Una sobredosis de soberbia

En 1895, Oscar Wilde se encuentra en el vértice de su carrera. Es el autor teatral de moda, no solo en Londres, donde simultanea dos obras en cartel, sino también en París y en Nueva York. Es el máximo exponente de la modernidad y del glamur, la encarnación del artista triunfador y diletante, la plasmación más conseguida del esteta y el bon vivant.

Hasta entonces, Wilde, nacido en la Irlanda británica cuarenta y un años antes, de padres intelectuales y políticamente comprometidos, había vivido de éxito en éxito, caminando siempre en el borde del precipicio pero sin despeñarse en él. Provocador, sarcástico, demoledoramente crítico con la puritana y prosaica sociedad victoriana, había, sin embargo, mantenido las formas que cabía esperar de un caballero de su posición. Se había graduado en las mejores escuelas, se había casado con Constance Lloyd, una mujer culta y respetable con la que tuvo dos hijos, había dirigido una publicación y ejercido el papel que le correspondía por clase y por formación.

Lo que sucedió en aquel infausto 1895 es difícil de entender. Wilde, de cuya homosexualidad nadie hablaba pero todo el mundo sabía, vivía una apasionada y tormentosa relación con el joven e insufrible Lord Alfred Douglas, más conocido como Bosie. El padre de éste, el marqués de Queensberry, en un acceso de rabia motivado por el odio que sentía hacia su hijo, escribió a Wilde una nota acusándolo de sodomita –lo cual, en aquellos años de rígida moral victoriana, era de una gravedad extraordinaria: algo así como, en nuestros días, acusar a alguien de violador. La nota, en todo caso, era privada y, si Wilde hubiera sido sensato, debiera haberse llamado a andanas. En lugar de eso, azuzado por Bosie, llevó al marqués ante los tribunales, acusándolo de difamación.

Queensberry era un hombre rico, brutal y despiadado. Le había dejado su mujer y le habían abandonado sus hijos, así que es fácil hacerse una idea de su manera de actuar en la vida. La línea que sus abogados emprenden, siguiendo sus propias indicaciones, es la que en términos futbolísticos se resume con el principio de que la mejor defensa es un buen ataque y, sin parar en barras de gastos y de ética, acumulan contra Wilde un aluvión de pruebas, más o menos reales, para poner en evidencia que la afirmación del marqués estaba basada en hechos probados. Hay un momento, en mitad del juicio, cuando las tornas empiezan a volverse contra el escritor, en que sus buenos amigos –el gran Bernard Shaw, por ejemplo- le aconsejan que dé marcha atrás, que renuncie al juicio y que salga discretamente del país. Un hombre de su talla, de su reconocimiento internacional, podría haberse ido tranquilamente a París, por ejemplo, ciudad que él adoraba y en la que le adoraban, y donde su permisividad y tolerancia hubiera admitido sin problemas los comportamientos heterodoxos del escritor.

Wilde se niega. Sus argumentos son flojos: tanto los que da en el momento, como los que años después desarrolle para justificar aquel error. Lo cierto es que sigue adelante, pierde el juicio por difamación y, como consecuencia, el fiscal entabla un proceso contra él acusándolo de sodomita. El final: dos años de brutales trabajos forzados, y una caída en picado que culmina, tan solo cinco años después, y, cómo no, en París, con su prematura muerte.

El nieto de Oscar Wilde, Merlin Holland, publicó hace unos años las actas completas de aquel delirante juicio. Es un libro estremecedor, implacable, que disecciona sin contemplaciones una etapa especialmente absurda de la sociedad británica y que ahonda con pasión de entomólogo en los circuitos mentales de uno de los tipos más lúcidos de aquella época, que, sin embargo, arruinó su vida y la de los suyos por una sobredosis de soberbia.

No es el aniversario de Wilde, ni el libro está recién publicado. No existen razones objetivas para referirme hoy a este asunto, pero estos días hay en los periódicos muchas noticias sobre juicios y me ha venido a la memoria este, uno de los más absurdos de cuantos se hayan podido celebrar.

(Artículo publicado en Vozpópuli el 23 de marzo de 2013)

Un dramaturgo de ciencias

El joven ingeniero se subió al estrado y comenzó a hablar. Con 32 años y una justificada fama de matemático brillante, tomaba posesión de su asiento en la Real Academia de Ciencias con un discurso muy esperado. Versaba sobre “la historia de las matemáticas puras en nuestra España” y todo el que conocía a aquel joven liberal y republicano podía sospechar que no iba a hacer un discurso cualquiera.

Entre otras cosas, dijo: “En la época moderna, España mal puede tener historia científica puesto que no ha tenido ciencia”.

Y también: “La ciencia matemática nada nos debe: no es nuestra; no hay en ella nombre alguno que labios castellanos puedan pronunciar sin esfuerzo”.

Y otrosí: “En nuestra España, sólo se conservan puros, y no siempre, la imaginación y el sentimiento; pero la razón, la facultad más noble del ser que piensa, languidece y decae, y con ella todo languidece y muere al fin”.

No causó entusiasmo el discurso, desde luego, sino más bien estupor y asombro, en aquella España de marzo de 1866, sumida en la profunda crisis del desgobierno final de Isabel II, con una economía a la deriva, unas instituciones degradadas y una sociedad cargada de amargura.

