sentimientos se mantiene durante los diez capítulos de la serie hasta que se alcanza a entender de qué va la cosa.

En un primer momento asombra que este producto peculiar de la HBO no haya provocado ningún tipo de escándalo, ni condena, ni rechazo por parte de la muy sensible Iglesia Católica. El Vaticano, y sus representantes en el resto de la Tierra, suelen tomarse muy a mal las críticas que se les hacen, y al amparo del respeto que al parecer merecen las creencias religiosas –particularmente las suyas- tienen una facilidad pasmosa para descalificar a cualquiera que se permita acusar a alguno de sus miembros de cualquier menudencia. No digamos nada del intento de someter a escrutinio público a su primer ejecutivo, que, amparado en su condición de vicario de Cristo, elude con una soltura inimitable el juicio político que le correspondería en su condición de Jefe de un Estado pequeño pero influyente.

Pues esta vez no. Esta vez la Iglesia no se ha rasgado la sotana ante una ficción que en su arranque resulta directamente blasfema, en la medida en que parece una permanente “expresión injuriosa contra alguien o algo sagrado”, por ceñirnos a la estricta, aunque floja, definición de la RAE.

No sé si están ustedes al corriente de la trama, que les resumo en dos patadas evitando en la medida de lo posible incurrir en pecado de espóiler.

Un papa excéntrico

Como consecuencia de esas carambolas que al parecer ocurren en los cónclaves, los cardenales han elegido papa, de forma sorpresiva, a un cardenal muy joven (no ha cumplido aún los cincuenta), norteamericano, fumador y excéntrico, que se sienta en la silla de Pedro con el nombre de Pío XIII, y de tal guisa nos lo encontramos cuando la serie comienza.

Para que quede claro de qué va el personaje, los créditos se presentan en una secuencia en la que el joven papa pasea por los pasillos vaticanos de forma muy desenvuelta hasta que en un punto derriba la estatua, sobrecargada y tétrica, de san Juan Pablo II: toda una declaración de intenciones.

En efecto, el tal Pio XIII es la antítesis de sus supuestos antecesores. Es frívolo y dogmático, misántropo y egoísta, autoritario y ciclotímico. Un hombre cargado de traumas infantiles, que proyecta en sus decisiones las carencias emocionales de una maduración mal resuelta.

Es además, medio ateo, es decir, en unos capítulos cree en Dios pero en otros lo pone en duda y en algunos manifiestamente expresa su incredulidad absoluta.

Y la Iglesia, sin reclamar la hoguera para semejante serie. ¿Dónde está la trampa?

La trampa Sorrentino

La trampa está en la habilidad del director, Paolo Sorrentino, para hacer malabarismos y salir indemne.

Sorrentino es un extraordinario director. No he visto ninguna de sus películas, ni siquiera La gran belleza, que se me atragantó de tanto aplauso previo, pero en El joven papa demuestra que tiene una capacidad hipnótica para captar imágenes y unas prodigiosas facultades para hilvanarlas con un hilo narrativo magistral. Sorrentino sabe hacerse con el espectador, sabe llevárselo a su terreno y fascinarlo. Sorrentino aporta –una vez que se le perdona cierta querencia a la cursilería- una nueva forma de narrar, eficaz y sorprendente.

Es, además, provocador. Sabe epatar cuando es preciso, arranca una sonrisa en los momentos tensos, crea tensión cuando no se espera.

Dirige a los actores extraordinariamente. (Que Dios me perdone lo que voy a escribir, pero hasta Javier Cámara me parece bueno).

Y la belleza de las imágenes, el tratamiento de la luz, la exactitud de los encuadres asombran por su calidad.

Una macedonia mal resuelta

Y todas estas virtudes, ¿para qué?

Pues para marcarse una presunta reflexión sobre el poder, sobre la trascendencia, sobre el perdón y la misericordia, sobre el pecado y la culpa, sobre el amor y la venganza, sobre el ser y la nada, que termina por convertirse en una macedonia mal resuelta de presuntas reflexiones profundas que no llevan a ninguna parte.

A mí, qué quieren que les diga, el guion de El joven papa me ha parecido escrito por Rodríguez Zapatero: un aluvión de buenismo infestado de frases huecas pretendidamente profundas.

Anoté algunas al vuelo: “Amo a Dios y a la ausencia de Dios, pero siempre de forma firme y decidida”. “El poder es una banalidad pero hay que ejercelo”. “La ficción nos cambia”. “Los que creen en Dios no creen en nada”.

Y así a lo largo de diez densos capítulos en los que no me quedó más remedio que descabezar algún leve sueñecito.

(Espóiler) A todo esto, Pio XIII, a medida que la ficción avanza, va demostrando que es más bueno de lo que parecía y más creyente de lo que le gustaba decir, y termina haciendo milagros y siendo querido por todos, en medio de un vacío conceptual que ya quisieran para sí los más acendrados amantes del budismo zen.

Todo lo cual me ha llevado a entender por qué la Iglesia no ha rechistado, pese a los aparentes ataques al status quo que la serie anuncia en su inicio y que finalmente no resultan otra cosa que levísimos pellizcos de monja muy apropiados para el caso.

Al final, Pio XIII y Francisco I coinciden: formas nuevas para decir lo de siempre. Sorrentino juega a enfant terrible cuando en realidad añora a la Democracia Cristiana. Vaya por Dios.

Anuncian segunda temporada, con otro papa y otro enredo: como ya he pillado la trampa es posible que la vea. Pero sin sonido.

El enigma de la tumba de Joseph Brodsky

Tengo pasión por Joseph Brodsky. Inmenso poeta, admirable traductor, riguroso ensayista, fue más que todo eso: fue un hombre que se alimentaba de palabras y que con ellas construía su recorrido vital en busca de la verdad definitiva.

