Un periódico nuevo

Me encontré el otro día con un afamado escritor y periodista y entablamos la siguiente conversación:

-Y ahora que ya has triunfado y lo eres todo en la profesión, ¿por qué no haces un periódico digital? Si todos lo hacen, ¿por qué no tú?

-Todo el mundo me hace esta pregunta últimamente y, es verdad, me digo, ¿por qué no he de publicar un periódico digital yo también? En todos los países cultos y despreocupados todo se encierra ya en las columnas de los digitales. La moda del día prescribe los libros cortos, si han de ser libros. Y si hemos de hablar en razón, convengamos en que todo está dicho en un tuit. Los adelantos materiales han ahogado de un tiempo a esta parte las disertaciones metafísicas y las divagaciones científicas. Las opiniones han desterrado a las ideas. Los blogs y los digitales, a los libros. La prisa, la rapidez, diré mejor, es el alma de nuestra existencia, y lo que no se hace deprisa, no se hace de ninguna manera; razón por la cual es muy de sospechar que no hagamos nunca nada en España. Así que, ¿por qué no?

-¿Y cómo lo concibes?, ¿cómo te gustaría que fuera?

-Si el periódico digital es un síntoma de la vida moderna, no nos admiremos si, fieles a su origen, los periódicos han conservado la afición a mentir, que los distingue de las demás publicaciones desde los tiempos más remotos; en lo cual no han hecho nunca más que administrar una herencia. El mío, pues, no ha de ser distinto..

-Pero un periódico tiene muchas ventajas…

-Innumerables, en efecto; habiendo periódicos, en primer lugar, no es necesario estudiar, porque a la larga, ¿qué cosa hay que no enseñe un periódico? Sabes por un periódico la hora a que empieza el teatro, y algunas veces la función que se representa, es decir, siempre que la función que se representa es la misma que se anuncia; esto, al fin, sucede algunas veces. Por los periódicos sabes de día en día lo que sucede en Navarra, cuando sucede algo; verdad es que esto no es todos los días; pero para eso muchas veces sabes también lo que no sucede. Por un periódico sabes que hay Cortes reunidas para elevar sobre el cimiento el edificio de nuestra libertad. Por ellos se sabe que hay dos cámaras, el Congreso y el Senado. Por los periódicos sabes, mutatis mutandis, es decir, quitando unas cosas y poniendo otras, lo que hablan los oradores, y sabes cuándo una discusión es tal discusión, y cuándo es meramente conversación, para repetir la frase feliz de un orador. Convengamos, pues, en que el periódico es el grande archivo de los conocimientos humanos, y que si hay algún medio en este siglo de ser ignorante, es no leer un periódico.

-¿Entonces tienes ya un proyecto montado?

-Por supuesto. El periódico se titulará Fígaro, un nombre propio que no significa nada y a nada compromete. Con sólo contar nuestras cosas lisa y llanamente, ellas llevan ya la bastante sal y pimienta. He aquí una de las ventajas de los que se dedican a graciosos en nuestro país: en sabiendo decir lo que pasa, cualquiera tiene gracia, cualquiera hará reír. Sea esto dicho sin ofender a nadie.

-¿De qué tratará? ¿Será un periódico especializado?

-El periódico tratará… de todo. ¿Qué menos? Pero como no ha de ser ni tan grande como nuestra paciencia, ni tan corto como nuestra esperanza, y como han de caber mis artículos, no pondremos los decretos del gobierno ni las leyes. Por otra parte, no gusto de afligir a nadie; por consiguiente no se pondrán los nombramientos; menos gusto de estar siempre diciendo una misma cosa; por lo tanto, fuera los partes oficiales. Estoy decidido a no gastar palabras en balde; mi periódico ha de ser todo sustancia; así, cada sesión de Cortes vendrá en dos líneas; algunos días en menos; muchas veces no ocupará nada.

– Pero ¿política?

-Artículos de política los habrá. Éstos, en no entendiéndolos nadie, estamos al cabo de la calle. Y eso no es difícil: sobre todo quien no los ha de entender es el que paga la publicidad. Oposición, eso por supuesto: a mí, cuando escribo, me gusta siempre tener razón.

-¿Economía?

-De eso, largamente, pero siempre en broma, para nosotros será un juego esto; no nos faltará a quien imitar. Los asuntos de cuentas sólo son serios para quien paga; pero para quien cobra… Desentrañaremos esto; y tanto queremos hablar de esta materia, que no nos detendremos en enumerar lo que se ha hecho; sólo hablaremos de lo que falta por hacer.

-Tendrá una sección de Cultura…

-Por supuesto.. En cuanto se publique un libro bueno lo analizaremos; por consiguiente, no seremos pesados en esta sección. De teatro no diremos nada mientras no haya nada que decir. Felizmente va largo. De música, buscaremos un literato que sepa música, o un músico que sepa escribir; entretanto, Fígaro se compondrá como se han compuesto hasta el día los demás periódicos. Felizmente pillaremos al público acostumbrado; y él y nosotros estaremos iguales.

-¿Habrá en tu periódico un espacio para la moda y para otras secciones, digamos, frívolas?

-¿Y cómo no? Habrá una sección en la que hablaremos de corrupción, de procesos, de denuncias…, en una palabra, todo lo que está de moda… a la última siempre…. y hablaremos de costumbres. Por supuesto: malas; lo que hay. Fígaro hablará, bajo este título, de paciencia, de tinieblas, de mala intención, de atraso, de pereza, de apatía, de egoísmo. En una palabra, de nuestras costumbres… También habrá anuncios. Queriendo hacer lo más corta posible esta parte del periódico, sólo anunciará las funciones buenas, los libros regulares, las reformas, los adelantos, los descubrimientos. Ni se pondrán las pérdidas, ni menos todo lo que se vende entre nosotros. Esto sería no acabar nunca.

-Entonces ya está todo….

-Ya está concebida la idea. Ahora falta el dinero. Si lo tuviera, no sería yo el que me pusiera a escribir tonterías para divertir a otros; o tener empleo con sueldo…, pero si tuviera empleo, y jefe, y horas fijas, y expedientes, y el riesgo del despido al ojo, no tendría yo humor de escribir periódicos…; o ser catedrático…, pero si fuera catedrático sabría algo, y entonces no serviría para periodista… Así que tendré que pedirlo…

-¿Y la tecnología? ¿El software? ¿Todo eso que se necesita para un digital?

-He visitado a varios proveedores. Unos me dicen que tienen mucho lío. Otros, que lo que quiero es muy difícil; el de más allá, que hay que trabajar muchas horas.

–¿Conque es imposible hacer un digital?

–Poco menos; y si acaso te lo hacen, será caro y mal. Pondrán unas letras por otras. Y si te enfadas algún día por una errata, te dejarán plantado, y si no te enfadas, también.

