Cien canciones esenciales



Hace unos días, un buen amigo me envió una lista con las 100 canciones más importantes del siglo XX. Dentro de lo que cabe, claro. Era pop y rock, sobre todo, con incursiones en terrenos contaminados y contaminantes como el soul, el rythm and blues, el country, la bossa nova o el flamenco.

Tranquilos: no les voy a referenciar las 100 piezas ni voy a abrir un proceso de votación en estas páginas.. Sí les diré que la lista me dejó un poco frío -a mí, en cuanto no está Haendel, las listas de música se me caen de las manos-, de modo que le pregunté a mi amigo por la metodología utilizada, por ver si me daba alguna clave interpretativa en la que yo no hubiera caído. “Nada”, me dijo, “un fruto más de la pandemia: durante el confinamiento me dio por ahí y dediqué mucho tiempo a pensar en las cien canciones que han marcado mi vida… Puro ocio”. Visto que el asunto no tenía mayor consistencia científica, me puse también a opinar y apunté algunas observaciones, que omito aquí para no aburrirles y porque no tienen ninguna relevancia. Pero una carencia me pareció especialmente destacable y así se la señalé: “Jobim, tío -le dije-, falta Jobim”. Mi amigo contestó, raudo e implacable: “A mí es que Jobim no me dice nada”. Y aunque no le contesté, me dije para mis adentros: aquí hay artículo.

La democratización de las opiniones se tiene por un gran avance de la humanidad, pero habría que ser más cuidadosos con lo que jaleamos

Vivimos en el tiempo de las opiniones. Nunca como ahora se ha opinado tanto y con tan poca competencia. O mejor: siempre se ha opinado mucho, pero en el pasado no había tantos canales para transmitir la opinión. Entre redes sociales y medios de comunicación más o menos solventes, cualquiera puede decir hoy lo que le parezca y pregonarlo a los ocho vientos sin otro aval que él mismo y la credibilidad que haya conseguido acreditar. La democratización de las opiniones se tiene por un gran avance de la humanidad porque todo lo que incluye el concepto de democracia es siempre muy aplaudido, pero habría que ser más cuidadosos con lo que jaleamos. Un poner: cuando se celebran elecciones se dice aquello de que el pueblo ha hablado y el pueblo no puede equivocarse, pero no hay más que ver cómo se desempeñan luego los parlamentos elegidos y los gobiernos derivados de él para sospechar que algunas veces al pueblo se le va la pinza. Ocurre con todo: alguien se preguntaba el otro día que si alguna obra maestra de la literatura habría pasado inadvertida sin llegar ni siquiera a publicarse. Desde luego: del mismo modo que todos los días se publican obras perfectamente prescindibles de las que no se acordará nadie un minuto después de haberse puesto a la venta. La democracia -y el mercado- es lo que tienen, aunque peor es cuando la decisión depende de Dios o de Lenin.

En el mundo de la creación artística y literaria el gran debate sobre el gusto y el canon no solo no está resuelto sino que cada vez va a más. Stendhal escribió sus obras maestras sabedor de que no iban a ser apreciadas hasta medio siglo después de su muerte. Pero el mérito no era suyo sino del editor que arriesgó su dinero en publicarlas aún sabiendo que no iba a recuperarlo. Stravinsky recorrió los grandes escenarios de la música clásica de entresiglos provocando una brutal división de opiniones entre los que veían en él la vanguardia y los que pensaban que todo lo suyo era solo ruido y desconcierto. Vino seis o siete o veces a Barcelona y recibió, punto arriba punto abajo, tantos denuestos como aplausos. Él no se inmutaba, porque estaba convencido de lo que hacía, pero el empresario que explotaba entonces el Liceo tuvo mucho valor y demostró convicciones muy firmes para hacer aquella apuesta. El gusto y la opinión personal son inevitables y un modo lógico de desenvolvernos por el mundo, donde hay tanto para elegir. Pero el gusto y las opiniones hay que trabajarlos

Recuerdo una entrañable anécdota de la que no daré muchos detalles para no sacar los colores a nadie. Hace unos diez años se celebró, en el marco de un evento más amplio, una mesa redonda con dos o tres jóvenes poetas de la “generación del 90”. Tenían por tanto, los vates y las vates (espero que nadie me pida que escriba “las vatas”) apenas veinte años y las sólidas convicciones que a esa edad se suelen tener. Cuando alguien les preguntó por su canon en materia de poesía española contestaron sin dudarlo que como Lorca no había habido nadie. Y cuando se les animó a precisar la obra lorquiana que tenían por indiscutible afirmaron, sin que les temblara una ceja, que el Romancero gitano era lo más grande que había producido nuestro estro. Que no digo yo que no (¿o sí lo digo?), pero me gustaría reencontrarme con aquellos muchachos y muchachas para preguntarles si ya han tenido tiempo de leer algo más.

