Atención muy primaria


Salí del hospital el lunes 6 de abril a primera hora de la tarde. Al darme el alta, la doctora me indicó que a partir de entonces el seguimiento de mi enfermedad correría a cargo de mi centro de salud, el mismo que durante una semana me había tenido desatendido e indefenso, como tuve ocasión de narrar en una entrada de este blog. No me preocupó mucho: yo ya había aprendido el camino a urgencias, si las cosas venían mal dadas.

Me sorprendió agradablemente que el primer día de estancia en mi domicilio -doblemente confinado por el estado de alarma y por la cuarentena que estaba obligado a guardar- recibí una llamada telefónica:

-Buenos días, le llamamos del centro de salud. Como le dieron ayer el alta en el hospital, le llamamos para ver cómo se encuentra. -Era una voz de mujer, funcional y acelerada.

Le agradecí la llamada y le expliqué que me encontraba bien, dadas las circunstancias, pero que seguía con problemas respiratorios -ahora ya sin oxígeno- y con dificultades para conciliar el sueño. Mi interlocutora no se detuvo en mis explicaciones y se limitó a preguntar de un modo un tanto mecánico:

– ¿Fiebre? ¿Tos?

Ya hacía dos semanas que aquellos síntomas iniciales de la enfermedad habían desaparecido, y así constaba en mi informe, pero entendí que por razones de protocolo hubiera de preguntarlo. Cuando le reiteré que no tenía ni tos ni fiebre, pero que mi respiración era todavía endeble, mi interlocutora zanjó:

– De acuerdo: le llamaremos en un par de días, a ver cómo va.

En efecto, dos días después se repitió la llamada y la conversación fue idéntica. ¿Fiebre? ¿Tos? No: pero la respiración es insuficiente y duermo mal. Aquí se introdujo una variante:

-Bien. Pasamos nota para que le llame un médico hoy mismo.

Naturalmente, no llamó nadie (y digo que naturalmente porque, por el tono de la conversación, me peració dudoso que el aviso llegara a ninguna parte). Y otros dos días después, la conversación se repitió de nuevo:

Aquí no me quedó otra que romper la monotonía de la conversación e introducir un poco de color: «Escuche, señorita…

-¿Tos? ¿Fiebre? (…) Pasamos nota para que le llame un médico hoy mismo.

Aquí no me quedó otra que romper la monotonía de la conversación e introducir un poco de color:

– Escuche, señorita. Yo les agradezco mucho que llamen y que estén tan pendientes de mí, de manera que no considere un reproche lo que le voy a decir: pero esta conversación, idéntica en sus términos, la tuvimos hace dos días y no me llamó nadie…

– Ah, ¿no le llamó nadie? Pues paso nota para que le llamen. – Y colgó.

Apenas dos horas después sonó de nuevo el teléfono. Era una voz de mujer madura, inquisitiva y espesa.

– Soy la doctora X (no entendí el nombre), del centro de salud… A ver, qué le sucede… ¿Para qué ha llamado?

-Yo no la he llamado, doctora…

-Pues yo tengo aquí un aviso…

-Es la persona que me ha llamado la que ha dicho que pasaba nota a un médico…

-Da igual: cuénteme qué le pasa.

Le conté mis penas y mis carencias. Me dijo que todo iba bien y que siguiéramos como estábamos. Me colgó de bastantes malos modos.

Nueva llamada, dos (o tres, o cuatro) días después.

-Le llamo del centro de salud. ¿Tos? ¿Fiebre?

Vuelta a lo mismo. Que me llamaría un médico. Y en efecto, al día siguiente me telefonea un doctor, con voz de muy mayor, pero mucho más amable que su colega.

-Va todo bien, no se preocupe… ¿Que se hiciera una radiografía en un mes, le dijeron en el hospital? Uy, qué va, ninguna prisa… Mes y medio, por lo menos, no se haga problema. Va todo bien.

El amable doctor -porque lo era de verdad, por eso quiero dejar constancia- me preguntó si ya había salido de mi cuarentena a lo que contesté afirmativamente.

-Tenga cuidado -me dijo-. No es seguro que haya eliminado el virus de su organismo.

