Amazon no, Amazon sí: un diálogo ficticio

JORGE CARRIÓN.- Amazon no es una librería, sino un hipermercado. En sus almacenes los libros están colocados al lado de las tostadoras, los juguetes o los monopatines. En sus nuevas librerías físicas los libros están colocados de frente, porque solo exhiben los cinco mil más vendidos y valorados por sus clientes, muy lejos de la cantidad y del riesgo que caracterizan a las auténticas librerías. Ahora se plantea repetir la misma operación con pequeños supermercados. Para Amazon no hay diferencia entre la institución cultural y el establecimiento alimenticio y comercial.

BERNAT RUIZ.- Que un libro esté al lado de una tostadora no importa; ni el libro pierde un ápice de ‘libricidad’ ni la tostadora se ‘destostifica’, pero se optimiza la gestión de los pedidos. ¿Qué es una ‘auténtica librería’? yo tengo mi propia respuesta y la tuya la encontramos en tus libros y artículos pero uno no se puede poner estupendo esperando que el Orbe añada el contexto necesario. Laie, Nollegiu, la Calders, la Trescatorce, Atticus Finch o Tipos Infames son librerías pero ¿qué hacemos con Casa del Libro, FNAC, El Corte Inglés o Vips? ¿Qué hacemos con las librerías-papelerías que poco aportan en las grandes ciudades pero que son las únicas librerías en los pueblos? ¿Qué sucede en esas zonas remotas del primer mundo, en esos municipios españoles en los que, según el Mapa de Librerías 2013 (pág. 22), más de 11 millones de personas no disponen de un triste comercio de libros? No seré yo quien les diga que vuelvan al siglo XX y renuncien a su única opción de comprar libros –y muchas otras cosas– con cierta comodidad.

JORGE CARRIÓN.- La historia de Jeff Bezos es la de una larga expropiación simbólica. Escogió la venta de libros y no de aparatos electrónicos porque vio un nicho de mercado: no todos los títulos disponibles cabían en las librerías y él sí podía ofrecerlos todos. Por eso hizo un curso de la Asociación de Libreros Americanos y se apropió en un tiempo récord del prestigio que los libros habían ido acumulando durante siglos…

BERNAT RUIZ.- La realidad es todavía más prosaica: eligió los libros porque son objetos pequeños, ligeros, resistentes, de fácil manipulado y de expedición económica. Aprovechó las ineficiencias de la distribución y se concentró en ellas, buscó la formación de la ALA porque de conocimiento empresarial tenia de sobra. Las mismas condiciones e ideas estaban al alcance de otros competidores, también de los distribuidores, libreros y editores de toda la vida. Pero hablar del prestigio acumulado es confundir churras con merinas; ¿a qué deben los libros su prestigio, a su contenido o a su continente? ¿Sólo el papel tiene prestigio? ¿Todos los libros, incluso los peores y más abyectos, participan de dicho prestigio? ¿El libro pierde ‘libricidad’ en Amazon?

JORGE CARRIÓN.- Hay más: el trabajo que deben realizar los empleados de Amazon es robótico. Lo ha sido desde el principio: en 1994, cuando eran cinco personas trabajando en el garaje de la casa de Jeff Bezos en Seattle, ya estaban obsesionados con la rapidez. Lo ha sido durante veinte años, llenos de historias de estrés laboral y de acoso y de trato inhumano para lograr la maldita eficiencia extrema que solo es posible si eres una máquina.

BERNAT RUIZ.-  Cierto, pero, ojo, en el mundo del libro la explotación no es nada nuevo; en la antigua Roma se producían libros en serie y, a falta de imprenta, se usaban esclavos que sabían leer y escribir. No lo pasaban mucho mejor los amanuenses medievales: algunos apenas sabían leer pero copiaban lo que veían con gran fidelidad. Quien crea que Gutenberg nos trajo una Arcadia editorial se equivoca: las imprentas fueron lugares muy duros, sucios y ruidosos hasta principios del siglo XIX; a partir de entonces lo fueron tanto o más porque, aunque buena parte del trabajo estaba mecanizado gracias al vapor y más tarde a la electricidad, muchas tareas eran manuales a una escala industrial inédita. En cuanto al autor, su remuneración era nula en la antigüedad, precaria el resto de la historia y hoy… bueno, hoy ya sabemos cómo andan los autores. ¿Es este el cuento de concordia, amor y paz al que aludes cuando hablas del prestigio del libro acumulado durante siglos? Amazon ha eliminado el factor humano como ya hizo el resto de la industria desde que Gutenberg inventó la imprenta. La diferencia es la rapidez.

