Tabarca: una historia española

Si se acercan ustedes por Alicante o Santa Pola encontrarán en sus respectivos puertos una generosa oferta para ir a la isla de Tabarca, un reducido espacio de 30 hectáreas, que en el último censo disponible, el de 2015, contaba con 59 habitantes.

Tabarca, más un islote que una isla, separada del continente por poco más de cuatro kilómetros, es la única habitada de la Comunidad Valenciana y, más allá de su actual interés turístico, indiscutible, cuenta con una historia apasionante, una bella y triste metáfora del país al que pertenece.

Cuando nos gobernaban los ilustrados

Hasta comienzos del siglo XVII, la isla ni se llamaba Tabarca ni contaba con habitantes. Se conocía como Isla Plana, había sido utilizada por unos y por otros en las continuas luchas por el control del Mediterráneo y más de un monarca o gobernante le había dado vueltas a instalar allí una fortaleza que protegiera la costa levantina de las incursiones enemigas.

Por fin, con Carlos III en el trono, la idea del emplazamiento militar toma forma –los turcos y los piratas berberiscos estaban muy pesados, pese a que aún no existía la foto de las Azores- y en 1760 se ponen a la faena.

Aquellos eran años de gran impulso político en España. El conde de Floridablanca presidía lo que hoy calificaríamos como el primer gobierno progresista de nuestro país, y pululaban en él, en distintos cargos y posiciones, gentes como Pedro Rodríguez de Campomanes, Pedro Pablo Abarca de Borea, más conocido como el conde de Aranda, Pablo de Olavide y otros cuantos así, un ramillete de jóvenes políticos e intelectuales empeñados en reformar nuestro atrasadísimo país sobre la base de los principios de la Ilustración francesa.

Precisamente el conde de Aranda era gobernador de Valencia cuando se inician las obras de la fortificación de Isla Plana y, coincidiendo en el tiempo, se produce un extraño suceso en el que conviene detenerse.

Apenas a trescientos metros de las costas tunecinas, una pequeña isla llamada Tabarka pertenecía a la República de Génova, entonces adscrita a la Corona de Aragón. La isla estaba habitada por unos centenares de ligures –una etnia muy particular de orígenes remotos y de la que hablaremos otro día-, hasta que en 1741 el sultán de Argel invadió la isla y sometió a la esclavitud a las 69 familias que la habitaban.

Ciudadanos españoles, al fin y al cabo, la esclavización de los ligures genoveses fue un conflicto diplomático y militar que se prolongó durante más de veinte años. Cuando en 1768 se consigue su liberación, el conde de Aranda tiene la gran idea de hacer en Isla Plana un proyecto similar al de Nuevas Poblaciones que Olavide está ya empezando a desarrollar en Sierra Morena y que ya se había implantado en otras zonas del Nuevo Mundo: una propuesta urbanística, económica y social de asentamiento de inmigrantes a los que se les dotaba de unas condiciones óptimas para que mejoraran ellos mismos y su entorno.

Nace Nueva Tabarca

La isla se bautiza como Nueva Tabarca y en ella se instalan unos seiscientos ligures en un pueblo construido por el ingeniero Fernando Méndez de Ras sobre la base de las propuestas urbanísticas de la mejor Ilustración: limpieza, orden, espacio…, nada que ver con la cochambre y la miseria de los asentamientos rurales del Antiguo Régimen.

Que la isla no tuviera agua potable ni recursos naturales de ningún tipo no pareció asunto que preocupara a los inspiradores de la iniciativa. Con la generosidad que el Estado muestra siempre para sus grandes proyectos, los pobladores de Nueva Tabarca se vieron abastecidos por buques de la Armada que, desde Alicante, les proveían sin reparos de agua, de enseres y de alimentos. Se les adiestró en oficios variados y se les proveyó de las herramientas e instrumentos para ejercerlos, confiados en que poco a poco conseguirían cualificación, productos y mercado para salir adelante por sí mismos.