-Te veo desanimado, amigo mío.

-En absoluto, en absoluto. Me siento, mutatis mutandis, como aquel personaje de Beaumarchais que decía: «Se ha establecido en Madrid un sistema de libertad que se extiende hasta a la imprenta; y con tal que no hable ni de la autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de los empleados, ni de las corporaciones, ni de los cómicos, ni de nadie que pertenezca a algo, puedo imprimirlo todo libremente, previa la inspección y revisión de dos o tres censores. Para aprovecharme de esta hermosa libertad anuncio un periódico…»

–¿Cuándo se escribió esto?

– En 1784.

–Bien. Y tú, ¿cuándo empezaste a pensar en todo esto?

–El 22 de enero de 1835.

-En fin… Pues te agradezco la charla, amigo Larra.

-Un placer. Pero prefiero que me llames Fígaro.

[Recreación bastante libre pero muy fiel del artículo Un periódico nuevo, 
de Mariano José de Larra)

 

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Las limitaciones del big data

Tengo a Spotify por una de las más grandes aportaciones que el mundo digital ha hecho a nuestra calidad de vida. Cuando nació, hace ya un buen puñado de años, surgieron de inmediato los profesionales del lamento manriqueño –aquellos para los que, siempre, cualquier tiempo pasado fue mejor-, sosteniendo argumentos que oscilaban entre la calidad del sonido –donde esté un buen vinilo…-, las limitaciones del catálogo –los grandes nunca van a aceptar esto- o el quebranto a la industria. (Este último argumento del quebranto fue sobre todo impulsado por la propia industria, con autores y artistas a la cabeza, ese colectivo de endiosados autocomplacientes que jamás, ni antes ni después, han tenido una palabra de autocrítica hacia el obsceno modelo sobre el que han estado instalados).

Spotify triunfó pronto porque tecnológicamente es impecable y porque comercialmente es muy sensato. Para el gran consumidor de música, como puede ser mi caso, las ventajas están fuera de toda duda: consumo al mes en esta faceta cultural diez veces menos de lo que gastaba antes y tengo a mi alcance una oferta infinitamente superior. Hasta Jorge Manrique hubiera tenido que reconocer que, al menos en esto, estaba equivocado.

Pero Spotify es algo más que un enorme almacén de música. Como todas las grandes plataformas digitales, se vale del big data para cumplir una función de prescripción que permite a cada cliente encontrar con facilidad aquella música que más se acerca a sus intereses y a sus gustos. Uno puede organizarse sus propias listas en función de sus apetencias, o compartir listas con otros, dentro de esa filosofía colaborativa tan propia de nuestro tiempo. Uno puede buscar lo que quiera, y escucharse un disco entero, o la obra completa de un autor. Pero también puede dejarse llevar por las recomendaciones de Spotify y sorprenderse por la calidad del algoritmo que establece, en función de lo que has escuchado hasta entonces, qué es lo que te apetecería seguir escuchando, qué novedades han surgido dentro de tus gustos o qué ocultos tesoros te pueden fascinar y sobre cuya existencia no tenías ni idea.

El último invento de Spotify se llama Tu Cápsula del Tiempo, “una playlista personalizada para ti con temas que te transportan al pasado”, según dice su propia definición en la neolengua del presente. La idea consiste no en recomendar cosas nuevas sino en proporcionar al cliente un listado básico de aquellos temas que han marcado su biografía. Cabría pensar que, para definir lo que a uno más le ha gustado a lo largo de su vida, sería suficiente con echar mano de la memoria. Pero la memoria es fallida y traicionera, sobre todo a partir de determinada edad y en cambio el algoritmo, que carece de emociones y de intereses personales, te enfrenta a la realidad de lo que musicalmente has sido, proporcionándote sorpresas impensables.

Me enfrenté por esto a mi personal “cápsula del tiempo” con una curiosidad malsana y cierta aprensión. Es verdad, además, que, en mi caso, la distorsión es inevitable: Spotify nació cuando yo ya tenía cincuenta años, de modo que, por mucho que sus algoritmos hayan querido esforzarse, carecen de información suficiente sobre la evolución de mis gustos musicales a lo largo de mi vida: basta con suponer que ha sido capaz de estudiar los actuales, que son muchos y variados.

Pues bien, sobre esta base Spotify considera que mi canción favorita, la número uno indiscutible de mi sensibilidad melómana, es el First We Take Manhattan, de Leonard Cohen. Puedo estar de acuerdo con el algoritmo, como puedo estar de acuerdo en el número dos, el Like a Rolling Stone, de Dylan.

Entre los diez primeros temas de mi cápsula aparecen otro par de veces tanto Cohen como Dylan, compartiendo con Tom Jobim el pódium de autores favoritos, toda vez que el gran autor brasileño coloca su Desafinado y sus Aguas de Março, en las extraordinarias versiones respectivas que grabó con Joâo Gilberto y con Elis Regina. No podía faltar el Born to Run de Springsteen en este primer puñado de elegidos, antes de entrar en terrenos algo menos trillados.

Por ejemplo, Norah Jones se cuela en los primeros puestos de la lista, pese a no tener yo mucha conciencia de mi interés explícito por esta artista. Sí tiene más sentido la presencia de Edith Piaf, y el excelente Azzurro de Celentano (aunque yo creía que mi preferencia se inclinaba por la versión original de Paolo Conte). Viene pronto Miles Davis –no podía faltar-, y la gran Nancy Sinatra, cuyo genio ha quedado opacado en la memoria de todos por la sombra de su padre.

Me extraña que haya que esperar hasta el puesto vigésimo primero para que aparezca Johan Sebastian Bach con un aria de su Pasión según san Mateo y me extraña mucho más que no aparezca reseñado Haendel, cuando desde hace muchos años es, con diferencia, mi autor de cabecera.

Por ahí están también, con más o menos relevancia, Tom Waits, y Silvio Rodríguez, y Serrat –con su Elegía y no con Mediterráneo, el algoritmo sabrá por qué-, y luego vienen Puccini, y McCoy Turner, y Amalia Rodrígues con un fado tristísimo, y Lole y Manuel naturalmente, y Alfredo Zitarrosa, con su Milonga para una niña.

Todo razonable, salvo, ya digo, la ausencia del gran Haendel, si no fuera por dos piezas que me han dejado literalmente boquiabierto. En el tercer puesto de la lista, nada menos que como medalla de bronce, Spotify sostiene que me gusta y que he escuchado mucho a Alberto Cortez y su No soy de aquí. Lo niego. Ni el cantante ni el tema me interesan lo más mínimo: su cursilería, su ñoñez insoportable, su aire de perdonavidas, su traición a la verdadera esencia del tango y la milonga, hacen de este cantante argentino uno de los personajes que menos he soportado nunca en el panorama musical. Pero es que en el puesto treinta y uno aparece nada menos que Julio Iglesias con su versión babosa y deleznable -como él mismo- del A media luz, que no creo haber escuchado nunca por mi propia voluntad, más allá de alguna consulta de dentista, algún taxi desinformado o algún fogonazo televisivo.

