Charlatanes

Tengo pocas ganas de salir a la calle.
No por el calor, o no solo por eso.
Cotorreos. Bobadas. “Estas vacaciones
han sido…”. Sandeces. Las palabras avanzan
antes de ser pensadas. “Mi opinión, si quieres
que te diga…”. No quiero, en absoluto. Tengo
que encontrar la manera de hacer que se callen
o la manera al menos de que no disloquen
con sus gritos el terco transcurrir, el seco
gorgoteo. Nadie avanza pero nadie
se para: como hojas que no se recogen.
“Mi opinión, sin embargo…”. No quiero saberla,
así que es muy probable que me quede en casa.

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La tormenta

Se desploma el cielo, vomita fuego y ruge,
y un agua rabiosa encenaga los campos.
Es como el enfado de un niño consentido
o como la ira de un asesino en serie.
Callan las encinas, desde antiguo advertidas,
y los lilos, cautos, disimulan su aroma.
Se acuesta la ardilla, a falta de alimento,
como el petirrojo, como la lagartija.
No duermen los hombres, sin embargo, en sus casas.
La luz encendida, la provisión de whisky;
conversación, risas, y música agradable.
No hay razón alguna para temer al cielo.
Son cosas que ocurren, salvajes, milenarias.

Distintas disposiciones ante la vida

Como cuando en la esgrima los dos contendientes
inician el asalto con mucha cautela,
y antes del ataque se aseguran de que
la defensa está en orden y el riesgo es el mínimo,
de la misma manera todas las mañanas
hay que levantarse: con firmeza, con garra,
pero también con mucha precaución. No siempre
hay que echarse a la calle a comerse el mundo.
Basta, en ocasiones, con mirar, con estar,
con discurrir sin prisa entre los cascotes
igual que quien busca refugios antiaéreos.
Otras veces, en cambio, hay que estar despierto.
Sin saber para qué, pero hay que estar despierto.

Cena a seis

 

Nos vemos muy poco, aunque, desde que Pablo
se instaló en Menorca, las distancias parecen
haber disminuido. Cada vez que viene
-y viene con frecuencia- buscamos un hueco,
o nos escribimos, o estamos muy pendientes
en fin, unos de otros, de un modo, al tiempo,
tierno y displicente, si así puede decirse.
Estuvo bien, la cena. Un sitio agradable,
ni engolado ni cutre, con la carta muy
en el justo punto de innovación y el tono
perfecto para una charla distendida.
Luego fuimos a un local de jazz. Hablamos
poco, pero se nos veía relajados.

El pinar

Los pinos son hoscos, como un ama de casa
con problemas para acabar el mes. Tersos,
respetables, carecen empero de temple.
Como si fuera un simple martes de febrero,
en el pinar no cabe más que la sorpresa
banal y prosaica: esa imprevista nube,
el rastro de una liebre, un tejo aterido.
Y el color: un verde abotargado y sucio
sobre el que pespuntean cárdenos calveros.
Huele muy bien, huele a aire limpio y a piorno,
como está prescrito que huelan estos sitios.
¡Pinar inefable! ¡Tantos documentales
ya han recogido cuanto pueda decirse!

Paseo solitario por el campo

Un domingo, antes de regresar al tráfago,
él, o ella, o los dos -aunque es menos probable-,
salen a pasear, lentamente, sin meta
y sin niños, como paseaban de jóvenes.
Por una vez, no miran el paisaje. Dejan
que los pensamientos, como una mandarina,
se desgajen, rueden, tengan vida propia…
Giran, en derredor, un sinfín de sonidos:
los mirlos, las hojas mecidas por el aire,
los lagartos, el agua: solamente ruido,
voces huecas. Decir, nadie dice nada.
Él, o ella (o los dos) se hacen muchas preguntas.
La naturaleza no sabe, no contesta.

Cosas que me hacen feliz

Escuchar cantatas de Bach, una tras otra.
Tomar un par de copas con buenos amigos,
sabiendo que las copas son de calidad.
Kurosawa y Coppola, Fritz Lang y Buñuel.
Haber sido padre, y serlo todavía.
Subir el Stromboli y bajarlo corriendo
mientras amanece y el magma gorgotea.
Indagar el origen de aquello que somos.
Amar, haber amado y seguir en ello.
Pasmarme con Goya y llorar ante Cézanne.
Beber té. Beber vino. Capturar sabores.
Nueva York-París-Londres. El sueño de Tokio.
Plagiar con descaro a Borges. Y vivir.

Suite para escritura sola

Armonía leve. Sutil desplazamiento
de los dedos rozando la piel del teclado.
La pantalla en blanco. De pronto, una palabra,
y otra después, y otra, y por fin la frase
se compone. Tiene sentido. Otra frase
sigue, una tercera, hasta que se culmina
el párrafo. Empieza a extenderse la mancha.
Alguna vez el dedo se detiene, y duda,
-un temblor ligero, como de incertidumbre
o ansia- y, en ocasiones, pulsa el retroceso
y borra algo ya dicho, que nadie sabrá
que ha sido dicho. Horas, o solo minutos:
el poema existe. Inesperadamente.

Retrato de muchacha sentada frente a mí en el tren

Tiene el cuello desnudo, libre de cadenas
y abalorios. El pelo, muy negro y muy rizado,
lo recoge en la nuca, y lo remueve. Cejas
bien labradas, pestañas con el justo punto
de sombra y artificio. Los labios, marcados
con un rojo suave; los dientes, naturales.
Puede que se exceda con la crema hidratante,
pero la piel es tenue, limpia, bien cuidada.
El ligero rastro de una arruga advierte
que no es una niña. Una blusa ligera,
desabotonada. Debajo, camiseta
negra de tirantes: la tersa insinuación
de los pechos, opuestos al bullicio inútil.

Fotografía de Berlín en noviembre

Nieva un poco. Lo necesario solamente
para aderezar bien el decorado, como
aquellas soberbias películas de antes,
cuando lo más intenso estaba en las miradas.
Berlín es oscura y, al mismo tiempo, nítida:
tiene la luz justa para que los detalles
hablen por sí mismos, con esa contundencia
con que habla la Historia cuando está bien escrita.
Y hay jazz, y cerveza, y hay un collage de gentes
que ni guardan rencor ni parecen eufóricas,
como si lo supieran todo de la vida.
Anselm Kiefer, y un bar en el barrio judío,
y la ausencia de Bach, y tantas bicicletas.

Este poema formó parte de la instalación “Berlín digerido” que el artista Javier Polo realizó en la Sala Pintores de la Diputación de Cáceres durante el mes de noviembre de 2014.