Apenas nueve años después, una comisión enviada por la Corona ya constata que el modelo no funciona. La agricultura no tiene modo de prosperar en aquella tierra áspera, seca y batida por el viento, y los intentos de consolidar oficios se muestran inútiles, puesto que no hay nadie a quien venderle nada. La pesca es el único recurso para una población que empieza pronto a desanimarse y, en la medida en que le es posible, a pasar al continente.

Con el final del siglo, además, el mapa geopolítico cambia. El Imperio español firma la paz con otomanos y bereberes, con lo que el control del Mediterráneo deja de ser una prioridad militar, los ilustrados españoles empiezan a ser mirados de reojo a la vista de las noticias que llegan de Francia, y las arcas del Estado, que nunca han sido boyantes, se resienten más de la cuenta. ¿A quién le importan entonces los trescientos lugareños perdidos en un pedregal inhóspito y aislado?

A partir de aquí, la de Tabarca es una historia de abandono, miseria y desinterés por parte del mismo Estado que antes la había situado entre sus prioridades estratégicas.

Solo el despegue turístico de la costa levantina, en los años setenta del pasado siglo, dio solución a la isla y a sus habitantes. Hoy, sus 59 vecinos viven, y viven bien, gracias a los turistas.

Y supongo que para sus adentros rezan a los dioses ligures para que el Estado no se vuelva a acordar de ellos.

 

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Poetas andaluces de hace poco

En los primerísimos ochenta tuve la fortuna de ser galardonado en uno de los premios andaluces más renombrados de entonces y tal honor me dio pie para conocer y tratar en años sucesivos a un buen número de poetas de aquella región. Conocía bien el poema que Rafael Alberti había escrito en 1953 reclamando poetas andaluces de ahora y aquella inmersión me dio la tranquilidad de comprobar que la proclama de nuestro marinero en tierra había sido escuchada. Después, por esas cosas de la vida, he perdido contacto con todos ellos –y por eso los referiré en pasado, pese a seguir todos, por suerte, vivos y en activo-, pero conservo un buen recuerdo, alguna sabiduría y la convicción de que, siendo todos bien distintos en calidad y estilos, los unía, y seguramente los une, el rasgo común de su andalucismo.

Uno de los primeros que conocí fue el poeta cordobés Manuel de César, el más joven exponente del grupo Cántico, impulsor de un sinfín de iniciativas culturales y literarias en su comarca y cocreador del premio de poesía Ricardo Molina. De Manuel he leído poco, porque él es de poco escribir y de menos publicar, pero me ha parecido siempre que su poesía es un fiel trasunto de sí mismo: breve, melancólica, mohína, una como ensimismada búsqueda juanramoniana de la palabra exacta.

En el extremo opuesto, al menos aparente, se encuentra Pedro Rodríguez Pacheco, con el que compartí caseta de firmas en una feria del libro de provincias. Esto fue hace muchos, muchísimos años, y me asombraba entonces qué capacidad, la de Rodriguez Pacheco, de hacerse con el público a base de dedicatorias vibrantes y frases acertadas. Nunca se me han dado bien ninguna de las dos. Al contrario que Manuel de César, Rodriguez Pacheco ha ido acumulando durante años una obra ingente y sólida, dicho sea esto último valiéndome de las distintas acepciones que la Academia le concede a este adjetivo. No me disgusta cuando lo leo, aunque tengo la sensación, dios me perdone, de leer siempre lo mismo.

De tarde en tarde me reencuentro con la figura insólita y extravagante de Pablo del Barco, sevillano, profesor, editor y estudioso de las vanguardias. Vanguardista él mismo, admiré en él, cuando tuve el honor de conocerlo, su atrevimiento formal en un tiempo y un espacio en el que los poetas andaluces se aferraban al endecasílabo como a un tinto de verano en pleno ferragosto. La vanguardia de Pablo, cuando uno profundizaba en ella, tampoco daba para mucho pero al menos era honesta. Editaba a gente joven y necesitada –a mí nunca me consideró ninguna de las dos cosas- en formatos atrevidos y ediciones raras. Estaba siempre enfadado, pero eso lo entiendo: ni siquiera entonces era fácil nadar contracorriente.

