Así no se ahorra, señor ministro



Yo, ya sabrán ustedes perdonarme, soy muy de lectura digital. Entiendo a los bibliófilos y culturetas, porque yo también lo fui en mi lejana juventud, y aún soy capaz de extasiarme ante la belleza de un libro de papel bien editado, pero, para lo que podríamos llamar el día a día, para la lectura obligada del autobús, del presueño, del ratito en el sofá, para la novela obligatoria o el ensayo recién salido del horno que hay que ingerir con cierta urgencia, el libro digital es muy cómodo: pesa poco -según el dispositivo que se utilice-, se puede ajustar el tipo y el tamaño de las letras -lo que no es baladí a partir de según qué edades-, no come espacio en las paredes… y no huele a nada, lo cual es una garantía de que nos evitamos ácaros y microscópicos bichitos en estos tiempos en los que uno mira a los bichitos microscópicos con cierta prevención.

Si además te prestan el librito sin moverte de tu casa y sin tener que abonar ni un euro, ya me contará usted dónde están las pegas.

Esto es lo que me dije hace ya unos cuantos años cuando me enteré de la existencia de EBiblio, la gran biblioteca digital pública que el Ministerio de Cultura (se llamara entonces como se llamara) puso en marcha allá por 2014.

Me gustaría decirles cuántos libros me he leído por este procedimiento del préstamo digital, pero, ay, no puedo saberlo ya porque el historial donde se acumulaba mi paso por este servicio se borró en diciembre del pasado cuando sucedieron las desgracias que voy a contarles ahora. Pero fueron muchos, muchísimos, y le estoy muy agradecido a EBiblio por el dinero que me ha permitido ahorrar y por la satisfacción que he sentido al ver mis impuestos utilizados en algo útil.

Así estaba yo, feliz como un gorrión, cuando el Ministerio de Cultura (o como ahora se llame) sacó a licitación pública la renovación del servicio, una vez cumplido el plazo de la primera adjudicación. Ahí se acabó mi felicidad. El concurso lo perdió Odilo -una empresa española especializada en servicios digitales de educación y cultura- y lo ganó Libranda, una firma que impulsó Planeta en su día y que hoy es de la australiana De Marque.

Bien: así son las cosas. Los concursos públicos (y los privados) se ganan y se pierden en justa competencia y si uno cree en el mercado, con sus regulaciones pertinentes y sus mecanismos de control, no hay nada que objetar.

El problema surge cuando, nada más entrar el nuevo adjudicatario, el servicio empieza a hacer aguas por todas partes. El sistema se derrumba, desaparecen los históricos y las reservas, no hay manera de acceder al catálogo, libros que antes estaban disponibles dejan de estarlo, novedades que antes se conseguían con facilidad requieren ahora de largas esperas, de meses en ocasiones… Es la adaptación, te dicen; es que la plataforma es muy compleja, te dicen, hay que darles un margen de adaptación, te dicen. En esto llevamos tres meses: el buen servicio que fue Ebiblio -tampoco perfecto, no se vayan ustedes a creer, pero ¡ay cuánto se lo añora!- se ha ido a pique. Ahora es una plataforma caótica, inmanejable, con un catálogo de chiste, con errores constantes y con escasísimas razones para volver a entrar en él.

Los más fanáticos de esto de la lectura digital a cuenta del Estado (o sea, tres, contando por lo alto) nos dimos a indagar para entender qué estaba pasando. Estos de Libranda tienen un historial de dudosa eficacia -me han contado de primera mano por qué rechazó sus servicios el gobierno vasco en los lejanos tiempos de Patxi López como lehendakari, y ya prometían-, pero no se explicaba con facilidad el alcance del despropósito. Movimos el asunto en redes; pedimos a algunos parlamentarios que se interesaran por el asunto (y se interesaron a ritmo parlamentario: es decir, ya si eso); escribimos incansablemente a nuestra red de bibliotecas y a la propia Libranda (excelentes profesionales todos: tristes, apenados, disculpándose a cada paso) y yo mismo me dirigí a la Dirección General del Libro pidiendo explicaciones.

