Contra los necios, contra los fanáticos

Un mes antes de morir, plenamente consciente de que se encontraba en los minutos de descuento, Leonardo Sciascia entregó a la imprenta dos libros, los últimos que habrían de sumarse a su extensa producción.

Uno de ellos era la novela Una historia sencilla, injustamente ninguneada cuando se citan las grandes ficciones del autor siciliano. Es verdad que esta novelita de apenas un centenar de páginas carece de la profundidad cinceladora de El contexto, donde la Italia democristiana de los sesenta aparece desnudada en toda su crudeza; no está el implacable retrato inmisericorde de la Sicilia eterna de A cada cual lo suyo; ni siquiera contiene la ironía trágica de El Archivo de Egipto, en la que la impostura se convierte en protagonista y gana la batalla. En Una historia sencilla no hay nada de eso, o, mejor, dicho, está todo, pero tan concentrado, tan elidido, tan implícito, que solo cuando uno termina de leer empieza a entender lo que ha leído. En esta novela terminal y mágica Sciascia pone en juego toda su maestría para trenzar un relato de mafia y tráfico de drogas en el que jamás aparecen la palabras mafia o tráfico de drogas, en el que un suceso extraño transcurre con sorprendente normalidad, en el que hay de todo -asesinatos, policías corruptos y legales, curas e impostores- pero parece que no hay nada y en el que el título es la primera trampa que se tiende al lector, porque la historia que se cuenta es, pese a su apariencia, cualquier cosa menos sencilla.

Si la memoria tiene un futuro

Pero si el colofón de la narrativa sciasciana lo pone, cum laude, esta obra, yo prefiero quedarme, a modo de última voluntad del maestro, con el otro libro publicado al final de su vida: Para una memoria futura (si la memoria tiene un futuro). Objetivamente, este volumen tiene menos interés editorial porque se trata de una recopilación de artículos publicados en la prensa italiana entre 1979 y 1988, es decir, casi en los diez últimos años de la vida del autor, y ya se sabe que las compilaciones de artículos son, por lo general, un recurso facilón de hacer libros para aumentar el currículum o para cumplir compromisos con el editor. Pero Sciascia no necesitaba ya ninguna de las dos cosas y sin embargo se empeñó en ello.

Y se empeñó porque él sabía que no se trataba de una compilación cualquiera. El potente título, con resonancias brechtianas, es ya una advertencia al lector de que no se encuentra ante un libro coyuntural sino ante un auténtico testamento, el testamento civil de un hombre que ha dedicado su vida a poner, negro sobre negro, sus convicciones como demócrata por encima de los intereses personales. Cuando las introducciones suelen ser piezas perfectamente prescindibles en la mayoría de los casos, choca la dureza con la que en la de este libro Sciascia se revuelve “contra los necios, contra los fanáticos” que “gozan de tan buena salud que pueden pasar de un fanatismo a otro con perfecta coherencia, permaneciendo, sustancialmente, inmóviles en el eterno fascismo itálico”. Estaba muy enfadado nuestro autor cuando compiló estos artículos. Muy enfadado y a las puertas de la muerte, así que se sentía muy libre para expresarse. Y se nota.

La treintena de artículos recopilados en Para una memoria futura tratan de un solo tema que se repite de forma insistente y machacona, por más que el pretexto algunas veces varíe: la lucha contra la mafia no puede ser el pretexto que sirva para recortar el estado de derecho; la persecución del terrorismo no puede servir para conculcar la ley. Y aún más claro: el fascismo de Mussolini venció a la mafia, pero si ese es el precio para vencerla, es un precio demasiado caro.

El Estado ante la mafia

Recordemos brevemente. La Sicilia posterior a la Segunda Guerra Mundial se había reconstruido en buena medida con el apoyo de la mafia, y el nuevo Estado italiano, bien respaldado en los Estados Unidos y en la Iglesia católica, había correspondido a ese apoyo con una permisividad hacia la organización criminal que, visto fuera de contexto, sería difícil de entender. Siempre hubo nombres aislados, funcionarios, servidores del orden, agentes de la ley, que intentaron alertar contra lo que representaba el cáncer mafioso en el desarrollo de Italia, pero su eco era generalmente ahogado por el propio Estado, poco interesado en aclarar las cosas.

