Maneras de mirar



Ahora que soy casi del todo una persona normal y me tengo que volver a preocupar de las facturas y de los compromisos profesionales y de todas esas cosas que llamamos, para entendernos, la vida, me doy cuenta en carne propia de qué diferentes son las cosas según quien las contemple y las analice, y de que cada uno las contempla y las analiza en función de cómo le haya ido la juerga en cada caso.

La pandemia, un suponer. Aunque en Madrid estamos aún en fase 1 (signifique eso lo que signifique, que yo no lo sé bien), veo que la manera de vivir el día a día es muy diferente entre quienes hemos sufrido la enfermedad, de manera directa o por persona interpuesta, y quien no ha sabido de ella sino a través de los medios. Mi familia y yo mismo, por ejemplo, y aunque esté feo señalar, aún nos tomamos muy en serio las restricciones impuestas, porque nos parece, visto mi caso, que lo que está sucediendo no es ninguna broma. Alrededor, en cambio, observo comportamientos de jóvenes y de menos jóvenes que se desenvuelven con la soltura de quien no se ha asomado ni un minuto a las urgencias de un hospital durante los días más duros de la covid-19 y oyen hablar de ella con el alejamiento ficcional con que uno lee sobre la lepra en los libros de historia.

Lo comprendo, perfectamente: la vida es demasiado compleja como para que una lectura lineal de un suceso sirva para entenderla. Defoe y Pepys, para que nos entendamos.

Cuando la ficción hace trampas

Todo el mundo sabe quién fue Daniel Defoe, así que no perderé mucho tiempo en presentarlo. Todo el mundo sabe, al menos, que es el autor de Robinson Crusoe, su primera novela, escrita con casi sesenta años, después de una vida truculenta, baqueteada entre los negocios, la política y la necesidad. Robinson Crusoe está inspirada en la historia real de un naufragio, y su éxito le dio al autor la pista de seguir escribiendo novelas inspiradas en hechos reales. Una de ellas, escrita cuatro años después de la anterior, fue Diario del año de la peste, un librito que también ha gozado de cierta fama y que se reedita y se vende mucho cuando suceden cosas como las que hemos vivido ahora, incluso aunque sean de menor intensidad.

El presunto diario hace referencia a la gran plaga de peste bubónica sucedida en Londres en 1665, que se llevó por delante a la cuarta parte de la población de Londres -unas cien mil personas- y fue solo el preludio del incendio que al año siguiente destruyó buena parte de la ciudad: dos acontecimientos que obligaron a las autoridades inglesas a reinventar su capital desde todos los puntos de vista.

Pero he escrito «el presunto diario». Defoe tenía cinco años cuando sucedieron ambos desastres y sus recuerdos al respecto son inexistentes. Según los expertos, se basa en el verídico diario de un tío suyo, pero recrea libremente la narración de los hechos poniéndolos en boca de un personaje de ficción.

El esfuerzo de recreación es riguroso y documentado: proporciona listas de víctimas por barrios y distritos, describe las acciones de las autoridades, se centra en los movimientos de los ciudadanos en función de lo movimientos de la enfermedad, establece un calendario medido tal como se produjo en la realidad y se encomienda a Dios a cada momento como se supone que un buen ciudadano de aquel tiempo debía hacer al enfrentarse a semejante calamidad… Es, en definitiva un (falso) diario de alguien que se concentra única y exclusivamente en el hecho más importante que sucedió en Londres en 1665.

Y está bien. Pero uno se queda con la sensación de que el autor hace trampas, en el sentido de que cuenta solo, de manera obsesiva, aquellas cosas que quiere contar para que el libro funcione, omitiendo, en cambio, otro montón de circunstancias que podrían haber hecho su narración más verídica.

Cuando la realidad es prosaica
En aquellos años -antes y después de la peste, quiero decir- vivió en Londres un tipo muy peculiar, en cuyos detalles, por desgracia, no puedo detenerme. Samuel Pepys fue también un hombre con una vida muy intensa, como Defoe, muy a caballo entre la política y los negocios, como Defoe, pero con muchos menos hijos que Defoe (0-7 fue el resultado final) y con muchísima más suerte en la vida.

