La hora de la salud mental (al parecer)


Hace algunas semanas, un joven diputado con mucho futuro -lo digo como conjetura, porque de presente va un poco justo- se subió a la tribuna del Congreso en uno de esos plenos vacíos en los que unos a otros se insultan con desparpajo, y conminó al presidente del gobierno a que se preocupara por la salud mental de los ciudadanos. La pregunta tuvo mucho impacto, por lo inusual, y el propio Pedro Sánchez le felicitó (“son estas preguntas las que dignifican esta cámara”) como si, por ejemplo, preguntar por el modo en que piensa abordar la deuda pública o el modo en que va a ayudar a los autónomos arruinados revelaran una actitud indigna.

El caso es que todo el mundo -entendiendo por todo el mundo los medios que regulan el pensamiento mainstream- aplaudió la iniciativa del diputado-con-futuro. Hay consenso en que la salud mental va cada vez a peor y en que la pandemia ha incrementado hasta niveles nunca vistos dolencias psicológicas del tipo de depresión o ansiedad.

Es la hora de los psiquiatras, al parecer. Y como a mí las unanimidades me ponen un poco nervioso (atención, psiquiatras: paciente potencial) me puse a ronronear hasta que recuperé una historia que había leído hace muchos años.

Experimento, fase uno

En 1972, un psicólogo norteamericano, David Rosenhan pidió a ocho amigos que le ayudaran a realizar con él un experimento. Les dio unas cuantas instrucciones básicas y envió a cada uno a un hospital psiquiátrico de lugares y tipologías distintos. Lo que cada uno de aquellos amigos -profesionales de cierto nivel todos ellos- tenía que hacer era sencillo: presentarse en la recepción y decir: “Oigo una voz que me dice ‘zas’ (thud en el original, es decir, la expresión onomatopéyica tan típica de los cómics)”. Las instrucciones indicaban que al resto de las preguntas que se les hicieran había que contestar con sinceridad, aunque sin revelar la identidad. Si los admitían en el psiquiátrico, debían declarar inmediatamente que se encontraban bien y que habían dejado de oír la voz. En cuanto a la medicación que previsiblemente les administrarían, les enseñó a esconder las pastillas debajo de la lengua.

Omito detalles para no alargarme demasiado: todos los participantes en el experimento -incluido el propio Rosenhan- fueron hospitalizados, todos recibieron terapia y a todos se les diagnosticó ‘esquizofrenia paranoide’ o alguna etiqueta por el estilo. Si preguntaban “cuándo voy a salir”, la respuesta era “cuando esté bien”. Y un buen día, sin que sucediera nada ni hubiera ningún cambio, les daban el alta. La estancia media en el hospital había sido de diecinueve días: la más larga, cincuenta y dos; la más breve, siete. Les daba el alta por remisión de síntomas; en ningún caso se diagnosticó la cordura de estos falsos pacientes. El alta era un paréntesis pasajero en una enfermedad que nunca remitiría.

Experimento, fase dos

El experimento de Rosenhan fue duramente criticado por buena parte de sus colegas y se organizó un debate agrio. Tanto, que el psicólogo decidió darle una vuelta de tuerca y hacer un nuevo experimento, esta vez a la inversa. Acordó con un hospital psiquiátrico concreto, en el que sus profesionales habían sido especialmente duros con él, que a lo largo de tres meses le enviaría un número indeterminado de pacientes falsos, y serían esos profesionales quienes tendrían que detectarlos. No se trataba por tanto de decidir quién tenía problemas de salud mental sino quién estaba perfectamente cuerdo.

Al cumplirse el tercer mes, el personal del hospital informó a Rosenhan que se habían detectado, “con un alto grado de fiabilidad”, cuarenta y un pacientes falsos.

Rosenhan no había enviado ninguno.

Experimento, fase tres

Pasaron más de veinte años. La psiquiatría había avanzado mucho. Algo había tenido que ver la antipsiquiatría de Cooper y Laing, pero es posible que también el avance de la “sociedad medicalizada” que denunció Ivan Illich, que permite sustituir la reclusión por pastillas para obtener el mismo control sobre el paciente. El caso es que un buen día de finales de siglo, la psicóloga Lauren Slater, haciéndose pasar por una amiga suya, se está cinco días sin ducharse, se viste desharrapadamente y se va a las urgencias psiquiátricas de un hospital cualquiera.

