El rey Midas de Palermo

En la primavera de 1990 Italia entera vivía enardecida por la celebración del Mundial de fútbol. También Sicilia, que aportaba a la squadra azzurra la eficacia goleadora del gran Totò Schillaci. Pero en las calles de Palermo se hablaba, además, de otra cosa: del “gran negocio”, como empezaba a denominarse. Quien más, quien menos, tenía un amigo o un conocido que había creído en Giovanni Sucato, había apostado y había ganado. Se fantaseaba con inversiones de uno, de dos, de cinco millones de liras que, en pocas semanas, se habían doblado. Así, sin esfuerzo: bastaba con ir a Villabate, un pueblo grande, a las afueras de Palermo, presentarse en las oficinas de la Suginvest, la empresa de Sucato, entregarle el dinero en efectivo y recibir a cambio un recibo escrito a mano en una hoja de bloc normal y corriente. Volvías a las cuatro semanas y el importe era devuelto con unos intereses asombrosos, más del doble de la cifra inicial, de los que Sucato se limitaba a cobrar el veinte por ciento. Era increíble, absolutamente increíble, por lo rentable y por lo honesto.

Pasan los meses y Sucato no defrauda a nadie. Su leyenda crece y crece. Los periódicos, las televisiones comienzan a convertir su rostro grande, su físico corpulento en un icono social. Sucato –un antiguo contable que algunos tenían por abogado– abre oficina en el centro de Palermo Se forman largas colas de ahorradores: todos quieren participar de esta extraordinaria forma de enriquecimiento. Los bancos empiezan a tener problemas de captación de depósitos, en tanto que Sucato empieza a aplazar ligeramente los pagos y a aceptar sólo ingresos mínimos de cinco y diez millones.
Esta exigencia obliga a los palermitanos a asociarse para agrupar grandes cantidades: colectas entre vecinos, entre compañeros de trabajo, en las escuelas, en los comercios; colectas que se entregan a los intermediarios de Sucato, agentes improvisados que inundan ya toda la ciudad. Con modestia, sin alharacas, el nuevo rey Midas, en medidas entrevistas, arroja claves sobre sus métodos: “Hablo todos los días varias veces con mis agentes en los mercados americanos y africanos”; “he comprado el cargo de una bananera y lo he colocado en el mercado adecuado, en el momento adecuado”; “mis agentes venden en los Emiratos Árabes joyería italiana a un precio cinco veces superior al coste”; “he financiado la construcción de viviendas en Túnez cuadruplicando las inversiones”.

Los palermitanos le creen no solo porque ven los resultados, sino por algo más profundo: ¿quién va a estar tan loco como para organizar un fraude en la capital de la mafia? Los propios mafiosos de segunda fila, los que tienen algún problemilla financiero, empiezan también a acercarse por las oficinas de Sucato. La policía duda, el fisco duda. Precisamente por lo mismo por lo que los ciudadanos no lo hacen: si en Palermo nada se organiza sin la mafia, ¿no será que detrás de Sucato está la propia Mafia?

En la mañana del 8 de septiembre de 1990 los que se presentaron en la oficina palermitana de la Suginvest, para invertir o cobrar, la encontraron cerrada. Una cartel decía:”El licenciado Giovanni Sucato ha sido convocado por Berlusconi, por lo que volverá la semana que viene”. Pero pasaron los días y Sucato no volvía. La magistratura empezó a moverse: comunicación judicial, registros en las oficinas, en la casa, en las filiales. Se confiscaron documentos, papeles, recibos. Ni sombra del dinero recogido. Poco después, la fiscalía confirma la terrible realidad: el rey Midas de Palermo era un impostor de tres al cuarto que había estafado siete mil millones de liras. Durante los siete meses que había durado la impostura pasaron por las manos de Sucato, al menos, sesenta mil millones de liras.

A finales de septiembre reapareció en Palermo. Aceptó la declaración de bancarrota y una deuda de siete mil millones que no tenía con qué afrontar. Poco después, vuelve a desaparecer. Unos piensan que se ha ido a disfrutar de su fortuna escondida; otros, que alguno de sus estafados le haya mandado a criar malvas.

Esta segunda hipótesis la refuerzan algunos hechos inmediatos: el 22 de noviembre unos de sus colaboradores es encontrado muerto por autoestrangulación, mediante el método de la cuerda atada a los pies y al cuello de la víctima. Tres meses más tarde, por el mismo sistema, aparece muerto otro colaborador del contable. Vista la situación, Sucato decide entregarse y se niega a que los jueces le concedan el arresto domiciliario. Con el primer aniversario de la estafa lo ponen en la calle y durante seis años malvive, aterrado y solo, sabiendo que en Palermo el problema no es la justicia. Finalmente, el 30 de mayo de 1996, en la autopista Palermo-Agrigento, un coche aparece en la cuneta incendiado por una bomba. Dentro, el conductor es un cadáver carbonizado. Pero los carabineros no tienen problema en reconocerlo: era Giovanni Sucato.

El periodista Gaetano Savatteri escribió esta historia y la recogió en su libro I siciliani (2005). El escritor Andrea Camilleri la utilizó como base para su novela L’odore della notte (2001). Es muy probable que en Palermo, en los últimos meses, mucha gente haya vuelto a recordarla.

Publicado en el diario Negocio 26/09/2009