El caso Antígona (3): La victoria de Ismene

El enfrentamiento entre las hermanas, el dilema entre el espiritualismo de Antígona y el prosaísmo de Ismene, la dialéctica entre la obediencia a Dios o el cumplimiento de las leyes, me mantuvo obsesionado durante más de veinte años. Entiendaseme bien: no significa que no me dedicara a nada más ni que no tuviera otras preocupaciones, pero ciertamente este tema me obsesionó durante mucho tiempo y tardé una eternidad en despejar todas mis dudas. Es lógico: como ya señalé en la primera entrega de esta serie, el mito de Antígona ha sido muy utilizado en clave progre y es difícil atravesar el antifranquismo de manual de los años setenta sin apuntarse a las tesis brechtianas que dibujaban un Creonte perfectamente fascista contra el que se levantaba la valiente Antígona, con el pecho henchido de fraternal espíritu revolucionario.

Sí, lo reconozco, hubo un tiempo en que casi renegué de mis convicciones . No sé cuánto tiempo duró, puede que muchos años, puede que durante toda mi primera juventud. Hasta que dije basta y miré la verdad de frente. No recuerdo el día, ni el año, ni el entorno, pero sí recuerdo que fue releyendo por enésima vez la Antígona auténtica, la eterna, la de Sófocles. Y allí estaba, siempre había estado la verdad delante de mis ojos, en estas cinco líneas mágicas y poderosas, implacables y certeras, que transcribo de la edición de Cátedra de 1993 de las Tragedias completas de Sófocles preparada por José Vara Dionado:

ANTÍGONA.- Tú, si es tu gusto, continúa despreciando lo que los dioses aprecian.

ISMENE.- Yo no hago desprecio de eso, solo que nací incapaz de actuar y oponer resistencia a nuestros conciudadanos.

No sé, insisto, cuándo leí esto con ojos desprejuiciados, pero a partir de ese momento entendí que tenía la obligación de devolver a Ismene al lugar que le correspondía, que tenía que restaurar su reputación de ciudadana ejemplar y de paso la de Creonte, su tío, injustamente ambos vituperados en la memoria de las gentes, solo porque unos cuantos poetas se habían empeñado en elevar a los altares a una adolescente caprichosa que se pasaba las leyes por el forro de su túnica en nombre de un buenismo perfectamente injustificado.

Tardé bastantes años en escribir Ismene. La titulé al principio Ismene, princesa de Tebas, pero pronto le quité el epíteto porque lo que yo había escrito era la respuesta a Sófocles, el eco invertido de su famosa tragedia, así que del mismo modo que él la tituló con el nombre seco de su protagonista, yo hice lo propio con el de su hermana.

Ismene– mi obra- transcurre veinte años después de la muerte de Antígona, cuando la vida en Tebas se desarrolla monótona y oscura, laica y socialdemócrata, y no se vislumbran sorpresas…. hasta que las sorpresas aparecen.

No les voy a hacer espóiler, naturalmente. En el próximo capítulo de esta serie (que puede que sea el último, pero que acaso no; que tal lo publique el próximo domingo, pero también puede que el siguiente) les contaré qué fue de mi Ismene y pronto la tendrán ustedes a su disposición en este blog para su descarga gratuita. Pero de momento quédense ustedes con esta idea: escribí Ismene a lo largo de casi una década y la concluí allá por 1995 para decirle a Sófocles que se había equivocado, y con él los infinitos autores que siguieron su estela con escasísimo rigor.

Con mi obra, por fin y por primera vez, Ismene salía victoriosa.

 

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El caso Antígona (2): Sófocles y el Alzamiento Nacional

Me topé con Antígona a los trece años en las clases, insoportables y absurdas, de Formación del Espíritu Nacional, la asignatura, popularmente conocida como Política, con la que el régimen de Franco se esforzaba, con poco éxito, todo hay que decirlo, en armar nuestras conciencias con las mimbres de su fascismo de andar por casa. Tal vez ahora suene dramático pero entonces no lo era. Se trataba de una asignatura maría, a la que ni profesores ni alumnos dábamos importancia, y por la que transitábamos con una mezcla de desinterés y agradecimiento, consecuencia este último del hecho de que el espacio que la FEN ocupaba no podía estar lleno por ninguna otra asignatura de mayor enjundia o exigencia.