Sevillana era también María Sanz, de la que siempre admiré su sosiego y su modestia. Hace tiempo que no encuentro nada suyo, pero la he visto mantenerse en un buen tono de poesía personalista y mística, introspectiva y refinada, sostenida sobre buenas lecturas y sobre mucha honestidad intelectualidad. Hablamos un par de veces por teléfono, al hilo también de algún premio literario, pero no nos vimos nunca.

Tampoco he conocido personalmente a Javier Salvago, pero he convivido con él y con su poesía durante tantos años que parece como que sí. Quien se haya movido en los círculos de la poesía de la experiencia ha tenido que rendir pleitesía a este maestro del prosaísmo, uno de los tipos más capaces que conozco de decir cosas interesantes del modo más llano y más vulgar. Si Salvago se hubiera propuesto ser Góngora nunca lo hubiera conseguido: su acierto ha sido no proponérselo ni por asomo. Y su poesía sigue manteniendo una vigencia sorprendente.

No cabe decir lo mismo del que fue, sin duda, el gran líder de la poesía de la experiencia en su vertiente andaluza. Al granadino Luis García Montero lo empecé a leer y a admirar cuando los dos éramos unos críos y los dioses premiaron mi devoción y mi entrega cuando el gran poeta, ya sobradamente consagrado, leyó un poema mío en una televisión pública. El poema no era malo –quizá un poco ingenuo, solamente-, de manera que no tengo motivos para avergonzarme si un día lo encuentro circulando por ahí. En cuanto a Luis, bueno, todos nos hacemos mayores…

El también sevillano Pedro Torres Curiel hubiera podido llegar muy lejos de no ser por su perfeccionismo rayano en lo obsesivo y por su pesimismo hipocondriaco. Profesoral, analítico, obcecado, más que escribir poemas los cincelaba, y ya se sabe que trabajar sobre mármol lleva mucho tiempo. Visto con distancia, echo de menos en su poesía de los años en que nos tratamos algo más de riesgo formal y algo menos de clasicismo impostado. Pero era bueno, Pedro, muy bueno. Y tiene publicada una novela, Bajo la absolución de los árboles, que alguien con criterio y capacidad debería ocuparse de rescatar del olvido.

Pero mi ídolo, de entre los poetas andaluces que he tenido la fortuna de conocer, no es andaluz sino extremeño, aunque sus largos años de residencia en Sevilla le han proporcionado la pátina y la legitimidad suficientes para figurar entre ellos. José Antonio Ramírez Lozano es un caso admirable: casi sesenta libros publicados, la mitad poesía y ficción la otra mitad, escritos todos ellos sobre dos premisas a las que ha sido fiel toda su vida: el juego con las palabras y la imaginación aplicada a lo cotidiano. La clave de Ramírez Lozano, tal como a mí me ha parecido siempre, ha estado en no tomarse nunca nada en serio: no me refiero a la vida, que eso es bastante fácil, sino ni siquiera a sí mismo, a su papel de escritor, al tinglado este, tremendo y engolado, de la literatura y sus mundos. José Antonio ha escrito como quien respira y, como los que practican yoga o pilates, ha respirado muy bien, con hallazgos envidiables a los que ha sabido darles la importancia justa. Hace años, un ensayista de tecla en ristre de cuyo nombre me acuerdo perfectamente lanzó un durísimo ataque contra Ramírez Lozano por la ligereza con la que este utiliza materiales, recicla personajes o poetiza fragmentos que en otras ocasiones fueron prosa. El sesudo ensayista no había entendido nada sobre el juego perpetuo en el que José Antonio transcurre. Sí lo entendió mi hijo, cuando era bien pequeño, y se quedó prendido en algunos guiños de aquel poeta calvo y barbudo que cuando venía por casa dejaba los poemas jugando por el aire:

La carcoma, qué glotona.
De mañana desayuna su poquito de caoba.
Para almuerzo, lapicero.
Para cena, virutillas del palito de la escoba.
Y en el día de su santo,
¿sabes qué?
Caballitos de ajedrez.