El primer intelectual, sensu stricto, que levanta la voz contra esta situación es, precisamente, Leonardo Sciascia que, en sus primeros recopilatorios de cuentos de los finales de los cincuenta, Las parroquias de Regalpetra y Los tíos de Sicilia, despoja por primera vez a los mafiosos de su hálito de folclorismo buenista y los sitúa en el ámbito que les corresponde de organización criminal. Cuando en 1961 publica El día de la lechuza, la primera novela expresamente antimafia de la literatura italiana, el stablishment político y judicial se empieza a poner nervioso. Acusan a Sciascia de exagerado, de fabulador, de mentiroso incluso: la mafia no existe, le vienen a decir, eso no es más que un invento de los que no entienden la realidad siciliana.

Casi veinte años transcurren hasta que las tornas cambian. Las cosas han llegado demasiado lejos, ha corrido demasiada sangre y las extorsiones han alcanzado cotas demasiado altas y la administración de justicia empieza a entender que hay que poner nombre a las cosas. La lucha contra la mafia se convierte, casi de buenas a primeras, en una prioridad del Estado italiano, y los nombres de Falcone y Borsellino, del general dalla Chiesa y de tantos otros pasan a ser la punta de lanza del compromiso por su erradicación. La lucha ya es abierta y sin cuartel: la mafia mata sin reparo a cuantos se le ponen por delante y el Estado echa mano de recursos ingentes y de toda su capacidad legislativa para derrotar a ese enemigo que hasta hacia cuatro días se negaba a reconocer.

Y aquí es cuando Sciascia se encuentra, de pronto, al otro lado de la orilla. No porque él haya cruzado, sino porque le han movido el río. Él, que se ha pasado media vida pidiendo que la ley actúe contra los mafiosos, tiene ahora que dedicar la otra media a exigir que la ley sea justa, que la ley sea democrática, que la ley sea ley. Y los que lo acusaban, unos años antes, de fabular con la mafia, lo acusan ahora de aliarse con ella. De esto va Para una memoria futura, de dejar claro que él está donde siempre ha estado y de que los que se han movido son los otros.

Leonardo Sciascia murió al mes siguiente de editar este libro, hace ya casi treinta años. Y no es mal momento, en esta España nuestra tan atribulada, de refrescar las postreras páginas de este intelectual terco, que nunca tuvo pelos en la pluma por más que se fuera quedando cada vez más solo.

(Este artículo se publicó, con leves variaciones y con el título Si la memoria tiene un futuro, en Vozpópuli, el 24 de octubre de 2014)

El rey Midas de Palermo

En la primavera de 1990 Italia entera vivía enardecida por la celebración del Mundial de fútbol. También Sicilia, que aportaba a la squadra azzurra la eficacia goleadora del gran Totò Schillaci. Pero en las calles de Palermo se hablaba, además, de otra cosa: del “gran negocio”, como empezaba a denominarse. Quien más, quien menos, tenía un amigo o un conocido que había creído en Giovanni Sucato, había apostado y había ganado. Se fantaseaba con inversiones de uno, de dos, de cinco millones de liras que, en pocas semanas, se habían doblado. Así, sin esfuerzo: bastaba con ir a Villabate, un pueblo grande, a las afueras de Palermo, presentarse en las oficinas de la Suginvest, la empresa de Sucato, entregarle el dinero en efectivo y recibir a cambio un recibo escrito a mano en una hoja de bloc normal y corriente. Volvías a las cuatro semanas y el importe era devuelto con unos intereses asombrosos, más del doble de la cifra inicial, de los que Sucato se limitaba a cobrar el veinte por ciento. Era increíble, absolutamente increíble, por lo rentable y por lo honesto.