Que el algoritmo de Sptotify considere que en mi biografía musical Julio Iglesas y Alberto Cortez tienen la más mínima cabida me hace pensar que aún hay mucho que avanzar en el terreno del big data y desde aquí lanzo un llamamiento a los expertos en la materia para que se esfuercen algo más en un territorio al que, como queda demostrado, aún le queda mucho por explorar.

Cobardía de baja intensidad

El joven dramaturgo dedicó los días previos a la ceremonia a cincelar su discurso. No era la primera vez que tenía que recoger un premio literario, pero este era el más relevante de su carrera y el primero que obtenía como escritor teatral. El certamen en el que había resultado ganador era uno de los más importantes de España y estaba convocado por una entidad financiera con sede en una de las capitales vascas.

Para el joven dramaturgo también esto era una novedad. Como poeta y como narrador había ganado premios en distintas localidades de Andalucía, en las dos Castillas, en Madrid, pero nunca en el País Vasco, y menos en aquella ciudad tan exquisita. La conocía, por supuesto, la conocía muy bien, y tenía en ella buenos amigos que asistirían a la ceremonia para que se sintiera arropado. Pero al joven dramaturgo no dejaba de producirle una rara aprensión la paradoja de un territorio en el que todo el mundo parecía desenvolverse con naturalidad y desenvoltura mientras que unos cuantos asesinos, respaldados por sus fanáticos seguidores, descerrajaban tiros y secuestraban ciudadanos con la misma naturalidad con la que el barrio viejo de aquella capital se tomaban chiquitos.

Las veces que el joven dramaturgo había viajado a aquella ciudad y a sus alrededores, unas veces por motivos profesionales, otras por ocio o por turismo, siempre había encontrado entre sus interlocutores un muro de silencio respecto a las acciones de aquellos asesinos. No estaba bien hablar de ello, era como de mal gusto, como de pésima educación. Se hablaba de política, sí, y se criticaba al gobierno –sobre todo al gobierno de la nación- y todo el mundo se quejaba de lo mal que iban las cosas. Pero de los asesinos no se hablaba.

Pocos meses antes de que el joven dramaturgo acudiera a recoger su premio, los asesinos habían declarado una tregua. Se comprometieron a dejar de matar durante una temporada, con el fin de demostrar su buena disposición hacia la concordia, hacia aquella concordia que ellos mismos habían laminado. Aquel anuncio fue acogido por las autoridades y por los medios con grandes alharacas, con mucha celebración, con sonadas expresiones de que la paz estaba cerca. (Alguien que hubiera visto aquello desde fuera, no lo habría entendido bien: qué paz, si no había ninguna guerra; por qué se aplaudía a los asesinos en vez de detenerlos… Pero este es otro asunto en el que ahora no vamos a meternos).

Y es cierto que los asesinos dejaron de matar, pero sus seguidores más jóvenes, aquellos que aspiraban a ser como ellos cuando llegaran a mayores, se dieron –impulsados por los mismos asesinos- a emularlos en las calles de un modo extremo pero también siniestro: quema de coches, vuelcos de autobuses, rotura de escaparates, destrozo de mobiliario urbano… Es lo que se vino a llamar “terrorismo de baja intensidad”, y los medios ponían el acento en la palabra “baja”, eludiendo casi del todo la relevancia del sustantivo. Había terror, sí, pero no había cadáveres, así que todo el mundo estaba tan contento, casi eufórico.

También el joven dramaturgo, que se dejaba llevar por el discurso oficial y generalizado. Así que, cuando preparó el suyo, pensó que aquel nuevo clima era idóneo para pronunciar unas palabras emotivas, cívicas, relativamente valientes y conmovedoras, con las que invitar a todos a reunirse en el concierto ciudadano. La obra con la que el joven dramaturgo había ganado el certamen era un drama político, fuertemente comprometido e incluso un punto polémico, de modo que se sentía perfectamente legitimado para introducir en su discurso un leve encaje con la actualidad. Leve, desde luego, y bien inoculado de ironía, porque bien sabía el joven dramaturgo que el mejor modo de no correr riesgos es meter distanciamiento irónico en cualquier toma de posición.

Le quedó muy bonito el texto, que retocó en el avión y volvió a retocar en el hotel, por la noche, y en la mañana misma del acto, mientras desayunaba. Vinieron por fin a recogerlo. Lo acompañaron –maravillosa mañana de primavera, caminando por el paseo marítimo, junto a una de las playas más hermosas del mundo- hasta las instalaciones municipales donde se celebraba el acto. Pasaron al joven dramaturgo a una salita donde se encontraban otros galardonados: el de poesía en castellano, el de poesía en euskera, el de teatro en euskera…, puede que alguno más que él no acertó a ver, porque el joven dramaturgo solo estaba para sí mismo y su discurso.

Una persona de la organización les pidió que esperaran. Al cabo de unos minutos, llegó alguien importante, alguien de la entidad financiera que sostenía aquella juerga. Los saludó muy amablemente, les explicó cómo iba a transcurrir aquello, les describió el protocolo básico, y finalmente, tras una pausa medida, con un tono muy tajante y mirando a cada uno a los ojos, dijo algo parecido a lo siguiente:

-Mirad. Por último os quiero decir lo más importante. No es necesario que soltéis ningún discurso. Nos os lo vamos a prohibir, naturalmente, pero os aconsejamos que no lo hagáis. Es un acto muy largo, donde va a hablar mucha gente, y vosotros sois muchos, así que es mejor que no habléis. Cuando se os nombre, subís, saludáis, recogéis el premio y, en el atril, ante el micrófono, dais las gracias y os volvéis a vuestro sitio… Si alguien quiere decir algo más… no podemos impedírselo, pero es mejor que no.

El joven dramaturgo tenía su papel en el bolsillo de la americana, y la mano en el bolsillo. El texto hervía, le saltaban las letras entre los dedos y las palabras bailoteaban. El hombre calló, y de nuevo los miró uno a uno, a los ojos, inquiriendo dudas o demandas. Nadie dijo nada.

El acto empezó. Habló el alcalde, habló el presidente de la entidad financiera, habló alguien más, seguramente, porque en efecto, el acto era interminable. Cuando el joven dramaturgo escuchó al fin su nombre y la invitación a subir al estrado, aún no sabía qué hacer. Con el papel pesándole en el bolsillo como una bola de acero, recibió el trofeo, estrechó manos, se dirigió al micrófono, dijo con voz firme “muchas gracias” y regresó a su sitio.

