El bochornoso espectáculo anual

(Publicado en el diario Vozpópuli el 25 de octubre de 2013)

Hace un año publiqué en estas mismas páginas un artículo sobre el Premio Planeta. Aún me siento orgulloso de él: era preciso e incontestable y remitía a fuentes autorizadas cuya validez se mantiene. Tan satisfecho me quedé con mi trabajo que no me cupo duda alguna de que obtendría efectos inmediatos. No que el Grupo Planeta, tras un ejercicio público de autocrítica, renunciara a convocarlo en años sucesivos: mi inocencia no podía llegar a tanto. Pero sí pensaba que los quinientos ingenuos que anualmente remiten su trabajado manuscrito al celebrado certamen decidirían destinar el coste de ese dispendio a tomarse una caña a mi salud. O que las decenas de periodistas rigurosos y eficientes que pierden tres días en Barcelona loando la mascarada optaran este año por dedicar su tiempo a cosas serias y productivas.

No solo no fue así, sino que la entidad convocante encontró –supongo que sin buscarlo- quien salió a la plaza pública en su defensa.

Por aquel entonces comenzaba yo mi andadura en Twitter y, encantado con la buena nueva de haber puesto al tramposo en su sitio, lancé, a los cuatro seguidores que por entonces tenía, el siguiente trino: “El #PremioPlaneta me preocupa como síntoma de la estafa #cultural que nos rodea. Escribo sobre ello en (y aquí el enlace de más arriba)”.

Un intercambio epistolar 2.0

Para mi sorpresa, uno de los galardonados con el premio pocos años antes me contestó. Su tuit decía: “Dime la verdad, ¿cuántos ganadores del Planeta has leído?”. Simpleza por simpleza, contesté: “Un fraude es un fraude, lo gane Agamenón o su porquero”, trino que me pareció mucho más al hilo de la cuestión que el que lo motivaba. Recibí respuesta, claro, en menos de 140 caracteres: “Juan, creo que muchas veces se habla de esta historia sin conocerla de verdad. Y se generaliza demasiado. Saludo”.

Llegados a ese punto, me pareció que debatir en formato telegrama resultaba un poco espeso, así que me esforcé en buscar el correo electrónico del conocido autor y le puse unas líneas:

“Estimado X: Lejos de mí la intención de agredir a los autores implicados. Seguro que hay excepciones, y matices, y anécdotas. Pero precisamente el pensamiento avanza porque somos capaces de elevar la anécdota a categoría. El Premio Planeta está trufado de irregularidades de las que el propio Lara alardea. Y en todo caso a mí no me preocupa el premio, sino el eco mediático que recibe –completamente desmesurado- y el juego trucado con el que se simultanea la búsqueda del máximo beneficio y la exigencia de la máxima protección estatal. Un tema fascinante, en todo caso. Mea culpa: no te he leído, pero prometo remediarlo.”

Obtuve educada respuesta, que edito ligeramente para respetar al máximo la privacidad del autor:

“Juan, ya lo sé, tu artículo era totalmente respetuoso en lo que a los autores se refiere. En cuanto a las irregularidades del Premio, yo sólo puedo certificar mi caso concreto. […] En cuanto al juego mediático, creo que es fácil de entender cuando es el premio de Novela (sic) mejor dotado en lengua castellana, y también en atención a sus más de sesenta ediciones. Ningún periodista asiste a punta de pistola, sino porque el fallo suscita interés, y está además concebido como un excelente espectáculo (sic de nuevo). La existencia del Planeta no perjudica a nadie, y el dinero del premio sale de las arcas de una empresa privada. El dinero que mueve, que es mucho, beneficia a la editorial, pero también a autores y a libreros. Los anuncios de las novelas ganadoras suponen ingresos para distintos medios, y todo lo que rodea a la gira representa ingresos para otros sectores. Entiendo que a ti no te guste esa maquinaria, pero no veo cómo puede hacer daño a alguien el que exista. Hablas de “protección estatal”, pero no existe ninguna que sea exclusiva del Premio. Hay algo en lo que me gustaría que pensases: hay en España miles de personas que el único libro que compran al año es el ganador del Planeta. Posiblemente, si no existiese el Premio no comprarían ninguno. Gracias a la editorial en muchas, muchísimas casas españolas hay ejemplares de Vargas Llosa, de Cela, de Millás, de Álvaro Pombo… Quizá el que los compró no los lea, pero un día alguien lo hará. Sólo por eso, Juan, creo que hay que estar satisfechos del indudable papel que ha jugado el Planeta en el mundo de la lectura en España. Te mando un abrazo, y hasta cuando quieras”.

