Los que pasaban por allí

“Está en tu mano no cometer un delito, pero no lo está evitar que te condenen por ello”. Esta frase, pronunciada por uno de los abogados de Steven Avery, resume en su esencia la demoledora y actualísima enseñanza de Making a Murderer, la sobrecogedora serie documental de Netflix que narra en diez sólidos episodios la increíble y triste historia de un ciudadano anónimo en los muy poderosos y civilizados Estados Unidos de América.

El argumento ya ha sido contado mil veces y la Wikipedia lo resume bien: “Steven Avery (nacido el 9 de julio de 1962) es un hombre estadounidense del Condado de Manitowoc, Wisconsin, que pasó 18 años en prisión por una sentencia errónea por agresión sexual en 1985. Fue exonerado cuando la mejorada prueba de ADN demostró su inocencia y liberado de prisión el 11 de septiembre de 2003. En 2005, Avery fue arrestado por el asesinato de la fotógrafa de Wisconsin Teresa Halbach y condenado en 2007 y sentenciado a cadena perpetua sin libertad condicional”. También el sobrino de Avery, Brendan Dassey, fue condenado como cooperador en el mismo delito.

Dos estudiantes de cine, Laura Ricciardi y Moira Demos, se acercaron al caso casi por casualidad y se enredaron en él hasta construir una pieza de narrativa judicial como seguramente no se había hecho hasta ahora. Fabricando un asesino (el título, escrito en español, golpea con más fuerza) quedará para siempre como un referente obligado en el conocido género de la indagación periodística sobre el mundo de la justicia.

Hay que decir que las dos jóvenes directoras hacen muy bien su trabajo pero cuentan a su favor con una ventaja de partida: en el estado de Wisconsin hay muy pocas cortapisas para la libertad de prensa, hasta el punto de que los medios tienen acceso a las conversaciones telefónicas del preso con sus abogados y familiares, a las pesquisas policiales y a las conversaciones de los investigadores. Durante los casi dos años que transcurren entre la segunda detención de Avery y su definitiva condena, todos los participantes en el caso (fiscales, investigadores, abogados defensores, especialistas forenses y, por supuesto, familiares y amigos tanto del acusado como de la víctima) no tienen reparo ni pudor en ofrecer ruedas de prensa o declaraciones a cámara con una soltura a la que al menos por estos pagos no estamos acostumbrados. De tal manera que si alguna pega se le puede poner a esta serie es la del exceso: acaso con la mitad de los episodios hubiera podido contarse lo mismo.

La tesis de la serie está resumida en la frase con la que arranco este artículo. Avery mantuvo desde el primer momento, y sigue manteniendo desde la cárcel, que él es inocente del crimen por el que se le ha condenado, como lo fue del anterior, que lo tuvo 18 años injustamente encerrado. Las directoras del documental no son neutrales a este respecto: se ponen del lado del acusado y apoyan la tesis de sus abogados de que las débiles pruebas en su contra fueron deliberadamente construidas por la policía. El mismo abogado de la citada frase pronuncia otra igual de clarificadora: “No creo que la policía quisiera incriminar a un inocente: estaba convencida de que era culpable y puso los medios para que lo pareciera”.

Moraleja

Hablaba hace unos días con algunos amigos sobre esta fascinante experiencia televisiva y había quien decía que era poco creíble, que acaso las directoras habían manipulado el material más allá de lo razonable hasta distorsionarlo. En concreto, los fiscales y los investigadores policiales, alguno de los peritos y, en general, lo que cabría calificar como el bloque de los “contrarios a Avery” transmiten una imagen de trapaceros y chapuzas que contrasta con el hecho de que fueran capaces de convencer a los doce miembros del jurado a partir de pruebas extremadamente débiles.

Yo no comparto esas prevenciones. Tengo la sensación de que Ricciardi y Demos han narrado lo que han visto, un terrible chapuza judicial, y lo han hecho desde el rigor y desde el asombro que logran transmitir al telespectador.

¿Por qué lo creo? Porque disparates así se han visto ya unos cuantos y se verán todavía muchos. Me permito recordar aquí –por citar solo algunos, y de suelo patrio- el caso Raval de 1997, “la mayor red de pederastia descubierta en Europa” al decir de la policía, que arrambló con la fama y el sosiego de un puñado de padres, educadores y dirigentes políticos y vecinales, absueltos finalmente por los jueces tras haber sido condenados sin remedio por la sociedad y los medios de comunicación. Hubo, ciertamente, dos pederastas condenados, pero el daño que se causó a los inocentes no tuvo justificación alguna.

Más escandaloso aún fue el caso Ahmed Tommouhi y Adderrazak Mounib, acusados y encarcelados por unos delitos que no cometieron. El segundo murió en la cárcel, en tanto que el primero cumplió íntegra su condena desde 1991 hasta 2006. Pese a las evidencias en contrario –incluidos los marcadores genéticos y las pruebas de ADN- los magistrados –uno de los cuales era la siempre progresista y hoy entregada diputada socialista Margarita Robles- condenaron a los dos marroquíes con la ayuda de un colectivo de policías, abogados y expertos a cual más incapaz.

La historia de Avery encontró en Laura Ricciardi y Moira Demos a las dos narradoras que la verdad necesitaba. El caso Raval tuvo en Arcadi Espada al autor de la investigación y el libro que puso en evidencia aquel disparate. Y Braulio García Jaén se dejó las pestañas y algunos años de su vida y su carrera en construir en Justicia Poética la evidencia del disparate urdido contra Tommouhi y Mounib.

Solo por citar algunos casos. Dicho sea en unos tiempos en que los cuerpos policiales españoles se han soltado la mano con una gran desenvoltura para incriminar de los más diversos delitos a muchísima gente. Unos, probablemente, culpables, pero muchos, me temo, que pasaban por allí.

Tendremos ocasión de irlo viendo.

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Pegatinas

Hace muchísimos años, en los inicios de la ahora malhadada Transición, se lanzó un eslogan, supongo -aunque no estoy seguro- que con motivo de la Feria del Libro de Madrid, extraordinariamente hermoso y eficaz: “Más libros, más libres”, decía, y todos cuantos aspirábamos a que la ansiada libertad se instalara definitivamente en España, nos pusimos la pegatina en el pecho desde la convicción de que habíamos dado con la solución a todos nuestros problemas.

Este procedimiento del eslogan ramplón y simple es uno de los más queridos por la mayoría de los que circulan por la plaza pública. Especialmente en el campo de la política, de las demandas sociales y de las filias y fobias deportivas: es de admirar la ingente cantidad de ripios y rebuznos en los que se sintetizan reivindicaciones, aspiraciones ideológicas, deseos, exigencias, alabanzas e insultos.