 

Nota sobre “El joven papa”

Uno se enfrenta a El joven papa con una mezcla de fascinación y reticencia, y esa intersección de sentimientos se mantiene durante los diez capítulos de la serie hasta que se alcanza a entender de qué va la cosa.

En un primer momento asombra que este producto peculiar de la HBO no haya provocado ningún tipo de escándalo, ni condena, ni rechazo por parte de la muy sensible Iglesia Católica. El Vaticano, y sus representantes en el resto de la Tierra, suelen tomarse muy a mal las críticas que se les hacen, y al amparo del respeto que al parecer merecen las creencias religiosas –particularmente las suyas- tienen una facilidad pasmosa para descalificar a cualquiera que se permita acusar a alguno de sus miembros de cualquier menudencia. No digamos nada del intento de someter a escrutinio público a su primer ejecutivo, que, amparado en su condición de vicario de Cristo, elude con una soltura inimitable el juicio político que le correspondería en su condición de Jefe de un Estado pequeño pero influyente.

Pues esta vez no. Esta vez la Iglesia no se ha rasgado la sotana ante una ficción que en su arranque resulta directamente blasfema, en la medida en que parece una permanente “expresión injuriosa contra alguien o algo sagrado”, por ceñirnos a la estricta, aunque floja, definición de la RAE.

No sé si están ustedes al corriente de la trama, que les resumo en dos patadas evitando en la medida de lo posible incurrir en pecado de espóiler.

Un papa excéntrico

Como consecuencia de esas carambolas que al parecer ocurren en los cónclaves, los cardenales han elegido papa, de forma sorpresiva, a un cardenal muy joven (no ha cumplido aún los cincuenta), norteamericano, fumador y excéntrico, que se sienta en la silla de Pedro con el nombre de Pío XIII, y de tal guisa nos lo encontramos cuando la serie comienza.

Para que quede claro de qué va el personaje, los créditos se presentan en una secuencia en la que el joven papa pasea por los pasillos vaticanos de forma muy desenvuelta hasta que en un punto derriba la estatua, sobrecargada y tétrica, de san Juan Pablo II: toda una declaración de intenciones.

En efecto, el tal Pio XIII es la antítesis de sus supuestos antecesores. Es frívolo y dogmático, misántropo y egoísta, autoritario y ciclotímico. Un hombre cargado de traumas infantiles, que proyecta en sus decisiones las carencias emocionales de una maduración mal resuelta.

Es además, medio ateo, es decir, en unos capítulos cree en Dios pero en otros lo pone en duda y en algunos manifiestamente expresa su incredulidad absoluta.

Y la Iglesia, sin reclamar la hoguera para semejante serie. ¿Dónde está la trampa?

La trampa Sorrentino

La trampa está en la habilidad del director, Paolo Sorrentino, para hacer malabarismos y salir indemne.

Sorrentino es un extraordinario director. No he visto ninguna de sus películas, ni siquiera La gran belleza, que se me atragantó de tanto aplauso previo, pero en El joven papa demuestra que tiene una capacidad hipnótica para captar imágenes y unas prodigiosas facultades para hilvanarlas con un hilo narrativo magistral. Sorrentino sabe hacerse con el espectador, sabe llevárselo a su terreno y fascinarlo. Sorrentino aporta –una vez que se le perdona cierta querencia a la cursilería- una nueva forma de narrar, eficaz y sorprendente.

Es, además, provocador. Sabe epatar cuando es preciso, arranca una sonrisa en los momentos tensos, crea tensión cuando no se espera.

Dirige a los actores extraordinariamente. (Que Dios me perdone lo que voy a escribir, pero hasta Javier Cámara me parece bueno).

Y la belleza de las imágenes, el tratamiento de la luz, la exactitud de los encuadres asombran por su calidad.

Una macedonia mal resuelta

Y todas estas virtudes, ¿para qué?

Pues para marcarse una presunta reflexión sobre el poder, sobre la trascendencia, sobre el perdón y la misericordia, sobre el pecado y la culpa, sobre el amor y la venganza, sobre el ser y la nada, que termina por convertirse en una macedonia mal resuelta de presuntas reflexiones profundas que no llevan a ninguna parte.

A mí, qué quieren que les diga, el guion de El joven papa me ha parecido escrito por Rodríguez Zapatero: un aluvión de buenismo infestado de frases huecas pretendidamente profundas.

Anoté algunas al vuelo: “Amo a Dios y a la ausencia de Dios, pero siempre de forma firme y decidida”. “El poder es una banalidad pero hay que ejercelo”. “La ficción nos cambia”. “Los que creen en Dios no creen en nada”.

Y así a lo largo de diez densos capítulos en los que no me quedó más remedio que descabezar algún leve sueñecito.

(Espóiler) A todo esto, Pio XIII, a medida que la ficción avanza, va demostrando que es más bueno de lo que parecía y más creyente de lo que le gustaba decir, y termina haciendo milagros y siendo querido por todos, en medio de un vacío conceptual que ya quisieran para sí los más acendrados amantes del budismo zen.

Todo lo cual me ha llevado a entender por qué la Iglesia no ha rechistado, pese a los aparentes ataques al status quo que la serie anuncia en su inicio y que finalmente no resultan otra cosa que levísimos pellizcos de monja muy apropiados para el caso.

Al final, Pio XIII y Francisco I coinciden: formas nuevas para decir lo de siempre. Sorrentino juega a enfant terrible cuando en realidad añora a la Democracia Cristiana. Vaya por Dios.

Anuncian segunda temporada, con otro papa y otro enredo: como ya he pillado la trampa es posible que la vea. Pero sin sonido.

El enigma de la tumba de Joseph Brodsky

Tengo pasión por Joseph Brodsky. Inmenso poeta, admirable traductor, riguroso ensayista, fue más que todo eso: fue un hombre que se alimentaba de palabras y que con ellas construía su recorrido vital en busca de la verdad definitiva.

Se alimentaba, para ser exactos, de palabras y de cigarrillos.

Con una vida basculada, geográfica y sentimentalmente, entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, la relación de Brosdsky con Venecia fue muy extraña. Llegó a la ciudad en una Navidad cualquiera, cuando ya vivía exilado en Nueva York, invitado por un improbable amigo. Aquella visita resultó fallida y desagradable pero la ciudad lo fascinó de tal modo que viajó a ella las diecisiete navidades siguientes, sin perder una. Nunca conoció Venecia con calor, ni siquiera, creo, con esa luz incierta de primavera nueva que la hace tan hermosa.

Nunca vivió en Venecia: fue apenas un visitante, poco más que un turista.

Fruto de aquellos diecisiete años de extraña indagación en las arterias venecianas es el libro Marca de agua, un prodigioso ensayo, brevísimo y condensado, en el que, bajo el influjo de la ciudad de los canales, y usándola de pretexto, Brodsky despliega su visión de la vida y del arte, su ética y su estética, para él sinónimos.