Le informé de que me había hecho el test correspondiente nada más cumplirse los catorce días y que el resultado era negativo. Por aquellos días, la sanidad pública solo hacía test a ministras y vicepresidentas del extenso gabinete ministerial (perdón: y a alguna presidenta autonómica), pero el amable doctor no se interesó por el modo en que lo había conseguido ni por su validez ni por su veracidad.

– Estupendo -me dijo-. Puede estar usted mucho más tranquilo. – Y se despidió.

Por no interesarse, no se interesó siquiera por las personas con quienes convivía, manteniendo con ello una coherencia admirable con sus colegas y subordinados del centro de salud, ninguno de los cuales, hasta la fecha, ha tenido hasta ahora el más mínimo interés por un dato tan básico de la investigación epidemiológica.

El mes de abril transcurrió en esta agradable dinámica con alguna llamada más para preguntarme si tenía tos o fiebre.

Por fin, el lunes 4 de mayo, la tradicional llamada del centro de atención primaria, que solía producirse por la mañana, me llega con la tarde ya avanzada. El tono cambia, el modo de presentación, el enfoque:

Casi a la misma hora que el día 20 de marzo, cuando me ingresaron, hice el mismo recorrido que entonces. Como entonces, cogí el cargador del móvil, porque nunca se sabe. En el centro, casi todo fue igual que entonces, pero el ambiente era más relajado, más cordial, como si ya no pasara nada (o pasara menos).

-Buenas tardes, soy la enfermera Z. Cuénteme, cómo se encuentra…

Le explico, le cuento, me desahogo, y la encuentro tan profesional que le digo:

-Fíjese: me había propuesto que a la próxima persona que me preguntara si tenía tos o fiebre le iba a colgar el teléfono.

-Le entiendo perfectamente, hemos estado tan a tope que las llamadas de seguimiento las han tenido que hacer administrativos sin ningún criterio profesional…

-Bueno, he hablado con dos doctores que me han dicho que va todo bien y que las radiografías, ya si eso…

Estupor, asombro, voz de alarma:

-¿No le han hecho ninguna placa desde que salió del hospital? Qué disparate. Voy a consultarlo con la doctora de guardia… (…). Lo he hablado con ella: véngase ahora mismo…

Casi a la misma hora que el día 20 de marzo, cuando me ingresaron, hice el mismo recorrido que entonces. Como entonces, cogí el cargador del móvil, porque nunca se sabe. En el centro, casi todo fue igual, pero el ambiente era más relajado, más cordial, como si ya no pasara nada (o pasara menos).

Me hice la radiografía. De regreso con la enfermera:

-Un momento, que lo vea la doctora (…). La doctora dice que aún tiene una mancha grande en el pulmón derecho: que se vaya a urgencias inmediatamente. Tenga el volante.

-¿Al hospital? ¿Ahora? (Eran las 8,30 de la tarde, aproximadamente). ¿No da lo mismo si voy mañana?

– Nosotras nos quedaríamos más tranquilas si va hoy.

Fui. Mucho más relajado que la primera vez. Más relajado yo, y las urgencias del hospital, que ya respiraban una cierta normalidad. Una analítica. Más pruebas. Varias horas. Finalmente, la especialista:

-Está todo bien. No sé por qué le han hecho venir.

-Es que en atención primaria no les ha gustado la placa…

-Claro. El pulmón sigue tocado. Pero si la hubieran comparado con la de hace mes y medio habrían visto que va todo bien. Que es la evolución normal.

Me vuelvo a casa. Nadie se interesa por esa visita. Pasan otro par de días. Nueva llamada del centro de salud para preguntarme si tengo fiebre o tos. Me informan de que ya se hará cargo del seguimiento la médico de familia que me corresponde. La conozco de una vez que había ido a su consulta para algún tema muy menor. Y en efecto, me llama el viernes de esa misma semana: es decir, el 8 de mayo.

Comienza la conversación de un modo un tanto insólito:

-Ya está usted bien entonces, supongo. Porque veo que lleva mucho tiempo de baja…

-Es posible, no lo sé, lo que usted considere. Pero el lunes estuve en urgencias y me dijeron que el pulmón derecho aún no estaba recuperado…

-Ah, qué me dice. Es que no he visto el informe. Espere un momento que lo recupero… (….). Caramba, está usted bastante mal… Claro,es que ha estado muy grave… Claro, ahora lo veo… Lo que no encuentro es el TAC. (…) ¿Qué me dice?, ¿que no le han hecho ninguno? No puede ser: ahora mismo le preparo un volante para que se vaya a urgencias a hacérselo (…). Nada, nada, ahora mismo. Así yo me quedo más tranquila…

La tranquilidad es lo que más me importa, así que a mediodía me fui de nuevo a urgencias, por segunda vez en la semana. Toda la tarde: una nueva analítica y tac de contrastes. Unas seis horas. La especialista: que todo bien, no perfecto, pero progresando adecuadamente.