JORGE CARRIÓN.- En Amazon hay a la venta multitud de ediciones de Mein Kampf, muchas de ellas con prólogos y notas la mar de cuestionables. De hecho en 2013 el Congreso Mundial Judío alertó a la empresa de las decenas de libros negacionistas de que disponen sin cortapisas. En Barcelona se cerró la librería Europa por, entre otros delitos, incitar al odio, pero Amazon lo hace sin ninguna cortapisa.

BERNAT RUIZ.- Sorprende la contradicción entre esta afirmación y la alusión al prestigio del libro. ¿Se supone que el libro de papel (concepto) tiene prestigio pero que ciertos libros de papel (texto) no lo tienen? La clásica reductio ad Hitlerum es propia de quien se queda sin argumentos o, como en tu caso, prefiere pasar de puntillas sobre océanos de matices. Es evidente que el Mein Kampf es un libro aborrecible pero también lo es que su contenido, bien empleado, es más una vacuna que un acicate; así lo ha considerado la institución alemana cuyo objetivo es documentar la historia del nazismo, el Institut für Zeitgeschichte, con su edición crítica Hitler, Mein Kampf. Eine kritische Edition. No es tan evidente lo que sucede con otros libros políticamente controvertidos como El capital, de Marx; el Libro Rojo, de Mao; el Libro Verde, de Gadafi; toda la obra de Milton Friedman o toda la literatura del creador de la cienciología, L. Ron Hubbard, por no hablar de otras obras fundamentales para cientos de millones de personas como el sanguinario Antiguo Testamento, el texto en el que muchos basan todavía su racismo, xenofobia y homofobia. Yo no tengo ningún problema con todos estos libros porque su bondad o maldad sólo depende de la interpretación y el uso que se haga de ellos.

JORGE CARRIÓN.- Pero lo cierto es que Amazon censura o privilegia los libros según le interesa. Durante su controversia con el grupo editorial Hachette de hace un par de años, la escritora Ursula K. Le Guin denunció que sus libros fueron más difíciles de encontrar en Amazon mientras duró la disputa.

BERNAT RUIZ.- ¡Cielos! ¡Una empresa privada mantiene un conflicto con uno de sus grandes proveedores y decide usar su poder de recomendación para presionarlo! No diré que me guste pero es el mismo mecanismo que lleva a muchos libreros a cuidar de tu obra mientras que ningunean la de otros; como sabes, suelen hacerlo en función de los gustos de su público y, a veces más importante, del margen comercial que consigan. Es legítimo. Amazon no estaba extorsionando a un infeliz e indefenso editor independiente, estaba negociando con Hachette, uno de los diez grupos editoriales más grandes del mundo que, por cierto, lo notó en su cuenta de resultados. De hecho Amazon ni siquiera pierde el tiempo extorsionando a los pequeños, se limita a publicar sus condiciones; lo toman o lo dejan. Sólo negocia con los grandes.

JORGE CARRIÓN.- Pero detrás de todas esas operaciones individuales existe una gran estructura económica y política. Una estructura que presiona a las editoriales para obtener el máximo beneficio del producto, como hace con los fabricantes de monopatines o con los productores de pizzas congeladas. Una macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia: que está moldeando nuestro futuro.

BERNAT RUIZ.- Si acudimos a los artículos que has publicado, vemos que has colaborado con medios como El País (PRISA), La Vanguardia (Godó) o MujerHoy (Vocento), pertenecientes a grupos que forman parte de una macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia y que pretenden moldear nuestro futuro.

JORGE CARRIÓN.- En Amazon no hay libreros. La prescripción humana fue eliminada por ineficaz. Por torpedear la rapidez, el único valor de la empresa. La prescripción está en manos de un algoritmo. El algoritmo es el colmo de la fluidez. La máquina convierte al cliente en prescriptor. «Los clientes que compraron este producto también compraron…».

BERNAT RUIZ.- El principal prescriptor ha sido siempre el lector. Antes de Amazon era así, es así con Amazon y sospecho que seguirá siendo así tras Amazon. El algoritmo no es más que un facilitador, un simplificador y agregador de procesos. Está diseñado por seres humanos. Lo que hace el algoritmo junto con una buena gestión de bases de datos es acumular experiencia sobre las compras, consultas y gustos del cliente para devolverle una experiencia de usuario lo más personalizada posible. ¿Acaso no hacen lo mismo los libreros con sus clientes más fieles? La diferencia entre el algoritmo y el librero es de sistematización, de capacidad de gestión de datos. Algoritmo y librero persiguen el mismo objetivo: ofrecer la mejor experiencia, el mejor servicio, para que el cliente compre y repita. Vender. La diferencia cualitativa más relevante es que puedo hacerme amigo del librero pero no del algoritmo; a mucha gente eso no le importa.