El gran Sánchez Ferlosio, uno de los escasos intelectuales vivos que no se rinde a las simplezas, sostiene que lo que le salvó de caer en los eslóganes de pegatina y lo liberó del “grotesco papelón del literato” fue la hipotaxis, es decir, la incansable subordinación de frases encaminada a construir párrafos complejos en los que cupiera la exposición de una idea con todos los matices necesarios para captar su complejidad.

Es un método, desde luego, y estaría muy bien que todos los que le damos a la tecla supiéramos aplicarnos a la filosofía normativa de Ferlosio. Pero basta con algo más fácil: basta con salir de la simpleza adolescente con que suelen abordarse la mayoría de los debates, encaminados por lo general a obtener la victoria de lo blanco sobre lo negro antes que a describir pormenorizadamente la complejidad de lo gris.

Hay quien dice que la culpa de este revival de los eslóganes la tiene Twitter y las redes sociales, que han acotado la formulación del pensamiento a unos pocos caracteres. Es  un clásico: culpar a las nuevas tecnologías de nuestros errores se parece mucho a cuando se culpaba a la imprenta de despertar a las masas, o a la máquina de vapor de incrementar el paro o  a la revolución industrial de fomentar la desigualdad: menos cargar cada uno con sus responsabilidad, todo lo demás vale.

Pero no, amigos y amigas: las pegatinas han existido siempre y siempre han servido lo mismo: para fomentar la pereza intelectual y evitar los debates rigurosos y consistentes, esos que abren puertas y derriban dogmas a costa, eso sí, de desmontar tópicos y de arrancarnos de los lugares comunes en los que solemos encontrarnos instalados.

Lo diré más claro, al hilo de la Feria que se inaugura en los próximos días: los libros no hacen  libre más que a quien ya sabe serlo por su cuenta.

Pablo Iglesias y yo

No conozco de nada al secretario general de Podemos. Creo, hasta donde soy capaz de recordar, que ni siquiera hemos coincidido nunca bajo el mismo techo, por más que fuera en un evento o sarao de los que en Madrid le persiguen a uno como los pulgones a los cerezos. Como tampoco soy televidente  asiduo -excepción hecha de las series de culto- no le veo jamás ni en los informativos, ni en los debates, ni en las polémicas infinitas que al parecer -por lo que leo en los periódicos- sostiene a cada momento contra medio mundo.

Tengo mi opinión sobre él, naturalmente, porque es un personaje público con unas características que a nadie pueden dejar indiferente. Pero mi opinión sobre su persona es asunto que a nadie incumbe ni interesa.

Sí puede interesar, y en todo caso es bien sabido por quien me conozca incluso superficialmente, que entre él y yo las diferencias ideológicas son insalvables. Literalmente insalvables. En su visión de la vida, en su análisis de la sociedad y en sus objetivos políticos, no coincido ni en las preposiciones.

Pero hace unos días encontré en algún sitio, por mera casualidad, la referencia a una entrevista que Pablo Iglesias había hecho a Antonio Escohotado en su programa de La Tuerka. Con Escohotado me sucede como con Ferlosio: son los dos únicos intelectuales vivos de los que leo o veo cuanto se me ponga a mano aunque para ello tenga que desplazarme al mismísimo infierno. Y toda vez que La Tuerka no es para mí ni siquiera el purgatorio -sino simplemente un sitio que no frecuento-, no tuve inconveniente en buscar el podcast y prepararme a disfrutar con el maestro.

Porque entre las muchas virtudes que tiene Escohotado es que a él no le arredra ni el medio ni el interlocutor. Da igual que lo entreviste el más torpe de los plumíferos; da igual que lo ensalcen o que lo acorralen; da igual que estén de acuerdo con él o en contra: él sabe lo que quiere decir y lo dice con el mismo tono firme, profesoral y argumentativo de quien sabe de lo que habla y sabe cómo decirlo. De manera que a mí me importaba poco a quién tuviera enfrente porque lo que me interesaban era él y su sabiduría.

Pero voy a lo que voy, porque hoy no se trata de hablar de Escohotado. Mi gran sorpresa fue la calidad del anfitrión. Pablo Iglesias hizo una excelente entrevista, que había preparado con mimo, que condujo con acierto y en la que mantuvo siempre un tono equilibrado y altamente respetuoso, muy lejos de la imagen pública que se ha ido forjando como diputado y como secretario general. Escohotado estuvo excelente, por supuesto, pero también Iglesias, y el resultado es una hora de conversación que recomiendo a los que sostienen que la televisión es un arma del demonio.

Lo malo vino luego. Como la cosa me gustó, salí a las redes sociales a decirlo, que por algo aspira uno a ejercer de influencer. Poca cosa: dije en Twitter lo que aquí llevo dicho -pero más breve, claro, para que me entrara en los 140 caracteres- y se lio: muchos de mis seguidores se enfadaron y me acusaron de incoherente por aplaudir a alguien que se encuentra en mis antípodas. Por el contrario, muchos partidarios de Iglesias y lo que representa me jalearon con sus megustas y sus retuits y algunos de ellos se hicieron seguidores míos.

Esta es la parte que me preocupó: ¿qué sucedería cuándo, un par de tuits después, descubrieran que no soy de los suyos? Lo primero, en cambio, no me importó mucho: perder seguidores necios siempre me satisface.

Así que pensé que a partir de ahora voy a poner más filtros como este.

 

 

 

Lógica difusa

Como todo el mundo sabe, la lógica difusa, o lógica borrosa (fuzzy logic, para que nos entendamos), fue formulada en 1965 por el ingeniero y matemático Lotfi A. Zadeh. En el 65 yo estaba, como aquel que dice, saliendo del cascarón, así que tardé algunos años en descubrirla, y lo hice de un modo tan difuso que no recuerdo ni dónde ni cómo ni por qué. Lo único que sé es que me cambió el modo de ver la vida. Y hasta ahora.

La lógica borrosa parte del hecho de que el cerebro humano, y el lenguaje con que se expresa, se desenvuelve con bastante naturalidad en el terreno de la incertidumbre: aquello está lejos, este señor es alto, el café está caliente, son percepciones y afirmaciones que se manejan con toda naturalidad sin parar mientes en que lejos, alto o caliente son magnitudes imprecisas, en las que hay mucho de subjetivo y de no delimitado.

La gran intuición de Zahed al formular su teoría es que la incertidumbre derivada de esta falta de rigor tiene aplicaciones muy prácticas para el conocimiento, para la investigación y para la industria.

No sé si era consciente de que tiene también grandes aplicaciones para la vida.