Nuestro intercambio siguió, pero lo importante ya estaba escrito por ambas partes y no les quiero aburrir con menudencias.

Vivir de falacias

Transcribo los comentarios de este autor porque en él aparecen perfectamente reflejados los tres argumentos básicos en los que se sustentan las falacias del Planeta.

Primero: Es un premio surgido de la iniciativa privada, así que cada uno hace en su chiringuito lo que quiere, máxime cuando produce beneficios que se reparten entre muchos.

Segundo: Hay premios Planeta buenos y malos y los primeros hacen mucho bien a la comunidad lectora.

Tercero: Gracias a la enorme promoción de los premios Planeta, en muchos hogares han entrado libros.

Estos mismos argumentos los llevamos oyendo edición tras edición, sustentados en el viejo principio de que una mentira mil veces repetida termina convirtiéndose en verdad. No es cierto, naturalmente: una mentira mil veces repetida termina convirtiéndose en mil mentiras, las diga el presidente de Planeta o cualquiera de sus acólitos.

El Premio Planeta es una iniciativa privada dentro de un sector extremadamente regulado. Ya he escrito sobre esto, pero basta con observar la nómina de autoridades de primerísimo nivel que asisten a su entrega para darse cuenta de la dimensión pública que tiene. O, si quieren mirarlo de otro modo, echen un ojo a las ayudas públicas de que disfrutan las empresas del Grupo y verán que no es del todo fácil deslindar en su actividad lo público de lo privado. (En este excelente artículo, que concluye con una bibliografía contundente, pueden ustedes ver a qué me refiero).

En segundo lugar, aunque todos los libros publicados bajo los auspicios del premio fueran obras maestras, seguiría estando contaminado por sus trampas y sus falacias. Pero ni siquiera es así: incluso los nombres rimbombantes que pueblan su nómina entregaron al Planeta sus obras más infames, en un acto más o menos inconsciente de su opinión sobre el premio.

Por último, que en algunos hogares españoles la biblioteca básica esté sustentada en los libros editados bajo el sello del Premio Planeta, me hace temer lo peor sobre las posibilidades de desarrollo intelectual de estas familias. Como he tenido ocasión de reiterar en muchas ocasiones, leer es un verbo transitivo: contra lo que muchos se empeñan en hacernos creer, la lectura en sí misma no proporciona sabiduría. Si así fuera, el millón largo de lectores diarios del Marca serían candidatos al Nobel.

Un año más

Pero un año más reitero que lo que me llena de estupor es la cobertura mediática, entusiasta y acrítica con que se rodea tanta desvergüenza. Me sorprende, porque muchos de los medios que hacen la ola a esta lamentable parafernalia están muy enfadados con nuestros políticos, con el gobierno y con el mundo entero porque falta honestidad y decencia. Y porque nadie dimite. Y porque nadie está en el cárcel.

Los mismos medios que despotrican cada día contra un sistema que necesita una regeneración ética adulan durante tres días al año a la empresa convocante –casualmente durante los tres días en que sus redactores pasean por Barcelona a expensas de su presupuesto de marketing-, publican con letras de molde sus declaraciones aun a sabiendas de que se trata de torpes obviedades y omiten la evidencia de una mentira institucionalizada bajo el argumento incontestable de que “es el premio mejor dotado en lengua castellana y está concebido como un excelente espectáculo”. Argumentos ambos harto peligrosos cuando estamos hablando de decencia y honorabilidad.

Escribo este artículo sin saber quién ha ganado este año. Aunque fuera el mismísimo Cervantes con la segunda parte de El Quijote todo cuanto antecede lo volvería a suscribir. Y, a menos que se rindan, lo seguiré suscribiendo.

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Para qué sirven los ministros de Cultura

Aquellos amigos a los que tengo por faro y guía en el inextricable mundo de la Cultura están muy disgustados porque Rajoy no haya nombrado, en su nuevo/viejísimo Gobierno, un ministro que se haga cargo en exclusiva de la cosa. Sostienen estos amigos, y lo argumentan sesudamente, que al englobar la Cultura en una cartera que debe atender, a la vez, los enredados problemas de la Educación, las muy variadas exigencias del mundo del Deporte y los deberes derivados de la Portavocía del Gobierno, el señor Méndez de Vigo no podrá prestar la atención debida a un área al parecer esencial de la vida de los ciudadanos.