Sucede sin embargo que alguno de los libros de texto que manejábamos para cursar aquel tostón patriótico encerraba joyas ocultas. Al menos el que a mí me tocó en cuarto de bachillerato (equivalencia aproximada, creo, al sexto de Primaria actual) había corrido a cargo del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester. Yo no lo sabía entonces, claro, pero cuando lo supe entendí algunas cosas de aquel extraño manual. Torrente había sido, en la Guerra Civil, un falangista ferviente y contumaz que había puesto su calidad de escritor y su vocación de intelectual irredento al servicio del nuevo Estado fascista. Como tantos otros, fue poco a poco desengañándose y evolucionando hasta adentrarse en una actitud política progresivamente anodina y distanciada, hasta culminar, al final de sus días, ya en pleno periodo democrático, en un razonable liberalismo con ribetes pasotas.

El libro del que estamos hablando -no he encontrado ningún ejemplar para insertar una foto de la portada: no descarto que algún lector me la consiga- está escrito ya en los años sesenta, con un Torrente bien asentado en el sistema, obligado a hacer de todo para dar de comer a su numerosa prole y sensatamente distanciado del fanatismo falangista de la primera hora. De modo que el tocho que urde el bueno de don Gonzalo más parece un manual de literatura contemporánea que un aguerrido catecismo de fabricación de patriotas. Cada capítulo del libro, cada lección, por decirlo al modo clásico, trataba de algún tema completamente absurdo e irrelevante (“La España Eterna”, por ejemplo, o “Principios Fundamentales del Movimiento”, o “Por el Imperio hacia Dios”, por citar expresiones que recuerdo sueltas) pero al final de cada uno se insertaba una lectura  de longitud significada que supuestamente ilustraba la lección. No recuerdo que ni los profesores ni los compañeros prestaran atención alguna a aquellas lecturas pero yo, que en aquella tierna edad empezaba a estar aquejado por la fiebre de la literaturitis, encontré en ellas un filón de autores y de temas a los que, en aquellos oscuros años de aquella España oscura, no era fácil acercarse.

Que recuerde, al pronto, de memoria, fue en aquel libro de texto de Formación del Espíritu Nacional donde descubrí al Shakespeare de El mercarder de Venecia, al Pío Baroja de Vidas sombrías, a Manuel Machado, a Saint-Exupéry, al mismísimo Dostoievski con sus atormentadas elucubraciones, y, naturalmente, a la pareja Sófocles-Pemán, que es la que nos ha traído hasta aquí. Era muy llamativo este encuentro, porque prácticamente ninguno de esos autores se estudiaba en la asignatura de Literatura y algunos de ellos ni siquiera eran accesibles de manera fácil para el gran público, pero Torrente Ballester -al que años después leí mucho y con provecho- era, antes que falangista, intelectual y decidió volcar en su manual para jóvenes alevines del régimen unas cuantas piezas que desactivaban por sí mismas el frágil armazón del pensamiento nacionalcatólico.

De Sófocles se incluían unas páginas de Antígona en la versión de José María Pemán. Conjeturo que el compilador eligió esta recreación de la tragedia clásica -una versión “muy libre” advirtió desde su primera edición el propio causante- por tres razones. La primera,  porque Pemán era en aquel entonces el escritor más destacado del régimen franquista, intelectual de cabecera del mismísimo Caudillo y autor de gran popularidad y éxito en todos los campos de la creación literaria que queda imaginar: desde el periodismo a la poesía, desde el ensayo al teatro. Al incluir a Pemán, aunque fuera por traducción interpuesta, en aquella selección suigéneris de grandes autores de la literatura universal, Torrente, siempre obsequioso con el mando, rendía pleitesía al régimen, a la intelectualidad biempensante y al mismo don José María, del que siempre cabía esperar algún favor.

