Tabarca: una historia española

Si se acercan ustedes por Alicante o Santa Pola encontrarán en sus respectivos puertos una generosa oferta para ir a la isla de Tabarca, un reducido espacio de 30 hectáreas, que en el último censo disponible, el de 2015, contaba con 59 habitantes.

Tabarca, más un islote que una isla, separada del continente por poco más de cuatro kilómetros, es la única habitada de la Comunidad Valenciana y, más allá de su actual interés turístico, indiscutible, cuenta con una historia apasionante, una bella y triste metáfora del país al que pertenece.

Cuando nos gobernaban los ilustrados

Hasta comienzos del siglo XVII, la isla ni se llamaba Tabarca ni contaba con habitantes. Se conocía como Isla Plana, había sido utilizada por unos y por otros en las continuas luchas por el control del Mediterráneo y más de un monarca o gobernante le había dado vueltas a instalar allí una fortaleza que protegiera la costa levantina de las incursiones enemigas.

Por fin, con Carlos III en el trono, la idea del emplazamiento militar toma forma –los turcos y los piratas berberiscos estaban muy pesados, pese a que aún no existía la foto de las Azores- y en 1760 se ponen a la faena.

Aquellos eran años de gran impulso político en España. El conde de Floridablanca presidía lo que hoy calificaríamos como el primer gobierno progresista de nuestro país, y pululaban en él, en distintos cargos y posiciones, gentes como Pedro Rodríguez de Campomanes, Pedro Pablo Abarca de Borea, más conocido como el conde de Aranda, Pablo de Olavide y otros cuantos así, un ramillete de jóvenes políticos e intelectuales empeñados en reformar nuestro atrasadísimo país sobre la base de los principios de la Ilustración francesa.

Precisamente el conde de Aranda era gobernador de Valencia cuando se inician las obras de la fortificación de Isla Plana y, coincidiendo en el tiempo, se produce un extraño suceso en el que conviene detenerse.

Apenas a trescientos metros de las costas tunecinas, una pequeña isla llamada Tabarka pertenecía a la República de Génova, entonces adscrita a la Corona de Aragón. La isla estaba habitada por unos centenares de ligures –una etnia muy particular de orígenes remotos y de la que hablaremos otro día-, hasta que en 1741 el sultán de Argel invadió la isla y sometió a la esclavitud a las 69 familias que la habitaban.

Ciudadanos españoles, al fin y al cabo, la esclavización de los ligures genoveses fue un conflicto diplomático y militar que se prolongó durante más de veinte años. Cuando en 1768 se consigue su liberación, el conde de Aranda tiene la gran idea de hacer en Isla Plana un proyecto similar al de Nuevas Poblaciones que Olavide está ya empezando a desarrollar en Sierra Morena y que ya se había implantado en otras zonas del Nuevo Mundo: una propuesta urbanística, económica y social de asentamiento de inmigrantes a los que se les dotaba de unas condiciones óptimas para que mejoraran ellos mismos y su entorno.

Nace Nueva Tabarca

La isla se bautiza como Nueva Tabarca y en ella se instalan unos seiscientos ligures en un pueblo construido por el ingeniero Fernando Méndez de Ras sobre la base de las propuestas urbanísticas de la mejor Ilustración: limpieza, orden, espacio…, nada que ver con la cochambre y la miseria de los asentamientos rurales del Antiguo Régimen.

Que la isla no tuviera agua potable ni recursos naturales de ningún tipo no pareció asunto que preocupara a los inspiradores de la iniciativa. Con la generosidad que el Estado muestra siempre para sus grandes proyectos, los pobladores de Nueva Tabarca se vieron abastecidos por buques de la Armada que, desde Alicante, les proveían sin reparos de agua, de enseres y de alimentos. Se les adiestró en oficios variados y se les proveyó de las herramientas e instrumentos para ejercerlos, confiados en que poco a poco conseguirían cualificación, productos y mercado para salir adelante por sí mismos.

Apenas nueve años después, una comisión enviada por la Corona ya constata que el modelo no funciona. La agricultura no tiene modo de prosperar en aquella tierra áspera, seca y batida por el viento, y los intentos de consolidar oficios se muestran inútiles, puesto que no hay nadie a quien venderle nada. La pesca es el único recurso para una población que empieza pronto a desanimarse y, en la medida en que le es posible, a pasar al continente.

Con el final del siglo, además, el mapa geopolítico cambia. El Imperio español firma la paz con otomanos y bereberes, con lo que el control del Mediterráneo deja de ser una prioridad militar, los ilustrados españoles empiezan a ser mirados de reojo a la vista de las noticias que llegan de Francia, y las arcas del Estado, que nunca han sido boyantes, se resienten más de la cuenta. ¿A quién le importan entonces los trescientos lugareños perdidos en un pedregal inhóspito y aislado?

A partir de aquí, la de Tabarca es una historia de abandono, miseria y desinterés por parte del mismo Estado que antes la había situado entre sus prioridades estratégicas.

Solo el despegue turístico de la costa levantina, en los años setenta del pasado siglo, dio solución a la isla y a sus habitantes. Hoy, sus 59 vecinos viven, y viven bien, gracias a los turistas.

Y supongo que para sus adentros rezan a los dioses ligures para que el Estado no se vuelva a acordar de ellos.

 

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