Cuando la memoria hace trampas

Martin Guerre no era el hombre más feliz del mundo. Se había casado con Bertrande siendo ambos adolescentes y, aunque tenían un hijo, no habían aprendido a relacionarse ni sexual ni sentimentalmente. Tampoco con su padre se llevaba bien Martin porque pensaba que, pese a su condición de casado, se le exigía una dependencia económica y organizativa superior a lo que él entendía como razonable.

Estamos en el entorno rural de Toulouse, allá por 1548, y, aunque nos suene raro, ya entonces había gente que vivía situaciones de estrés insoportable.

Martin Guerre se lio la manta a la cabeza, lo dejó todo plantado y se marchó a la guerra sin decirle nada a nadie. Él no tenía más de 25 años y su mujer, alguno menos.

Ocho años después reaparece. O, al menos, reaparece uno que dice ser él. Viene de la guerra, ha sufrido mucho y ha pasado mucho tiempo, así que a todo el mundo le resulta plausible que existan algunas diferencias físicas entre este hombre y el que se fue. La familia lo reconoce, lo reconocen los vecinos y la que más, Bertrande, que desde el primer momento se muestra encantada con él.

Probablemente todo habría ido a pedir de boca si el nuevo Martin Guerre no se hubiera crecido pidiendo a su tío, nuevo cabeza de familia, la herencia que le correspondía tras la muerte de su padre. Han pasado tres años desde el regreso, Bertrande ha tenido dos hijas con su reencontrado esposo, pero el tío empieza a percibir detalles que le hacen pensar en una suplantación.

Denuncias, juicios, división de opiniones entre vecinos y familiares, Bertrande, eso sí, firme en defensa de su hombre… De nuevo probablemente, todo hubiera vuelto a la normalidad si no hubiera acaecido una sorpresa mayúscula: reapareció el verdadero Martin Guerre con una pata de palo y un cabreo considerable. Se reabrió el proceso, las pruebas contra el impostor empezaron a amontonarse (él sostenía que el impostor era el otro) y la enamorada Bertrande no tuvo más remedio que cambiarse de bando, visto lo que se le venía encima.

Arnaud du Thil, alias Pansette, fue ahorcado frente a la casa de Martin Guerre por suplantación de identidad.

El caso Bruneri-Canella

El 10 de marzo de 1926 un hombre es detenido en el cementerio judío de Turín por robar vasos funerarios de bronce. El hombre elude la cárcel merced a una aparente amnesia que le impide dar cuenta de su identidad. Encerrado en el manicomio de Collegno, las autoridades, temiendo que el Estado tenga que mantenerlo de por vida, publican una foto del desmemoriado (y así, como “el desmemoriado de Collegno”, se hará famoso).

Muchos se hicieron la ilusión de reconocerlo porque entre los años 1915 y 1918 Italia había librado una durísima guerra con numerosos desaparecidos. Pero fue una familia adinerada y notable quien creyó encontrar en el desmemoriado a Giulio Canella, filósofo, profesor y oficial del ejército, que había sido dado por desaparecido en Macedonia casi diez años antes.

El desmemoriado y el profesor se parecían más bien poco (no coincidían ni siquiera en la talla) pero, aunque con dudas, casi todos los amigos y colegas de Giulio Canella se inclinaron por el reconocimiento. La esposa, Giulia, no alberga duda alguna y desde el primer momento afirma la identidad del amnésico.