Repite paso a paso lo que Rosenhan y sus amigos hicieron veinte años antes. “Oigo una voz que dice zas”, le revela al médico que la atiende. El doctor le pregunta por su vida, por su infancia, por su situación. La paciente contesta a todo con sinceridad, es decir, le narra una vida perfectamente normal y monótona. El médico concluye que le va a recetar un antipsicótico. “Entonces -pregunta ella-, ¿cree que soy psicótica?”. “Creo que tiene un toque de psicosis y que además está bastante deprimida”, le contesta mientras le rellena el formulario.

La psicóloga repitió el experimento varias veces durante los días siguientes. Acudió a las urgencias de varias hospitales y repitió la misma historia. En casi todos los casos le diagnosticaron depresión con características psicóticas. En ningún caso la ingresan y las visitas no duran más de diez minutos, pero en total le recetan veinticinco antipsicóticos y sesenta antidepresivos.

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Nuestro joven diputado-con-futuro está muy preocupado por nuestra salud mental y nuestro presidente comparte con él la preocupación. Ha prometido priorizar la estrategia de salud mental del sistema nacional de salud y, aunque -en el mejor estilo sanchista- no ha precisado nada sobre qué significa todo eso, yo he empezado a acordarme de Thomas Szasz, y a ver psiquiatras por todos los rincones, psiquiatras que me miran con una mezcla de displicencia y conmiseración y me incitan a consumir cantidades ingentes de risperidona y mirtazapina.

Naturalmente, con receta.

Publicado en La Política Online el 18/04/2021

Cinco cartas radioactivas

Por una vez me voy a ajustar a la actualidad más rabiosa. El día 12 de abril, ayer mismo como quien dice, la Comisión de Transición Ecológica y Reto Demográfico del Congreso de los Diputados recibió al presidente del Consejo de Seguridad Nuclear, que compareció, excepcionalmente, para un asunto monográfico: quejarse de haber recibido en un plazo de tres años la desbordada cantidad de cinco cartas en las que los remitentes se quejaban por el retraso del informe que este organismo tiene que emitir en torno a la explotación minera de uranio que la empresa Berkeley dice que quiere llevar a cabo en la provincia de Salamanca.

Como si de España misma se tratara, los portavoces de los grupos presentes en la Comisión se dividieron en dos bloques. Los de la izquierda pusieron el grito en el cosmos por la presión intolerable a la que se sometía al organismo y por el daño ecológico brutal que supone para la comarca la extracción del uranio de la mina de Retortillo. Los de la derecha pusieron el grito en Las Batuecas para lamentar la pérdida de riqueza para España y de empleo para la comarca por el intolerable maltrato al que se estaba sometiendo a esta honestísima empresa que lo único que quiere es hacer el bien y que todos nos beneficiemos de ello.

En el asunto de las cinco cartas que motivaban la comparecencia también los bloques se retrataron: la izquierda -Izquierda Plural, Unidas Podemos y PSOE- habló de sospechosas maniobras, y de sus bocas salieron las palabras malditas: lobbies, grupos de presión, y tal y tal. La derecha mostró su extrañeza ante el hecho de que se considere presión, por ejemplo, una carta de la comunidad autónoma en cuyo territorio está la mina y dos más de la empresa preguntando aquello de cómo-va-lo-mío. Y hablando de presiones, decían tanto Vox como PP (Ciudadanos no estaba ni en un bloque ni en otro: simplemente no estaba), habría que preguntar acerca de las ejercidas por los colectivos ecologistas y las oenegés que llevan años oponiéndose al proyecto. El compareciente, a todo esto, jugaba a neutral -“órgano independiente” y estas cosas que se dicen- aunque enseñaba la patita cuando, por ejemplo, se permitía tutear al diputado de Unidas Podemos -el activista medioambiental López de Uralde- porque lo de “su señoría” se le atascaba.