Se alimentaba, para ser exactos, de palabras y de cigarrillos.

Con una vida basculada, geográfica y sentimentalmente, entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, la relación de Brosdsky con Venecia fue muy extraña. Llegó a la ciudad en una Navidad cualquiera, cuando ya vivía exilado en Nueva York, invitado por un improbable amigo. Aquella visita resultó fallida y desagradable pero la ciudad lo fascinó de tal modo que viajó a ella las diecisiete navidades siguientes, sin perder una. Nunca conoció Venecia con calor, ni siquiera, creo, con esa luz incierta de primavera nueva que la hace tan hermosa.

Nunca vivió en Venecia: fue apenas un visitante, poco más que un turista.

Fruto de aquellos diecisiete años de extraña indagación en las arterias venecianas es el libro Marca de agua, un prodigioso ensayo, brevísimo y condensado, en el que, bajo el influjo de la ciudad de los canales, y usándola de pretexto, Brodsky despliega su visión de la vida y del arte, su ética y su estética, para él sinónimos.

Cuando, con poco más de cincuenta años, su corazón reventó en Nueva York, tal y como había predicho que ocurriría, pidió ser enterrado en Venecia, en el cementerio de la isla de San Michelle, ese capricho napoleónico que añade a la ciudad uno más de sus fascinantes rincones.

Bolígrafos o cigarrillos

Cuando hace unos meses visité el territorio mágico de Vivaldi, incluí San Michelle en mi ruta. Siempre visito los cementerios de las ciudades por las que paso, porque la arquitectura y el urbanismo funerarios son un buen reflejo de la sociedad en la que se insertan, de su visión del arte y de la vida, de su manera de ser. Pero además, en este caso, estaban Brodsky y Ezra Pound y suelo acercarme a las tumbas de los buenos escritores por si consigo que me contagien algo de la calidad de su prosa.

No fui capaz de encontrar la tumba de Pound, pese a la existencia de algunos voluntariosos carteles. Lo sentí: el autor de los Cantos tiene una bien ganada mala fama por su fascismo irredento y su pésima cabeza, pero todos le debemos algún buen poema, una excelente labor crítica y, por encima de todo, el descubrimiento de Eliot, la cumbre poética del siglo XX. Me encomendé a su recuerdo.

Sí encontré, en cambio, la modesta tumba de Joseph Brodsky. Nada del otro mundo: austera pero cuidada, con textos en inglés y en ruso proporcionando la información escueta y necesaria: nombre, fechas, esas cosas.

Y al pie de la tumba, algo arrugados, con manchas de humedad y sucios, pero perfectamente reconocibles, un puñado de cigarrillos, depositados acaso por varias manos en distintos momentos pero todos con cuidado, con orden, de forma homogénea.

El tabaco, para Brosdsky, lo había sido todo. Había fumado incansable y compulsivamente y algo había tenido que ver con su prematura muerte, más allá de su congénita cardiopatía.

Todo hubiera quedado ahí, en esa curiosa anécdota, de no ser porque días después, indagando en las hemerotecas al hilo de la visita, me encontré con este artículo de Jorge Carrión. En él, el escritor catalán rememora un viaje similar al mío y una visita a San Michelle parecida a la mía –él tampoco encontró la tumba de Pound-, pero cuando habla de la de Brodsky se refiere a ”la sepultura en la que algunos visitantes depositaron lápices y bolígrafos formando un ramillete de utensilios de escritorio”. La mención me dejó perplejo. Donde yo había visto cigarrillos, Carrión había visto bolígrafos. No podía ser, tenía que tratarse de un error de apreciación mío. Por fortuna, había sacado fotos: las comprobé, las amplié, las escruté con cuidado: eran cigarrillos, sin lugar a dudas.

¿Qué había sucedido? Solo hay dos posibilidades: o Carrión no percibió bien los objetos –me extrañaría, pero cabe pensarlo- o alguien, en algún momento, ha pegado el cambiazo y ha pensado que Brodsky se sentiría mejor con la compañía del tabaco.

¿Alguien tiene respuesta a este enigma?

 

Ha cerrado bez.es

Bez era un buen periódico y, además, sus dos directores son amigos míos. Así que nada puedo decir, sino que lo siento enormemente. Porque mezclar el análisis con la amistad no da buenos resultados.

Es además costumbre generalizada escribir, en estos casos, que el cierre de un periódico es siempre doloroso. Bueno, sí, de algún modo: como el cierre de una mercería o de una fábrica de churros. Cualquier cierre es siempre doloroso (despidos, pérdida de riqueza), pero a mí no me apenó nada la desaparición de El Alcázar, por ejemplo, y eso que trabajaba allí un buen amigo mío. Como siempre, cuidado con las generalizaciones.

Los motivos del cierre de bez los han explicado ellos mismos con lucidez y claridad: aún están ahí colgadas sus dos piezas de despedida, como toallas al sol, y sería una necedad repetirlas. Basta con ir a ellas.

Lo que pasa es que más allá de esta circunstancia concreta, conviene darle una pensada a lo que está pasando con los medios, fanés y descangayados casi todos ellos y con poca perspectiva de futuro.

Una bobada, claro, eso de que internet y las redes sociales están acabando con los periódicos. De acuerdo con esa lógica simplista, internet debería estar acabando también con los comercios, con los supermercados, con los lugares de ocio y esparcimiento físico, con las artes plásticas y visuales, con los restaurantes y hasta con el transporte por carretera: todo eso lo ha transformado, pero no solo no ha acabado con ello sino que lo ha potenciado.

También los periódicos. Internet ha terminado con un modelo de periodismo clásico pero ha abierto las puertas a otro que ya tiene algunos modelos exitosos nacidos gracias a la red.