La segunda razón de mi conjetura es que la versión de la Antígona de Pemán cristianiza el original de Sófocles para los fines que se perseguían en aquel libro de texto, obligado a formar buenos españoles y, en consecuencia, fieles católicos, que, en aquel entonces, venía a ser lo mismo. ¿Cómo lo hace -lo de cristianizar, me refiero? Con algunos cambios en el guion, los más significados de los cuales son la eliminación de los dos suicidios que se producen en la obra, y con una hábil modulación del lenguaje, que transmuta el descreído politeísmo de los griegos clásicos hacia un espiritualismo blandengue, muy del gusto de la Iglesia del momento.

Pero también creo que otra razón para incluir la versión pemaniana en nuestro libro de texto es su belleza. Pemán, que los dioses de la progresía me perdonen, era un buen poeta y un excelente escritor, un hombre de verbo ágil y trasparente con una notable facilidad versificadora. Así que decidió reescribir la tragedia sofocleana -utilizando probablemente alguna traducción literal más o menos mediocre- en  unos endecasílabos blancos de bellísima factura, entre los que intercaló fragmentos en prosa con el fin de evitar la monotonía rítmica.

Ortodoxia, relevancia y calidad, tales son por tanto, en mi opinión, las razones por las que Torrente eligió la muy libre versión de Pemán para hablarnos del conflicto entre las leyes y el modo de resolverlo. Y esa fue la que yo me encontré, impúber letraherido de trece años, ilustrando una lección que, lo supe años después, justificaba, Sófocles en mano, el Glorioso Alzamiento Nacional.

(La semana próxima remataré, si los dioses quieren, esta serie).

 

 

 

 

El caso Antígona (1): Un mito tramposo

El caso de Antígona es asombroso. Se trata, probablemente, del personaje de ficción que ha sido capaz de mantener, a lo largo de los siglos, su reputación y su reconocimiento en el punto más alto por encima de modas y avatares. La obra de Sófocles sobre la que se fundó su mito es permanentemente citada, traducida, leída y representada; en cada época, en cada estilo, han surgido nuevos autores que han reescrito su historia, la han reinterpretado y la han mantenido como elemento cimero de la heroicidad y la resistencia cívica… No hay año en que falte alguna Antígona en algún teatro del mundo y no hay actriz que se precie que no haga todo cuanto esté en su mano por encarnarla alguna vez. Y si no es la de Sófocles, es la de alguno de sus incontables discípulos.

A mí, francamente, me irrita esta sobrevaloración de la heroína, entre otras razones porque deja en muy mal lugar a la que en mi opinión merece un verdadero sitial en la consideración de las gentes: su hermana Ismene.

Los hijos de Edipo

En la mitología griega, Edipo llegó a rey de la ciudad-estado de Tebas tras casarse con Yocasta, de la que ignoraba que era su madre, y con la que tuvo cuatro hijos: dos varones, Eteocles y Polinices, y dos mujeres, Antígona e Ismene. Cuando Edipo descubrió su pecado, dimitió a su manera, y aquello sí que era dimitir: se sacó los ojos y cedió el trono a sus hijos varones con la condición de que se alternaran cada año. Empezó a reinar Eteocles pero, cuando le tocó renunciar para dar paso a su hermano, se negó, como si fuera un precursor de algunos cantamañanas actuales. Polinices, lógicamente enfadado, se marchó a Argos, un estado vecino, se alió con su rey y se lanzó a conquistar Tebas por la fuerza. Ambos hermanos se enfrentaron a la puerta de la ciudad y se mataron mutuamente.

Hasta aquí, todo más o menos normal. No digo yo que ocurra todos los días, pero no es  nada que no estemos hartos de ver en películas y series de televisión.

