El caso Antígona (2): Sófocles y el Alzamiento Nacional

Me topé con Antígona a los trece años en las clases, insoportables y absurdas, de Formación del Espíritu Nacional, la asignatura, popularmente conocida como Política, con la que el régimen de Franco se esforzaba, con poco éxito, todo hay que decirlo, en armar nuestras conciencias con las mimbres de su fascismo de andar por casa. Tal vez ahora suene dramático pero entonces no lo era. Se trataba de una asignatura maría, a la que ni profesores ni alumnos dábamos importancia, y por la que transitábamos con una mezcla de desinterés y agradecimiento, consecuencia este último del hecho de que el espacio que la FEN ocupaba no podía estar lleno por ninguna otra asignatura de mayor enjundia o exigencia.

Sucede sin embargo que alguno de los libros de texto que manejábamos para cursar aquel tostón patriótico encerraba joyas ocultas. Al menos el que a mí me tocó en cuarto de bachillerato (equivalencia aproximada, creo, al sexto de Primaria actual) había corrido a cargo del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester. Yo no lo sabía entonces, claro, pero cuando lo supe entendí algunas cosas de aquel extraño manual. Torrente había sido, en la Guerra Civil, un falangista ferviente y contumaz que había puesto su calidad de escritor y su vocación de intelectual irredento al servicio del nuevo Estado fascista. Como tantos otros, fue poco a poco desengañándose y evolucionando hasta adentrarse en una actitud política progresivamente anodina y distanciada, hasta culminar, al final de sus días, ya en pleno periodo democrático, en un razonable liberalismo con ribetes pasotas.

El libro del que estamos hablando -no he encontrado ningún ejemplar para insertar una foto de la portada: no descarto que algún lector me la consiga- está escrito ya en los años sesenta, con un Torrente bien asentado en el sistema, obligado a hacer de todo para dar de comer a su numerosa prole y sensatamente distanciado del fanatismo falangista de la primera hora. De modo que el tocho que urde el bueno de don Gonzalo más parece un manual de literatura contemporánea que un aguerrido catecismo de fabricación de patriotas. Cada capítulo del libro, cada lección, por decirlo al modo clásico, trataba de algún tema completamente absurdo e irrelevante (“La España Eterna”, por ejemplo, o “Principios Fundamentales del Movimiento”, o “Por el Imperio hacia Dios”, por citar expresiones que recuerdo sueltas) pero al final de cada uno se insertaba una lectura  de longitud significada que supuestamente ilustraba la lección. No recuerdo que ni los profesores ni los compañeros prestaran atención alguna a aquellas lecturas pero yo, que en aquella tierna edad empezaba a estar aquejado por la fiebre de la literaturitis, encontré en ellas un filón de autores y de temas a los que, en aquellos oscuros años de aquella España oscura, no era fácil acercarse.

Que recuerde, al pronto, de memoria, fue en aquel libro de texto de Formación del Espíritu Nacional donde descubrí al Shakespeare de El mercarder de Venecia, al Pío Baroja de Vidas sombrías, a Manuel Machado, a Saint-Exupéry, al mismísimo Dostoievski con sus atormentadas elucubraciones, y, naturalmente, a la pareja Sófocles-Pemán, que es la que nos ha traído hasta aquí. Era muy llamativo este encuentro, porque prácticamente ninguno de esos autores se estudiaba en la asignatura de Literatura y algunos de ellos ni siquiera eran accesibles de manera fácil para el gran público, pero Torrente Ballester -al que años después leí mucho y con provecho- era, antes que falangista, intelectual y decidió volcar en su manual para jóvenes alevines del régimen unas cuantas piezas que desactivaban por sí mismas el frágil armazón del pensamiento nacionalcatólico.

De Sófocles se incluían unas páginas de Antígona en la versión de José María Pemán. Conjeturo que el compilador eligió esta recreación de la tragedia clásica -una versión “muy libre” advirtió desde su primera edición el propio causante- por tres razones. La primera,  porque Pemán era en aquel entonces el escritor más destacado del régimen franquista, intelectual de cabecera del mismísimo Caudillo y autor de gran popularidad y éxito en todos los campos de la creación literaria que queda imaginar: desde el periodismo a la poesía, desde el ensayo al teatro. Al incluir a Pemán, aunque fuera por traducción interpuesta, en aquella selección suigéneris de grandes autores de la literatura universal, Torrente, siempre obsequioso con el mando, rendía pleitesía al régimen, a la intelectualidad biempensante y al mismo don José María, del que siempre cabía esperar algún favor.

La segunda razón de mi conjetura es que la versión de la Antígona de Pemán cristianiza el original de Sófocles para los fines que se perseguían en aquel libro de texto, obligado a formar buenos españoles y, en consecuencia, fieles católicos, que, en aquel entonces, venía a ser lo mismo. ¿Cómo lo hace -lo de cristianizar, me refiero? Con algunos cambios en el guion, los más significados de los cuales son la eliminación de los dos suicidios que se producen en la obra, y con una hábil modulación del lenguaje, que transmuta el descreído politeísmo de los griegos clásicos hacia un espiritualismo blandengue, muy del gusto de la Iglesia del momento.

Pero también creo que otra razón para incluir la versión pemaniana en nuestro libro de texto es su belleza. Pemán, que los dioses de la progresía me perdonen, era un buen poeta y un excelente escritor, un hombre de verbo ágil y trasparente con una notable facilidad versificadora. Así que decidió reescribir la tragedia sofocleana -utilizando probablemente alguna traducción literal más o menos mediocre- en  unos endecasílabos blancos de bellísima factura, entre los que intercaló fragmentos en prosa con el fin de evitar la monotonía rítmica.

Ortodoxia, relevancia y calidad, tales son por tanto, en mi opinión, las razones por las que Torrente eligió la muy libre versión de Pemán para hablarnos del conflicto entre las leyes y el modo de resolverlo. Y esa fue la que yo me encontré, impúber letraherido de trece años, ilustrando una lección que, lo supe años después, justificaba, Sófocles en mano, el Glorioso Alzamiento Nacional.

(La semana próxima remataré, si los dioses quieren, esta serie).

 

 

 

 

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