Estamos en plena transición de un modelo a otro, y de ahí tanta convulsión y tanto lío. Pero a mí no me cabe duda de que una sociedad compleja como la nuestra necesita instrumentos y profesionales que nos informen, a los ciudadanos de a pie, de cuanto nos rodea. Y eso es periodismo.

No hay que darle muchas más vueltas: terminaremos dando con la fórmula (algunos ya están dando con ella).

Y lo único que conviene, siempre, en los fracasos, en cualquier fracaso, es ser muy autocrítico y preguntarse qué ha fallado. Puede que el entorno tenga mucha culpa, pero puede que dentro también haya alguna responsabilidad.

Y no lo digo por mis amigos Juan Zafra y Braulio Calleja, que saben analizar las cosas con rigor y extraerán las conclusiones oportunas para afrontar el próximo reto, sino por algún elemento que al rebufo del cierre de bez se puso a escribir tonterías. Y, lo que es peor, falsedades.

Así no hay manera de relanzar el periodismo.

Contra Jane Austen

Hace pocas semanas me topé en un babelia cualquiera un elogioso artículo sobre Jane Austen y, despistado como soy en lo que se refiere a fechas y onomásticas, deduje o que Netflix estaba preparándole un biopic o que algún editor avispado tenía un ingente stock de obras suyas y le había pedido al director del suplemento que le echara una mano.

Pero en días posteriores me topé a Austen en todos los babelias del mundo, e incluso en algún periódico de verdad, y entonces caí en la cuenta de que celebrábamos el aniversario de no me acuerdo qué y había que conmemorar a la gran escritora inglesa.

Tocaba, vamos. Igual que toca comer turrón en Navidad o derretirse en las terrazas cuando la canícula aprieta.

Leí algunas de las cosas que se escribieron en esos días sobre la buena de Jane y no me pareció que nadie descubriera nada nuevo. La ventaja de esta mujer es que cuenta con una vida y una obra bastante transparentes y no hace falta estar sacando cada dos por tres manuscritos olvidados o cartas desconocidas. A los admiradores de Jane Austen no nos pasa como, por ejemplo, a los de Roberto Bolaño, que viven en el sinvivir constante de descubrir una nueva mala obra maestra del artista adorado, como mínimo cada Feria del Libro, y una nueva donación de cartas cada vez que no hay modo de rellenar las páginas de cultura.

Ella no. Ella hizo lo que hizo, escribió lo que escribió, y se murió, joven también como Bolaño, pero sin hacer ruido ni llamar la atención.

Lo que pasa es que es buena, Jane Austen. Muy buena. Con una capacidad de percepción y análisis envidiables, con una prosa certera y con un sentido del humor tan fino que, probablemente, ni ella misma era capaz de percibírselo. Tenía madera suficiente para ser reconocida como una gran escritora y además, era chica, lo que, si tiempo atrás fue un hándicap para llegar a algo, hoy es, por el contrario, una ventaja.

De manera que yo me hubiera sumado al homenaje merecido, de no ser porque apenas un mes antes de mi babélico descubrimiento me había metido entre ojo y cerebro cuatrocientas páginas de novela que me habían indispuesto contra doña Jane.

La obra en cuestión es de una autora para mí plenamente desconocida, Jo Baker, y tiene un título de reminiscencias complicadas, Las sombras de Longbourn. Hay que ser muy friki de las obras de Jane Austen como para recordar de golpe que Longbourn es el nombre de la residencia de los Bennett, la hilarante familia que protagoniza la obra maestra de nuestra autora conmemorada, Orgullo y prejuicio. Yo, al menos, no lo recordaba cuando compré en una librería de lance el libro de Jo Baker y no estoy seguro de saber cuáles fueron las razones que me impulsaron a hacerlo. Menos aún sería capaz de explicar por qué empecé a leerlo (comprar un libro y leerlo no son acciones que, al menos en mi caso, vayan necesariamente aparejadas), pero sí puedo explicar el deslumbramiento que me produjo. Un deslumbramiento tal que me obliga, no solo a cambiar de epígrafe sino también de autor.

Preguntas de un obrero que lee

Bertolt Brecht (1898-1956) fue cualquier cosa menos un obrero pero tuvo la perspicacia, la habilidad y, posiblemente también, la convicción, de poner su pluma y su palabra al servicio de la clase social que hasta entonces no había encontrado espacio en las obras de literatura.

El poema Preguntas de un obrero que lee es una declaración de principios que se explica por sí misma:

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?
Y Babilonia, tantas veces destruida,
¿Quién la construyó otras tantas? ¿En qué casas
de Lima, la resplandeciente de oro, vivían los albañiles?
¿Adónde fueron sus constructores la noche que terminaron
la Muralla China?
Roma la magna está llena de arcos de triunfo.
¿Quién los construyó?
¿A quiénes vencieron los Césares? Bizancio, tan loada,
¿Acaso sólo tenía palacios para sus habitantes?
Hasta en la legendaria Atlántida, la noche que fue devorada
por el mar,
los que se ahogaban clamaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él sólo?
César venció a los galos;
¿no lo acompañaba siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota,
¿Nadie más lloraría?
Federico Segundo venció en la Guerra de Siete Años: 
¿Quién más venció?
Cada página, una victoria.
¿Quién guisó el banquete del triunfo?
Cada década, un gran personaje.
¿Quién pagaba los gastos?
Tantas historias,
tantas preguntas.

Una de estas preguntas para unas de estas historias es la que se hace la joven escritora Jo Baker y a la que trata de responder en su novela Las sombras de Lounbourg. Para que la familia Bennett pudiera desarrollar la actividad que Jane Austen describe en sus novelas, para que los caballeros que cortejan a las hijas puedan ir y venir en su incesante traqueteo entre Londres, fiestas y fincas, para que la condesa pueda decir sus bobadas y el párroco primo de la familia pueda exhibir su vaciedad, alguien tiene que haber en el trasfondo haciendo las comidas, vaciando los orinales, preparando el té, lavando los vestidos y la ropa interior, cuidando los caballos, dando de comer a los cerdos… Pero en las novelas de Jane Austen ninguno de esos personajes aparece.