JORGE CARRIÓN.- Todo empezó con un dato. En 1994 Bezos leyó que la World Wide Web crecía a un ritmo mensual de nuevos usuarios del 2300%, dejó su trabajo en Wall Street, se mudó a Seattle y decidió empezar a vender libros por internet. Desde entonces los datos se han ido multiplicando, se han ido agrupando orgánicamente en forma de monstruo con tentáculos o de nube tormentosa o de segunda piel: nos hemos ido convirtiendo en datos. Los dejamos en las miles de operaciones cotidianas que dibujan nuestras huellas dactilares por internet. Los emiten los sensores de nuestro móvil. Estamos escribiendo constantemente nuestra autobiografía con nuestros teclados, con nuestras acciones, con nuestros pasos.

BERNART RUIZ.- ¡Cáspita! ¡Córcholis y recórcholis! ¡Jeff Bezos, pérfido entre pérfidos, inventor del Big Data! Falso, claro está. El ‘desde entonces’ de la tercera línea se olvida de más de un siglo de proceso sistematizado de datos; ya la monarquía ptolemaica creó un sistema de indexado –los llamados pinakes– para ordenar el caos potencial en el que podría haber degenerado la Biblioteca de Alejandría pero es en el siglo XIX en el que damos, por primera vez, con los primeros sistemas de almacenamiento de datos realmente ambiciosos, desde la banca –cómo no– pero también –una vez más– desde la biblioteconomía. No hay un año cero del mal encarnado en el Big Data. Jeff Bezos no inventó nada. Amazon no hace nada distinto a Google, Facebook, Twitter, Telefónica, Vodafone, El Corte Inglés, la FNAC, Planeta, Penguin Random House, los Gremios de Libreros mediante su sistema LibriRed, la Agencia Tributaria, los ayuntamientos o las redes públicas de bibliotecas que registran los préstamos de sus usuarios. Puede que lo haga mejor y haya conseguido, además, que intelectuales como tú les hagan la rosca convirtiéndolos –sin querer y erróneamente– en bestias negras de inenarrable poder y dimensión.

JORGE CARRIÓN.- Cuando lees un libro en papel la energía y los datos que emites a través de tus ojos y tus dedos son solo tuyos. El Gran Hermano no puede espiarte. Nadie puede quitarte esa experiencia ni analizarla ni interpretarla: es solo tuya. Por eso Amazon ha lanzado la campaña mundial «Kindle Reading Fund»: supuestamente para incentivar la lectura en los países pobres, en realidad para acostumbrar a una nueva generación de consumidores a leer en pantalla, para poder estudiarlos, para tener datificados los cinco continentes. Por eso el Grupo Planeta —corporación multimedia que aglutina a más de cien empresas y que es el sexto grupo de comunicación del mundo— está invirtiendo en escuelas de negocios, academias e instituciones universitarias: porque quiere mantener niveles altos de alfabetización que aseguren las ventas en el futuro de las novelas que hayan ganado el premio Planeta. A ver quién gana.

BERNAT RUIZ.- El Grupo Planeta no es el sexto del mundo y nunca ha estado entre los diez primeros; a finales de 2015 andaba en el puesto 83. Puede que te refieras al ranking de grupos editoriales mundiales en el que hace tiempo sí fue el sexto; hace un lustro que esto ya no es así: en 2016 era el décimo grupo editorial mundial, subiendo un puesto desde 2015, aunque la tendencia acumulada de los últimos diez años es descendente. Si un error en un dato como este tiene una importancia relativa, sorprende mucho más tu peregrina idea acerca de la estrategia de digitalización de los contenidos de formación del Grupo Planeta. En Planeta se habrán partido de risa.

JORGE CARRIÓN.- Di lo que quieras, pero ha llegado nuestro momento. Amazon se apropió de nuestros libros. Nosotros nos apropiaremos de la lógica Amazon. Primero, convenciendo al resto de lectores de la necesidad del tiempo dilatado. El deseo no puede ser inmediatamente colmado, porque entonces deja de ser deseo, se vuelve nada. El deseo debe durar. Hay que ir a la librería; buscar el libro; encontrarlo; hojearlo; decidir si el deseo tenía razón de ser; tal vez abandonar ese libro y desear el deseo de otro; hasta encontrarlo; o no; no estaba; lo encargo; llegará en veinticuatro horas; o en setenta y dos; podré echarle un vistazo; lo compraré finalmente; tal vez lo lea, tal vez no; tal vez deje que el deseo se congele durante días, semanas, meses o años; ahí estará, en el lugar que le corresponde en la estantería correspondiente; y siempre recordaré en qué librería lo compré y cuándo.

