Un catalán en Madrid

De la vida privada de José Grases i Riera (Grases y Riera, firmaba él, pero son cosas de otros tiempos) se sabe poco, apenas las pinceladas justas para esbozar su trayectoria. Hijo de acomodados padres de la burguesía catalana y nacido en Barcelona, vino a Madrid siendo todavía niño y en la capital de España comenzó los estudios de arquitectura. A mitad de la carrera regresa a Barcelona y la concluye allí, en 1878, en la misma promoción que Antonio Gaudí.

Recién graduado, y sin que se conozcan las razones de tanto ir y venir, regresa a Madrid y es en esta ciudad donde se instala definitivamente y donde desarrolla lo más significativo de su obra arquitectónica y de su aportación intelectual, que fue, como veremos, notable. Poco más, en cuanto a la vida privada: parece que casado, parece que sin hijos, pero todo un poco nebuloso y perdido.

Bien relacionado, sin problemas para integrarse en el tejido profesional madrileño, su primera gran oportunidad surge cuando gana el concurso para diseñar la sede de la aseguradora norteamericana La Equitativa, el gran edificio que delimita la esquina entre la calle de Alcalá y la calle de Sevilla, que posteriormente sería la sede central del Banco Español de Crédito, más posteriormente aún formaría parte de la gran sede del Banco Santander en la conocida manzana de Canalejas y, en la actualidad, parte esencial de una de esas operaciones especulativas y rocambolescas tan apreciadas por nuestros próceres locales. En esta obra, Grases anticipa lo que ya será para siempre su distintivo como arquitecto: eclecticismo, elegancia y una capacidad notable para ‘hacer ciudad’, es decir, para pensar el edificio no tanto como una obra en sí misma sino en su condición de elemento integrado en un espacio público.

Lo del eclecticismo suena, incluso ahora, regular. En aquellos años de gran revuelo estético en el campo de las artes plásticas y el diseño, las dos grandes corrientes de la arquitectura finisecular catalana estaban en su máximo esplendor. El modernismo de Gaudí era la culminación de un gran movimiento estético ligado a la Renaixença como factor cultural propio catalán, pero también entroncado con el impulso europeo que, para entendernos, cabría agrupar bajo la etiqueta genérica del art nouveau. Junto a este purismo, militante en algunos casos, otros profesionales, los eclécticos, optan por opciones herederas de diversas corrientes artísticas, con fuertes componentes neoclásicas, que buscan soluciones más funcionales y asentadas sin renunciar al sello personal y, en ocasiones, a propuestas estructurales y ornamentales dotadas también de una fuerte carga de originalidad.

Grases construye en Madrid algunos otros edificios más o menos emblemáticos o funcionales y, desde luego, todos bellísimos. Pero su visión profesional desborda el molde estrictamente arquitectónico para anticipar lo que décadas después será la visión del urbanista. Con una tozudez que seguramente sus coetáneos no se merecían, se empeñó en quitarle a Madrid la costra de poblachón manchego que la mantenía a la cola de las capitales europeas y en ordenar las primeras grandes operaciones urbanísticas especulativas que amenazaban con hacer de esta ciudad un disparate. Fue él quien intentó trazar lo que podría denominarse el primer plan general de Madrid –o el segundo, si se considera el intento, también fallido, de Silvestre Pérez durante el efímero reinado de José Bonaparte-, basado en una Gran Vía Norte-Sur, que descongestionara el desbordado crecimiento del centro (“en chocolatera”, había dicho Larra, aludiendo tanto a la saturación como a la falta de higiene) y regulara las propuestas, incluso algunas razonables, que sin orden ni concierto empezaban a proliferar.

No tuvo éxito, como tampoco lo tuvo para ejecutar la gran galería cubierta de la que pretendía dotar al centro de Madrid, en el mejor estilo parisino, pero sí lo tuvo en cambio para desarrollar fórmulas eficientes para el realojo en viviendas baratas de las poblaciones afectadas a finales de siglo por los tremendos terremotos de Granada y Málaga.

