El enigma de la tumba de Joseph Brodsky

Tengo pasión por Joseph Brodsky. Inmenso poeta, admirable traductor, riguroso ensayista, fue más que todo eso: fue un hombre que se alimentaba de palabras y que con ellas construía su recorrido vital en busca de la verdad definitiva.

Se alimentaba, para ser exactos, de palabras y de cigarrillos.

Con una vida basculada, geográfica y sentimentalmente, entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, la relación de Brosdsky con Venecia fue muy extraña. Llegó a la ciudad en una Navidad cualquiera, cuando ya vivía exilado en Nueva York, invitado por un improbable amigo. Aquella visita resultó fallida y desagradable pero la ciudad lo fascinó de tal modo que viajó a ella las diecisiete navidades siguientes, sin perder una. Nunca conoció Venecia con calor, ni siquiera, creo, con esa luz incierta de primavera nueva que la hace tan hermosa.

Nunca vivió en Venecia: fue apenas un visitante, poco más que un turista.

Fruto de aquellos diecisiete años de extraña indagación en las arterias venecianas es el libro Marca de agua, un prodigioso ensayo, brevísimo y condensado, en el que, bajo el influjo de la ciudad de los canales, y usándola de pretexto, Brodsky despliega su visión de la vida y del arte, su ética y su estética, para él sinónimos.

Cuando, con poco más de cincuenta años, su corazón reventó en Nueva York, tal y como había predicho que ocurriría, pidió ser enterrado en Venecia, en el cementerio de la isla de San Michelle, ese capricho napoleónico que añade a la ciudad uno más de sus fascinantes rincones.

Bolígrafos o cigarrillos

Cuando hace unos meses visité el territorio mágico de Vivaldi, incluí San Michelle en mi ruta. Siempre visito los cementerios de las ciudades por las que paso, porque la arquitectura y el urbanismo funerarios son un buen reflejo de la sociedad en la que se insertan, de su visión del arte y de la vida, de su manera de ser. Pero además, en este caso, estaban Brodsky y Ezra Pound y suelo acercarme a las tumbas de los buenos escritores por si consigo que me contagien algo de la calidad de su prosa.

No fui capaz de encontrar la tumba de Pound, pese a la existencia de algunos voluntariosos carteles. Lo sentí: el autor de los Cantos tiene una bien ganada mala fama por su fascismo irredento y su pésima cabeza, pero todos le debemos algún buen poema, una excelente labor crítica y, por encima de todo, el descubrimiento de Eliot, la cumbre poética del siglo XX. Me encomendé a su recuerdo.

Sí encontré, en cambio, la modesta tumba de Joseph Brodsky. Nada del otro mundo: austera pero cuidada, con textos en inglés y en ruso proporcionando la información escueta y necesaria: nombre, fechas, esas cosas.

Y al pie de la tumba, algo arrugados, con manchas de humedad y sucios, pero perfectamente reconocibles, un puñado de cigarrillos, depositados acaso por varias manos en distintos momentos pero todos con cuidado, con orden, de forma homogénea.

El tabaco, para Brosdsky, lo había sido todo. Había fumado incansable y compulsivamente y algo había tenido que ver con su prematura muerte, más allá de su congénita cardiopatía.

Todo hubiera quedado ahí, en esa curiosa anécdota, de no ser porque días después, indagando en las hemerotecas al hilo de la visita, me encontré con este artículo de Jorge Carrión. En él, el escritor catalán rememora un viaje similar al mío y una visita a San Michelle parecida a la mía –él tampoco encontró la tumba de Pound-, pero cuando habla de la de Brodsky se refiere a ”la sepultura en la que algunos visitantes depositaron lápices y bolígrafos formando un ramillete de utensilios de escritorio”. La mención me dejó perplejo. Donde yo había visto cigarrillos, Carrión había visto bolígrafos. No podía ser, tenía que tratarse de un error de apreciación mío. Por fortuna, había sacado fotos: las comprobé, las amplié, las escruté con cuidado: eran cigarrillos, sin lugar a dudas.

¿Qué había sucedido? Solo hay dos posibilidades: o Carrión no percibió bien los objetos –me extrañaría, pero cabe pensarlo- o alguien, en algún momento, ha pegado el cambiazo y ha pensado que Brodsky se sentiría mejor con la compañía del tabaco.

¿Alguien tiene respuesta a este enigma?

 

Reivindicación de los segundones

Supe de la existencia de la Wislawa Szymborska el día en que le concedieron el Nobel. El Premio instituido por don Alfred ha sido denostado, con algo de razón, por causas muy diversas, pero tiene también algunas virtudes. Una de ellas es que de vez en cuando nos descubre a extraordinarios escritores de lenguas y culturas con las que, por las razones que sean, mantenemos una distante relación. En 1996 la sorpresa de la Academia sueca vino de Polonia, un país que en tantas cosas se parece a España y del que tantas cosas nos separan –entre ellas, el intrincado idioma.