Sensatas, lo que se dice sensatas, se dijeron pocas cosas. Una de las pocas la dijo la diputada Inés Sabanés -Izquierda Plural, es su grupo- cuando señaló que todo este lío de las cinco cartas se habría resuelto si estuviera bien regulado el asunto de los lobbies, sobre la base de criterios de transparencia y juego limpio. Muy sensato el comentario, coincidente de lleno con lo que los lobistas de bien (APRI y tantos otros) llevamos reclamando desde hace diez años. Considerando que la señora Sabanés pertenece a la mayoría gubernamental, le sugiero que ella misma se autopresione para sacar adelante la ley que prometieron y en la que, se dice, están trabajando.

El truco de la mina que no existe

Los parlamentarios, tanto los de un bando como los de otro, con este rifirrafe de las cinco cartas, le hicieron el juego a Berkeley al eludir la pregunta clave: Por qué esta empresa minera australiana se instaló en España hace más de diez años y lleva desde entonces proclamando a los cinco vientos que quiere reabrir la mina de uranio de Retortillo en Salamanca pese a los infinitos obstáculos que, al parecer, unos y otros le van poniendo en el camino.

Verán. La historia es muy larga y no quiero aburrirles con ella. Así que les daré una repuesta telegráfica y luego, si me queda sitio, me explayo un poco en la explicación, de manera que el que quiera pueda dejar el artículo a medias conociendo ya el final.

Repito, pues, la pregunta: ¿Por qué Berkeley no consigue explotar el uranio de Salamanca? La respuesta: Porque no hay uranio. O para ser exactos, porque el uranio que hay, por volumen y por localización, no puede ser extraído.

Siguiente pregunta: Si no hay uranio, ¿por qué Berkeley sigue empeñada en el proyecto, en el que se ha gastado, dicen, casi cien millones, y está dando empleo a sesenta personas? La respuesta: porque Berkeley no vive del uranio, sino de la especulación bursátil.

(Quien tenga prisa, puede dejar de leer aquí: el resto del artículo es un desarrollo, en todo caso muy sintético, de lo anterior).

A veces, los socialistas prefieren lo privado a lo público

El uranio en Salamanca se empezó a explotar a comienzos del siglo veinte, y en los últimos decenios corrió a cargo, como parece lógico, del Estado, a través de la Empresa Nacional del Uranio (Enusa). Los directivos y profesionales de Enusa -gente muy seria, créanme- llegaron en los primeros años de este siglo a la conclusión de que aquello no daba más de sí y acopiaron recursos y procedimientos para acometer la titánica tarea de restaurar la zona, de limpiar las aguas, de reverdecer el entorno que había sido deteriorado tras un siglo de explotación minera radioactiva. Pero cuando Enusa estaba en estas, llegó una empresa australiana a la que nadie conocía, Berkeley -primero con socios franceses que le aportaban pedigrí, después con socios coreanos que soltaban la tela: los socios se le iban con la misma velocidad con que llegaban- y convenció al Ministerio de Industria y Energía de que Enusa estaba equivocada, de que en Retortillo aún había uranio y de que, si se lo permitieran, ellos iban a crear riqueza y empleo en la comarca como no se había vito desde los tiempos de Roma.

Hay que dar nombres, perdónenme si parezco faltón: el ministro que quitó la competencia a la empresa pública para dársela a Berkeley se llamaba, y se llama, Miguel Sebastián, a la sazón titular de la cartera en el segundo gobierno de Rodríguez Zapatero. Por allí andaba también el que había sido ministro de Trabajo del primer gobierno del leonés y al que Zapatero había enviado al rincón de pensar en la Fundación Ideas. Me refiero a Jesús Caldera, a la sazón y por mucho tiempo diputado socialista por la circunscripción de Salamanca, y muy interesado por tanto en el progreso de su provincia.

Sebastián y Caldera, pues. Cuando escuché, en la sesión parlamentaria que nos ocupa, al portavoz socialista Germán Renau atacar a Berkeley y defender las soluciones ecologistas para la comarca, me alegré porque me parece muy sano el ejercicio intelectual de cambiar de opinión: quizá, tal vez, un toque expreso de autocrítica a veces no vendría mal. Y al señor Renau se le olvidó.