Vivir en la Inglaterra rural de principios del XIX no era cosa fácil y, sin embargo, uno lee a Jane Austen y parece que sus personajes solo tienen penas de amor y desajustes sentimentales. Hablan, es verdad, a veces, de la poquedad o la abundancia de sus rentas, pero ni por asomo se vislumbra la consecuencia obvia de que deberían ponerse a trabajar, ni la más obvia aún, de que alguien tenía que trabajar por ellos. Los personajes de Austen viven por y para el ocio y ello solo es posible si, por debajo de ellos, en su subsuelo, otras personas, a modo de sombras, se encargan de resolverles las necesidades cotidianas de la vida.

Estas sombras, estos personajes ninguneados y anónimos son los que busca Jo Baker y a los que da vida en su novelita. Lo hace imitando el estilo de Jane Austen, recreando su mundo y fantaseando dentro de él desde una perspectiva, digámoslo así, brechtiana.

Consigue así un libro bellísimo, muy recomendable, que se publicó hace ya unos cuantos años y que, sospecho, ha tenido muy poco éxito.

Lo encontré por casualidad, lo leí casi con desgana y, ya ven ustedes, me ha arruinado el centenario de Jane Austen. Porque, ahí la tienen: inteligente, protofeminista, demoledoramente crítica, excelente prosista… pero incapaz de brindar un reconocimiento a las personas que, a su lado, le hacían la vida fácil.

Por lo menos, qué sé yo, una nota al pie de agradecimiento a la muchacha que le lavaba las bragas.

 

 

El discurso del Rey

Todos los tratadistas coinciden en señalar la ciudad siciliana de Siracusa como el lugar donde nació la retórica como instrumento de persuasión. Alrededor del año 485 antes de nuestra era un par de tiranos malos como la quina habían expropiado las tierras de sus ciudadanos para entregárselas como botín de guerra a miembros de su ejército personal. Derrocados más o menos por esas fechas, y restablecida la democracia sui géneris que se estilaba entonces, los perjudicados por las expropiaciones acudieron a los jueces reclamando la devolución de sus bienes. Los pleitos generados por este lío (este lío colosal, que diría nuestro presidente) fueron tantos y tan complejos que los más espabilados se dieron cuenta de la importancia de la elocuencia para persuadir a los jueces. Aquí es donde se suele citar a Córax y a Tisias como inventores del género.

Más allá de las dudas que me provoca esta localización (seguro que los chinos la habían descubierto mucho antes, o los sumerios, o los egipcios: el etnocentrismo europeo es un poco irritante), nos vale ahora para determinar que el origen de la oratoria tiene una función perfectamente práctica y operativa: nada más útil que convencer a un juez de que falle a tu favor cuando es tu patrimonio lo que se dirime.

Los griegos y los romanos se pusieron a perfeccionar el invento, y a fe que lo consiguieron: al margen de otros usos más o menos populares, la oratoria fue una herramienta esencial para dirimir las diferencias de criterio en los ámbitos de decisión política, cuando las asambleas de ciudadanos libres en las polis griegas o cuando los senadores romanos tenían que adoptar decisiones en asuntos cruciales para las que había opiniones encontradas.

Tan importante fue la oratoria que los más sesudos pensadores de aquellos tiempos le dedicaron mucha reflexión y esfuerzo. Cicerón, que se las vio en una época difícil de la república romana, le dedicó tres libros al asunto porque entendía la retórica (el arte de bien decir) como una necesidad primordial del hombre público, si bien sostenía que “el fundamento de la elocuencia es la sabiduría” y que “sin la filosofía, nadie puede ser elocuente”.

Lo malo fue que, con la llegada del Imperio, la oratoria dejó de ser necesaria. Ya no había que convencer ni a jueces ni a senadores porque todas las decisiones estaban en manos del emperador, y a este no se le convencía con discursos. De manera que la retórica, que ya formaba parte del canon ineludible de la enseñanza reglada, se convirtió en una pieza más corpus humanístico, como la filosofía y la gramática, pero ahí se quedó, lustrosa pero inútil, apenas necesaria, hasta que hace menos de un siglo, anteayer como aquel que dice, desapareció de nuestras vidas y de nuestros planes de estudio.

De todo esto me acordé el otro día, oyendo el discurso del Rey con motivo de la conmemoración del cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones de nuestra era. Fue un discurso malo, seco, plomizo, cargado de lugares comunes y palabras vacías, aunque mejor entonado que los de su padre. Felipe VI dijo aquello de que había que cumplir la ley y todo el mundo se quedó perplejo ante tamaño atrevimiento, en estos tiempos en que no la cumplen ni los que por expreso mandato constitucional tienen que vigilar su cumplimiento. Pronunció la palabra dictadura como un adolescente que suelta su primer taco y rellenó el resto del tiempo que le habían asignado con palabras más o menos correctas, que para eso tiene asesores con estudios. Pero el conjunto careció de armonía, de estructura, de tono, de vitalidad. Un conjunto vacío, para entendernos.

Si Felipe VI hubiera tenido que convencer a alguien con su discurso, dudo que lo hubiera conseguido. Por fortuna, las intervenciones públicas de nuestros monarcas –tanto del actual como del anterior- son pura cosmética protocolaria que solo sirven para que algunos periodistas vivan del cuento hermenéutico de descifrar unas frases perfectamente vacuas e intercambiables. Si algún día –no lo quieran los dioses- le toca a don Felipe asumir el papel de Jorge VI en la situación que describe la película que da título a esta entrada, vamos a tener un problema.