Pongamos algún ejemplo. Hay sesudos intelectuales que sostienen que una cosa es la cultura (ellos la suelen escribir con mayúsculas) y otra el entretenimiento. La distinción es importante porque les lleva a concluir que los artículos pertenecientes a la primera categoría hay que quitarles el IVA, y subvencionarlos,  mientras que a los de la segunda se les debe cargar de impuestos y penalizar todo cuanto sea posible. No digamos nada de sus consumidores: un consumidor de cultura merece todos los parabienes y alabanzas, en tanto que un simple consumidor de entretenimientos debe ser considerado un ciudadano de segundo orden.

Bien: nada que objetar. Si así lo consideran los sesudos intelectuales, así tendrá que ser.

Y así es, en efecto, en un análisis sencillo: un señor (o señora, naturalmente)  que no tiene ojos más que para Homero y que solo sale del Museo del Prado para asistir, en vivo y en directo, a la audición de una sinfonía de Sostakóvich merece entrar en el olimpo de la cultura con letras de molde, en tanto que otro (u otra, por supuesto) que solo lee el Marca y se atonta con las necias nocturnidades de La Sexta, debe ir al infierno de los incultos para siempre. Ya digo: nada que objetar.

Pero, ¿qué ocurre cuando nos acercamos a la frontera que separa ambos territorios? ¿Es culto alguien que solo consuma novelas policiacas de tercera regional? ¿O no lo es aquel para quien la música lo es todo, pero solo música techno, dancing, electrónica y por ahí? ¿Merece aplausos quien se atiborra con la colección completa de los premios Planeta y una condena firme, por ignorante, un experto gourmet?

Alguien muy querido me contaba el otro día que, tras haber sido un gran lector durante años, ahora le dedica más tiempo a ver series porque las encuentra, comparando ofertas, mucho más sugestivas. Y me decía: comprendo que queda fatal decirlo, porque no es lo mismo la frase “he pasado la tarde leyendo” que “llevo toda la tarde viendo la televisión”. Le aconsejé que siguiera diciendo que lee mucho: nadie le va a preguntar qué, porque a nadie le importa: la cosa es mantener pulida la pátina de culto.

Precisemos aún más y sigamos analizando el binomio leer libros vs ver televisión. En abstracto este análisis es tan simple como apostar quién ganaría en una partida de ajedrez entre Carlsen y yo. Pero si bajamos de la anécdota a la categoría y convertimos el binomio en El libro de Ivanka Trump vs Los Soprano la frontera cambiaría de sitio.

“Hombre, no, -me dirían mis amigos intelectuales-, no hagas trampas: hablamos de buenos libros vs televisión basura…”. Y, voilà, aquí es donde entra la lógica difusa. Porque han aparecido dos calificativos (buenos y basura) dificilísimos de definir. Tanto, que podemos terminar por mantener ideas diferentes cada uno sobre sus límites y su alcance.

Habrá que seguir hablando de esto.

Amazon no, Amazon sí: un diálogo ficticio

JORGE CARRIÓN.- Amazon no es una librería, sino un hipermercado. En sus almacenes los libros están colocados al lado de las tostadoras, los juguetes o los monopatines. En sus nuevas librerías físicas los libros están colocados de frente, porque solo exhiben los cinco mil más vendidos y valorados por sus clientes, muy lejos de la cantidad y del riesgo que caracterizan a las auténticas librerías. Ahora se plantea repetir la misma operación con pequeños supermercados. Para Amazon no hay diferencia entre la institución cultural y el establecimiento alimenticio y comercial.

BERNAT RUIZ.- Que un libro esté al lado de una tostadora no importa; ni el libro pierde un ápice de ‘libricidad’ ni la tostadora se ‘destostifica’, pero se optimiza la gestión de los pedidos. ¿Qué es una ‘auténtica librería’? yo tengo mi propia respuesta y la tuya la encontramos en tus libros y artículos pero uno no se puede poner estupendo esperando que el Orbe añada el contexto necesario. Laie, Nollegiu, la Calders, la Trescatorce, Atticus Finch o Tipos Infames son librerías pero ¿qué hacemos con Casa del Libro, FNAC, El Corte Inglés o Vips? ¿Qué hacemos con las librerías-papelerías que poco aportan en las grandes ciudades pero que son las únicas librerías en los pueblos? ¿Qué sucede en esas zonas remotas del primer mundo, en esos municipios españoles en los que, según el Mapa de Librerías 2013 (pág. 22), más de 11 millones de personas no disponen de un triste comercio de libros? No seré yo quien les diga que vuelvan al siglo XX y renuncien a su única opción de comprar libros –y muchas otras cosas– con cierta comodidad.

JORGE CARRIÓN.- La historia de Jeff Bezos es la de una larga expropiación simbólica. Escogió la venta de libros y no de aparatos electrónicos porque vio un nicho de mercado: no todos los títulos disponibles cabían en las librerías y él sí podía ofrecerlos todos. Por eso hizo un curso de la Asociación de Libreros Americanos y se apropió en un tiempo récord del prestigio que los libros habían ido acumulando durante siglos…

BERNAT RUIZ.- La realidad es todavía más prosaica: eligió los libros porque son objetos pequeños, ligeros, resistentes, de fácil manipulado y de expedición económica. Aprovechó las ineficiencias de la distribución y se concentró en ellas, buscó la formación de la ALA porque de conocimiento empresarial tenia de sobra. Las mismas condiciones e ideas estaban al alcance de otros competidores, también de los distribuidores, libreros y editores de toda la vida. Pero hablar del prestigio acumulado es confundir churras con merinas; ¿a qué deben los libros su prestigio, a su contenido o a su continente? ¿Sólo el papel tiene prestigio? ¿Todos los libros, incluso los peores y más abyectos, participan de dicho prestigio? ¿El libro pierde ‘libricidad’ en Amazon?

JORGE CARRIÓN.- Hay más: el trabajo que deben realizar los empleados de Amazon es robótico. Lo ha sido desde el principio: en 1994, cuando eran cinco personas trabajando en el garaje de la casa de Jeff Bezos en Seattle, ya estaban obsesionados con la rapidez. Lo ha sido durante veinte años, llenos de historias de estrés laboral y de acoso y de trato inhumano para lograr la maldita eficiencia extrema que solo es posible si eres una máquina.

BERNAT RUIZ.-  Cierto, pero, ojo, en el mundo del libro la explotación no es nada nuevo; en la antigua Roma se producían libros en serie y, a falta de imprenta, se usaban esclavos que sabían leer y escribir. No lo pasaban mucho mejor los amanuenses medievales: algunos apenas sabían leer pero copiaban lo que veían con gran fidelidad. Quien crea que Gutenberg nos trajo una Arcadia editorial se equivoca: las imprentas fueron lugares muy duros, sucios y ruidosos hasta principios del siglo XIX; a partir de entonces lo fueron tanto o más porque, aunque buena parte del trabajo estaba mecanizado gracias al vapor y más tarde a la electricidad, muchas tareas eran manuales a una escala industrial inédita. En cuanto al autor, su remuneración era nula en la antigüedad, precaria el resto de la historia y hoy… bueno, hoy ya sabemos cómo andan los autores. ¿Es este el cuento de concordia, amor y paz al que aludes cuando hablas del prestigio del libro acumulado durante siglos? Amazon ha eliminado el factor humano como ya hizo el resto de la industria desde que Gutenberg inventó la imprenta. La diferencia es la rapidez.