La estrategia de la dilación

Berkeley recibió desde el primer momento el apoyo de todas las instituciones: de los ayuntamientos de la zona, de la Junta de Castilla y León, de la Administración central. Lástima que sus técnicos necesitaban tiempo para entender aquel proyecto engorroso y confuso. Solo hablaron en contra -Enusa, amordazada por su propio gobierno, no lo pudo hacer- las organizaciones ecologistas. Pero incluso estas erraban el tiro porque, con su oposición al proyecto, lo impulsaban. Si Berkeley hubiera recibido de inmediato todos los permisos para reabrir la mina y explotarla se le hubieran visto las vergüenzas: es justo lo que no quería. Por eso, como en la sesión parlamentaria reflejó perfectamente el presidente de CSN, la documentación que la minera exhibe es siempre “deficiente e incompleta”. No por incompetencia -cuenta con cuantos expertos necesite a golpe de talón- sino por táctica.

Berkeley lleva más de diez años haciendo una prodigiosa estrategia de comunicación financiera: periódicamente anuncia grandes avances en su proyecto -un papel recibido de una oscura oficina administrativa, una prospección que apunta, dicen, en la dirección correcta, el fichaje de un sonado directivo- y con ello consigue que el valor de la acción se dispare en las tres bolsas en las que cotiza -Australia, Londres y Madrid-. De vez en cuando -acaba de hacerlo hace unos días- amenaza con acciones legales para obtener sustanciosas indemnizaciones por los supuestos perjuicios de los retrasos acumulados, y siguen, entretanto, presentando los papeles tarde y mal para que la rueda no se pare.

A los amigos de Berkeley ya se les va viendo las costuras. En la sesión parlamentaria, el diputado López de Uralde -de lejos, el más enterado de esta historia y el que había convocado la sesión- ya esbozó su sospecha de la estrategia especulativa de la minera australiana. Pero si esto es así, ¿por qué siguen todos- López de Uralde incluido- haciéndole el juego a la empresa? Déjense, queridos ecologistas, de insistir en el daño ambiental que Berkeley va a hacer en la comarca. Berkeley no va a sacar de Retortillo ni un gramo de uranio, no solo porque no lo hay, sino porque no es a eso a lo que juega.

Cinco cartas radioactivas (lapoliticaonline.es)

“Esto va a ser lo de los lobbies”

Un diputado se subió el otro día a la tribuna del Congreso y, en un tono muy castelariano, espetó: “¿Qué queremos nosotros? Nosotros queremos escuchar a la sociedad civil”.

Hay algunos latiguillos del lenguaje político contemporáneo que tienen, en sí mismos, mucho de sobreactuado. Este, sin ir más lejos. ¿Por qué se coteja de civil a la sociedad? ¿Para diferenciarla de otro tipo de sociedades (la militar, la masónica, las anónimas…) o simplemente para dotar al sustantivo, a golpe de redundancia, de un empaque que en sí mismo no tiene? A ver, escuchemos al diputado en un estilo menos pomposo: “Queremos escuchar a la sociedad”. Efectivamente, no funciona: eso es una sosez. La sociedad a secas queda como muy vulgar y además es imposible. ¿Cómo vas a escuchar a la sociedad, así, a mogollón, como si la sociedad fuera una señora que llega a tu despacho con su lista de reivindicaciones y te las suelta de seguido? Escuchar a la sociedad es imposible. Igual de imposible que escuchar a la “sociedad civil”, naturalmente, pero en este caso el adjetivo solemniza la expresión y entonces la frase no significa nada, pero lo parece. Pura farfolla política.

El diputado pronunciaba estas palabras el pasado 25 de febrero en la sesión parlamentaria que debatía la convalidación del real decreto-ley para la puesta en marcha del plan de recuperación, esa partida de los fondos europeos a la que lo hemos apostado todo como única solución a nuestros problemas, pero sin saber bien cómo se juega ni quiénes son los jugadores. El diputado criticaba al gobierno al que reprochaba ser el segundo peor país en la ejecución de los fondos europeos del sexenio anterior y le recriminaba lo mal que se está preparando para los que vienen. Tenía razón el diputado, y la sigue teniendo: lástima que la crítica al gobierno sea una de las mercancías más baratas que se despachan en el almacén de las actividades públicas.

Lo que me preocupa, y lo que me importa, de las palabras del diputado es el hilo con el que desarrolla su intervención: “¿Qué va ser esto?”, se pregunta refiriéndose al modo en que van a gestionarse los fondos. Y se autocontesta: “Esto va a ser lo de los lobbies”. Y a partir de ahí se enzarza en una batiburrillo de reproches y de acusaciones que concluye, según el acta de la sesión, con una puntualización determinante: “Aplausos”, dice el acta. Misión cumplida.