Sin mucha convicción, las autoridades entregan el desmemoriado a la familia. Tal vez todo hubiera terminado así de no ser porque, de pronto, otra mujer, esta de extracción baja, ninguna belleza y escasa formación, Rosa Negro, aparece de pronto para declarar que el pretendido profesor es en realidad su marido, el tipógrafo Mario Brunelli, un sinvergüenza con varias causas pendientes con la justicia. Las pruebas en favor de esta tesis se amontonan, las evidencias son casi irrefutables, pero los Canella tienen mucho dinero y contratan a los mejores abogados para mantener el caso vivo, instancia tras instancia y apelación tras apelación.

Finalmente, tras más de cinco años y dos hijos, el pleito se resuelve con la decisión de que el desmemoriado de Calegno es el tipógrafo Mario Brunelli, pero para entonces Giulia Canella y su reinventado marido se han instalado en Brasil y desde allí mantendrán una sorda lucha contra la justicia, la opinión pública y el sentido común en defensa de su tesis.

El caso Barclay-Bourdin

El 13 de junio de 1994, Nicholas Barclay, un niño de trece años de San Antonio, Texas, desapareció sin dejar rastro. Tres años después, alguien que no se parecía a él ni en el color de los ojos, ni en el acento y ni siquiera en la edad, llamó a la puerta de la familia y convenció a todos sus miembros y amistades de que era Nicholas y de que regresaba muy cambiado desde un infierno de prostitución infantil. El impostor, Frédéric Bourdin, vivió casi cinco meses con la familia hasta que un investigador privado local comenzó a sospechar y logró que el FBI obtuviera una orden judicial para registrar el ADN y las huellas dactilares del joven, que revelaron su verdadera identidad.

Bourdin pasó seis años en la cárcel por esta estafa, pese a lo cual continuó luego suplantando más personalidades.

La naturaleza humana… A estas historias les he dado alguna vuelta y siempre regreso a la misma reflexión: de acuerdo, la posición del impostor, en los tres casos, es más o menos comprensible (más dudosa en Bourdin, evidente en Bruneri, razonable en Du Thil); la posición de las esposas abandonadas, en los dos primeros casos, y de la madre y hermanas en el tercero, tiene también su lógica, mucho más implacable y dolorosa cuanto más atrás nos remontemos, habida cuenta de la dependencia de la mujer respecto al hombre para su supervivencia y la de sus hijos.

Pero, en todos los casos, ¿qué clase de memoria tenían los allegados, los vecinos, los familiares de segundo orden? ¿Cómo podía ser que gentes a los que la emotividad no tenía por qué cegarlos entraran al engaño con semejante simpleza y entusiasmo?

No es cosa de alargarme. Solo pretendo dejar constancia de que, cuando desde cualquier trinchera nos agarramos desesperadamente a la memoria para justificar determinadas posiciones, cuando nosotros mismos nos escudamos con tanta frecuencia en el antes para rechazar el ahora… en fin, recordemos a cuantos estaban seguros de haber reconocido a Martin Guerre, a Giulio Canella y a Nicholas Barclay en la figura de tres vulgares impostores.

(Publicado en Vozpopuli el 7 de junio de 2013)

Nota sobre teatro

Hace unos días, en el contexto siempre enriquecedor de los Diálogos del Conocimiento, el autor y director Carlos Zamarriego estuvo disertando sobre el momento actual del teatro en España y, de forma muy particular, sobre el teatro-off, o sea, aquel que se desarrolla de forma alternativa en los intersticios del sistema. Tuvo Zamarriego la idea de aplicar en vivo y en directo el antiguo principio de enseñar deleitando, y se vino acompañado de las dos jóvenes y excelentes actrices Ori Esteban y Stéphanie Magnin que allí sobre la marcha nos regalaron con el preestreno en exclusiva de la excelente obrita Veteranas, actualmente en cartel, de la que él mismo es autor.

De su charla me llamó la atención un dato: en un mes se programan y se representan en Madrid más de trescientas obras, un número extraordinario, en relación al menos con el escasísimo interés que hay por el teatro entre el común de los mortales.