Mis amigos saben mucho de esto, así que doy por supuesto que tienen razón y me he puesto, con ellos, a añorar aquellos tiempos en que la existencia de un Ministro de Cultura, con denominación exclusiva y específica, tanto bien nos hacía. Recordé, para empezar, al primer titular de esta cartera en nuestra democracia, don Pío Cabanillas, que la sostuvo en los años -1977-1979- de aquella añorada primera legislatura constituyente. Lo que hizo don Pío, en rigor, fue dar una mano de pintura al viejo Ministerio franquista de Información y Turismo, del que él mismo había sido titular, desmontar, no sin esfuerzo, los aparatos de censura y represión y cambiar los sellos en los que aún aparecía el aguilucho por otros más modernos. Poco más pudo hacer, porque Cabanillas, como todos sus compañeros de UCD, tenía que ocuparse sobre todo de participar en el permanente navajeo en el que su partido andaba siempre enfrascado.

Los sucesores ucedeos de este ministro fundacional -cuatro en dos años-, apenas tuvieron tiempo de encontrar su despacho, al que tampoco le tenían mucho apego porque ellos estaban allí de paso, cubriendo cuotas de familias políticas, o bien recalados desde carteras más importantes o bien usando esta de trampolín para mayores metas. De Manuel Clavero solo cabe acordarse por su “café para todos” autonómico, como ministro territorial, y de Íñigo Cavero porque incrustó en vena a la UCD el estilo grisáceo y ultraconservador de la democracia cristiana italiana, pero ambos dejaron la Cultura como se la encontraron, que no es poco.

Entre ambos estuvo por allí don Ricardo de la Cierva, pero sus meses como ministro fueron tan pocos que nos libró de momentos memorables: tan preclaro (des)cerebro hubiera sido capaz de devolvernos a la Edad Media si hubiera tenido un poco más de tiempo. Y finalmente Soledad Becerril le permitió a Leopoldo Calvo Sotelo demostrar que era un valiente y un moderno poniendo a una mujer al frente de un ministerio, como la mismísima República, bien que un ministerio poco peligroso, por si acaso el experimento no le salía bien. Para la sevillana fue el comienzo, vertiginoso, de una carrera política que aún la mantiene en órbita, ahora como Defensora del Pueblo.

Así que en la Transición, en esa mitificada Transición con la que tantos se llenan ahora la boca,  los ministros de Cultura no fueron demasiado útiles… Pero es que entonces había cosas más importantes.

Con Felipe todo cambió. El primer ministro de Cultura socialista fue Javier Solana, del que yo recuerdo como aportaciones esenciales la gratuidad de los museos -de la que hubieron de desdecirse- y un glorioso “catorceavo” proclamado en plena rueda de prensa como ordinal de catorce. También hay otra anécdota conocida: Tierno Galván, hablando con otras personas, no conseguía recordar el apellido de Solana y dijo: “Sí, hombre, esos dos hermanos que quieren ser ministros…”. Alguien contestó: “¿Los Solana? Pero uno de ellos ya lo es…”. A lo que el viejo profesor repuso: “Ya. Pero ministro de verdad, me refiero”. Y don Javier lo fue, vaya si lo fue, y se le quedaron tan cortos los ministerios que tuvieron que abrirle las puertas de la OTAN y de la Comisión Europea para que se desfogara a gusto.

Después llegó Semprún, que ese sí fue un golpe de efecto de Felipe. El gran Semprún, el afrancesado Semprún, venía a imitar a Malraux en España, lo que le permitía a González ponerse a la altura del mismísimo De Gaulle. Se cuenta que el gran escritor se aburría mucho como ministro, que a las seis de la tarde echaba la llave de su despacho -¡un precursor de la conciliación!- y se iba a casa a leer y que tras el Consejo de Ministros de los viernes se marchaba a París a pasar un largo fin de semana para reponerse del sopor ambiental y del malhumor que le provocaba el zafio populismo del vicepresidente Guerra.

Son rumores a los que no hay que hacer mucho caso, pero lo cierto es que Semprún, llegado el momento, “fuése y no hubo nada”.

Le sucedió Jordi Solé Tura. Igual que Calvo Sotelo metió a la primera mujer en el Consejo de Ministros por la puerta de atrás, es decir, Cultura, Felipe metió al primer comunista por el mismo lugar. El gran Solé Tura, el hombre de Carrillo en la ponencia constitucional, estaba ya, lamentablemente, para pocos trotes y pasó una temporada en el despacho de la Plaza del Rey, rememorando, supongo, mejores tiempos.