Quédense con la copla, por favor: el diputado y su grupo quieren escuchar a la sociedad civil; el gobierno, a los lobbies (o a los lobis, que es más fácil de escribir). Ya tenemos el binomio en pie. El viejo y sobado binomio del bueno y el malo, tan del gusto de la política actual.

Poniendo la intervención en contexto, para que se entienda la boutade, lo que le se pasaba a su señoría es que estaba muy enfadado con un artículo de prensa en el que se anunciaba que un grupo de exministros, exparlamentarios y ex varias cosas habían constituido una firma de asesoramiento para ofrecer a las empresas apoyo en la obtención de ayudas del maná europeo. No hacía falta remitirse a una noticia en concreto de un periódico concreto, como hace el diputado. La creación de esta consultora ha ocupado más espacio en los medios que la misión a Marte porque alguno de sus impulsores, que viene de una trayectoria curtida en el duro bregar de los aparatos de los partidos, se ha recorrido todas las redacciones con la perseverancia con que nuestras bisabuelas se recorrían las estaciones de semana santa y pedían en cada una de ellas por las intenciones del Papa.

Al diputado, lo de esta consultora le parece fatal. Ilegal no es, desde luego, y el diputado no aporta datos de que haya cometido ninguna infracción, de manera que imagino que lo suyo es una ira preventiva, como esas que se agarraba Dios en el Antiguo Testamento y mantenía a los suyos durante años dando vueltas por el desierto para que no pecaran. El diputado sospecha, a la vista de las biografías, que esta consultora se va a valer de sus contactos con el gobierno y entre unos y otros se van a hartar de conchabes y malabares.

No digo yo que no, pero tampoco que sí: no tengo datos y el diputado no los aporta.

Pero a lo que voy: ¿a mí qué me cuenta? Si el diputado considera que esta consultora y las personas concretas que la componen lo que persigue es -cito textualmente- “repartirse la pasta y los sillones” bien está que lo diga, incluso que vaya al juzgado, si tan claro lo tiene. Pero afirmar que “esto va a ser lo de los lobbies” y meternos en ese saco a las docenas de profesionales que hacemos honestamente nuestro trabajo es, lo comprendo, resultón, pero algo peor, mucho peor, que inexacto.

El diálogo de las instituciones con la sociedad (con la civil, por supuesto) se realiza a través de diversos canales de mediación, a través de intermediarios que, cuanto más identificados estén y más transparentemente actúen, mejor será para todos. Estos intermediarios (algunos de ellos, para no enredarnos ahora en taxonomías detalladas) somos los lobistas -o los profesionales de asuntos públicos, o los de relaciones institucionales, o como quieran ustedes llamarnos. Y los lobistas -los que estamos agrupados en la APRI y muchos otros que apuestan muy seriamente por esta profesión- llevamos años pidiendo a los poderes públicos que nos reconozcan, que entre todos nos regulemos y que fijemos las reglas del juego del modo más transparente y limpio posible. Se ha avanzado algo, se está avanzando mucho en algunas comunidades autónomas y en algunos ámbitos de la Administración, pero el espaldarazo definitivo del legislador se resiste por razones no muy comprensibles y que tal vez tengan más que ver -digo, es un decir- con la ineficiencia del engranaje parlamentario que con la falta de voluntad.

El diputado que hizo esta intervención conoce esto perfectamente, nos conoce, nos aprecia y se sienta con nosotros, los lobistas, frecuentemente, para conocer de primera mano asuntos que le incumben y de los que tiene que informarse. ¿A qué viene entonces meter en el mismo párrafo las churras con las merinas, el culo con las témporas o como quiera que ahora se digan este tipo de fórmulas?

Con intervenciones así no se avanza. Pero no es que no se avance en la normalización de nuestra actividad: es que no se avanza en lo imprescindible, en permitir que se desarrollen herramientas de diálogo institucional modernas en su eficacia y éticamente irreprochables que la sociedad necesita.

La sociedad civil, naturalmente.

Publicado en La Política Online el 09/03/21