Cuando, con poco más de cincuenta años, su corazón reventó en Nueva York, tal y como había predicho que ocurriría, pidió ser enterrado en Venecia, en el cementerio de la isla de San Michelle, ese capricho napoleónico que añade a la ciudad uno más de sus fascinantes rincones.

Bolígrafos o cigarrillos

Cuando hace unos meses visité el territorio mágico de Vivaldi, incluí San Michelle en mi ruta. Siempre visito los cementerios de las ciudades por las que paso, porque la arquitectura y el urbanismo funerarios son un buen reflejo de la sociedad en la que se insertan, de su visión del arte y de la vida, de su manera de ser. Pero además, en este caso, estaban Brodsky y Ezra Pound y suelo acercarme a las tumbas de los buenos escritores por si consigo que me contagien algo de la calidad de su prosa.

No fui capaz de encontrar la tumba de Pound, pese a la existencia de algunos voluntariosos carteles. Lo sentí: el autor de los Cantos tiene una bien ganada mala fama por su fascismo irredento y su pésima cabeza, pero todos le debemos algún buen poema, una excelente labor crítica y, por encima de todo, el descubrimiento de Eliot, la cumbre poética del siglo XX. Me encomendé a su recuerdo.

Sí encontré, en cambio, la modesta tumba de Joseph Brodsky. Nada del otro mundo: austera pero cuidada, con textos en inglés y en ruso proporcionando la información escueta y necesaria: nombre, fechas, esas cosas.

Y al pie de la tumba, algo arrugados, con manchas de humedad y sucios, pero perfectamente reconocibles, un puñado de cigarrillos, depositados acaso por varias manos en distintos momentos pero todos con cuidado, con orden, de forma homogénea.

El tabaco, para Brosdsky, lo había sido todo. Había fumado incansable y compulsivamente y algo había tenido que ver con su prematura muerte, más allá de su congénita cardiopatía.

Todo hubiera quedado ahí, en esa curiosa anécdota, de no ser porque días después, indagando en las hemerotecas al hilo de la visita, me encontré con este artículo de Jorge Carrión. En él, el escritor catalán rememora un viaje similar al mío y una visita a San Michelle parecida a la mía –él tampoco encontró la tumba de Pound-, pero cuando habla de la de Brodsky se refiere a ”la sepultura en la que algunos visitantes depositaron lápices y bolígrafos formando un ramillete de utensilios de escritorio”. La mención me dejó perplejo. Donde yo había visto cigarrillos, Carrión había visto bolígrafos. No podía ser, tenía que tratarse de un error de apreciación mío. Por fortuna, había sacado fotos: las comprobé, las amplié, las escruté con cuidado: eran cigarrillos, sin lugar a dudas.

¿Qué había sucedido? Solo hay dos posibilidades: o Carrión no percibió bien los objetos –me extrañaría, pero cabe pensarlo- o alguien, en algún momento, ha pegado el cambiazo y ha pensado que Brodsky se sentiría mejor con la compañía del tabaco.

¿Alguien tiene respuesta a este enigma?

 

Ha cerrado bez.es

Bez era un buen periódico y, además, sus dos directores son amigos míos. Así que nada puedo decir, sino que lo siento enormemente. Porque mezclar el análisis con la amistad no da buenos resultados.

Es además costumbre generalizada escribir, en estos casos, que el cierre de un periódico es siempre doloroso. Bueno, sí, de algún modo: como el cierre de una mercería o de una fábrica de churros. Cualquier cierre es siempre doloroso (despidos, pérdida de riqueza), pero a mí no me apenó nada la desaparición de El Alcázar, por ejemplo, y eso que trabajaba allí un buen amigo mío. Como siempre, cuidado con las generalizaciones.

Los motivos del cierre de bez los han explicado ellos mismos con lucidez y claridad: aún están ahí colgadas sus dos piezas de despedida, como toallas al sol, y sería una necedad repetirlas. Basta con ir a ellas.

Lo que pasa es que más allá de esta circunstancia concreta, conviene darle una pensada a lo que está pasando con los medios, fanés y descangayados casi todos ellos y con poca perspectiva de futuro.

Una bobada, claro, eso de que internet y las redes sociales están acabando con los periódicos. De acuerdo con esa lógica simplista, internet debería estar acabando también con los comercios, con los supermercados, con los lugares de ocio y esparcimiento físico, con las artes plásticas y visuales, con los restaurantes y hasta con el transporte por carretera: todo eso lo ha transformado, pero no solo no ha acabado con ello sino que lo ha potenciado.

También los periódicos. Internet ha terminado con un modelo de periodismo clásico pero ha abierto las puertas a otro que ya tiene algunos modelos exitosos nacidos gracias a la red.

Estamos en plena transición de un modelo a otro, y de ahí tanta convulsión y tanto lío. Pero a mí no me cabe duda de que una sociedad compleja como la nuestra necesita instrumentos y profesionales que nos informen, a los ciudadanos de a pie, de cuanto nos rodea. Y eso es periodismo.

No hay que darle muchas más vueltas: terminaremos dando con la fórmula (algunos ya están dando con ella).

Y lo único que conviene, siempre, en los fracasos, en cualquier fracaso, es ser muy autocrítico y preguntarse qué ha fallado. Puede que el entorno tenga mucha culpa, pero puede que dentro también haya alguna responsabilidad.

Y no lo digo por mis amigos Juan Zafra y Braulio Calleja, que saben analizar las cosas con rigor y extraerán las conclusiones oportunas para afrontar el próximo reto, sino por algún elemento que al rebufo del cierre de bez se puso a escribir tonterías. Y, lo que es peor, falsedades.

Así no hay manera de relanzar el periodismo.

Contra Jane Austen

Hace pocas semanas me topé en un babelia cualquiera un elogioso artículo sobre Jane Austen y, despistado como soy en lo que se refiere a fechas y onomásticas, deduje o que Netflix estaba preparándole un biopic o que algún editor avispado tenía un ingente stock de obras suyas y le había pedido al director del suplemento que le echara una mano.

Pero en días posteriores me topé a Austen en todos los babelias del mundo, e incluso en algún periódico de verdad, y entonces caí en la cuenta de que celebrábamos el aniversario de no me acuerdo qué y había que conmemorar a la gran escritora inglesa.

Tocaba, vamos. Igual que toca comer turrón en Navidad o derretirse en las terrazas cuando la canícula aprieta.

Leí algunas de las cosas que se escribieron en esos días sobre la buena de Jane y no me pareció que nadie descubriera nada nuevo. La ventaja de esta mujer es que cuenta con una vida y una obra bastante transparentes y no hace falta estar sacando cada dos por tres manuscritos olvidados o cartas desconocidas. A los admiradores de Jane Austen no nos pasa como, por ejemplo, a los de Roberto Bolaño, que viven en el sinvivir constante de descubrir una nueva mala obra maestra del artista adorado, como mínimo cada Feria del Libro, y una nueva donación de cartas cada vez que no hay modo de rellenar las páginas de cultura.