Pero ese sería un problema de futuro. El problema presente es que la oratoria ha desaparecido de nuestra escena pública y no tiene aspecto de que vaya a recuperarse. Nuestros parlamentarios se expresan a cacerolazos; los debates no persiguen convencer a nadie porque antes de que se celebren ya está cada uno convenientemente convencido; las polémicas no se sustentan en la retórica sino en el trazo grueso; nadie busca transmitir sabiduría mediante el buen uso de las palabras sino, a lo sumo, conseguir algún efecto puramente cosmético.

Decía Cicerón que “será elocuente el que en el foro y en las causas civiles hable de tal manera que pruebe, deleite o convenza”. Pero me temo que, en nuestro actual escenario público –no solo político: también la sociedad civil tiene un problema al respecto- nadie se propone probar nada, ni menos deleitar ni, por supuesto, convencer. Tenemos cada uno nuestras posiciones tan tomadas y nuestras convicciones tan firmes que ni nosotros sentimos la necesidad de expresarnos bien ni nos importa mucho que los demás no lo hagan. Nos basta con manejarnos con unas cuantas frases hechas, que no persiguen argumentar adecuadamente sino hacer algo de ruido, para que parezca que hablamos.
Algo así como el rey, en el discurso del otro día.

En defensa del tabaco

Recientemente, el veterano periodista Miguel Ángel Belloso ha publicado un vehemente artículo en defensa del tabaco con el esclarecedor título de ¿Por qué no dejáis en paz a los fumadores? Por su tono y su mensaje, me ha recordado mucho el que hace algunos años escribió el académico Francisco Rico que, con título engañosamente equilibrado (Teoría y realidad de la ley contra el fumador), era también una feroz diatriba contra la tendencia reglamentista actual.

Los dos artículos –y alguno más que ahora no viene a cuento- tienen un inconveniente: sus autores son fumadores activos y en su defensa del tabaco actúan por tanto con escasísima neutralidad.

Yo, en cambio, no fumo. Lo hice, es verdad, y abundantemente, pero hace casi veinte años que lo dejé y estoy, por lo tanto, en condiciones de escribir en favor del tabaco con algo más de ecuanimidad. Es lo que voy a hacer en las siguientes líneas.

La humanidad y las drogas

Para referirse al tabaco hay que empezar hablando de la categoría que lo contiene: las drogas o, por decirlo de un modo algo más técnico, las sustancias cuyo consumo actúa sobre el sistema nervioso bien para potenciar el desarrollo físico o intelectual, bien para alterar el estado de ánimo, bien para conseguir que el consumidor experimente nuevas sensaciones.

Comprenderán ustedes que, después de Antonio Escohotado y su monumental obra, ya quede poco que decir sobre este tema. Desde los tiempos de los dinosaurios, e incluso antes, el ser humano ha consumido drogas en busca de la curación, de la transcendencia, de la placidez, de la euforia, de la alienación o del desenfreno festivo, y todo indica que así seguirá siendo por los siglos de los siglos, se pongan como se pongan las autoridades competentes.

Si nos saltamos algunos siglos de civilización y llegamos a nuestros días, nos encontramos las drogas catalogadas en tres grandes grupos: a) las que no se llaman drogas, sino medicinas, y aparecen bendecidas por los sacerdotes laicos a los que se conoce como médicos; b) las denominadas drogas ilegales, cuya ilegalidad viene marcada por la normativa vigente, sin que estén del todo claras las razones, y en cuyo saco caben un número casi infinito de sustancias muy diversas; y c) las drogas legales, conformadas a su vez por tres categorías específicas: el alcohol, el tabaco y los estimulantes cafeínicos (café y té, particularmente).

Los griegos, que eran unos tipos listos pero vagos, usaban una misma palabra para referirse a veneno y a medicina, phármacos, de donde proceden palabras como farmacia o farmacopea, que se refieren a la vertiente curativa de las sustancias. Pero no es raro que usaran la palabra en el doble sentido: cualquier droga, en su acepción genérica, puede ser utilizada para distintos usos (buenos o malos, por decirlo en términos morales), en función del interés del usuario y de los hechiceros designados por la sociedad para gestionar su uso.

Las drogas legales

El alcohol es la más antigua y generalizada de los tres tipos de drogas legales de nuestra sociedad. Cuando Noé se emborrachó de mala manera y lio una bastante gorda, ya circulaban el vino y la cerveza entre los seres humanos con bastante profusión. También los destilados aparecieron pronto. Y así hasta hoy día, en que el alcohol se ha convertido en una pieza esencial de nuestra civilización, donde nadie duda de su necesidad y de sus bondades, hasta el punto de que hay países como el nuestro en que los alcoholes que producen en abundancia han sido incorporados a la categoría de alimentos, para verse con ello favorecidos por las bendiciones que el Estado otorga a quienes nos dan de comer.

Todo el mundo sabe que el alcohol produce efectos indeseables. Consumido en exceso, por supuesto (como ocurre también con una sustancia tan benéfica como el nolotil), pero incluso en cantidades morigeradas hay algunos individuos que se ven negativamente afectados, y no hace falta ser Galeno para comprender que el consumo recurrente y continuado tiene algunas contraindicaciones evidentes.

Solo que, socialmente, hemos entendido que los inconvenientes derivados del consumo del alcohol se ven compensados por el efecto positivo de socialización, apoyo psíquico e impulso económico que aporta.

Del café y del té, ¿qué quieren que les cuente? Drogas euforizantes por excelencia, se consumen en todo el mundo con una abundancia asombrosa y hasta un tipo tan prudente como Bach se vino arriba en relación con este tema. Efectos secundarios también tienen, y de hecho son muchas las personas que dejan de consumir teína o cafeína a partir de determinada edad a consecuencia de ellos. Pero no oirán ustedes una palabra contra estas sustancias, nimbadas de un aura de santidad que ya quisieran para sí muchos titulares del acta de canonización.