JORGE CARRIÓN.- En Amazon hay a la venta multitud de ediciones de Mein Kampf, muchas de ellas con prólogos y notas la mar de cuestionables. De hecho en 2013 el Congreso Mundial Judío alertó a la empresa de las decenas de libros negacionistas de que disponen sin cortapisas. En Barcelona se cerró la librería Europa por, entre otros delitos, incitar al odio, pero Amazon lo hace sin ninguna cortapisa.

BERNAT RUIZ.- Sorprende la contradicción entre esta afirmación y la alusión al prestigio del libro. ¿Se supone que el libro de papel (concepto) tiene prestigio pero que ciertos libros de papel (texto) no lo tienen? La clásica reductio ad Hitlerum es propia de quien se queda sin argumentos o, como en tu caso, prefiere pasar de puntillas sobre océanos de matices. Es evidente que el Mein Kampf es un libro aborrecible pero también lo es que su contenido, bien empleado, es más una vacuna que un acicate; así lo ha considerado la institución alemana cuyo objetivo es documentar la historia del nazismo, el Institut für Zeitgeschichte, con su edición crítica Hitler, Mein Kampf. Eine kritische Edition. No es tan evidente lo que sucede con otros libros políticamente controvertidos como El capital, de Marx; el Libro Rojo, de Mao; el Libro Verde, de Gadafi; toda la obra de Milton Friedman o toda la literatura del creador de la cienciología, L. Ron Hubbard, por no hablar de otras obras fundamentales para cientos de millones de personas como el sanguinario Antiguo Testamento, el texto en el que muchos basan todavía su racismo, xenofobia y homofobia. Yo no tengo ningún problema con todos estos libros porque su bondad o maldad sólo depende de la interpretación y el uso que se haga de ellos.

JORGE CARRIÓN.- Pero lo cierto es que Amazon censura o privilegia los libros según le interesa. Durante su controversia con el grupo editorial Hachette de hace un par de años, la escritora Ursula K. Le Guin denunció que sus libros fueron más difíciles de encontrar en Amazon mientras duró la disputa.

BERNAT RUIZ.- ¡Cielos! ¡Una empresa privada mantiene un conflicto con uno de sus grandes proveedores y decide usar su poder de recomendación para presionarlo! No diré que me guste pero es el mismo mecanismo que lleva a muchos libreros a cuidar de tu obra mientras que ningunean la de otros; como sabes, suelen hacerlo en función de los gustos de su público y, a veces más importante, del margen comercial que consigan. Es legítimo. Amazon no estaba extorsionando a un infeliz e indefenso editor independiente, estaba negociando con Hachette, uno de los diez grupos editoriales más grandes del mundo que, por cierto, lo notó en su cuenta de resultados. De hecho Amazon ni siquiera pierde el tiempo extorsionando a los pequeños, se limita a publicar sus condiciones; lo toman o lo dejan. Sólo negocia con los grandes.

JORGE CARRIÓN.- Pero detrás de todas esas operaciones individuales existe una gran estructura económica y política. Una estructura que presiona a las editoriales para obtener el máximo beneficio del producto, como hace con los fabricantes de monopatines o con los productores de pizzas congeladas. Una macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia: que está moldeando nuestro futuro.

BERNAT RUIZ.- Si acudimos a los artículos que has publicado, vemos que has colaborado con medios como El País (PRISA), La Vanguardia (Godó) o MujerHoy (Vocento), pertenecientes a grupos que forman parte de una macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia y que pretenden moldear nuestro futuro.

JORGE CARRIÓN.- En Amazon no hay libreros. La prescripción humana fue eliminada por ineficaz. Por torpedear la rapidez, el único valor de la empresa. La prescripción está en manos de un algoritmo. El algoritmo es el colmo de la fluidez. La máquina convierte al cliente en prescriptor. «Los clientes que compraron este producto también compraron…».

BERNAT RUIZ.- El principal prescriptor ha sido siempre el lector. Antes de Amazon era así, es así con Amazon y sospecho que seguirá siendo así tras Amazon. El algoritmo no es más que un facilitador, un simplificador y agregador de procesos. Está diseñado por seres humanos. Lo que hace el algoritmo junto con una buena gestión de bases de datos es acumular experiencia sobre las compras, consultas y gustos del cliente para devolverle una experiencia de usuario lo más personalizada posible. ¿Acaso no hacen lo mismo los libreros con sus clientes más fieles? La diferencia entre el algoritmo y el librero es de sistematización, de capacidad de gestión de datos. Algoritmo y librero persiguen el mismo objetivo: ofrecer la mejor experiencia, el mejor servicio, para que el cliente compre y repita. Vender. La diferencia cualitativa más relevante es que puedo hacerme amigo del librero pero no del algoritmo; a mucha gente eso no le importa.

JORGE CARRIÓN.- Todo empezó con un dato. En 1994 Bezos leyó que la World Wide Web crecía a un ritmo mensual de nuevos usuarios del 2300%, dejó su trabajo en Wall Street, se mudó a Seattle y decidió empezar a vender libros por internet. Desde entonces los datos se han ido multiplicando, se han ido agrupando orgánicamente en forma de monstruo con tentáculos o de nube tormentosa o de segunda piel: nos hemos ido convirtiendo en datos. Los dejamos en las miles de operaciones cotidianas que dibujan nuestras huellas dactilares por internet. Los emiten los sensores de nuestro móvil. Estamos escribiendo constantemente nuestra autobiografía con nuestros teclados, con nuestras acciones, con nuestros pasos.

BERNART RUIZ.- ¡Cáspita! ¡Córcholis y recórcholis! ¡Jeff Bezos, pérfido entre pérfidos, inventor del Big Data! Falso, claro está. El ‘desde entonces’ de la tercera línea se olvida de más de un siglo de proceso sistematizado de datos; ya la monarquía ptolemaica creó un sistema de indexado –los llamados pinakes– para ordenar el caos potencial en el que podría haber degenerado la Biblioteca de Alejandría pero es en el siglo XIX en el que damos, por primera vez, con los primeros sistemas de almacenamiento de datos realmente ambiciosos, desde la banca –cómo no– pero también –una vez más– desde la biblioteconomía. No hay un año cero del mal encarnado en el Big Data. Jeff Bezos no inventó nada. Amazon no hace nada distinto a Google, Facebook, Twitter, Telefónica, Vodafone, El Corte Inglés, la FNAC, Planeta, Penguin Random House, los Gremios de Libreros mediante su sistema LibriRed, la Agencia Tributaria, los ayuntamientos o las redes públicas de bibliotecas que registran los préstamos de sus usuarios. Puede que lo haga mejor y haya conseguido, además, que intelectuales como tú les hagan la rosca convirtiéndolos –sin querer y erróneamente– en bestias negras de inenarrable poder y dimensión.