Ella no. Ella hizo lo que hizo, escribió lo que escribió, y se murió, joven también como Bolaño, pero sin hacer ruido ni llamar la atención.

Lo que pasa es que es buena, Jane Austen. Muy buena. Con una capacidad de percepción y análisis envidiables, con una prosa certera y con un sentido del humor tan fino que, probablemente, ni ella misma era capaz de percibírselo. Tenía madera suficiente para ser reconocida como una gran escritora y además, era chica, lo que, si tiempo atrás fue un hándicap para llegar a algo, hoy es, por el contrario, una ventaja.

De manera que yo me hubiera sumado al homenaje merecido, de no ser porque apenas un mes antes de mi babélico descubrimiento me había metido entre ojo y cerebro cuatrocientas páginas de novela que me habían indispuesto contra doña Jane.

La obra en cuestión es de una autora para mí plenamente desconocida, Jo Baker, y tiene un título de reminiscencias complicadas, Las sombras de Longbourn. Hay que ser muy friki de las obras de Jane Austen como para recordar de golpe que Longbourn es el nombre de la residencia de los Bennett, la hilarante familia que protagoniza la obra maestra de nuestra autora conmemorada, Orgullo y prejuicio. Yo, al menos, no lo recordaba cuando compré en una librería de lance el libro de Jo Baker y no estoy seguro de saber cuáles fueron las razones que me impulsaron a hacerlo. Menos aún sería capaz de explicar por qué empecé a leerlo (comprar un libro y leerlo no son acciones que, al menos en mi caso, vayan necesariamente aparejadas), pero sí puedo explicar el deslumbramiento que me produjo. Un deslumbramiento tal que me obliga, no solo a cambiar de epígrafe sino también de autor.

Preguntas de un obrero que lee

Bertolt Brecht (1898-1956) fue cualquier cosa menos un obrero pero tuvo la perspicacia, la habilidad y, posiblemente también, la convicción, de poner su pluma y su palabra al servicio de la clase social que hasta entonces no había encontrado espacio en las obras de literatura.

El poema Preguntas de un obrero que lee es una declaración de principios que se explica por sí misma:

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?
Y Babilonia, tantas veces destruida,
¿Quién la construyó otras tantas? ¿En qué casas
de Lima, la resplandeciente de oro, vivían los albañiles?
¿Adónde fueron sus constructores la noche que terminaron
la Muralla China?
Roma la magna está llena de arcos de triunfo.
¿Quién los construyó?
¿A quiénes vencieron los Césares? Bizancio, tan loada,
¿Acaso sólo tenía palacios para sus habitantes?
Hasta en la legendaria Atlántida, la noche que fue devorada
por el mar,
los que se ahogaban clamaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él sólo?
César venció a los galos;
¿no lo acompañaba siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota,
¿Nadie más lloraría?
Federico Segundo venció en la Guerra de Siete Años: 
¿Quién más venció?
Cada página, una victoria.
¿Quién guisó el banquete del triunfo?
Cada década, un gran personaje.
¿Quién pagaba los gastos?
Tantas historias,
tantas preguntas.

Una de estas preguntas para unas de estas historias es la que se hace la joven escritora Jo Baker y a la que trata de responder en su novela Las sombras de Lounbourg. Para que la familia Bennett pudiera desarrollar la actividad que Jane Austen describe en sus novelas, para que los caballeros que cortejan a las hijas puedan ir y venir en su incesante traqueteo entre Londres, fiestas y fincas, para que la condesa pueda decir sus bobadas y el párroco primo de la familia pueda exhibir su vaciedad, alguien tiene que haber en el trasfondo haciendo las comidas, vaciando los orinales, preparando el té, lavando los vestidos y la ropa interior, cuidando los caballos, dando de comer a los cerdos… Pero en las novelas de Jane Austen ninguno de esos personajes aparece.

Vivir en la Inglaterra rural de principios del XIX no era cosa fácil y, sin embargo, uno lee a Jane Austen y parece que sus personajes solo tienen penas de amor y desajustes sentimentales. Hablan, es verdad, a veces, de la poquedad o la abundancia de sus rentas, pero ni por asomo se vislumbra la consecuencia obvia de que deberían ponerse a trabajar, ni la más obvia aún, de que alguien tenía que trabajar por ellos. Los personajes de Austen viven por y para el ocio y ello solo es posible si, por debajo de ellos, en su subsuelo, otras personas, a modo de sombras, se encargan de resolverles las necesidades cotidianas de la vida.

Estas sombras, estos personajes ninguneados y anónimos son los que busca Jo Baker y a los que da vida en su novelita. Lo hace imitando el estilo de Jane Austen, recreando su mundo y fantaseando dentro de él desde una perspectiva, digámoslo así, brechtiana.

Consigue así un libro bellísimo, muy recomendable, que se publicó hace ya unos cuantos años y que, sospecho, ha tenido muy poco éxito.

Lo encontré por casualidad, lo leí casi con desgana y, ya ven ustedes, me ha arruinado el centenario de Jane Austen. Porque, ahí la tienen: inteligente, protofeminista, demoledoramente crítica, excelente prosista… pero incapaz de brindar un reconocimiento a las personas que, a su lado, le hacían la vida fácil.

Por lo menos, qué sé yo, una nota al pie de agradecimiento a la muchacha que le lavaba las bragas.

 

 

El discurso del Rey

Todos los tratadistas coinciden en señalar la ciudad siciliana de Siracusa como el lugar donde nació la retórica como instrumento de persuasión. Alrededor del año 485 antes de nuestra era un par de tiranos malos como la quina habían expropiado las tierras de sus ciudadanos para entregárselas como botín de guerra a miembros de su ejército personal. Derrocados más o menos por esas fechas, y restablecida la democracia sui géneris que se estilaba entonces, los perjudicados por las expropiaciones acudieron a los jueces reclamando la devolución de sus bienes. Los pleitos generados por este lío (este lío colosal, que diría nuestro presidente) fueron tantos y tan complejos que los más espabilados se dieron cuenta de la importancia de la elocuencia para persuadir a los jueces. Aquí es donde se suele citar a Córax y a Tisias como inventores del género.

Más allá de las dudas que me provoca esta localización (seguro que los chinos la habían descubierto mucho antes, o los sumerios, o los egipcios: el etnocentrismo europeo es un poco irritante), nos vale ahora para determinar que el origen de la oratoria tiene una función perfectamente práctica y operativa: nada más útil que convencer a un juez de que falle a tu favor cuando es tu patrimonio lo que se dirime.