Mi médica me llamó el martes, cuatro días después de las pruebas (solo dos laborables, claro). Una vez más, no tenía ni mis informes ni mis resultados delante. Hablamos amigablemente: que todo bien, gracias. Para ser mi médico de familia, no se acordó de preguntarme por la mía. Sigue sin saber con quién vivo y ello pese a que mi mujer es también paciente suya.

El viernes 22 volvemos a hablar. Tampoco tenía mis informes delante, pero estima que ya estoy muy bien y que la semana que viene me dará el alta.

Estoy de acuerdo con ella: ya he pedido cita con los especialistas que quiero que me vean a través de una póliza privada. No creo que me pregunten si tengo tos o fiebre, pero, en su caso, ya se lo diré yo, una vez que hayan visto los informes.

Entrada del blog Enfermo de covid del 27/05/2020

Crónica urgente (1)


El viernes 20 de marzo, sobre las seis de la tarde, me abrigué bien -la tarde estaba fresca, me parece- y me fui andando al Centro de Salud de Espronceda -el que nos corresponde-, a apenas diez minutos de casa. Era el séptimo día de fiebre y tos, y no había conseguido que los servicios telefónicos instaurados al efecto de la pandemia de coronavirus me hicieran el más mínimo caso. Pero ese día, mi mujer había llamado, ya desesperada, al centro de salud pidiendo ayuda y, para nuestra sorpresa, una doctora devolvió la llamada. Habló, al parecer, conmigo (ahí tengo un esguince de la memoria) y de nuevo con Y.: «A su marido se le nota en la voz que está mal. Que se venga corriendo aquí, a las urgencias del centro de salud». Y.: «De acuerdo, vamos para allá». Y la doctora: «No, lo siento, tiene que venir él solo». Y me fui.

No había nadie a la puerta, aunque estaba abierta, pero, al ir a entrar, una mujer con bata profesional se lanzó a detenerme de muy malos modos. «Espere ahí -señalando la entrada-. ¿Qué quiere?». «Me encuentro muy mal. Necesito atención médica. Me han dicho que venga». Se dulcificó algo, pero no bajó la guardia. Supongo que me pidió algún dato, o tal vez la cartilla (tengo muchos huecos en el recuerdo), y me alcanzó una mascarilla y una bata de plástico muy fino, que me puse como pude por encima del abrigo. «Póngase esto y vaya a la vuelta, en la otra puerta, para que le hagan una placa». Había otra persona, en la zona de pruebas, pero ya salía, y entró otra después de mí. Apenas tuve que esperar para la radiografía, por tanto, y tampoco tardó en llamarme el profesional que me atendió. «Esto está mal -me dijo sin tapujos-. ¿Quiere usted verlo?». Hice apenas un gesto y me volvió la pantalla del ordenador hacia mí: «¿Ve estas manchas? Este pulmón -señaló el izquierdo- lo tiene fatal, la mancha lo cubre casi todo. Y el otro también está tocado. Neumonía. Tiene que ir al hospital con urgencia». No recuerdo cómo fue el proceso de regresar a la primera zona, donde me habían dado la mascarilla y la bata, pero me vi allí, rodeado de varios profesionales, manteniendo una conversación vertiginosa. «Le llevamos al Clínico. Es su hospital de zona». Sugiero: «Yo es preferiría….» Me interrumpen: «Le corresponde el Clínico, y tal y como está, yo no me metería en enredos administrativos». Asiento: en realidad, me da lo mismo. «Hemos pedido ambulancia, pero nos dicen que la demora oscila entre las cuatro o cinco horas…». Alguien dice: «Está aquí el taxi», y me pregunta: «¿Tiene usted problema en ir en taxi?». Yo: «¿Problema? Si hay uno que quiere llevarme…». Aparece como salido de la nada y lo encuentro allí a la puerta, con el conductor ayudándome a subir. Que yo sepa, ni me despido de nadie. Mientras avanzamos por un Madrid desierto, el taxista me explica que es el marido de una de las enfermeras del centro de salud, que su mujer se pasa el día trabajando y que, como él no tiene nada que hacer, presta servicio de transporte voluntario a los profesionales del centro. Llegamos en un momento, me para a la puerta misma de Urgencias, intento pagarle la carrera y me corta, escandalizado: «¡Que hace usted! Váyase para dentro. Suerte».

