Crónica urgente (3): anclajes

Cuando empecé, en el hospital, a tomar conciencia de dónde me encontraba, me empeñé, cómo decirlo, en no perder pie. Fui consciente pronto de lo mal que estaba la cosa, de lo perdidos que andaban los médicos y de lo limitado que me encontraba yo para salir de aquel pozo. Entre irme y quedarme, siempre tuve claro que quería quedarme y que, por lo tanto, también a mí me correspondía poner de mi parte cuanto mis pocas fuerzas me permitieran.

De un modo confuso -seguía aún envuelto en fiebre y en ahogos- me marqué cuatro pautas de actuación que me empeñé en que me sirvieran de anclaje a la realidad y a la vida. Cuatro pautas que, en un primer momento fueron apenas voluntariosas propuestas, pero que poco se convirtieron en los pilares de mi recuperación mental.

Primer anclaje: La música

Le debo a Spotify más de lo que podré nunca agradecerle. Pensé desde el primer momento en Mozart y, en efecto, el proveedor de música por antonomasia me proporcionó listas fácilmente identificables de piezas deliciosas del músico salzburgués. Sonatas para piano, piezas para flauta, música amable y sosegada: durante las primeras horas la música mozartiana fue mi primera compañía. Después vino Bach, naturalmente, y un poco de Schubert, y algo de Verdi. Luego, los demás. Haendel, mi adorado Haendel, tardó más en entrar en mi repertorio (un día escribiré sobre este asunto, que ahora no quiero que me distraiga). Y solo en días posteriores, ya sin fiebre y con cierto sosiego, pude salir del entorno de la música clásica: lo primero fue algo de jazz, pero no recuerdo bien qué, después esta pieza de Dylan, solo esta, que adoro, e inmediatamente, el disco completo de Leonard Cohen, I’m your man. Pero Mozart fue el primero.

Segundo anclaje: El aseo

Estar enfermo es estar sucio. Diarrea, sudor, agrietamiento de la piel, pelo y barba descuidadas… Si mi empeño era sanar, no me podía permitir estar sucio, así que me esforcé desde el primer momento en el aseo, en la higiene y en el cuidado corporal con una terquedad que ahora mismo me admira. Conseguí un neceser completo (hablaré de esto en otra entrada) y con él me encerraba en el baño, arrastrando el oxígeno y cuantos cachivaches llevara encima y me empeñaba en ducharme y en adecentarme hasta donde me era posible. Al principio era una batalla contra los elementos. Pronto los elementos se me fueron rindiendo. Ya digo: hablaré más sobre esto.

Tercer anclaje: el ejercicio

Hice taichi desde el minuto uno. Llevo veinte años practicando taichi y tengo cierto dominio de esta técnica deportiva china, que sé aplicar, en función del momento y la conveniencia, más enfocada a la relajación o a la intensidad. Los primeros días hacía apenas unos minutos, casi diría unos segundos, pero me servía para convencerme de que podía poner algo de parte en sanar. Las enfermeras que me vieron hacer aquellas extrañas posturas en mi estado se alarmaron y dieron aviso a la doctora. Me vio, le expliqué (dentro de lo que era capaz de explicarme), se documentó e incluyó en el informe diario una autorización expresa para que pudiera practicarlo sin reconvenciones. Todos los días que estuve en el hospital practiqué taichi y, a medida que mejoraba, incluí también paseos incesantes por la habitación, que bauticé, cuando recuperé el sentido del humor, como ‘micromarchas’, de las que me considero inventor.

Cuarto anclaje: La realidad

Aunque lo he dejado para el último, fue el más importante de todos. Fue un empeño salvaje de crear una trama de afectos que me ayudara a no perder contacto con el mundo. Y lo hice de dos maneras: en el chat que mantenía con Y. y con L., era yo sobre todo el que les contaba cosas. Les hablaba de los profesionales que me atendían, y de mi compañero de habitación -tuve tres, y daban para mucho-, les mandaban fotos de las comidas y les explicaba los horarios un poco absurdos. Era un ejercicio pertinaz de «literatura hospitalaria» (así la bautizó L.) en el que cuidaba hasta el extremo la ortografía, la sintaxis y la calidad de la prosa.

La otra vía de anclaje con el mundo la ejecuté a través de los amigos. Les fui escribiendo y pidiéndoles que me escribieran a mí, pero no para preguntarme cómo estaba -la respuesta era obvia- sino para que me contaran qué estaba ocurriendo ahí fuera. Me obsesionaba tener noticias: no de los periódicos, sino de la vida misma. Y así me enteré de las dificultades para organizar el hospital de campaña de Ifema, o de cómo se estaba gestionando el cuidado del ganado en Gredos, o de qué estaba pasando en Málaga, o de los olivares en el Alentejo portugués y el enfado de los portugueses con los madrileños.

Fue así también como recibí fotos de las maravillosas esculturas de Javier Polo, tan terrosas, tan vitales, tan desgarradas, tan vivas.

Me funcionaron los anclajes: ya lo creo.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 5 de junio de 2020

Fotografía de Berlín en noviembre

Nieva un poco. Lo necesario solamente
para aderezar bien el decorado, como
aquellas soberbias películas de antes,
cuando lo más intenso estaba en las miradas.
Berlín es oscura y, al mismo tiempo, nítida:
tiene la luz justa para que los detalles
hablen por sí mismos, con esa contundencia
con que habla la Historia cuando está bien escrita.
Y hay jazz, y cerveza, y hay un collage de gentes
que ni guardan rencor ni parecen eufóricas,
como si lo supieran todo de la vida.
Anselm Kiefer, y un bar en el barrio judío,
y la ausencia de Bach, y tantas bicicletas.

Este poema formó parte de la instalación “Berlín digerido” que el artista Javier Polo realizó en la Sala Pintores de la Diputación de Cáceres durante el mes de noviembre de 2014.