JORGE CARRIÓN.- Cuando lees un libro en papel la energía y los datos que emites a través de tus ojos y tus dedos son solo tuyos. El Gran Hermano no puede espiarte. Nadie puede quitarte esa experiencia ni analizarla ni interpretarla: es solo tuya. Por eso Amazon ha lanzado la campaña mundial «Kindle Reading Fund»: supuestamente para incentivar la lectura en los países pobres, en realidad para acostumbrar a una nueva generación de consumidores a leer en pantalla, para poder estudiarlos, para tener datificados los cinco continentes. Por eso el Grupo Planeta —corporación multimedia que aglutina a más de cien empresas y que es el sexto grupo de comunicación del mundo— está invirtiendo en escuelas de negocios, academias e instituciones universitarias: porque quiere mantener niveles altos de alfabetización que aseguren las ventas en el futuro de las novelas que hayan ganado el premio Planeta. A ver quién gana.

BERNAT RUIZ.- El Grupo Planeta no es el sexto del mundo y nunca ha estado entre los diez primeros; a finales de 2015 andaba en el puesto 83. Puede que te refieras al ranking de grupos editoriales mundiales en el que hace tiempo sí fue el sexto; hace un lustro que esto ya no es así: en 2016 era el décimo grupo editorial mundial, subiendo un puesto desde 2015, aunque la tendencia acumulada de los últimos diez años es descendente. Si un error en un dato como este tiene una importancia relativa, sorprende mucho más tu peregrina idea acerca de la estrategia de digitalización de los contenidos de formación del Grupo Planeta. En Planeta se habrán partido de risa.

JORGE CARRIÓN.- Di lo que quieras, pero ha llegado nuestro momento. Amazon se apropió de nuestros libros. Nosotros nos apropiaremos de la lógica Amazon. Primero, convenciendo al resto de lectores de la necesidad del tiempo dilatado. El deseo no puede ser inmediatamente colmado, porque entonces deja de ser deseo, se vuelve nada. El deseo debe durar. Hay que ir a la librería; buscar el libro; encontrarlo; hojearlo; decidir si el deseo tenía razón de ser; tal vez abandonar ese libro y desear el deseo de otro; hasta encontrarlo; o no; no estaba; lo encargo; llegará en veinticuatro horas; o en setenta y dos; podré echarle un vistazo; lo compraré finalmente; tal vez lo lea, tal vez no; tal vez deje que el deseo se congele durante días, semanas, meses o años; ahí estará, en el lugar que le corresponde en la estantería correspondiente; y siempre recordaré en qué librería lo compré y cuándo.

BERNAT RUIZ.- Sí, yo también he pensado en Agustín de Hipona y en el taoísmo. Intelectualmente estoy de acuerdo pero la vida a veces es otra cosa y nos recomienda el carpe diem de Horacio, la capacidad de gozar del aquí y el ahora, como hago una vez al año en la orgiástica bibliomanía a la que me entrego en la Feria del Libro de Madrid. Lo del deseo congelado queda fetén en un poemario con pupila azul incluida pero dudo que conmueva a alguien que vive en un pueblo junto a algunos cientos o pocos miles de vecinos. Díganle que se lo tome todo con lentitud acelerada y relativa proximidad y puede que les responda, como me contaba un librero de un pueblo de cuatro mil habitantes, que hay quien debe desplazarse doce kilómetros para comprar una simple goma de borrar. Si no queremos que la España vacía se quede todavía más vacía más nos vale fomentar ciertos servicios. En cualquiera de las ciudades españolas de más de cien mil habitantes se vive con una abundancia de la que uno sólo es consciente cuando se aleja varias semanas.

JORGE CARRIÓN.- Mira, olvidemos las categorías nacionales como olvidamos los géneros aristotélicos. No existen ya las unidades de tiempo ni las de espacio. En el siglo XXI no tienen sentido las fronteras. Ordenemos los anaqueles temáticamente, mezclemos en ellos los libros con los cómics, los DVD con los CD, los juegos con los mapas. Apropiémonos de la mezcla de los almacenes de Amazon, pero creando sentidos. Itinerarios de lectura y de viaje. Porque, aunque dependamos de las pantallas, no somos robots. Y necesitamos las librerías de cada día para que sigan generando las cartografías de todas esas lejanías que nos permiten ubicarnos en el mundo.

BERNAT RUIZ.-.- ¿No habíamos quedado que Amazon mezclaba alegremente los libros con los juguetes y eso era un síntoma de su maldad? Pues resulta que debemos hacer lo mismo aunque sin un sistema parecido al de Amazon –¡rayos y truenos! ¡el algoritmo, la gestión de bases de datos, el almacén informatizado!– será una suicida pesadilla logística y comercial.

JORGE CARRIÓN.- No soy ingenuo. Veo series de Amazon. Compro libros que no se pueden conseguir de otro modo en iberlibro.com, que pertenece a abebooks.com, que en 2008 fue comprada por Amazon. Busco constantemente información en Google. Y le regalo constantemente mis datos, más o menos maquillados, a Facebook también. Pero creo en la resistencia mínima y necesaria. En la preservación de ciertos rituales. En la conversación, que es arte del tiempo; en el deseo, que es tiempo hecho arte. En silbar, mientras paseo entre mi casa y una librería, melodías que solo yo escucho, que no pertenecen a nadie más.

BERNART RUIZ.- Permíteme que te diga, querido Jorge, que eres un antisistema de salón; haces el mínimo esfuerzo para sacar a pasear tu romanticismo mientras te permites el lujo –sobre todo moral– de señalar el mal que anida en un Lado Oscuro en el que retozas cuando te conviene. Y que conste que creo que se puede competir con y contra Amazon. En su terreno lo están consiguiendo las alemanas Tolino y Thalia; Google y Apple, dos gigantes de similar vocación totalizante pero de estilos muy distintos la siguen de cerca. Rakuten y Alibaba, dos gigantes del comercio electrónico, se lo ponen difícil en Asia. En el entorno del libro digital, Kobo –propiedad de Rakuten– le disputa algunos mercados importantes, creciendo poco a poco, recortando distancias. Esto en lo digital. En lo más cercano, en las librerías de toda la vida, es donde Amazon lo tiene más difícil porque su modelo de negocio está basado en enormes factores de escala y se pierde en lo pequeño, incluso en lo mediano. Por eso florecen nuevas librerías en muchos países del mundo en los que hace sólo seis o siete años parecía imposible cualquier recuperación. Nuevas librerías muy distintas de sus predecesores, más pequeñas, con menos libros, menos personal, menos facturación pero con un potencial de creación de público mediante la cultura y la gestión de medios sociales que permiten abrigar esperanzas. Compiten ofreciendo lo que Amazon no puede ofrecer.