Lo que ahora nos importa es que Pepys ha pasado a la historia de la literatura de manera casual, simplemente porque entre 1660 y 1669 escribió un diario muy diferente a todos. Las personas escriben diarios para contarles cosas a otros, porque para contárselas a sí mismos no necesitan escribirse: a la posteridad, a los herederos, a sus lectores habituales cuando se trata de escritores profesionales, a la dama o al caballero a quien se quiere conquistar, al confesor en algún caso… Pepys -que tenía un ego muy considerable- escribió para sí mismo, con la firme voluntad de que nadie lo leyera, y eso lo facultó para expresarse con una crudeza y una sinceridad inencontrables en el género.

Y también con un tedio importante, todo hay que decirlo. Lo que Pepys hacía en su diario era exponer, de modo conciso y factual, todo aquello que le acontecía cada día, a él, un hombre que se desenvolvía en un mundo de burocracia tediosa y en un afán obsesivo por conseguir dinero. El resto: amigos, francachelas, una vida matrimonial extrañamente desordenada y algunas aventuras de faldas que hoy día no escandalizan a nadie.

Los diarios de Samuel Pepys son un documento maravilloso para acercarse con rigor a la Inglaterra urbana de comienzos del diecisiete, aunque leerse los seis años descritos -más de un millón de palabras-, uno detrás de otro, es un ejercicio de paciencia para el que no todo el mundo está dotado.

Pero donde yo quiero centrarme es en uno de esos años: 1665, el año de la peste londinense. Y donde quiero detenerme es en la comparación del diario auténtico de Pepys con la narración novelada de Defoe. Mientras que este se concentra, con una enorme apariencia de rigor, en los antecedentes de la epidemia, en sus primeros indicios (parece que el Wuhan de ellos andaba por los Países Bajos), en alguna víctima detectada en diciembre del año 64 y en las contadas que empezaron a anotarse en los primeros meses del 65, como si en Londres en aquel momento ya no se hablara de otra cosa, mientras el novelista, digo, concentra su objetivo en lo que le obsesiona, el diarista se limita a narrar su vida cotidiana tal como a él le llega y le interpela.

Y el diarista, es decir, el funcionario Pepys, abrumado por un montón de preocupaciones cotidianas -cómo hacerse más rico, cómo conquistar a más mujeres, cómo emborracharse más, cómo soportar a su mujer-, el tema de la peste solo lo incluye por primera vez en su diario el último día de febrero en una anotación tan simple como esta: «Así acaba este mes: muy contento con mis propiedades y ganancias, y muy preocupado por los problemas que he encontrado y me voy a encontrar sobre el asunto de Tánger. (…) Mucho miedo en la ciudad por la enfermedad, pues se dice que ya han cerrado dos o tres casas ¡Dios nos guarde!».

A partir de ese día, las anotaciones de Pepys comienzan a entremezclar sus asuntos personales con las noticias de la epidemia. En uno de los momentos más duros, el 11 de junio, cuando están muriendo docenas de londinenses cada día, el coqueto caballero anota en su diario: «Cuando se fueron salí un rato a mostrar mi nuevo traje y, al pasar, vi la puerta del pobre doctor Burnet cerrada. Sin embargo me entero de que se ha ganado el aprecio de sus vecinos, pues se lo descubrió él primero e hizo que le encerraran por propia voluntad, lo que fue muy generoso». Es verdad que durante el verano, en que la peste aprieta especialmente, Pepys habla mucho de ella, y se le ve preocupado, pero, por ejemplo, el 3 de septiembre, con la epidemia todavía causando estragos, escribe: «Me pongo mi elegante traje de seda de color y mi nueva peluca, que me compré hace tiempo pero que no me había atrevido a poner porque la plaga estaba en Westminster cuando la compré. Me pregunto qué pasará con la moda de las pelucas cuando acabe la plaga, pues nadie se atreverá a comprar pelo por miedo a la infección, por si se lo han cortado a gente muerta por la plaga».

En cuanto al final de ambos textos, son también como la noche y el día. Defoe concluye su falso diario dando gracias a Dios por haberlos librado de la plaga y con solo una leve referencia al incendio que cuatro meses después asolará la ciudad. Pepys continúa sus anotaciones, imperturbable, para adentrarse poco después en los daños del incendio, que le preocupó más que la peste porque puso en riesgos algunas de sus riquezas, pero en cuyos detalles tampoco se detuvo demasiado.

Continuó con su vida, como si tal cosa, hasta que en 1669, alegando unos problemas de visión que nunca se acreditaron, abandonó la escritura del diario, probablemente por aburrimiento, una vez comprobada, como tantas veces le pasa a la escritura, su absoluta inutilidad.

La vida misma.