BERNAT RUIZ.- Sí, yo también he pensado en Agustín de Hipona y en el taoísmo. Intelectualmente estoy de acuerdo pero la vida a veces es otra cosa y nos recomienda el carpe diem de Horacio, la capacidad de gozar del aquí y el ahora, como hago una vez al año en la orgiástica bibliomanía a la que me entrego en la Feria del Libro de Madrid. Lo del deseo congelado queda fetén en un poemario con pupila azul incluida pero dudo que conmueva a alguien que vive en un pueblo junto a algunos cientos o pocos miles de vecinos. Díganle que se lo tome todo con lentitud acelerada y relativa proximidad y puede que les responda, como me contaba un librero de un pueblo de cuatro mil habitantes, que hay quien debe desplazarse doce kilómetros para comprar una simple goma de borrar. Si no queremos que la España vacía se quede todavía más vacía más nos vale fomentar ciertos servicios. En cualquiera de las ciudades españolas de más de cien mil habitantes se vive con una abundancia de la que uno sólo es consciente cuando se aleja varias semanas.

JORGE CARRIÓN.- Mira, olvidemos las categorías nacionales como olvidamos los géneros aristotélicos. No existen ya las unidades de tiempo ni las de espacio. En el siglo XXI no tienen sentido las fronteras. Ordenemos los anaqueles temáticamente, mezclemos en ellos los libros con los cómics, los DVD con los CD, los juegos con los mapas. Apropiémonos de la mezcla de los almacenes de Amazon, pero creando sentidos. Itinerarios de lectura y de viaje. Porque, aunque dependamos de las pantallas, no somos robots. Y necesitamos las librerías de cada día para que sigan generando las cartografías de todas esas lejanías que nos permiten ubicarnos en el mundo.

BERNAT RUIZ.-.- ¿No habíamos quedado que Amazon mezclaba alegremente los libros con los juguetes y eso era un síntoma de su maldad? Pues resulta que debemos hacer lo mismo aunque sin un sistema parecido al de Amazon –¡rayos y truenos! ¡el algoritmo, la gestión de bases de datos, el almacén informatizado!– será una suicida pesadilla logística y comercial.

JORGE CARRIÓN.- No soy ingenuo. Veo series de Amazon. Compro libros que no se pueden conseguir de otro modo en iberlibro.com, que pertenece a abebooks.com, que en 2008 fue comprada por Amazon. Busco constantemente información en Google. Y le regalo constantemente mis datos, más o menos maquillados, a Facebook también. Pero creo en la resistencia mínima y necesaria. En la preservación de ciertos rituales. En la conversación, que es arte del tiempo; en el deseo, que es tiempo hecho arte. En silbar, mientras paseo entre mi casa y una librería, melodías que solo yo escucho, que no pertenecen a nadie más.

BERNART RUIZ.- Permíteme que te diga, querido Jorge, que eres un antisistema de salón; haces el mínimo esfuerzo para sacar a pasear tu romanticismo mientras te permites el lujo –sobre todo moral– de señalar el mal que anida en un Lado Oscuro en el que retozas cuando te conviene. Y que conste que creo que se puede competir con y contra Amazon. En su terreno lo están consiguiendo las alemanas Tolino y Thalia; Google y Apple, dos gigantes de similar vocación totalizante pero de estilos muy distintos la siguen de cerca. Rakuten y Alibaba, dos gigantes del comercio electrónico, se lo ponen difícil en Asia. En el entorno del libro digital, Kobo –propiedad de Rakuten– le disputa algunos mercados importantes, creciendo poco a poco, recortando distancias. Esto en lo digital. En lo más cercano, en las librerías de toda la vida, es donde Amazon lo tiene más difícil porque su modelo de negocio está basado en enormes factores de escala y se pierde en lo pequeño, incluso en lo mediano. Por eso florecen nuevas librerías en muchos países del mundo en los que hace sólo seis o siete años parecía imposible cualquier recuperación. Nuevas librerías muy distintas de sus predecesores, más pequeñas, con menos libros, menos personal, menos facturación pero con un potencial de creación de público mediante la cultura y la gestión de medios sociales que permiten abrigar esperanzas. Compiten ofreciendo lo que Amazon no puede ofrecer.

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