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Morna

Como en la mayoría de los descubrimientos marítimos de la edad moderna, los portugueses no llegaron al archipiélago de Cabo Verde sino que se toparon con él. Las quince islas que lo componen se encuentran plantadas en el punto más occidental del continente africano, junto al cabo de Madagascar, y el que se pusiera a bordear sus costas no podía eludirlas ni aunque quisiera.

De los muchos y fascinantes territorios que los portugueses incorporaron a su corona, Cabo Verde era el único que estaba deshabitado. No hay constancia de que allí hubiera vivido nunca nadie, aunque hay quien piensa que los árabes recalaron en alguna de sus islas ciscunstancialmente. Así que, por una vez, y desde luego no sirvió de precedente, Portugal anexionó aquellas islas a su imperio sin derramar una gota de sangre y sin que nadie se pusiera nervioso.

Salvo riqueza forestal, de Cabo Verde no había nada que extraer, y a finales del siglo XV había árboles por todas partes, pero los portugueses le encontraron a aquel nuevo territorio un valor logístico de enorme transcendencia y lo convirtieron en el punto clave de almacenamiento y distribución de esclavos, la boyante actividad comercial a la que todos los países europeos se entregaron con admirable dedicación entre los siglos XVI y XIX.

Para que se hagan una idea: en 1506, unas decenas de años después de su descubrimiento, Cabo Verde era el territorio que menos riqueza proporcionaba a la corona portuguesa. En 1510 era ya el segundo que proporcionaba más. Tanto trajín exigió el traslado -más o menos forzoso- de muchos portugueses a las nuevas tierras y entre ellos llegaron, no solo marinos, comerciantes y esclavistas sino también agricultores, artesanos y funcionarios que sentaron las bases de una estructura organizativa acorde a los modos del imperio portugués. Al tiempo, y como consecuencia de la actividad comercial, empezaron a parar en aquellas islas gentes de otros países, de otras culturas y de otros modos de ver el mundo. Esclavos y esclavistas, colonos y marinos, africanos y europeos fueron conviviendo mal que bien durante siglos, y muchos de ellos asentándose en un territorio pobre pero extraordinariamente hermoso.

Cuando la esclavitud se abolió en todo el mundo en 1876, a Cabo Verde se le terminó el negocio y no tenía un plan B, lo cual dice poco de la visión  de los colonizadores, no ya en términos morales, que también, sino como gestores. A partir de ahí la colonia entró en barrena y los habitantes de las catorce islas -hay una, Santa Elena, que siempre ha estado deshabitada-,empezaron a pensar que a lo mejor era preferible seguir ellos solos su camino. Les costó casi un siglo independizarse de Portugal y solo lo consiguieron cuando en 1975 la Revolución de los Claveles aportó algo de sentido común y se desprendió de los restos del decrépito imperio luso.

Con todo, a Cabo Verde no le ha ido demasiado bien desde entonces. Su medio millón de habitantes malvive en medio de una agricultura de subsistencia, una pesca escasa y unos ingresos por turismo que deberían explotar mejor. Los caboverdianos que pueden se van fuera y por mucho que añoren su tierra solo vuelven a ella de vacaciones. Y en cuanto a su privilegiado enclave, ya nadie se dedica a navegar por las costas africanas, de modo que su valor estratégico también ha desaparecido.

Solo hay algo en lo que Cabo Verde es único: su música. La morna es el resultado de una fusión mágica de la que resultan melodías de una belleza sin igual. Su base es,sin duda alguna,el fado , del que hereda el ritmo lento de sus compases cuaternarios y la melancolía inherente al carácter portugués, pero en la cacerola socio histórica en la que la morna se ha ido cociendo han entrado ingredientes de todo tipo, fundamentalmente los ritmos africanos depositados allí por los millares de hombres y mujeres que transitaron por aquellas tierras cargados de dolor y de desamparo.

La morna es algo más que música: es también danza y poesía, es un modo de estar  y de compartir y de entenderse. Es un modo, sí, de estar triste, pero también de celebrar -y para ello se creó una variante, la coladeira, hecha de compases binarios (6×8), más apropiada para la danza exultante. La morna es una forma de entender el mundo y de vivir en él.

Cesaria Évora es, naturalmente, la diosa de la morna. Pero la nómina de músicos y cantantes, mujeres y hombres, que la cultivan es casi tan larga como la de habitantes caboverdianos. Hay que oírlos a todos, porque cada uno de ellos aporta un matiz, un toque o un deje en el que se revela la verdad de la vida.

Bana, por ejemplo, a quien tenemos aquí con la gran Maria Barros.

 

Una serie envidiable (es decir, que produce envidia)

The Crown es una serie británica. Y utilizo en este caso el adjetivo no tanto como un gentilicio al uso, sino como un calificativo de grado. En otras palabras: decir de una serie que es británica es decir que es buena, incluso muy buena y, muchas veces, magistral.

Pues eso: The Crown es muy buena.

Reúne todos los requisitos de las series británicas: excelente producción, muy buenos actores, un guion sólido y pertinente. Estas cosas es difícil que fallen cuando en el Reino Unido se meten en faena.

The Crown es buena, pero no una obra maestra. Eso no. En absoluto. A los responsables del producto se les ha ido esta vez la mano en el ritmo, premioso como nunca, tan sosegado que conviene verla con el estómago vacío, porque, visto cualquiera de sus capítulos en pleno proceso de digestión, puede convertirse en una invitación a la siesta.

Además, el guion resulta un poco insulso y da a veces la impresión de que los guionistas no encuentran materia suficiente para construir la historia.

Pero, caramba, qué valor le echan. Y qué envidia dan.

Porque tomar la figura de la actual soberana y contar su llegada al trono y sus primeros años de reinado no es un reto del que resulte fácil salir airoso.

O te pones blandengue, o creas un conflicto institucional. Estos son los dos riesgos.

Los creadores de The Crown caminan entre ambos bordes con gran soltura y buenos resultados. Hablan de personajes cruciales en la historia de  la reciente Gran Bretaña (algunos aún tan vivos como la misma protagonista) con la suficiente veracidad y verosimilitud como para participar dignamente en el juego. La ‘suspensión de la incredulidad’, que Coleridge propuso para abordar el acercamiento a una obra de ficción, es aquí fácil porque todo resulta creíble.