Carmen Alborch fue la última titular de la cosa con Felipe. Era dispuesta, preparada, con ideas. Le tocaron líos audiovisuales e intentó poner en marca el Teatro Real, pero era la peor legislatura posible, con los Gal, Roldán y Rubio haciendo fechorías, y aquello terminó como los malos partidos de fútbol cuando el equipo de casa va perdiendo por goleada.

Hasta que no regresaron los socialistas al gobierno, dos legislaturas después, no volvió a haber luz en el mundo cultural español, si la tesis de mis amigos es cierta. El gran Rodríguez Zapatero encargó esta tarea, considerada por él de primer orden, a la andaluza Carmen Calvo, ese faro de sabiduría que consideraba que el dinero público no es de nadie. Eran tiempos de bonanza y bienestar, así que la fiesta funcionó a tope. Tanto, que hubo que poner algo de orden y Zapatero encargó la tarea a César Antonio Molina, dicen que un buen gestor porque con el dinero de Polanco había hecho del Círculo de Bellas Artes el mejor lugar de España para comer canapés gratis. Pero era un hombre un poco triste para los gustos de la época y el presidente terminó cambiándolo por una cineasta -Ángeles González Sinde-, en cuyo haber, que yo sepa, figura el haber dado empleo temporal a algún periodista desocupado. González Sinde fue la última representante, por ahora, de una saga de ministros de Cultura esenciales para nuestras vidas como puede inferirse de todo lo anterior.

Trufados entre medias, en las dos legislaturas de Aznar, y después, en la(s) de Rajoy, han pululado unos cuantos secretarios de Estado de Cultura, que se han esforzado por que las esencias no se perdieran. Entre 1996 y 2000, y bajo el tutelaje de Esperanza Aguirre al frente del biministerio, ocupó el puesto Miguel Ángel Cortés, del que no se ha vuelto a saber nada tras haber sido un personaje glorioso del primer aznarismo. Aguirre y Cortés formaron la peor dupla que quepa desearle a ningún área de gestión: ignorantes y arrogantes, no hicieron más daño a la cultura porque no eran capaces.

Con Rajoy de ministro (¿es que no se acuerdan?: Rajoy fue ministro de Educación y Cultura durante un tramo de la segunda legislatura de Aznar), y luego con Pilar del Castillo, ocupó la secretaría de Estado Luis Alberto de Cuenca, el mejor poeta de derechas que tenemos en España. Luis Alberto dotó a su vicecartera de sosiego, de respeto y de inanidad, como hacemos los poetas con todo lo que se pone en nuestras manos.

Y finalmente, de Wert para acá, el bueno de Lassalle ha sufrido en silencio las incoherencias obligadas entre su discurso intelectual previo a su llegada al gobierno y la realidad cruda de Montoro ejerciendo. Su perpetua cara de estupor ha sido la gran metáfora de nuestra cultura más reciente.

De manera que sí, que tienen razón mis amigos y un ministro de Cultura es muy necesario: para asistir a la entrega del Planeta y para que las gentes del cine puedan criticar a alguien en la entrega de los Goya.

Queremos ministro ya.

La buena salud del libro

A Txetxu Barandiaran

Querido Txetxu, me propusiste hace unos meses que os escribiera un folio con “algunas sensaciones, experiencias, reflexiones u opiniones en torno al sector del libro y la lectura” con la única condición de que “levanten un poquito el estado de ánimo”. Y yo te contesté que sí, que por supuesto, que solo faltaría y que “lo del estado de ánimo me suena bien: soy un optimista racional y me molesta tanto el entusiasmo adolescente como la melancolía taciturna, porque las dos nacen de la irreflexión”.

Así que aquí estoy, con una promesa a cuestas. Y que no es fácil. Porque una cosa es ser un optimista racional y otra, cumplir con un mínimo de competencia.

Dejo, naturalmente, los análisis sesudos a los que de verdad sabéis de esto, a los que os dedicáis profesional y vocacionalmente a reflexionar sobre el libro y a impulsarlo con rigor. Yo en esto soy un diletante, un mero aficionado que ha tocado circunstancialmente algunos palos del sector. Y con ese desparpajo me expreso.

La buena salud del libro

Fíjate, Txetxu, si estoy en condiciones de levantar el estado de ánimo, que mi primera afirmación tajante es que yo al libro lo veo estupendamente. Sin ningún achaque, sin ningún problema. El libro goza de excelente salud y le auguro un extraordinario futuro.

