“Narcos”, por ejemplo

Por esas casualidades de la vida, empecé a releer el Alegato contra la novela histórica, de Manzoni, a la vez que a vérmelas con Narcos, la exitosa serie de Netflix, cuyas dos primeras temporadas narra, a su manera, la vida y muerte del famoso narcotraficante colombiano Pablo Escobar.

Para el que no la haya visto, ya le advierto: Narcos es excelente, embrujadora, fascinante. Engancha como el producto que comercializaba el cartel de Medellín. Todo en ella es bueno y acertado: la música, la dirección, los actores, la ambientación, el guion…, no hay un solo elemento que desmerezca en esta extraordinaria serie.

Solo tiene un problema: que falta a la verdad. Que miente. Que tergiversa. Que utiliza unos hechos y unos personajes históricos no para narrar escrupulosamente lo que sucedió sino para montar una obra de ficción, con su moralina particular, con su ideología subterránea, con su particular idea de lo que está bien y lo que está mal. Con su propia ética y su propia estética, al margen de la verdad histórica.

La tergiversación la realizan los autores de la serie no solo desde el punto de vista ético, sino también narrativo. No solo se cambian  los hechos y los detalles para que la DEA y los norteamericanos salgan mejor parados que el presidente Gaviria, por ejemplo, sino que cambian el orden de los sucesos, o sus protagonistas, para que cuadren mejor con la tensión dramática. Es bien sabido: la vida real es un coñazo y ya comprenderán ustedes que los de Netflix no se van a arriesgar a que su público se aburra.

Manzoni contra Netflix

Cuando Alessandro Manzoni andaba triunfando con Los novios, había otro autor que literalmente arrasaba en las listas de ventas: Walter Scott. El brillante escocés había publicado Ivanhoe treinta años antes y, visto el éxito del nuevo género, se había dado a escribir novelas históricas medievalistas como quien fabrica tornillos. Y leyéndolo, leyéndolo (como yo cuando he visto Narcos: con gusto y disfrutándolo), don Alessandro cayó en la cuenta de la enorme trampa en la que él mismo, como autor de una novela histórica, estaba metiendo a sus lectores: si los hechos verdaderos y los inventados se mezclan, si los personajes verídicos y los ficticios se interrelacionan, ¿cómo diablos conseguirá el lector saber a qué atenerse?

El Alegato contra la novela histórica que, a partir de ese momento, Manzoni comenzó a construir (y al que solo daría fin tras rectificar su error con la Historia de la columna infame) plantea algunos preguntas cruciales para situar la cuestión:

Por ejemplo: si el lector, al acercarse a un libro de historia, busca ampliar su conocimiento sobre los hechos pasados y, sin embargo, no le queda claro qué es cierto y qué no, “¿desde cuándo la confusión ha sido un medio para transmitir conocimiento?”.

Por ejemplo: “Si una persona con fama de embustera te cuenta una novedad interesante, ¿te das por informado? Pues [el escritor de novela histórica] es similar al embustero, dado que relata tanto la verdad como la falsedad sin permitirme distinguir la una de la otra”

Por ejemplo: “[La novela histórica solo aporta] una de las dos cosas opuestas a la finalidad del arte: el engaño o la duda.”

Aristóteles, que era un tipo listo como pocos, ya había intuido el conflicto y por eso había delimitado con claridad, en su imprescindible Poética, las funciones entre el historiador y el poeta (o, vale decir, entre el ensayista y el novelista): el primero escribe de lo que sucedió y el segundo, de lo que podría suceder. Pero si en la misma obra el autor juega el doble papel, ¿cómo sabe el lector a lo que se está enfrentando?

¿Ficción o no ficción?

Hay ahora una tendencia reciente, muy ligada a la justa reivindicación del pensamiento científico, que sitúa a la no ficción (la faction) por encima de la narrativa imaginada. Yo no llego a tanto. Comparto el entusiasmo por el ensayo, el documental o el reportaje, soy un gran fan de profundizar en el conocimiento de los hechos mediante la indagación en los hechos mismos, pero bajo ningún concepto podría renunciar a Homero y a todo lo que representa.

Así pues, ficción y no ficción, siempre y cuando ambas estén bien delimitadas. ¿Y la novela histórica, entonces (o, vale decir, el cine o las series históricas)? No es fácil resolverlo. No, desde luego, al modo en que lo hace Isaac Rosa, en la reciente edición en La Uña Rota del Alegato de Manzoni, excelente en todo, menos en el prólogo. Rosa despacha el asunto con un recurso muy cultureta: lo comercial. Si una novela histórica es comercial (entiéndase: el autor es tan degenerado que aspira a ganar dinero con ella), es mala. De lo contrario, se deduce como consecuencia, mola.

No termina de convencerme el argumento. O, dicho más drásticamente: es una bobada que no aguanta un análisis serio. Más bien (y lo dejo solo esbozado para seguir otro día), la respuesta tiene que venir dada por el respeto intelectual al lector. Valgan dos muestras extremas: El nombre de la rosa, como ejemplo del máximo respeto. Y, en el extremo contrario, Narcos, por ejemplo.

No sé si me explico.

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