Esto del escasísimo interés no es que lo diga yo: hagan ustedes mismos una encuesta rápida entre sus vecinos o entre sus compañeros de trabajo, pregunten en el bar donde toman copas o en la cola de la farmacia: les engañarán, como sucede cuando el encuestador colige que mintiendo un poco va a salir más guapo en la foto, pero aun así las cifras serán ridículas.

Al teatro va solo un colectivo muy delimitado, muy fiel o muy fanático, según dónde prefieran poner el acento, y van, naturalmente, los propios componentes del sector –actores y actrices, directores y directoras, autores y autoras, o aspirantes en potencia a todo ello- que se desplazan de una sala a otra para aplaudirse a sí mismos, para compararse, para envidiarse si hace falta o para ponerse a caldo ´por lo bajinis mientras se besan con efusividad

El duro diagnóstico tiene, en mi opinión, poco que ver con la calidad de lo que se pone sobre las tablas. En general, el teatro convencional -de iniciativa pública o privada- y el teatro alternativo de los circuitos off cuentan con una calidad media muy razonable, en línea con su demanda natural. En los tres circuitos hay propuestas excelentes a cada momento, junto a mucho producto prescindible, como por otra parte ha sido siempre.

El problema, por tanto, es más hondo o, por decirlo en plan pedante, más estructural. El problema es el sentido del teatro en la sociedad contemporánea. Las artes escénicas fueron durante siglos una necesidad incontestable. Aristóteles lo clavó en su imprescindible Poética: “La imitación es natural para el hombre desde la infancia, y esta es una de sus ventajas sobre los animales inferiores, pues él es una de las criaturas más imitadoras del mundo, y aprende desde el comienzo por imitación. Y es asimismo natural para todos regocijarse en tareas de imitación”. Hasta la invención del cinematógrafo, y más tarde de las televisión, el teatro era el modo por excelencia de imitación y todas las clases sociales demandaban su dosis correspondiente de comedia o drama, según cómo se tuviera el cuerpo. Pero ya no es así. Estarán conmigo en que la necesidad de verse reflejado en la representación de un mundo ficticio resulta mucho más cómodo, más efectivo y más potente a través de la pantalla que sobre las tablas.

Dicho esto, naturalmente, de forma general, que no es ahora cosa de perderse en detalles.

Lo que todo el mundo se pregunta, cuando se llega a este punto, es qué hay que hacer para salvar el teatro. Pero yo creo que hay una pregunta previa: ¿hay que salvar el teatro? Zamarriego, el otro día, reclamaba, como es casi obligado en estos casos, la atención de los poderes públicos. El gran Juan Carlos Moya, uno de los más notables gestores culturales de nuestra región, me hablaba también hace poco de la necesidad de que las Administraciones tutelen la cultura en general y las artes escénicas en particular.

Yo, ya lo saben quienes me conocen, cuando oigo hablar de subvenciones o tutelas públicas, me llevo a la cartera… y casi siempre me la han quitado ya. No creo que las cosas vayan en esa dirección. Deben ir más bien por la vía de la búsqueda de sentido, del hueco específico que el teatro pueda ocupar en la necesidad de imitación del ser humano. Lo intentó la actriz Isabelle Huppert, en el manifiesto que leyó con motivo del último Día Mundial del Teatro, pero tras un farragoso texto cargado de tópicos, lo más interesante que acertó a decir es que “el teatro es el otro, el diálogo, la ausencia de odio”. Como declaración de principios queda bien, pero resuelve poco. No hay otra que ponerse al tajo. No hay otra que incitar a autores, intérpretes y demás fauna teatral a apostar muy en serio por dar respuesta a la pregunta de si tiene sentido, y cómo, un teatro del siglo 21. Trescientas obras al mes en Madrid, la existencia de un denso tejido de teatro-off y centenares de jóvenes queriendo abrirse paso en el oficio no son malas mimbres para empezar.