De paso, los diez capítulos de la serie constituyen un curso acelerado de adentramiento en el derecho británico, en sus usos constitucionales y en sus modos de gobierno.

Yo he visto The Crown autoplanteándome un enigma diabólico: ¿Cómo funcionaría una serie española que abordara los primeros años del reinado de Juan Carlos I? ¿O los últimos suyos y los primeros de Felipe VI, en la que incluso salieran retratados los asistentes  al cóctel de coronación?  ¿Quiénes serían los actores, los directores, los guionistas? ¿Cuál sería el relato -el storytelling- de la serie: su arranque, su transcurso, sus anécdotas, sus hitos? ¿Con quién habría que hablar, qué resistencias habría que vencer, qué muros infranqueables habría que franquear?

Ya, ya sé que ha habido algunas series españolas sobre don Juan Carlos y don Felipe. Y sobre la Transición y etcétera. Pero mi delirio llega muy lejos: pretendo series sobre esos temas que, sin llegar a ser The Crown , no nos produzcan bochorno.

No sé si me explico.

 

¿Cabe el Nilo en la palabra Nilo?

Los nominalismos son un problema. Empeñarse en pelear por el nombre de la cosa dificulta profundizar en la cosa misma, y entenderla. Hay quien dice que no, y lo dice bellamente, como aquello de Borges ( “… en las letras de ‘rosa’ está la rosa y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’), pero yo soy peor poeta que Borges y por eso prefiero pasar de las palabras a los hechos.

Es verdad que en los nombres puede a veces encontrarse el síntoma de una enfermedad grave. Cuando Rajoy llegó a la presidencia del gobierno (aún circulaban los dinosaurios por la Gran Vía), un buen amigo científico me señaló, preocupado, que por primera vez desde Franco la palabra Ciencia desaparecía de la denominación de un ministerio. Le afeé el fetichismo nominalista, pero el tiempo ha dado la razón a mi amigo -quitar la palabra fue ligado a la eliminación de la inversión y el interés por el tema- y veo, además, con estupor, que la palabra ha vuelto a descender un peldaño en el nuevo gobierno y ya no está ni siquiera a nivel de secretaría de estado.

Pero lo preocupante es cuando se trata de “nominalismo perentorio” (me acabo de inventar la locución): ese interés en conseguir que a las palabras se les adjudique un significado por decreto ley y ellas a su vez transformen la realidad. Ahí tienen ustedes a la pobre RAE, sujeta a las exigencias de masas tuiteras que se dedican, de un tiempo a esta parte, a decirle cómo tiene que definir las palabras de su diccionario. Que si madre, que si jueza, que si sexo débil… Hay que estar muy ociosos para dedicarse a mirar cómo define esas obviedades el grupo de amiguetes autodenominado RAE, al modo en que mi hijo preadoslescente se embebía en las doce páginas que el Corominas dedicaba a la palabra puta en su diccionario etimológico.

Nominalismo perentorio es también el del Ayuntamiento de Madrid, y algunos otros de la misma cuerda, enredados en el cambio de nombres de las calles, como si fuera un asunto que de verdad importara.

Y ahora se lía con Arrabal y Max Aub.

Ya saben. El nuevo director  del espacio escénico de las Naves del Matadero ha decidido variar radicalmente el rumbo y entre los muchos cambios realizados ha devuelto el nombre original de las Naves 10 y 11 que el anterior director había dedicado a Fernando Arrabal y Max Aub respectivamente.

El asunto, como propuesta global, ha despertado mucha polémica, y yo aún -y ya es raro- todavía no tengo un criterio claro. Pero de lo que no me cabe ninguna duda es de que el nominalismo no nos debe cegar aquí tampoco y ni Arrabal ni Aub van a ver mermada su gloria literaria, que es mucha, por una bobada así.

De verdad, que no se empeñe Borges. La rosa, no lo sé, porque abulta poco, pero el Nilo no cabe en la palabra Nilo. Es mucho más grande.

 

 

“Narcos”, por ejemplo

Por esas casualidades de la vida, empecé a releer el Alegato contra la novela histórica, de Manzoni, a la vez que a vérmelas con Narcos, la exitosa serie de Netflix, cuyas dos primeras temporadas narra, a su manera, la vida y muerte del famoso narcotraficante colombiano Pablo Escobar.

Para el que no la haya visto, ya le advierto: Narcos es excelente, embrujadora, fascinante. Engancha como el producto que comercializaba el cartel de Medellín. Todo en ella es bueno y acertado: la música, la dirección, los actores, la ambientación, el guion…, no hay un solo elemento que desmerezca en esta extraordinaria serie.

Solo tiene un problema: que falta a la verdad. Que miente. Que tergiversa. Que utiliza unos hechos y unos personajes históricos no para narrar escrupulosamente lo que sucedió sino para montar una obra de ficción, con su moralina particular, con su ideología subterránea, con su particular idea de lo que está bien y lo que está mal. Con su propia ética y su propia estética, al margen de la verdad histórica.

La tergiversación la realizan los autores de la serie no solo desde el punto de vista ético, sino también narrativo. No solo se cambian  los hechos y los detalles para que la DEA y los norteamericanos salgan mejor parados que el presidente Gaviria, por ejemplo, sino que cambian el orden de los sucesos, o sus protagonistas, para que cuadren mejor con la tensión dramática. Es bien sabido: la vida real es un coñazo y ya comprenderán ustedes que los de Netflix no se van a arriesgar a que su público se aburra.

Manzoni contra Netflix

Cuando Alessandro Manzoni andaba triunfando con Los novios, había otro autor que literalmente arrasaba en las listas de ventas: Walter Scott. El brillante escocés había publicado Ivanhoe treinta años antes y, visto el éxito del nuevo género, se había dado a escribir novelas históricas medievalistas como quien fabrica tornillos. Y leyéndolo, leyéndolo (como yo cuando he visto Narcos: con gusto y disfrutándolo), don Alessandro cayó en la cuenta de la enorme trampa en la que él mismo, como autor de una novela histórica, estaba metiendo a sus lectores: si los hechos verdaderos y los inventados se mezclan, si los personajes verídicos y los ficticios se interrelacionan, ¿cómo diablos conseguirá el lector saber a qué atenerse?

El Alegato contra la novela histórica que, a partir de ese momento, Manzoni comenzó a construir (y al que solo daría fin tras rectificar su error con la Historia de la columna infame) plantea algunos preguntas cruciales para situar la cuestión:

Por ejemplo: si el lector, al acercarse a un libro de historia, busca ampliar su conocimiento sobre los hechos pasados y, sin embargo, no le queda claro qué es cierto y qué no, “¿desde cuándo la confusión ha sido un medio para transmitir conocimiento?”.