Un tipo curioso, Grases. Un buen arquitecto, un notable arquitecto, de los que aún creía que en las ciudades no basta con construir edificios singulares y notables, sino que también son necesarios aquellos que sirven para empastar los espacios, para ordenarlos y para permitir que los viandantes circulen entre ellos con la convicción de que la ciudad nos hace mejores. Un tipo que además, sabiendo que la buena arquitectura no puede ser barata, pensaba que hay que buscar fórmulas para financiar las obras del modo menos gravoso, y para ello incorporaba en sus proyectos fórmulas de financiación absolutamente novedosas y modernas, como la idea de dotar de un restaurante y un embarcadero al monumento a Alfonso XII en el parque del Retiro con el fin de que la recaudación de estos negocios financiara la obra (tampoco le hicieron caso y por eso el monumento no pudo terminarse hasta varios años después de su muerte). Un tipo preocupado por la salubridad y la higiene en las viviendas o por la prevención de los incendios en los teatros. Un tipo que probablemente no era un genio, pero que entendía la arquitectura con la racionalidad burguesa que busca facilitar la convivencia en espacios armoniosos más allá de la intencionalidad expresamente llamativa y rompedora de muchas de las propuestas de hoy y de entonces.

De José Grases Riera, este extraño barcelonés cuya obra tenemos los madrileños delante de nuestros ojos cada día sin saberlo, casi nadie se acuerda.

Nada que deba sorprendernos.

Publicado en Vozpópuli entre 2016 y 2017

Recuerdo de un tipo raro

En los últimos decenios del siglo diecinueve, en paralelo a la literaria y bien conocida Generación del 98, apareció la Generación de sabios, el nombre con el que Laín Entralgo bautizó a los pocos científicos españoles que, empeñados en sacar la cabeza hacia el exterior, consiguieron sentar algunas bases sólidas de modernidad e innovación.

El nombre clave de aquella generación fue, naturalmente, Santiago Ramón y Cajal, un tipo insólito, de esos que solo aparecen muy de tarde en tarde, no se sabe si por casualidad o por milagro, y en el que se dieron un cúmulo de circunstancias extraordinarias –capacidad, entorno, empeño, casualidades- que hicieron posible sus excelentes resultados y su triunfo personal.

Pero en aquella generación de científicos más o menos sabios –porque la denominación no dejaba de ser algo hiperbólica-, hay también un nombre que hoy resulta tan desconocido como atractivo y al que conviene dedicar unas líneas y una reflexión.

Federico Olóriz repartió los 56 años de su vida entre tres poblaciones: Granada, donde nació, estudió e inició su carrera de Medicina; Madrid, donde ejerció como catedrático de Anatomía y como estudioso de diversas disciplinas; y Miraflores de la Sierra, la localidad de la sierra madrileña que eligió para pasar sus vacaciones estivales, huyendo, con su numerosa y enfermiza familia, del insoportable verano de la capital.

Pese a que no salió de España prácticamente para nada, el nombre del doctor Olóriz se vincula a una de las disciplinas punteras en todo el mundo civilizado de la segunda mitad del siglo diecinueve y casi todo el veinte: la antropología. Como disciplina independiente de las ciencias naturales, la antropología nació y se desarrolló casi simultáneamente en un tiempo récord en los ámbitos académicos de todas las grandes potencias de la época (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Alemania) al hilo del interés cada vez mayor por las ciencias aplicadas y por el estudio de los seres humanos desde una óptica biológica, histórica y cultural. Este interés científico, descriptivo y analítico, que había tenido en Darwin su mejor exponente, venía favorecido por la cada vez mayor laicidad del mundo desarrollado y por la complejidad de unas sociedades en las que la revolución industrial y el colonialismo habían introducido factores nuevos y poco conocidos.

De todo este lío, que revolucionó el pensamiento humanístico hasta extremos poco antes impensables, España ni se enteró. Andaba este país, como suele, con sus propios enredos metafísicos, con sus ayes de siempre y con su política de vuelo corto, y en la Universidad bastante tenían con seguir dilucidando, Santo Tomás en ristre, las potencias del alma.