Ir por la vida sembrando opiniones sin parar mientes en criterios objetivos solo ayuda a incrementar el alto grado de desconcierto que nos inunda

Abarcar todo lo que se produce, en cualquier materia es imposible. Atenerse a lo que que señalan las autoridades (civiles, militares, eclesiásticas o académicas) tampoco es plan. Pero ir por la vida sembrando opiniones sin parar mientes en criterios objetivos solo ayuda a incrementar el alto grado de desconcierto que nos inunda.

A lo que íbamos, que se me había ido el hilo. Guste o no, no puede haber una lista de música del siglo veinte en la que no aparezca Jobim. No puede haberla si quien la hace pretende aportar conocimiento solvente y público, el cual no es caso de mi amigo, periodista financiero bien acreditado, que se cuida mucho de no escribir sobre música, pese a que él mismo anduvo en el mundillo en su ya lejana juventud.

Publicado en La Política Online 26/02/2021

Crónica urgente (3): anclajes

Cuando empecé, en el hospital, a tomar conciencia de dónde me encontraba, me empeñé, cómo decirlo, en no perder pie. Fui consciente pronto de lo mal que estaba la cosa, de lo perdidos que andaban los médicos y de lo limitado que me encontraba yo para salir de aquel pozo. Entre irme y quedarme, siempre tuve claro que quería quedarme y que, por lo tanto, también a mí me correspondía poner de mi parte cuanto mis pocas fuerzas me permitieran.

De un modo confuso -seguía aún envuelto en fiebre y en ahogos- me marqué cuatro pautas de actuación que me empeñé en que me sirvieran de anclaje a la realidad y a la vida. Cuatro pautas que, en un primer momento fueron apenas voluntariosas propuestas, pero que poco se convirtieron en los pilares de mi recuperación mental.

Primer anclaje: La música

Le debo a Spotify más de lo que podré nunca agradecerle. Pensé desde el primer momento en Mozart y, en efecto, el proveedor de música por antonomasia me proporcionó listas fácilmente identificables de piezas deliciosas del músico salzburgués. Sonatas para piano, piezas para flauta, música amable y sosegada: durante las primeras horas la música mozartiana fue mi primera compañía. Después vino Bach, naturalmente, y un poco de Schubert, y algo de Verdi. Luego, los demás. Haendel, mi adorado Haendel, tardó más en entrar en mi repertorio (un día escribiré sobre este asunto, que ahora no quiero que me distraiga). Y solo en días posteriores, ya sin fiebre y con cierto sosiego, pude salir del entorno de la música clásica: lo primero fue algo de jazz, pero no recuerdo bien qué, después esta pieza de Dylan, solo esta, que adoro, e inmediatamente, el disco completo de Leonard Cohen, I’m your man. Pero Mozart fue el primero.

Segundo anclaje: El aseo

Estar enfermo es estar sucio. Diarrea, sudor, agrietamiento de la piel, pelo y barba descuidadas… Si mi empeño era sanar, no me podía permitir estar sucio, así que me esforcé desde el primer momento en el aseo, en la higiene y en el cuidado corporal con una terquedad que ahora mismo me admira. Conseguí un neceser completo (hablaré de esto en otra entrada) y con él me encerraba en el baño, arrastrando el oxígeno y cuantos cachivaches llevara encima y me empeñaba en ducharme y en adecentarme hasta donde me era posible. Al principio era una batalla contra los elementos. Pronto los elementos se me fueron rindiendo. Ya digo: hablaré más sobre esto.