Muertos los herederos, el trono de Tebas pasa, por conducto natural, a Creonte, hermano de Yocasta y, por tanto, tío de los cuatro hermanos. Una herencia lógica, legítima y que nadie, hasta donde se sabe, cuestionó. Y la primera decisión que Creonte toma, como legítimo monarca,  no es otra que aplicar la ley: ordena enterrar a Eteocles, que ha muerto defendiendo la ciudad y, por el contrario, decreta que el cadáver de Polinices, que se enfrentaba a ella, sea abandonado a merced de los buitres.

Era la ley, ya digo, la ley de la ciudad de Tebas.

Las hijas de Edipo

Y aquí es donde aparecen las hermanas de los muertos. Antígona, la mayor, muy dispuesta, de mucho carácter, dice que a ella la ley le da lo mismo y que tiene que enterrar a su hermano Polinices, el traidor, porque así lo quieren los dioses. Ismene, la menor, más apocada, más prudente, pero nada tonta, lo tiene muy claro: “Yo no hago desprecio de los dioses, pero nací incapaz de oponer resistencia a nuestros conciudadanos”. Se ve incapaz de incumplir la ley, nada menos. La ley de la ciudad, aquella de la que entre todos se han dotado.

El conflicto entre las dos hermanas estalla y, puesto que son seres de ficción y nada pueden hacer más allá de lo que quiera el poeta, gana la primera. Es lo que tienen los poetas: a ellos el discurso laico, prosaico, constitucionalista y simplón de esta Ismene  les aburre una barbaridad. ¡Cumplir la ley, qué simpleza! A los poetas les va mejor la actitud rompedora e indignada de Antígona y, para que cuadre, nada más oportuno que tachar al pobre Creonte de tirano.

¿Tirano, Creonte? Ciertamente, la gestión de las ciudades-estado de la antigua Grecia –y más cuando estamos metidos en plena mitología- no era un modelo de democracia participativa tal y como la entendemos hoy (¡que ni siquiera tenemos claro cómo la entendemos!). Pero sin meternos en grandes honduras, Creonte llega al trono de Tebas sin violencia, por vía hereditaria, con plena aquiescencia de sus conciudadanos, y se dispone a gobernar conforme a los usos y costumbres de la ciudad. ¿Tirano, Creonte? Me parece que aquí Sófocles se vio necesitado de forzar el personaje para que la heroína le saliera redonda.

La ronda de los poetas

A partir de aquí, Antígona ha servido para un drama y para una tragedia. Desde que en el año 430 a.d.C. Sófocles estrenara su obra, han sido centenares, miles los poetas y dramaturgos que en Occidente han reescrito y representado el mito. El estudioso y crítico literario George Steiner tiene publicado un estupendo ensayo dedicado exclusivamente a recorrer, a lo largo de doscientas densas páginas, todas la Antígonas que, en formato de teatro, poesía, ópera o novela han surgido desde entonces. Asombra comprobar lo que ha podido dar de sí y asombra percatarse de que prácticamente todos se han hecho trampas en el solitario.

Creonte ha pasado a la posteridad como un tirano, sin serlo, y, hecha la primera trampa es lógico que Antígona aparezca ante el pueblo como la gran heroína que se enfrentó a una dictadura. Este enfoque ha dado mucho juego y bellísimas páginas, porque la literatura de lucha y resistencia se presta siempre al lucimiento. El francés Jean Anouilh, que escribió su versión cuando algunos compatriotas, pocos, luchaban contra los nazis, es uno de los autores más notables de este enfoque. Brecht… ya sabemos todos lo espabilado que era Brecht para estas cosas. Con lo que ambos tenían encima (Hitler, Stalin, la lucha encarnizada por un nuevo orden mundial), había razones sobradas para que utilizaran el mito. En este plan reivindicativo y progre, mi Antígona favorita es la de Espriu, una versión extraordinariamente hermosa de un catalán al que le dolía la España lóbrega de la dictadura.

Pero, ya digo, todo esto tenía trampa, y alguien tenía que desenmascararla. Así que me puse a ello. (Continuará)

Para la escritura de este post he reutilizado parte del que publiqué aquí hace un par de años. La continuación, la próxima semana, será de nueva creación.