De quien no se puede decir lo mismo, naturalmente, es de la industria. Las industrias es lo que tienen: que cuando se quedan obsoletas y no responden a la demanda de los ciudadanos-consumidores, desaparecen. Le ocurrió a la industria del sombrero -el ejemplo no es mío: lo airea con frecuencia un conocido economista-: cuando la gente dejó de considerar necesario llevar cubierta la cabeza, el sector se vino abajo. ¿Qué fue de los empresarios, de los trabajadores, de los comerciantes que abundaban en él? Se pasaron a otro, claro, probablemente al de los pantalones vaqueros que entonces empezaba a surgir. El mundo del comercio es así, mal que les pese a los reguladores impenitentes: funciona la oferta y la demanda y cuando se ofrecen cosas que no interesan, es hora de echar el cierre. Sin dramatismos: aceptando la evidencia.

La industria del libro, pues, se está hundiendo por las razones que sean –que a mí eso no me compete-, pero el libro, insisto, goza de excelente salud. ¿Por qué digo esto? No hay más que echar un vistazo alrededor: escribe más gente que nunca, publica más gente de la que nunca ha publicado, todo el mundo sabe leer y tiene posibilidades únicas y maravillosas de acceder a todos los libros existentes. En esas condiciones, ¿por qué voy a pensar que peligra?

Yo mismo: he leído toda mi vida, desde los catorce años, de manera incansable, imparable e ininterrumpida. Me he gastado una fortuna en libros, los he adquirido de todos los precios, tamaños y colores, los he tomado prestados, los he pedido, los he robado… Nunca he tenido tanto acceso a ellos como ahora, ni a tan buen precio. ¿Dónde está el problema?

Religión y mezcolanza

El problema, si es que lo hay, está en dos sitios: en la mitificación y en la falta de discriminación.

Llamo mitificación a esa absurda solemnidad con que todo el mundo se refiere a los asuntos del libro. Del libro se ha hecho una religión, una necia religión (¿redundancia?) en la que se adora no solo un concepto, una categoría abstracta -el dios Libro- sino también sus rasgos y naturaleza: de papel, gordo, con olor a no sé qué y textura de no sé cuánto…

Dicen algunos antropólogos modernos que las religiones han sido una ventaja evolutiva del ser humano porque le han dado impulso para evolucionar. No digo que no, pero no hace falta que entre en detalles sobre cuántos disgustos y quebrantos nos han producido y nos producen aún.

Pues eso: el libro como religión. Con sus sacerdotes, sus liturgias, sus dogmas, sus mandamientos. Con sus sínodos y sus concilios y sus Semanas Santas…

Es curioso al respecto señalar que ninguna otra vertiente de la cultura ha alcanzado semejante nivel de delirio supersticioso. Ni la pintura, ni la música… ni el cine siquiera, que se limita a aprovechar su glamur y su visibilidad para levantar todo el dinero posible sin tomarse muy en serio… Solo sobre el libro se ha montado un tinglado de latría que al final le ha hecho mucho daño, como cuando los emperadores romanos decidieron convertirse en divinidades.

El otro problema es que en este maremagmun de religiosidad masiva resulta imposible discriminar. En el concepto sagrado de libro ha entrado todo con un desparpajo admirable, y con una soltura digna de mejor causa se brinda la misma pleitesía a Homero que a Almudena Grandes como si estuviéramos hablando de dimensiones comparables. Todo merece un respeto, dicen, y todo tiene que ser apoyado y recomendado como si de verdad fuera más importante leer cualquier libro -incluso un premio Planeta- que dar un paseo, tomar un gintonic o escuchar a Bach.

Ya digo: hay que empezar de una vez a desmontar patrañas. Al libro no solo no le pasa nada sino que está viviendo una revolución tecnológica que, al final del camino -no ha hecho más que empezar-, será mucho mejor que la que culminó en Gutenberg. La industria se está viniendo abajo y seguirá haciéndolo hasta que se dé cuenta de que es el momento de ponerse a vender vaqueros. Los seres humanos seguiremos, como hasta ahora, leyendo y escribiendo lo que nos de la gana, y entre la oferta disponible habrá muchísima basura y alguna gema que brotará de vez en cuando.

Como llevo haciendo desde los catorce años, seguiré buscando estas y disfrutándolas, como disfruto del senderismo, de la ópera, del vino tinto o de los cuadros de Kiefer. Con dos ventajas: ahora los libros me cuestan menos, y los trienios que cargo a mis espaldas me ayudan a ser mucho más selectivo. Lo importante no es leer sino leer las cuatro cosas que merecen la pena. Y all the rest is literature.

Como ves, mi mensaje es optimista. Como te prometí.

Un fuerte abrazo.

[Artículo publicado el 9 de abril de 2014 en el blog Del Espacio Texturas de Trama Editorial]