Pasan los meses y Sucato no defrauda a nadie. Su leyenda crece y crece. Los periódicos, las televisiones comienzan a convertir su rostro grande, su físico corpulento en un icono social. Sucato –un antiguo contable que algunos tenían por abogado– abre oficina en el centro de Palermo Se forman largas colas de ahorradores: todos quieren participar de esta extraordinaria forma de enriquecimiento. Los bancos empiezan a tener problemas de captación de depósitos, en tanto que Sucato empieza a aplazar ligeramente los pagos y a aceptar sólo ingresos mínimos de cinco y diez millones.
Esta exigencia obliga a los palermitanos a asociarse para agrupar grandes cantidades: colectas entre vecinos, entre compañeros de trabajo, en las escuelas, en los comercios; colectas que se entregan a los intermediarios de Sucato, agentes improvisados que inundan ya toda la ciudad. Con modestia, sin alharacas, el nuevo rey Midas, en medidas entrevistas, arroja claves sobre sus métodos: “Hablo todos los días varias veces con mis agentes en los mercados americanos y africanos”; “he comprado el cargo de una bananera y lo he colocado en el mercado adecuado, en el momento adecuado”; “mis agentes venden en los Emiratos Árabes joyería italiana a un precio cinco veces superior al coste”; “he financiado la construcción de viviendas en Túnez cuadruplicando las inversiones”.

Los palermitanos le creen no solo porque ven los resultados, sino por algo más profundo: ¿quién va a estar tan loco como para organizar un fraude en la capital de la mafia? Los propios mafiosos de segunda fila, los que tienen algún problemilla financiero, empiezan también a acercarse por las oficinas de Sucato. La policía duda, el fisco duda. Precisamente por lo mismo por lo que los ciudadanos no lo hacen: si en Palermo nada se organiza sin la mafia, ¿no será que detrás de Sucato está la propia Mafia?

En la mañana del 8 de septiembre de 1990 los que se presentaron en la oficina palermitana de la Suginvest, para invertir o cobrar, la encontraron cerrada. Una cartel decía:”El licenciado Giovanni Sucato ha sido convocado por Berlusconi, por lo que volverá la semana que viene”. Pero pasaron los días y Sucato no volvía. La magistratura empezó a moverse: comunicación judicial, registros en las oficinas, en la casa, en las filiales. Se confiscaron documentos, papeles, recibos. Ni sombra del dinero recogido. Poco después, la fiscalía confirma la terrible realidad: el rey Midas de Palermo era un impostor de tres al cuarto que había estafado siete mil millones de liras. Durante los siete meses que había durado la impostura pasaron por las manos de Sucato, al menos, sesenta mil millones de liras.

A finales de septiembre reapareció en Palermo. Aceptó la declaración de bancarrota y una deuda de siete mil millones que no tenía con qué afrontar. Poco después, vuelve a desaparecer. Unos piensan que se ha ido a disfrutar de su fortuna escondida; otros, que alguno de sus estafados le haya mandado a criar malvas.

Esta segunda hipótesis la refuerzan algunos hechos inmediatos: el 22 de noviembre unos de sus colaboradores es encontrado muerto por autoestrangulación, mediante el método de la cuerda atada a los pies y al cuello de la víctima. Tres meses más tarde, por el mismo sistema, aparece muerto otro colaborador del contable. Vista la situación, Sucato decide entregarse y se niega a que los jueces le concedan el arresto domiciliario. Con el primer aniversario de la estafa lo ponen en la calle y durante seis años malvive, aterrado y solo, sabiendo que en Palermo el problema no es la justicia. Finalmente, el 30 de mayo de 1996, en la autopista Palermo-Agrigento, un coche aparece en la cuneta incendiado por una bomba. Dentro, el conductor es un cadáver carbonizado. Pero los carabineros no tienen problema en reconocerlo: era Giovanni Sucato.

El periodista Gaetano Savatteri escribió esta historia y la recogió en su libro I siciliani (2005). El escritor Andrea Camilleri la utilizó como base para su novela L’odore della notte (2001). Es muy probable que en Palermo, en los últimos meses, mucha gente haya vuelto a recordarla.

Publicado en el diario Negocio 26/09/2009