No recuerdo qué fue lo primero que leí de Wislawa Szymborska. Wislawa tiene un tono muy estable, un ritmo y un fraseo sostenidos a lo largo de su obra, y eso hace que todo resuene entremezclado y familiar. No recuerdo lo que leí, pero me sonó bien, me sonó fresco y bien escrito, me sonó a esas cosas que a medida que se leen le dibujan a uno como una media sonrisa y le dejan en paz consigo mismo, apaciguado, por más que algunas cosas resulten, objetivamente, bastante duras. Desde entonces, y pese a la imposibilidad de leerla, ni siquiera intuirla, en su idioma original, como ordena Ezra Pound, incluí a esta mujer en el retablo de mis poetas favoritos.

¿Favoritos? Bueno, no, no estoy seguro del todo. Los poetas favoritos son, por definición, los imprescindibles, los que inauguran con su voz y sus metáforas un nuevo modo de entender el mundo, aquellos cuyos versos han jalonado la construcción de la cultura tal y como hoy la conocemos. Imprescindibles son Homero, Catulo, Berceo, Villon, Quevedo, Rimbaud, Eliot, Vallejo… Tipos -me salto algunos, naturalmente- que, si no hubieran existido, si no hubieran escrito, habrían dificultado o atascado el avance del saber humano -occidental, al menos.

Pero, junto a los imprescindibles, están aquellos otros que, sin serlo, nos alegran la vida. Los segundones, podríamos decir. Gentes que, sin llegar a genios, han construido una obra cualificada, grata, interesante. Ocurre en todos los campos del saber humano (¿era Tàpies un segundón de la pintura?, podemos preguntarnos) o en la música, cuya vertiente pop, por ejemplo, está cargada de segundones extraordinarios (¿o era Whitney Houston algo más que una excelente segundona?).

La poesía ha tirado mucho de estas emociones cercanas. Yo tengo una especial querencia por Philip Larkin, aquel oscuro bibliotecario que sentenció con un aplomo admirable que

Es raro no entender cómo marchan las cosas, (…)
y pasar sin embargo la vida en vaguedades;
que cuando comenzamos a morir
no tenemos ni idea de por qué.

En la tradición española, los poetas de lo sencillo, de lo cercano e inmanente han sido legión, seguramente porque resulta más fácil decir que “me quitaron las vegetaciones” (como escribió hace poco una joven promesa de nuestra más reciente lírica) que construir metáforas con palabras nunca dichas. Los poetas de la experiencia, allá por los lejanos ochenta, tejieron algunos versos meritorios a partir de la nada cotidiana, y aún anda por ahí el más importante de ellos, Luis García Montero, impartiendo una doctrina algo gastada y repitiendo aquel endecasílabo (“Tú me llamas, amor; yo cojo un taxi”) que algún crítico tal vez algo indispuesto llegó a considerar el más emblemático de la lengua castellana. Pero antes que los poetas de la experiencia, ya estaban José Agustín Goytisolo y su meritorio prosaísmo, o Jaime Gil de Biedma, verdadero maestro en las artes de convertir en lírica sublime la cotidianeidad más burda. Aunque, si alguien me preguntara con quién me quedo, tendría que volver sobre el que tengo por el mejor poema de amor de la poesía española:

Le comenté:
-Me entusiasman tus ojos.
Y ella dijo:
-¿Te gustan solos o con rímel?
-Grandes,
respondí sin dudar.
Y también sin dudar
me los dejó en un plato y se fue a tientas.

Sí. Wislawa Szymborklska me recuerda mucho a nuestro Ángel González. Esa aparente simplicidad, esa profundísima ironía, esa capacidad para mirar las cosas por el envés y descubrirles las costuras, y aun así amarlas.

Y voy a decir una barbaridad: creo que ni González ni Szymborska figurarán dentro de cien años en la letra grande de las historias de la literatura. Son demasiado simples, demasiado cercanos, demasiado –aparentemente- fáciles. Quedarán relegados a la letra pequeña, allá donde los segundones se dan codazos para encontrar un sitio. Y a lo mejor es justo que así sea porque por encima de ellos deben estar los que han abierto caminos intransitados, los que han tejido la modernidad de cada momento, los que han asumido puestos de vanguardia. Pero, cuando uno quiera un refugio seguro, un rincón confortable de poesía, un sorbo de palabras placenteras y tiernas, con el punto de acidez y dulzura de un cóctel bien mezclado, nombres como estos serán siempre una buena opción.

Inolvidable Wislawa.

Publicado en Vozpópuli entre 2016 y 2017