Los griegos y los romanos se pusieron a perfeccionar el invento, y a fe que lo consiguieron: al margen de otros usos más o menos populares, la oratoria fue una herramienta esencial para dirimir las diferencias de criterio en los ámbitos de decisión política, cuando las asambleas de ciudadanos libres en las polis griegas o cuando los senadores romanos tenían que adoptar decisiones en asuntos cruciales para las que había opiniones encontradas.

Tan importante fue la oratoria que los más sesudos pensadores de aquellos tiempos le dedicaron mucha reflexión y esfuerzo. Cicerón, que se las vio en una época difícil de la república romana, le dedicó tres libros al asunto porque entendía la retórica (el arte de bien decir) como una necesidad primordial del hombre público, si bien sostenía que “el fundamento de la elocuencia es la sabiduría” y que “sin la filosofía, nadie puede ser elocuente”.

Lo malo fue que, con la llegada del Imperio, la oratoria dejó de ser necesaria. Ya no había que convencer ni a jueces ni a senadores porque todas las decisiones estaban en manos del emperador, y a este no se le convencía con discursos. De manera que la retórica, que ya formaba parte del canon ineludible de la enseñanza reglada, se convirtió en una pieza más corpus humanístico, como la filosofía y la gramática, pero ahí se quedó, lustrosa pero inútil, apenas necesaria, hasta que hace menos de un siglo, anteayer como aquel que dice, desapareció de nuestras vidas y de nuestros planes de estudio.

De todo esto me acordé el otro día, oyendo el discurso del Rey con motivo de la conmemoración del cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones de nuestra era. Fue un discurso malo, seco, plomizo, cargado de lugares comunes y palabras vacías, aunque mejor entonado que los de su padre. Felipe VI dijo aquello de que había que cumplir la ley y todo el mundo se quedó perplejo ante tamaño atrevimiento, en estos tiempos en que no la cumplen ni los que por expreso mandato constitucional tienen que vigilar su cumplimiento. Pronunció la palabra dictadura como un adolescente que suelta su primer taco y rellenó el resto del tiempo que le habían asignado con palabras más o menos correctas, que para eso tiene asesores con estudios. Pero el conjunto careció de armonía, de estructura, de tono, de vitalidad. Un conjunto vacío, para entendernos.

Si Felipe VI hubiera tenido que convencer a alguien con su discurso, dudo que lo hubiera conseguido. Por fortuna, las intervenciones públicas de nuestros monarcas –tanto del actual como del anterior- son pura cosmética protocolaria que solo sirven para que algunos periodistas vivan del cuento hermenéutico de descifrar unas frases perfectamente vacuas e intercambiables. Si algún día –no lo quieran los dioses- le toca a don Felipe asumir el papel de Jorge VI en la situación que describe la película que da título a esta entrada, vamos a tener un problema.

Pero ese sería un problema de futuro. El problema presente es que la oratoria ha desaparecido de nuestra escena pública y no tiene aspecto de que vaya a recuperarse. Nuestros parlamentarios se expresan a cacerolazos; los debates no persiguen convencer a nadie porque antes de que se celebren ya está cada uno convenientemente convencido; las polémicas no se sustentan en la retórica sino en el trazo grueso; nadie busca transmitir sabiduría mediante el buen uso de las palabras sino, a lo sumo, conseguir algún efecto puramente cosmético.

Decía Cicerón que “será elocuente el que en el foro y en las causas civiles hable de tal manera que pruebe, deleite o convenza”. Pero me temo que, en nuestro actual escenario público –no solo político: también la sociedad civil tiene un problema al respecto- nadie se propone probar nada, ni menos deleitar ni, por supuesto, convencer. Tenemos cada uno nuestras posiciones tan tomadas y nuestras convicciones tan firmes que ni nosotros sentimos la necesidad de expresarnos bien ni nos importa mucho que los demás no lo hagan. Nos basta con manejarnos con unas cuantas frases hechas, que no persiguen argumentar adecuadamente sino hacer algo de ruido, para que parezca que hablamos.
Algo así como el rey, en el discurso del otro día.

En defensa del tabaco

Recientemente, el veterano periodista Miguel Ángel Belloso ha publicado un vehemente artículo en defensa del tabaco con el esclarecedor título de ¿Por qué no dejáis en paz a los fumadores? Por su tono y su mensaje, me ha recordado mucho el que hace algunos años escribió el académico Francisco Rico que, con título engañosamente equilibrado (Teoría y realidad de la ley contra el fumador), era también una feroz diatriba contra la tendencia reglamentista actual.

Los dos artículos –y alguno más que ahora no viene a cuento- tienen un inconveniente: sus autores son fumadores activos y en su defensa del tabaco actúan por tanto con escasísima neutralidad.

Yo, en cambio, no fumo. Lo hice, es verdad, y abundantemente, pero hace casi veinte años que lo dejé y estoy, por lo tanto, en condiciones de escribir en favor del tabaco con algo más de ecuanimidad. Es lo que voy a hacer en las siguientes líneas.

La humanidad y las drogas

Para referirse al tabaco hay que empezar hablando de la categoría que lo contiene: las drogas o, por decirlo de un modo algo más técnico, las sustancias cuyo consumo actúa sobre el sistema nervioso bien para potenciar el desarrollo físico o intelectual, bien para alterar el estado de ánimo, bien para conseguir que el consumidor experimente nuevas sensaciones.

Comprenderán ustedes que, después de Antonio Escohotado y su monumental obra, ya quede poco que decir sobre este tema. Desde los tiempos de los dinosaurios, e incluso antes, el ser humano ha consumido drogas en busca de la curación, de la transcendencia, de la placidez, de la euforia, de la alienación o del desenfreno festivo, y todo indica que así seguirá siendo por los siglos de los siglos, se pongan como se pongan las autoridades competentes.

Si nos saltamos algunos siglos de civilización y llegamos a nuestros días, nos encontramos las drogas catalogadas en tres grandes grupos: a) las que no se llaman drogas, sino medicinas, y aparecen bendecidas por los sacerdotes laicos a los que se conoce como médicos; b) las denominadas drogas ilegales, cuya ilegalidad viene marcada por la normativa vigente, sin que estén del todo claras las razones, y en cuyo saco caben un número casi infinito de sustancias muy diversas; y c) las drogas legales, conformadas a su vez por tres categorías específicas: el alcohol, el tabaco y los estimulantes cafeínicos (café y té, particularmente).

Los griegos, que eran unos tipos listos pero vagos, usaban una misma palabra para referirse a veneno y a medicina, phármacos, de donde proceden palabras como farmacia o farmacopea, que se refieren a la vertiente curativa de las sustancias. Pero no es raro que usaran la palabra en el doble sentido: cualquier droga, en su acepción genérica, puede ser utilizada para distintos usos (buenos o malos, por decirlo en términos morales), en función del interés del usuario y de los hechiceros designados por la sociedad para gestionar su uso.