Pero hace falta algo más. Hace falta esfuerzo, trabajo, tesón… y mucho sentido crítico. Mucho sentido crítico para descubrir por qué, pese a tanta oferta, la mayoría del personal pasa de ir al teatro.

 

Un minero de la palabra

Con el Nobel de Literatura me sucede lo contrario que con el Planeta: tiendo a fiarme de sus recomendaciones, y pocas veces me han defraudado. Como cualquier otra actividad similar, las decisiones del jurado son opinables y discutibles,  pero en general se las ve impregnadas de rigor y de una ecuánime intención de repartir el galardón por todos los rincones del mundo, de manera que terminan por aportar al lector curioso una amplitud de miras bastante digna.

Así que, cuando le concedieron el Nobel al antillano Dereck Walcott , en 1992, yo, que no había oído hablar de él en la vida, me lancé a lo primero que encontré a mano: una edición bilingüe de Omeros en Anagrama, con una traducción deficiente (por eso no cito a su autor, como suelo hacer).

Omeros no es fácil, pero es deslumbrante. El libro comienza como la Ilíada, con la rivalidad por el amor de una mujer, pero la historia no tiene lugar en la antigua Grecia, sino en una isla antillana, y la mujer no es una princesa sino una criada de raza negra, deseada no por reyes sino por varios pescadores y por un antiguo oficial británico fascinado por la isla. Narrada en unos impecables tercetos, maravillosamente cincelados, uno puede echarle meses a una lectura completa y provechosa del poema, pero son meses bien invertidos.

Después vinieron más cosas. Sobre todo, más poemas, todos los suyos que se han publicado en España, y alguna de sus piezas teatrales, que es el terreno en el que Walcott empezó a moverse y a triunfar.

Aprendí mucho de él. Nacido en una diminuta isla de las Antillas Menores, crecido en Trinidad, descendiente de esclavos, muy influenciado por la cultura británica, profesor y erudito, Dereck Walcott tiene mucho que aportar a cualquiera con algo de curiosidad intelectual, pero de él aprendí, sobre todo (ya me lo habían dicho T.S. Eliot, Aleixandre y alguno más) que escribir poesía, en serio, es un trabajo ímprobo, una dura tarea que exige dedicación y esfuerzo. Un poeta como Walcott es todo lo contrario a estos tuiteros al uso, de los que nuestro actual panorama poético está lleno. Su imagen más bien se corresponde con la de un minero de la palabra, alguien que se adentra en las vetas más hondas del lenguaje para extraer de ellas el lujo del ritmo exacto, de la metáfora necesaria, de la rima precisa.

Dereck Walcott se ha muerto y solo se me ocurre recordarlo con un poema colosal, que en su momento me dejó cuajado.

Negaciones

Un recorte de diario, la invasión a Biafra:
negros cadáveres envueltos en luz solar
tendidos en el brillo blanco que entra en ¿cómo-se-llama la ciudad principal?
Alguien que es blanco
ilumina las noticias detrás de la noticia,
quizás, sus ojos brillan de lástima:
“Los ibos, sabe usted, son como los judíos,
bastante similar a la situación en la Alemania de Hitler,
me refiero al resentimiento de los hausas”. Yo trato de entender.

Nunca te conocí, Cristopher Okigbo,
sólo logré verte cuando un actor gritó “¡Las tribus!
¡Las tribus!” Columbro
esos rostros ardientes,
e incendiados de los ibos,
esos tartamudeantes prisioneros de ojos saltones
a merced de un consejo de guerra celebrado en el campo de batalla.

Las sombras con cascos de soldados
podrían haber sido blancas y tuyo
uno de esos cuerpos acariciados por el sol sobre el camino blanco
entrando en escena … Las tribus, las tribus, su vergüenza –
¡Cristo!, esa ciudad principal, ¿cuál será su nombre?

(Traducción de Verónica Zondek)