Me las dieron, las explicaciones, digo, a través de unos correos electrónicos perfectamente inocuos y sin firma en los que se me explicaba que todo había sido legal y transparente. ¡Imagínense la inversa: que me hubieran dicho que todo había sido ilegal y opaco!

Finalmente, se fue sabiendo la verdad y lo cuenta maravillosamente bien Luis Alemany en esta pieza estupenda cuya lectura les recomiendo: La adjudicación del servicio, que en 2015 se había previsto con un coste de 320.000 euros, se había producido esta vez por la bonita cantidad de 3.800 euros. Repito: de 320.000 a 3.800. Por emplear una expresión muy tuitera: no hay más preguntas, señoría. El desastre es obligado.

Como ya saben mis lectores que odio juzgar intenciones, aparto de mí la tentación de preguntarme por qué Libranda acepta gestionar un servicio no ya deficitario sino imposible de gestionar con ese dinero. Ellos sabrán lo que pretenden. Pero sí me siento obligado a preguntar al Ministro de Cultura (o como ahora se llame) a qué viene esa pulsión ahorrativa de más del 98 por ciento. Hágase una idea, señor Ministro: es que como si en el gobierno del que usted forma parte preocupara de pronto el alarmante déficit del Estado y decidieran reducir las 33 secretarías de Estado actualmente existentes (tan útiles todas, y tan eficientes) en un 98 por ciento: apenas alcanzarían los restos para un par de direcciones generales y ya me contará usted cómo vamos a cambiar España de esa manera.

A usted, señor Ministro, no tengo el gusto. (Me pasa como a los miembros del jurado del Certamen Internacional de Comedia del Teatro Español: yo es que no conozco a nadie). De modo que le otorgo, faltaría más, el beneficio de la duda y pienso que no quiere usted cargarse la gran biblioteca digital pública, sino solo optimizar sus recursos. Vale: digno esfuerzo ahorrador, pero equivocado. Y si no tiene usted a nadie cerca que se lo diga, para eso estoy desde estas páginas. Se equivoca, señor Ministro, así no se ahorra: así se dilapida el patrimonio y se deja al pobre contribuyente con afanes culturales sin saber cómo reaccionar: entre apenado, perplejo y muerto de vergüenza.

Publicado en La Política OnLine el 19/02/21

La buena salud del libro

A Txetxu Barandiaran

Querido Txetxu, me propusiste hace unos meses que os escribiera un folio con “algunas sensaciones, experiencias, reflexiones u opiniones en torno al sector del libro y la lectura” con la única condición de que “levanten un poquito el estado de ánimo”. Y yo te contesté que sí, que por supuesto, que solo faltaría y que “lo del estado de ánimo me suena bien: soy un optimista racional y me molesta tanto el entusiasmo adolescente como la melancolía taciturna, porque las dos nacen de la irreflexión”.

Así que aquí estoy, con una promesa a cuestas. Y que no es fácil. Porque una cosa es ser un optimista racional y otra, cumplir con un mínimo de competencia.

Dejo, naturalmente, los análisis sesudos a los que de verdad sabéis de esto, a los que os dedicáis profesional y vocacionalmente a reflexionar sobre el libro y a impulsarlo con rigor. Yo en esto soy un diletante, un mero aficionado que ha tocado circunstancialmente algunos palos del sector. Y con ese desparpajo me expreso.

La buena salud del libro

Fíjate, Txetxu, si estoy en condiciones de levantar el estado de ánimo, que mi primera afirmación tajante es que yo al libro lo veo estupendamente. Sin ningún achaque, sin ningún problema. El libro goza de excelente salud y le auguro un extraordinario futuro.

De quien no se puede decir lo mismo, naturalmente, es de la industria. Las industrias es lo que tienen: que cuando se quedan obsoletas y no responden a la demanda de los ciudadanos-consumidores, desaparecen. Le ocurrió a la industria del sombrero -el ejemplo no es mío: lo airea con frecuencia un conocido economista-: cuando la gente dejó de considerar necesario llevar cubierta la cabeza, el sector se vino abajo. ¿Qué fue de los empresarios, de los trabajadores, de los comerciantes que abundaban en él? Se pasaron a otro, claro, probablemente al de los pantalones vaqueros que entonces empezaba a surgir. El mundo del comercio es así, mal que les pese a los reguladores impenitentes: funciona la oferta y la demanda y cuando se ofrecen cosas que no interesan, es hora de echar el cierre. Sin dramatismos: aceptando la evidencia.