Tercer anclaje: el ejercicio

Hice taichi desde el minuto uno. Llevo veinte años practicando taichi y tengo cierto dominio de esta técnica deportiva china, que sé aplicar, en función del momento y la conveniencia, más enfocada a la relajación o a la intensidad. Los primeros días hacía apenas unos minutos, casi diría unos segundos, pero me servía para convencerme de que podía poner algo de parte en sanar. Las enfermeras que me vieron hacer aquellas extrañas posturas en mi estado se alarmaron y dieron aviso a la doctora. Me vio, le expliqué (dentro de lo que era capaz de explicarme), se documentó e incluyó en el informe diario una autorización expresa para que pudiera practicarlo sin reconvenciones. Todos los días que estuve en el hospital practiqué taichi y, a medida que mejoraba, incluí también paseos incesantes por la habitación, que bauticé, cuando recuperé el sentido del humor, como ‘micromarchas’, de las que me considero inventor.

Cuarto anclaje: La realidad

Aunque lo he dejado para el último, fue el más importante de todos. Fue un empeño salvaje de crear una trama de afectos que me ayudara a no perder contacto con el mundo. Y lo hice de dos maneras: en el chat que mantenía con Y. y con L., era yo sobre todo el que les contaba cosas. Les hablaba de los profesionales que me atendían, y de mi compañero de habitación -tuve tres, y daban para mucho-, les mandaban fotos de las comidas y les explicaba los horarios un poco absurdos. Era un ejercicio pertinaz de «literatura hospitalaria» (así la bautizó L.) en el que cuidaba hasta el extremo la ortografía, la sintaxis y la calidad de la prosa.

La otra vía de anclaje con el mundo la ejecuté a través de los amigos. Les fui escribiendo y pidiéndoles que me escribieran a mí, pero no para preguntarme cómo estaba -la respuesta era obvia- sino para que me contaran qué estaba ocurriendo ahí fuera. Me obsesionaba tener noticias: no de los periódicos, sino de la vida misma. Y así me enteré de las dificultades para organizar el hospital de campaña de Ifema, o de cómo se estaba gestionando el cuidado del ganado en Gredos, o de qué estaba pasando en Málaga, o de los olivares en el Alentejo portugués y el enfado de los portugueses con los madrileños.

Fue así también como recibí fotos de las maravillosas esculturas de Javier Polo, tan terrosas, tan vitales, tan desgarradas, tan vivas.

Me funcionaron los anclajes: ya lo creo.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 5 de junio de 2020

Tomando café con Bach

El único pero que se le puede poner a Bach es que no compuso ninguna ópera. Nunca explicó por qué. Puede ser, en parte, porque su formación luterana le disponía mal contra la propia idea del teatro, pero en parte también, y seguramente sobre todo, porque siempre tuvo demasiado trabajo y ninguno de sus clientes se la encargó.

Cabe pensar que alguna vez acarició la idea. Es una conjetura razonable porque, cuando su coetáneo Haendel arrasaba en la escena inglesa, fueron varios los intentos de ambos por verse e intercambiar experiencias. De algún modo se sabían complementarios y se buscaban. Finalmente no se vieron, y resulta fascinante aventurar si no será este uno de esos encuentros frustrados que, de haberse producido, hubieran transformado la historia.

Componer, dirigir y enseñar

No escribió ópera, digo, pero estuvo muy cerca de ella: sus grandes oratorios -las cuatro Pasiones que han llegado hasta nosotros, por ejemplo- así como las cantatas son piezas a las que les falta muy poco para estar en condiciones de dar el salto a la escena. Y hay una en concreto que lo da y que puede encuadrarse sin demérito alguno en el paquete de la opereta cómica, tan querida en la cultura germana. Me refiero a La Cantata del Café, compuesta por Johann Sebastian cuando tenía 49 años y ya llevaba once a las órdenes del Ayuntamiento de Leipzig como cantor y director musical en la iglesia luterana de Santo Tomás, un cargo que en la práctica lo convertía en el máximo responsable de cuanto tuviera que ver con la música en la cosmopolita capital sajona. Con la música y con su enseñanza, lo cual es mucho decir porque, en aquella sociedad precientífica y profundamente calvinista, la música era una disciplina a la que se dedicaba mucho más interés y esfuerzo que a otras más ilustradas, como las ciencias o la gramática.

La faceta didáctica de Bach ha sido siempre bien conocida. Su segunda esposa, Anna Magdalena Wilche, con la que, viudo y treintañero, se casó cuando era ella una jovencísima soprano, ha documentado bien la dedicación terca e incansable del músico en la formación de sus numerosos hijos. Pero más importante aún es la tarea que desarrolló en el Collegium Musicum de Leipzig donde impulsó actividades y métodos con una capacidad inagotable.