Recuerden: segunda mitad del diecinueve. Década arriba o abajo, ahí van estando la máquina de vapor, la electricidad, la penicilina, el telégrafo… No ha habido hasta entonces un tiempo tan fecundo en la historia de la humanidad, al menos en Europa y Norteamérica, donde la joven burguesía capitalista fomenta el desarrollo industrial con fuertes inversiones de capital humano pero también con un enorme impulso de la investigación y la ciencia.

España, en cambio, va a lo suyo. Todo el diecinueve español es un disparate perpetuo de asonadas militares, reyes impresentables, políticos corruptos, idealistas ingenuos y un pueblo sin formación ni información, sin interés por nada que no sea el ocio subvencionado, llámese toros o teatro, la búsqueda de un puesto de funcionario o la resignación ante un estado de cosas que ya se viene prolongando desde siglos.

El joven ingeniero se desespera. Piensa que desde la ciencia especulativa, desde la matemática, se puede acceder a lo “infinitamente grande” y se marca la tarea de transmitir a sus coetáneos todo lo nuevo que allende las fronteras se está estudiando y descubriendo. Con más de mil artículos publicados en la prensa a lo largo de su vida, él será el primer divulgador científico español, el primero que se esfuerce por emplear un lenguaje basado en analogías de la vida real para hacerse entender por sus lectores.

Pero sabe que solo con eso no va a conseguir que el país avance y se siente impelido a la acción política. Involucrado de lleno en la revolución del 68, desempeñó varias carteras ministeriales y al frente del Banco de España jugó un papel esencial en la modernización del procedimiento de emisión de moneda.

Con 42 años cesa como Ministro de Hacienda y, un poco por casualidad, prueba con la escritura dramática. (Por casualidad y por influencia: su hermano era un dramaturgo solvente que ha aportado a las tablas comedias de interés y excelentes libretos de zarzuela). El éxito del experimento es total y le decide a lanzarse en esa dirección. Sabe que su obra es de baja calidad pero obtiene con ella dinero y reconocimiento, y ninguna de las dos cosas le disgustan. ¿Por qué ese triunfo inesperado en aquella España atrasada y pachanguera? Es difícil de entender: los temas de las obras eran absurdos e inverosímiles; el lenguaje, fuera en verso o en prosa, chato y torpe; los personajes, imposibles; las tramas, enredadas; el desarrollo, tedioso…. De las 67 obras que escribió, ninguna resistiría hoy una reposición literal. Y sin embargo no era solo el público de a pie quien le aplaudía: Clarín y Pardo Bazán vieron en él valores que luego le retiraron… Bernard Shaw y Pirandello, los primeros espadas del teatro europeo del momento, se codeaban con él. Iniciado en un romanticismo tosco y tardío, se escoró a tiempo hacia el realismo hipermoderno de Ibsen y en ese espacio supo hacerse un lugar por más que a nosotros hoy nos cueste entenderlo.

También a los jóvenes intelectuales españoles de fin de siglo les costaba entender a aquella figura cada vez más excéntrica que en 1904 protagoniza lo que ellos consideran un sonado escándalo: la Academia sueca, que solo desde tres años antes se encarga de otorgar el Premio Nobel de Literatura, piensa aquel año en repartirlo entre dos escritores de lenguas minoritarias: el provenzal Frédéric Mistral y el catalán Ángel Guimerá. Pero el gobierno español tiene problemas con Cataluña –¡qué sorpresa!– y la diplomacia maniobra para modificar el dictamen. Los suecos buscan una fórmula de compromiso y encuentran en nuestro hombre una solución: es un intelectual de prestigio en Europa, tiene a sus espaldas una dilatada carrera como dramaturgo y ha traducido al castellano algunas de las obras más destacadas de Guimerá. Así que le dan el Nobel –ex aequo con Mistral, un oscuro y aburridísimo filólogo que, muy probablemente, no entendió nada de aquel lío– y los jóvenes airados de la Generación del 98, con Valle Inclán a la cabeza, encuentran una razón más para convertir al “viejo idiota” –Valle-Inclán dixit- en el blanco de sus iras.

Después de aquello, apenas escribe dramas. Regresa a la política y a la ciencia, que nunca había abandonado, y en los últimos años se concentra en la escritura de su voluminosa Enciclopedia Elemental de Física Matemática, de la que alcanzó a concluir casi treinta tomos.

En sus Recuerdos hizo un resumen dolorosamente sincero de su paradójica trayectoria:

“Las matemáticas fueron, y son, una de las grandes preocupaciones de mi vida, y si yo hubiera sido rico o lo fuera hoy, si no tuviera que ganarme el pan de cada día con el trabajo diario, probablemente me hubiera marchado a una casa de campo muy alegre y confortable y me hubiera dedicado exclusivamente al cultivo de las ciencias matemáticas. Ni más dramas, ni más argumentos terribles, ni más adulterios, ni más suicidios… Pero el cultivo de las altas matemáticas no da lo bastante para vivir. El drama más desdichado, el crimen teatral más modesto, proporciona mucho más dinero que el más alto problema de cálculo integral…”

José Echegaray se hubiera sumado, sin dudarlo, a las quejas y demandas de nuestros científicos contemporáneos. Como si el tiempo no hubiera pasado.

Publicado en Vozpópuli entre 2016 y 2017