La industria del libro, pues, se está hundiendo por las razones que sean –que a mí eso no me compete-, pero el libro, insisto, goza de excelente salud. ¿Por qué digo esto? No hay más que echar un vistazo alrededor: escribe más gente que nunca, publica más gente de la que nunca ha publicado, todo el mundo sabe leer y tiene posibilidades únicas y maravillosas de acceder a todos los libros existentes. En esas condiciones, ¿por qué voy a pensar que peligra?

Yo mismo: he leído toda mi vida, desde los catorce años, de manera incansable, imparable e ininterrumpida. Me he gastado una fortuna en libros, los he adquirido de todos los precios, tamaños y colores, los he tomado prestados, los he pedido, los he robado… Nunca he tenido tanto acceso a ellos como ahora, ni a tan buen precio. ¿Dónde está el problema?

Religión y mezcolanza

El problema, si es que lo hay, está en dos sitios: en la mitificación y en la falta de discriminación.

Llamo mitificación a esa absurda solemnidad con que todo el mundo se refiere a los asuntos del libro. Del libro se ha hecho una religión, una necia religión (¿redundancia?) en la que se adora no solo un concepto, una categoría abstracta -el dios Libro- sino también sus rasgos y naturaleza: de papel, gordo, con olor a no sé qué y textura de no sé cuánto…

Dicen algunos antropólogos modernos que las religiones han sido una ventaja evolutiva del ser humano porque le han dado impulso para evolucionar. No digo que no, pero no hace falta que entre en detalles sobre cuántos disgustos y quebrantos nos han producido y nos producen aún.

Pues eso: el libro como religión. Con sus sacerdotes, sus liturgias, sus dogmas, sus mandamientos. Con sus sínodos y sus concilios y sus Semanas Santas…

Es curioso al respecto señalar que ninguna otra vertiente de la cultura ha alcanzado semejante nivel de delirio supersticioso. Ni la pintura, ni la música… ni el cine siquiera, que se limita a aprovechar su glamur y su visibilidad para levantar todo el dinero posible sin tomarse muy en serio… Solo sobre el libro se ha montado un tinglado de latría que al final le ha hecho mucho daño, como cuando los emperadores romanos decidieron convertirse en divinidades.

El otro problema es que en este maremagmun de religiosidad masiva resulta imposible discriminar. En el concepto sagrado de libro ha entrado todo con un desparpajo admirable, y con una soltura digna de mejor causa se brinda la misma pleitesía a Homero que a Almudena Grandes como si estuviéramos hablando de dimensiones comparables. Todo merece un respeto, dicen, y todo tiene que ser apoyado y recomendado como si de verdad fuera más importante leer cualquier libro -incluso un premio Planeta- que dar un paseo, tomar un gintonic o escuchar a Bach.

Ya digo: hay que empezar de una vez a desmontar patrañas. Al libro no solo no le pasa nada sino que está viviendo una revolución tecnológica que, al final del camino -no ha hecho más que empezar-, será mucho mejor que la que culminó en Gutenberg. La industria se está viniendo abajo y seguirá haciéndolo hasta que se dé cuenta de que es el momento de ponerse a vender vaqueros. Los seres humanos seguiremos, como hasta ahora, leyendo y escribiendo lo que nos de la gana, y entre la oferta disponible habrá muchísima basura y alguna gema que brotará de vez en cuando.

Como llevo haciendo desde los catorce años, seguiré buscando estas y disfrutándolas, como disfruto del senderismo, de la ópera, del vino tinto o de los cuadros de Kiefer. Con dos ventajas: ahora los libros me cuestan menos, y los trienios que cargo a mis espaldas me ayudan a ser mucho más selectivo. Lo importante no es leer sino leer las cuatro cosas que merecen la pena. Y all the rest is literature.

Como ves, mi mensaje es optimista. Como te prometí.

Un fuerte abrazo.

[Artículo publicado el 9 de abril de 2014 en el blog Del Espacio Texturas de Trama Editorial]