Publicado en el blog Enfermo de covid el 31/05/2020

Una partida de cartas

Cinco cuadros magistrales y una ruta para seguirlos: Pensilvania, Nueva York, Doha (Catar), Londres y París. Perfecta para unas vacaciones. En cada una de estas ciudades hay un cuadro titulado Los jugadores de cartas y cada uno de ellos está firmado por Paul Cézanne.

Cinco cuadros, pues, Los jugadores de cartas. Pintados entre 1890 y 1895, se inscriben en la última etapa de Cézanne, en su plena madurez, cuando el pintor provenzal se encuentra ya de vuelta del impresionismo pero sigue obsesionado por captar la realidad más allá de cualquier intermediación. Ya saben: “No se trata de pintar la vida, se trata de hacer viva la pintura”. Y sostenido en ese axioma, se lanza a la tarea con solo dos armas: el color y las formas geométricas.

Primera versión: 1890-92, óleo sobre lienzo, 134.6 x 180.3 cm. Barnes Foundation, Merion, Pensilvania.

Cézanne había sido amigo de Zola desde la infancia y junto con él se había embebido del mantra del realismo, de la necesidad imperiosa de fotografiar el presente que a mediados del diecinueve había impregnado todas las manifestaciones artísticas. Pero, en tanto que a Zola las exigencias del realismo lo llevaron un paso más allá y se vio necesitado de inventar el naturalismo, Cézanne se empeñó en la búsqueda de la esencia y dedicó su vida artística a indagar sobre la luz y la materialidad de las formas a base de pintar bodegones fascinantes, paisajes procelosos y retratos precisos. Mientras Zola escarbaba en los más hondos resquicios de la realidad social, Cézanne se empeñó en que “el arte debe hacer eterna a la naturaleza en nuestra imaginación”. Esta divergencia acabó con la amistad entre ambos.

Segunda versión: 1890-92, óleo sobre lienzo, 65.4 x 81.9 cm. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Los jugadores de cartas ya no es, desde su primera versión, un cuadro impresionista, pero no está claro qué es. Probablemente ni el propio Cézanne lo sabía y por eso se empeña en las sucesivas revisiones. El primer intento es fiel a su principio de que la clave está en “tratar a la naturaleza por medio del cilindro, la esfera y el cono, todo puesto en perspectiva adecuada”. Pero ahí hay demasiada gente para lo que él acostumbra. En la segunda versión simplifica, pero no aún lo suficiente. Es al tercer intento –la versión catarí- cuando da con la fórmula: el espectador de la partida es el propio espectador del cuadro. Los jugadores no están solos aunque lo parezca: nosotros les hacemos compañía.

Tercera versión: 1892-93, óleo sobre lienzo, 97 × 130 cm. Museo Nacional de Catar.

Del cuarto intento no puede decirse que sea fallido pero parece que en él Cézanne intenta retrotraerse a los felices tiempos del impresionismo. Recupera los colores vivos, juega de nuevo con brochazos breves, desiguales, sueltos, aleja ligeramente a las figuras y oxigena el cuadro, lo espacia, lo dinamiza. Me inclino a pensar que esta versión lo dejó insatisfecho por lo que tenía de paso atrás, pero se trata de una conjetura para la que no tengo ninguna prueba.

Cuarta versión: 1892-95, óleo sobre lienzo, 60 x 73 cm. Courtauld Institute of Art, Londres.

Y por fin el milagro. Hay que detenerse aquí, en esta quinta versión definitiva, perfecta. Aquí ya está todo resuelto. Nada de espectadores, por supuesto, salvo nosotros mismos. El eje imperfecto de la botella. Las figuras, forzadas, con sus sombreros ridículos, para hacer más real la perspectiva. Los rostros –“una triste expresión, que no es tristeza sino algo más y menos: el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza”, habría escrito Machado- concentrados en la partida. Y el tono general, de luz tenue, de espacio tabernario, de vespertino sosiego. El pincel ya no es, definitivamente, el de un impresionista: actúa sobre el lienzo con trazos largos y firmes, buscando remarcar los volúmenes y las líneas, esmerándose en las sombras. Dicen los que saben de esto que en este cuadro nace el cubismo. Posiblemente. Y culmina el realismo, tal y como hasta entonces había podido entenderse. Ya digo: un prodigio.

Quinta versión: 1894-95, óleo sobre lienzo, 47.5 × 57 cm. Musée d’Orsay, París.

Publicado en Vozpópuli entre 2016 y 2017