El tabaco también fue bien visto hasta hace muy poco. Fue usado como droga ritual en su momento, como medicina en ocasiones, como apoyo para el bienestar personal en diferentes formatos, pero lo que realmente triunfó fue el cigarrillo, que a lo largo del siglo XX se convirtió en un icono de la sociedad moderna hasta un extremo que ninguna otra droga, en la historia, había conseguido.

Hasta que un buen día, al tabaco empezaron a surgirle enemigos. Desde el campo de la medicina, sobre todo, pero también desde el sentimiento de una sociedad cada vez más sensible a un discurso sobre la salud y el bienestar general no siempre coherente, pero sí cargado de cierta lógica.

El tabaco es malo, dijeron de pronto, muy malo, pero como se ha convertido en una industria poderosa, que aporta muchos recursos a los Estados en forma de empleo y de impuestos, no se le puede arrojar de buenas a primeras a la noche oscura de la ilegalidad.

El tabaco es muy malo, dijeron de pronto todos los que tenían algo que decir al respecto, pero lo vamos a seguir permitiendo, si bien cada vez con más trabas, cada vez con más cargas, cada vez con más estigmas. Usted fume, si quiere, pero está muy mal que lo haga. Y fueron apretando cada vez un poco más el torniquete.

El error de la industria

Y es evidente que el tabaco es malo. A mí me lo van a decir, que fumé incansablemente a lo largo de casi treinta años cantidades ingentes de cigarrillos sin ninguna tasa ni control. No me quedaba otra que dejarlo porque llegó un momento en que se trataba de él o de mí.

Pero también he bebido alcohol desde el mismo momento en que empecé a fumar y no he dejado de hacerlo. En cantidades mucho menores, naturalmente, con control médico cuando ha sido preciso y con algunos periodos de abstinencia, pero con la más absoluta naturalidad y, por supuesto, sin ninguna amenaza de exclusión social sobre mi cabeza.

Ser buen consumidor de vino, en cuanto español, me convierte incluso en un ciudadano modelo que impulsa con su actividad una de nuestras industrias básicas. Tampoco le parece mal a nadie que sea un firme partidario de los gin tonics o un modesto catador de whiskies de malta, bebidas con mucho predicamento entre lo más florido de la modernidad vigente.

Ni me lo prohíben ni me estigmatizan: a lo más, me dicen en las etiquetas de las botellas que consumo, que “beba con moderación”.

¿Por qué el café y el alcohol han sobrevivido a estos tiempos de buenismo obsesivo y sin embargo el tabaco lleva camino de ser arrastrado hacia la condenación eterna? Creo sinceramente que el error lo ha cometido la industria. Y que ya tiene mal remedio.

Ha sido la industria tabaquera la que no ha sabido establecer un diálogo, ni con la sociedad, ni con el estamento sanitario, ni con las autoridades, para encontrar un terreno de entendimiento. Cuando en las décadas centrales del pasado siglo empezaron a aparecer las primeras conclusiones incuestionables sobre los daños del tabaco y su incidencia en el cáncer de pulmón, la industria tabaquera echó mano del talonario para acallar esa evidencia. Todo valió: publicidad, contrainformes, investigadores a sueldo, grupos de presión… Menos reconocer la evidencia, los fabricantes de cigarrillos hicieron de todo. Y así, sin ceder un milímetro, se han mantenido hasta que la realidad de los nuevos tiempos se les ha venido encima.

Justo al revés de lo que hicieron los fabricantes de alcoholes destilados, quizá porque estos habían vivido nada menos que el peligroso experimento de la ley seca estadounidense, desde la que otearon, con pavor, lo oscuro y tenebroso que es para todos el infierno de la ilegalidad. Salvados el vino y la cerveza en su condición de alimentos, los restantes alcoholes han encontrado su hueco y en él se han acomodado no solo con éxito económico sino incluso con glamur.

¿Qué hubieran debido hacer las tabaqueras para encontrar también su hueco? Probablemente (y es una hipótesis) dos cosas: a) haber sido menos soberbias y b) haber gastado más en investigación.

Jean Cocteau, ese extraordinario artista polifacético de las vanguardias francesas de principios del XX, escribió un librito extraordinario, un diario de una desintoxicación, que estaba referido al opio, la droga que él consumió desaforadamente durante años. Hay que leerlo, pero yo me permito traer aquí un párrafo iluminador y prodigioso al que le he introducido algún levísimo cambio para adaptarlo a nuestro tema:

“No esperéis de mí que traicione. El tabaco sigue siendo único, naturalmente, y su euforia superior a la de la salud. Le debo mis horas más perfectas. Es lástima que, en vez de perfeccionar la desintoxicación, la industria no intente hacer inofensivo el tabaco”.

Me temo que a la industria tabaquera ya se le ha hecho tarde para afrontar este reto. Y es lástima, porque, si fuera posible, a mí no me importaría volver a fumar. De un modo, por supuesto, inofensivo.

 

 

 

Los que pasaban por allí

“Está en tu mano no cometer un delito, pero no lo está evitar que te condenen por ello”. Esta frase, pronunciada por uno de los abogados de Steven Avery, resume en su esencia la demoledora y actualísima enseñanza de Making a Murderer, la sobrecogedora serie documental de Netflix que narra en diez sólidos episodios la increíble y triste historia de un ciudadano anónimo en los muy poderosos y civilizados Estados Unidos de América.