En Urgencias

Desde el momento en que ingreso en el hospital hasta que me veo tumbado en una de las camillas de Urgencias, hay un espacio temporal -breve en todo caso- cuyos detalles ignoro. Me veo junto a la camilla, quitándome el abrigo y preguntando a una enfermera si me tengo que despojar del pantalón o de algo más de ropa: «Sí, mejor, quitéselo». Se marcha, empiezo a desnudarme, y aparece una nueva enfermera que me abronca: «¡Qué hace, por dios! Túmbese tal cual y estese quieto». Me tumbo, me conectan oxígeno mediante un ligero tubo conectado con las fosas nasales (lo que luego aprendí a llamar «las gafas»), me colocan una vía, me inyectan paracetamol, me toman la temperatura, la tensión, el nivel de oxígeno en sangre…Por primera vez en días, tumbado, con oxígeno y medicación, me encuentro razonablemente a gusto. No sé calcular el tiempo. En algún momento, nos traen la cena: un sándwich y un yogur batido, o algo similar, que ni siquiera sé si como. Tengo el móvil a mano, y me he traído también el cargador, y consigo conectarlo. Voy hablando por Telegram con Y. y L. y desde este momento, hasta que dieciséis días después me manden para casa, ese hilo será mi conexión con el mundo. No he tenido valor aún para releer aquellos primeros mensajes, pero sé que les describía el ambiente, que les hablaba de lo que tenía alrededor más que de mí mismo.

Las urgencias estaban abarrotadas, con camillas en todos los rincones, en todos los pasillos, en la puerta de los servicios, en cada hueco. Yo tuve suerte y me tocó en una sala agradable, de seis camillas razonablemente espaciadas. Junto a mí llegó una muchacha joven apenas veinteañera. Un enfermero, también muy joven, se acercó a ella. Resolutiva, le espetó: «Soy amiga de xxx, una residente que está ahora de servicio. Me ha dicho que pregunte por ella.» El enfermero no se inmutó mucho: «Es mi primer día aquí, no conozco a nadie: a ver, póngase el termómetro». Me despisté con otras cosas y tiempo después vi que la residente amiga había aparecido y le estaba diciendo a la muchacha que no le veían nada grave y que era mejor que se marchara. El resto del panorama, en cambio, desanimaba mucho, y desanimaba mucho ver que allí había gente con cara de llevar muchas horas -luego supe que, en algunos casos, días.

No sé bien cuántas estuve yo. Pasé la noche, desde luego, me dieron de desayunar (el primer café con galletas de los muchos que tomé), fui varias veces al baño peleando con una diarrea pertinaz, y yo procuraba no impacientarme porque veía que, de los que había cuando llegué, casi ninguno se había movido de su sitio. Pero en algún momento de la mañana del sábado pronunciaron mi nombre, metieron mis cosas en una bolsa, me subieron a una silla de ruedas, y una fornida auxiliar me guio por un largo pasillo desierto. Al subir al montacargas, casi entra con nosotros una auxiliar aún de calle que empezaba su turno, pero al verme se bajó espantada, diciéndole a su compañera: «Uy, no, espero al siguiente». Y la mía asintió: «Mejor. Hasta luego».

Subimos varias plantas. (Luego supe que a la cuarta: neumología). Otro rato de pasillo y entrada en una habitación. Revuelo, movimiento de idas y venidas: «Desnúdese y ´póngase el pijama». Tengo el calzoncillo manchado por la diarrea y una auxiliar, o una enfermera, alguien, hace ademán de guardarlo en una bolsa de plástico: «Tírelo, -digo yo-, está hecho un asco». Ella protesta: «¿Tirarlo? Es bueno…». Yo intento decir que paso, que se lo dono a la ciencia, pero me parece que no me llega a salir la frase. Insisto en que lo tire. Accede.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 22/04/2020