Por ejemplo: “Si una persona con fama de embustera te cuenta una novedad interesante, ¿te das por informado? Pues [el escritor de novela histórica] es similar al embustero, dado que relata tanto la verdad como la falsedad sin permitirme distinguir la una de la otra”

Por ejemplo: “[La novela histórica solo aporta] una de las dos cosas opuestas a la finalidad del arte: el engaño o la duda.”

Aristóteles, que era un tipo listo como pocos, ya había intuido el conflicto y por eso había delimitado con claridad, en su imprescindible Poética, las funciones entre el historiador y el poeta (o, vale decir, entre el ensayista y el novelista): el primero escribe de lo que sucedió y el segundo, de lo que podría suceder. Pero si en la misma obra el autor juega el doble papel, ¿cómo sabe el lector a lo que se está enfrentando?

¿Ficción o no ficción?

Hay ahora una tendencia reciente, muy ligada a la justa reivindicación del pensamiento científico, que sitúa a la no ficción (la faction) por encima de la narrativa imaginada. Yo no llego a tanto. Comparto el entusiasmo por el ensayo, el documental o el reportaje, soy un gran fan de profundizar en el conocimiento de los hechos mediante la indagación en los hechos mismos, pero bajo ningún concepto podría renunciar a Homero y a todo lo que representa.

Así pues, ficción y no ficción, siempre y cuando ambas estén bien delimitadas. ¿Y la novela histórica, entonces (o, vale decir, el cine o las series históricas)? No es fácil resolverlo. No, desde luego, al modo en que lo hace Isaac Rosa, en la reciente edición en La Uña Rota del Alegato de Manzoni, excelente en todo, menos en el prólogo. Rosa despacha el asunto con un recurso muy cultureta: lo comercial. Si una novela histórica es comercial (entiéndase: el autor es tan degenerado que aspira a ganar dinero con ella), es mala. De lo contrario, se deduce como consecuencia, mola.

No termina de convencerme el argumento. O, dicho más drásticamente: es una bobada que no aguanta un análisis serio. Más bien (y lo dejo solo esbozado para seguir otro día), la respuesta tiene que venir dada por el respeto intelectual al lector. Valgan dos muestras extremas: El nombre de la rosa, como ejemplo del máximo respeto. Y, en el extremo contrario, Narcos, por ejemplo.

No sé si me explico.

Dos novios y una columna

De Alessandro Manzoni se sabe poco en España, como se sabe poco de todo cuanto sucede en nuestra vecina Italia. Manzoni es -mutatis mutandis y con todas las salvedades que queramos hacer- el Cervantes italiano, en el sentido de que su novela I promessi sposiLos novios para los hispanohablantes- juega en aquel país el mismo rol de configuración del universo simbólico nacional que el Quijote entre nosotros. Pero en tanto que nuestro caballero andante y su escudero son sobradamente conocidos entre cualquier italiano de cultura media, son pocos los españoles que tienen a Renzo y Lucia como personajes literarios reconocibles.

Los novios es una extraordinaria novela histórica cuya acción se desarrolla en la región de Lombardía entre los años 1628 y 1630. Una novela  intensa, tierna, romántica, dura, bellamente escrita y muy bien estructurada. La primera novela moderna del naciente estado italiano y una obra que vertebra toda la literatura de ficción posterior de nuestros vecinos.

Su autor, el mentado Manzoni, había nacido en Milán en 1785. Histórica y geográficamente le tocó vivir un periodo muy fecundo: nació a tiempo de empaparse del racionalismo volteriano, antes de insuflarse con la pasión napoleónica y desembocar de manera fluida en un romanticismo fundacional en el que nunca se sintió cómodo. Agnóstico en su juventud, firme creyente después, terminó por convertirse en un intelectual polifacético, complejo e inclasificable. En Italia, esta complejidad le ha perjudicado: en los tiempos duros de la polarización ideológica de la posguerra, Manzoni era mal visto por los comunistas, que lo acusaban del grave delito de ser católico, en tanto que los democristianos le reprochaban la dureza de sus análisis sobre el dudoso papel de la Iglesia en el avance de la razón.

Con más de cuarenta años, consagrado ya como un intelectual de prestigio, publicó una primera versión de Los novios, que obtuvo un éxito importante. Casi quince años después, en 1840, reescribe y publica la misma historia en la variante toscana del incipiente italiano que estaba por entonces vertebrándose.

Pero algo le andaba ya rondando en la cabeza.

Solo dos años después de la publicación de su obra maestra, escribe y publica la Historia de la columna infame, un pequeño opúsculo que representa un giro radical en su escritura.

La tal columna es el monumento que se levantó en Milán en 1630 -bajo dominio español, dicho sea de paso, aunque este sea un dato irrelevante-  por orden de los propios jueces que detuvieron, torturaron y mataron atrozmente a dos pobres desgraciados a los que, a sabiendas de que no era cierto, acusaron de haber propagado la peste en la ciudad. El monumento pretendía, al decir de sus impulsores, preservar en la memoria futura el daño causado por los supuestos culpables. Duró apenas un siglo, y es lástima, porque hubiera sido un buen recordatorio presente de hasta qué extremos de barbarie puede alcanzar la iniquidad inquisitorial.

El suceso, que Manzoni había incluido en una de sus primeras versiones de Los novios, lo utilizó nuestro autor para cambiar radicalmente de registro y firmar uno de los primeros reportajes periodísticos de la historia de la literatura. Un reportaje perfectamente equiparable a los que siglos después han escrito gentes y nombres como Kapuscinski, Talese, o Chaves Nogales..

En la Historia de la columna infame no queda un miligramo de espacio para la ficción. Todo cuanto se narra no solo es manifiestamente cierto sino que aparece documentado y verificado sobre la base de actas judiciales, cartas y testimonios. Se acabó la broma. Manzoni abandona las bucólicas e imaginadas aventuras de Renzo y Lucia, enfrentados a un mundo cruel al que terminan venciendo, y se adentra en el horror brutal con que dos jueces mendaces destruyen a un pobre barbero y a un modesto inspector de sanidad en nombre de la salud pública y el bien de la comunidad.

Otros dos años después, como si los tiempos los tuviera medidos y encajados en su ordenada cabeza en formato binario, Alessandro Manzoni publica la explicación del cambio acaecido entre las dos obras anteriores: el ensayo Del romanzo storico (e, in genere, de i componimenti misti di storia e d’ invenzioni), un largo y engorroso título que los editores españoles, muchos años después, han resuelto con un contundente y bien buscado título: Alegato contra la novela histórica.

Caramba con Manzoni: el autor de la mejor novela histórica italiana (al menos hasta El nombre de la rosa) se lanza a despotricar contra sí mismo. ¿Qué le había sucedido?

Lo veremos el próximo día.