El argumento ya ha sido contado mil veces y la Wikipedia lo resume bien: “Steven Avery (nacido el 9 de julio de 1962) es un hombre estadounidense del Condado de Manitowoc, Wisconsin, que pasó 18 años en prisión por una sentencia errónea por agresión sexual en 1985. Fue exonerado cuando la mejorada prueba de ADN demostró su inocencia y liberado de prisión el 11 de septiembre de 2003. En 2005, Avery fue arrestado por el asesinato de la fotógrafa de Wisconsin Teresa Halbach y condenado en 2007 y sentenciado a cadena perpetua sin libertad condicional”. También el sobrino de Avery, Brendan Dassey, fue condenado como cooperador en el mismo delito.

Dos estudiantes de cine, Laura Ricciardi y Moira Demos, se acercaron al caso casi por casualidad y se enredaron en él hasta construir una pieza de narrativa judicial como seguramente no se había hecho hasta ahora. Fabricando un asesino (el título, escrito en español, golpea con más fuerza) quedará para siempre como un referente obligado en el conocido género de la indagación periodística sobre el mundo de la justicia.

Hay que decir que las dos jóvenes directoras hacen muy bien su trabajo pero cuentan a su favor con una ventaja de partida: en el estado de Wisconsin hay muy pocas cortapisas para la libertad de prensa, hasta el punto de que los medios tienen acceso a las conversaciones telefónicas del preso con sus abogados y familiares, a las pesquisas policiales y a las conversaciones de los investigadores. Durante los casi dos años que transcurren entre la segunda detención de Avery y su definitiva condena, todos los participantes en el caso (fiscales, investigadores, abogados defensores, especialistas forenses y, por supuesto, familiares y amigos tanto del acusado como de la víctima) no tienen reparo ni pudor en ofrecer ruedas de prensa o declaraciones a cámara con una soltura a la que al menos por estos pagos no estamos acostumbrados. De tal manera que si alguna pega se le puede poner a esta serie es la del exceso: acaso con la mitad de los episodios hubiera podido contarse lo mismo.

La tesis de la serie está resumida en la frase con la que arranco este artículo. Avery mantuvo desde el primer momento, y sigue manteniendo desde la cárcel, que él es inocente del crimen por el que se le ha condenado, como lo fue del anterior, que lo tuvo 18 años injustamente encerrado. Las directoras del documental no son neutrales a este respecto: se ponen del lado del acusado y apoyan la tesis de sus abogados de que las débiles pruebas en su contra fueron deliberadamente construidas por la policía. El mismo abogado de la citada frase pronuncia otra igual de clarificadora: “No creo que la policía quisiera incriminar a un inocente: estaba convencida de que era culpable y puso los medios para que lo pareciera”.

Moraleja

Hablaba hace unos días con algunos amigos sobre esta fascinante experiencia televisiva y había quien decía que era poco creíble, que acaso las directoras habían manipulado el material más allá de lo razonable hasta distorsionarlo. En concreto, los fiscales y los investigadores policiales, alguno de los peritos y, en general, lo que cabría calificar como el bloque de los “contrarios a Avery” transmiten una imagen de trapaceros y chapuzas que contrasta con el hecho de que fueran capaces de convencer a los doce miembros del jurado a partir de pruebas extremadamente débiles.

Yo no comparto esas prevenciones. Tengo la sensación de que Ricciardi y Demos han narrado lo que han visto, un terrible chapuza judicial, y lo han hecho desde el rigor y desde el asombro que logran transmitir al telespectador.

¿Por qué lo creo? Porque disparates así se han visto ya unos cuantos y se verán todavía muchos. Me permito recordar aquí –por citar solo algunos, y de suelo patrio- el caso Raval de 1997, “la mayor red de pederastia descubierta en Europa” al decir de la policía, que arrambló con la fama y el sosiego de un puñado de padres, educadores y dirigentes políticos y vecinales, absueltos finalmente por los jueces tras haber sido condenados sin remedio por la sociedad y los medios de comunicación. Hubo, ciertamente, dos pederastas condenados, pero el daño que se causó a los inocentes no tuvo justificación alguna.

Más escandaloso aún fue el caso Ahmed Tommouhi y Adderrazak Mounib, acusados y encarcelados por unos delitos que no cometieron. El segundo murió en la cárcel, en tanto que el primero cumplió íntegra su condena desde 1991 hasta 2006. Pese a las evidencias en contrario –incluidos los marcadores genéticos y las pruebas de ADN- los magistrados –uno de los cuales era la siempre progresista y hoy entregada diputada socialista Margarita Robles- condenaron a los dos marroquíes con la ayuda de un colectivo de policías, abogados y expertos a cual más incapaz.

La historia de Avery encontró en Laura Ricciardi y Moira Demos a las dos narradoras que la verdad necesitaba. El caso Raval tuvo en Arcadi Espada al autor de la investigación y el libro que puso en evidencia aquel disparate. Y Braulio García Jaén se dejó las pestañas y algunos años de su vida y su carrera en construir en Justicia Poética la evidencia del disparate urdido contra Tommouhi y Mounib.

Solo por citar algunos casos. Dicho sea en unos tiempos en que los cuerpos policiales españoles se han soltado la mano con una gran desenvoltura para incriminar de los más diversos delitos a muchísima gente. Unos, probablemente, culpables, pero muchos, me temo, que pasaban por allí.

Tendremos ocasión de irlo viendo.

Pegatinas

Hace muchísimos años, en los inicios de la ahora malhadada Transición, se lanzó un eslogan, supongo -aunque no estoy seguro- que con motivo de la Feria del Libro de Madrid, extraordinariamente hermoso y eficaz: “Más libros, más libres”, decía, y todos cuantos aspirábamos a que la ansiada libertad se instalara definitivamente en España, nos pusimos la pegatina en el pecho desde la convicción de que habíamos dado con la solución a todos nuestros problemas.