Las drogas legales

El alcohol es la más antigua y generalizada de los tres tipos de drogas legales de nuestra sociedad. Cuando Noé se emborrachó de mala manera y lio una bastante gorda, ya circulaban el vino y la cerveza entre los seres humanos con bastante profusión. También los destilados aparecieron pronto. Y así hasta hoy día, en que el alcohol se ha convertido en una pieza esencial de nuestra civilización, donde nadie duda de su necesidad y de sus bondades, hasta el punto de que hay países como el nuestro en que los alcoholes que producen en abundancia han sido incorporados a la categoría de alimentos, para verse con ello favorecidos por las bendiciones que el Estado otorga a quienes nos dan de comer.

Todo el mundo sabe que el alcohol produce efectos indeseables. Consumido en exceso, por supuesto (como ocurre también con una sustancia tan benéfica como el nolotil), pero incluso en cantidades morigeradas hay algunos individuos que se ven negativamente afectados, y no hace falta ser Galeno para comprender que el consumo recurrente y continuado tiene algunas contraindicaciones evidentes.

Solo que, socialmente, hemos entendido que los inconvenientes derivados del consumo del alcohol se ven compensados por el efecto positivo de socialización, apoyo psíquico e impulso económico que aporta.

Del café y del té, ¿qué quieren que les cuente? Drogas euforizantes por excelencia, se consumen en todo el mundo con una abundancia asombrosa y hasta un tipo tan prudente como Bach se vino arriba en relación con este tema. Efectos secundarios también tienen, y de hecho son muchas las personas que dejan de consumir teína o cafeína a partir de determinada edad a consecuencia de ellos. Pero no oirán ustedes una palabra contra estas sustancias, nimbadas de un aura de santidad que ya quisieran para sí muchos titulares del acta de canonización.

El tabaco también fue bien visto hasta hace muy poco. Fue usado como droga ritual en su momento, como medicina en ocasiones, como apoyo para el bienestar personal en diferentes formatos, pero lo que realmente triunfó fue el cigarrillo, que a lo largo del siglo XX se convirtió en un icono de la sociedad moderna hasta un extremo que ninguna otra droga, en la historia, había conseguido.

Hasta que un buen día, al tabaco empezaron a surgirle enemigos. Desde el campo de la medicina, sobre todo, pero también desde el sentimiento de una sociedad cada vez más sensible a un discurso sobre la salud y el bienestar general no siempre coherente, pero sí cargado de cierta lógica.

El tabaco es malo, dijeron de pronto, muy malo, pero como se ha convertido en una industria poderosa, que aporta muchos recursos a los Estados en forma de empleo y de impuestos, no se le puede arrojar de buenas a primeras a la noche oscura de la ilegalidad.

El tabaco es muy malo, dijeron de pronto todos los que tenían algo que decir al respecto, pero lo vamos a seguir permitiendo, si bien cada vez con más trabas, cada vez con más cargas, cada vez con más estigmas. Usted fume, si quiere, pero está muy mal que lo haga. Y fueron apretando cada vez un poco más el torniquete.

El error de la industria

Y es evidente que el tabaco es malo. A mí me lo van a decir, que fumé incansablemente a lo largo de casi treinta años cantidades ingentes de cigarrillos sin ninguna tasa ni control. No me quedaba otra que dejarlo porque llegó un momento en que se trataba de él o de mí.

Pero también he bebido alcohol desde el mismo momento en que empecé a fumar y no he dejado de hacerlo. En cantidades mucho menores, naturalmente, con control médico cuando ha sido preciso y con algunos periodos de abstinencia, pero con la más absoluta naturalidad y, por supuesto, sin ninguna amenaza de exclusión social sobre mi cabeza.

Ser buen consumidor de vino, en cuanto español, me convierte incluso en un ciudadano modelo que impulsa con su actividad una de nuestras industrias básicas. Tampoco le parece mal a nadie que sea un firme partidario de los gin tonics o un modesto catador de whiskies de malta, bebidas con mucho predicamento entre lo más florido de la modernidad vigente.

Ni me lo prohíben ni me estigmatizan: a lo más, me dicen en las etiquetas de las botellas que consumo, que “beba con moderación”.

¿Por qué el café y el alcohol han sobrevivido a estos tiempos de buenismo obsesivo y sin embargo el tabaco lleva camino de ser arrastrado hacia la condenación eterna? Creo sinceramente que el error lo ha cometido la industria. Y que ya tiene mal remedio.

Ha sido la industria tabaquera la que no ha sabido establecer un diálogo, ni con la sociedad, ni con el estamento sanitario, ni con las autoridades, para encontrar un terreno de entendimiento. Cuando en las décadas centrales del pasado siglo empezaron a aparecer las primeras conclusiones incuestionables sobre los daños del tabaco y su incidencia en el cáncer de pulmón, la industria tabaquera echó mano del talonario para acallar esa evidencia. Todo valió: publicidad, contrainformes, investigadores a sueldo, grupos de presión… Menos reconocer la evidencia, los fabricantes de cigarrillos hicieron de todo. Y así, sin ceder un milímetro, se han mantenido hasta que la realidad de los nuevos tiempos se les ha venido encima.

Justo al revés de lo que hicieron los fabricantes de alcoholes destilados, quizá porque estos habían vivido nada menos que el peligroso experimento de la ley seca estadounidense, desde la que otearon, con pavor, lo oscuro y tenebroso que es para todos el infierno de la ilegalidad. Salvados el vino y la cerveza en su condición de alimentos, los restantes alcoholes han encontrado su hueco y en él se han acomodado no solo con éxito económico sino incluso con glamur.

¿Qué hubieran debido hacer las tabaqueras para encontrar también su hueco? Probablemente (y es una hipótesis) dos cosas: a) haber sido menos soberbias y b) haber gastado más en investigación.

Jean Cocteau, ese extraordinario artista polifacético de las vanguardias francesas de principios del XX, escribió un librito extraordinario, un diario de una desintoxicación, que estaba referido al opio, la droga que él consumió desaforadamente durante años. Hay que leerlo, pero yo me permito traer aquí un párrafo iluminador y prodigioso al que le he introducido algún levísimo cambio para adaptarlo a nuestro tema:

“No esperéis de mí que traicione. El tabaco sigue siendo único, naturalmente, y su euforia superior a la de la salud. Le debo mis horas más perfectas. Es lástima que, en vez de perfeccionar la desintoxicación, la industria no intente hacer inofensivo el tabaco”.

Me temo que a la industria tabaquera ya se le ha hecho tarde para afrontar este reto. Y es lástima, porque, si fuera posible, a mí no me importaría volver a fumar. De un modo, por supuesto, inofensivo.