Por ejemplo, los miércoles del verano Bach cogía a sus muchachos y se iba al Café Zimmermann (mis dylanianos lectores, que los tengo, sufrirán en este punto una ligera conmoción) a animar las veladas de los satisfechos burgueses que paladeaban el brebaje de moda en toda Europa.

La hora del café

El café como infusión, tal como lo tomamos ahora, era muy reciente en Europa y apenas un recién llegado en las ciudades-estado del antiguo imperio germánico. También el té y el chocolate eran relativamente nuevos y andaban aún buscándose un lugar al sol en las modas del consumo europeo. Europa llevaba siglos manteniéndose a base de vino y de cerveza y las bebidas calientes -excepción hecha de la leche- le resultaban ajenas. Estas tres además eran poderosas, de destacados efectos euforizantes y consecuencias desconocidas aún.

El café, en particular, fue imponiéndose en un clima enrevesado de entusiasmo y sospecha. En Rusia, el zar cortaba las orejas a sus consumidores. El rey de Inglaterra lo prohibió también, aunque con poco éxito porque su implantación en la isla fue vertiginosa. Los poderes establecidos lo miraban como una droga que provocaba excitación y descontrol, pero no dejaban de apreciar sus cualidades para favorecer una noche en vela de oración o para disminuir la fatiga del trabajo y aumentar el rendimiento… Por esto, quizá, fue la joven burguesía protestante la que empezó a hacerle al café un lugar entre sus hábitos de consumo y, así, no extraña encontrarlo en una ciudad como Leipzig, donde sus constantes ferias y su continuo trasiego comercial la hacían idónea para cualquier novedad.

Llegados a este punto, tenemos los tres ingredientes que necesitamos: la cercanía de Bach a los jóvenes, que le hacía, sin ser la alegría de la huerta, entenderlos y apoyarlos; la moda del café, y el flirteo, modesto, del músico con la escena. La Cantata del Café es el resultado de estos tres ingredientes mezclados por un genio.

Conflicto generacional

El argumento de la pieza es simple, pero contiene más enjundia de lo que nos puede parecer hoy. Una joven, Lieschen,perfectamente asimilable a alguna de las hijas del maestro, se ha aficionado al café con un entusiasmo propio de la edad; su padre, Schlendrian, preocupado por los riesgos que entraña el consumo descontrolado de la bebida, se lo prohíbe, pero la hija se niega a aceptar tal prohibición. El padre la amenaza con todos los castigos posibles con tal de rendir su obcecación, pero la muchacha insiste en que ella no quiere privarse de sus tres tazas diarias de café. Finalmente, Schendrian esgrime la amenaza máxima: no le buscará marido. Lieschen se rinde ante la espantosa perspectiva de la soltería y abdica, pero para sí misma se dice que solo aceptará un marido que le permita beber cuanto café quiera. La breve pieza, en la que junto a los personajes interviene un narrador, termina con un trío que pone en evidencia la arrolladora llegada de las nuevas generaciones y el triunfo indiscutible de la bebida emergente: “El café entusiasma a las señoritas… La madre lo prepara a menudo, y la abuela también lo bebe. ¿Quién podrá pues, censurar a las hijas?”.

El libreto –la leyenda atribuye los últimos versos citados al propio Bach- está escrito por un colaborador habitual del músico, autor, por ejemplo, del texto de La Pasión según San Mateo. Christian Friedrich Henrici, más conocido como Picander, al que los entusiasmos enciclopédicos modernos tienden a calificar de poeta, no era en realidad más que un abogado de Leipzig, un funcionario público, modesto aficionado a la poesía, muy devoto, como Bach, y buen amigo suyo. Sus textos para música sacra son apenas adaptaciones eficientes de pasajes bíblicos apropiados para el caso y de su obra profana seguramente solo destaca esta bellísima cantata que, si en lo musical es perfecta, en lo literario cuenta con unos toques de humor, de ternura y de ingenio que no desmerecen junto a las notas del maestro.

Y basta ya. Ahora toca relajarse, disponer de veinticinco minutos y entrar en el Zimmermann a vivir una experiencia única. A tomarnos un café con Bach. Merece la pena.

(Publicado en Vozpópuli el día 3 de abril de 2013)