La tormenta

Se desploma el cielo, vomita fuego y ruge,
y un agua rabiosa encenaga los campos.
Es como el enfado de un niño consentido
o como la ira de un asesino en serie.
Callan las encinas, desde antiguo advertidas,
y los lilos, cautos, disimulan su aroma.
Se acuesta la ardilla, a falta de alimento,
como el petirrojo, como la lagartija.
No duermen los hombres, sin embargo, en sus casas.
La luz encendida, la provisión de whisky;
conversación, risas, y música agradable.
No hay razón alguna para temer al cielo.
Son cosas que ocurren, salvajes, milenarias.

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