Este procedimiento del eslogan ramplón y simple es uno de los más queridos por la mayoría de los que circulan por la plaza pública. Especialmente en el campo de la política, de las demandas sociales y de las filias y fobias deportivas: es de admirar la ingente cantidad de ripios y rebuznos en los que se sintetizan reivindicaciones, aspiraciones ideológicas, deseos, exigencias, alabanzas e insultos.

El gran Sánchez Ferlosio, uno de los escasos intelectuales vivos que no se rinde a las simplezas, sostiene que lo que le salvó de caer en los eslóganes de pegatina y lo liberó del “grotesco papelón del literato” fue la hipotaxis, es decir, la incansable subordinación de frases encaminada a construir párrafos complejos en los que cupiera la exposición de una idea con todos los matices necesarios para captar su complejidad.

Es un método, desde luego, y estaría muy bien que todos los que le damos a la tecla supiéramos aplicarnos a la filosofía normativa de Ferlosio. Pero basta con algo más fácil: basta con salir de la simpleza adolescente con que suelen abordarse la mayoría de los debates, encaminados por lo general a obtener la victoria de lo blanco sobre lo negro antes que a describir pormenorizadamente la complejidad de lo gris.

Hay quien dice que la culpa de este revival de los eslóganes la tiene Twitter y las redes sociales, que han acotado la formulación del pensamiento a unos pocos caracteres. Es  un clásico: culpar a las nuevas tecnologías de nuestros errores se parece mucho a cuando se culpaba a la imprenta de despertar a las masas, o a la máquina de vapor de incrementar el paro o  a la revolución industrial de fomentar la desigualdad: menos cargar cada uno con sus responsabilidad, todo lo demás vale.

Pero no, amigos y amigas: las pegatinas han existido siempre y siempre han servido lo mismo: para fomentar la pereza intelectual y evitar los debates rigurosos y consistentes, esos que abren puertas y derriban dogmas a costa, eso sí, de desmontar tópicos y de arrancarnos de los lugares comunes en los que solemos encontrarnos instalados.

Lo diré más claro, al hilo de la Feria que se inaugura en los próximos días: los libros no hacen  libre más que a quien ya sabe serlo por su cuenta.

Pablo Iglesias y yo

No conozco de nada al secretario general de Podemos. Creo, hasta donde soy capaz de recordar, que ni siquiera hemos coincidido nunca bajo el mismo techo, por más que fuera en un evento o sarao de los que en Madrid le persiguen a uno como los pulgones a los cerezos. Como tampoco soy televidente  asiduo -excepción hecha de las series de culto- no le veo jamás ni en los informativos, ni en los debates, ni en las polémicas infinitas que al parecer -por lo que leo en los periódicos- sostiene a cada momento contra medio mundo.

Tengo mi opinión sobre él, naturalmente, porque es un personaje público con unas características que a nadie pueden dejar indiferente. Pero mi opinión sobre su persona es asunto que a nadie incumbe ni interesa.

Sí puede interesar, y en todo caso es bien sabido por quien me conozca incluso superficialmente, que entre él y yo las diferencias ideológicas son insalvables. Literalmente insalvables. En su visión de la vida, en su análisis de la sociedad y en sus objetivos políticos, no coincido ni en las preposiciones.

Pero hace unos días encontré en algún sitio, por mera casualidad, la referencia a una entrevista que Pablo Iglesias había hecho a Antonio Escohotado en su programa de La Tuerka. Con Escohotado me sucede como con Ferlosio: son los dos únicos intelectuales vivos de los que leo o veo cuanto se me ponga a mano aunque para ello tenga que desplazarme al mismísimo infierno. Y toda vez que La Tuerka no es para mí ni siquiera el purgatorio -sino simplemente un sitio que no frecuento-, no tuve inconveniente en buscar el podcast y prepararme a disfrutar con el maestro.

Porque entre las muchas virtudes que tiene Escohotado es que a él no le arredra ni el medio ni el interlocutor. Da igual que lo entreviste el más torpe de los plumíferos; da igual que lo ensalcen o que lo acorralen; da igual que estén de acuerdo con él o en contra: él sabe lo que quiere decir y lo dice con el mismo tono firme, profesoral y argumentativo de quien sabe de lo que habla y sabe cómo decirlo. De manera que a mí me importaba poco a quién tuviera enfrente porque lo que me interesaban era él y su sabiduría.

Pero voy a lo que voy, porque hoy no se trata de hablar de Escohotado. Mi gran sorpresa fue la calidad del anfitrión. Pablo Iglesias hizo una excelente entrevista, que había preparado con mimo, que condujo con acierto y en la que mantuvo siempre un tono equilibrado y altamente respetuoso, muy lejos de la imagen pública que se ha ido forjando como diputado y como secretario general. Escohotado estuvo excelente, por supuesto, pero también Iglesias, y el resultado es una hora de conversación que recomiendo a los que sostienen que la televisión es un arma del demonio.

Lo malo vino luego. Como la cosa me gustó, salí a las redes sociales a decirlo, que por algo aspira uno a ejercer de influencer. Poca cosa: dije en Twitter lo que aquí llevo dicho -pero más breve, claro, para que me entrara en los 140 caracteres- y se lio: muchos de mis seguidores se enfadaron y me acusaron de incoherente por aplaudir a alguien que se encuentra en mis antípodas. Por el contrario, muchos partidarios de Iglesias y lo que representa me jalearon con sus megustas y sus retuits y algunos de ellos se hicieron seguidores míos.

Esta es la parte que me preocupó: ¿qué sucedería cuándo, un par de tuits después, descubrieran que no soy de los suyos? Lo primero, en cambio, no me importó mucho: perder seguidores necios siempre me satisface.

Así que pensé que a partir de ahora voy a poner más filtros como este.