Conviene decir estas cosas y ponerlas en contexto para entender el coraje y la intuición del doctor Olóriz adentrándose en el terreno, aún muy pantanoso, de la antropología física, la rama de la nueva disciplina más ligada a los aspectos estrictamente biológicos del ser humano. Para un especialista en anatomía con ganas de investigar, la antropología física era una tentación difícil de resistir porque le permitiría salir de las limitaciones estrictamente médicas de su especialidad –estudio de los huesos, de los músculos y su movilidad: interesante, pero conocido- para adentrarse en un territorio en el que por aquel entonces aún estaba todo por descubrir.

Sus estudios sobre el índice cefálico en España, que le obligan a viajar por todo el territorio, lo convierten en un pionero del trabajo de campo y del análisis estadístico aplicado a las ciencias sociales. Lo mismo ocurre con su trabajo sobre la epidemia de cólera en Granada y, más importante aún, con su ingreso en la Academia de Medicina en 1896, donde leyó un discurso titulado La talla humana en España, para cuya realización tomó medidas antropométricas de 7.396 varones vivos, 502 mujeres vivas y 200 cadáveres. Un modelo de investigación que hoy nos puede parecer incluso insuficiente, pero que en su día abrió novedosas vías de trabajo basadas en evidencias.

Pese a que Olóriz dedicó casi todo su esfuerzo a la ciencia especulativa, su nombre ha quedado definitivamente ligado a un descubrimiento funcional: el uso de la huella dactilar como sistema de reconocimiento. Aunque en otros países se había empezado ya a trabajar en esta dirección, fue el ‘sistema Olóriz’ el que sirvió para clasificar y categorizar las marcas de las yemas de los dedos, estableciendo así un método de reconocimiento casi infalible que ha llegado hasta nuestros actuales documentos de identidad. Este interés práctico en la identificación de individuos convirtió a Olóriz en profesor de la Escuela de Policía y en el pionero español de la actual policía científica.

Pero decíamos al principio que nuestro buen doctor, y su numerosa familia, no soportaban bien los calores madrileños y pronto adquirió la costumbre de recluirse en Miraflores de la Sierra. Llama la atención esta querencia, toda vez que los Olóriz no tenían ningún vínculo con aquel municipio y trasladarse a él, en los vehículos y por los caminos de la época, llevaba la friolera de once horas. El caso es que allí se acomodaba la familia desde julio a septiembre, que allí compró una casa y que incluso lio a su amigo Ramón y Cajal para que adquiriera la de al lado para pasar juntos el estío y echar partidas de ajedrez. Allí, Federico Olóriz realizó en 1896 una de sus características investigaciones antropológicas, Estadística de Fecundidad en Miraflores de la Sierra 1896, cuya edición facsimilar acaba de ser publicada por la Universidad de Granada y el Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra. Lo editado, lo que se conoce sobre el trabajo, es solo la encuesta de población y sus datos numéricos. Olóriz no hizo públicos sus resultados ni se refirió a ellos en ningún momento, por lo que se ignora si estaba insatisfecho con ellos o si tenía previsto continuar la investigación. Pero el librito, que recogí gratuitamente en la casa de cultura del municipio serrano al pie de una breve pero sentida exposición sobre el personaje, es un fascinante ejemplo de un tipo muy raro, empeñado, en la España del XIX, en trabajar con datos y no con opiniones.

Publicado en Vozpópuli entre 2016 y 2017

Cultura popular

Era un trozo de tradición encajado en la ciudad.

En este barrio había una plaza enorme, con nombre de cereal, probablemente porque en ella se había cultivado antes de que la conurbación se expandiera hacia el suroeste. Y en mitad de la plaza se habían construido las dos infraestructuras más importantes del barrio: el mercado de abastos y el polideportivo, única instalación deportiva pública en toda la zona centro. Ambos tenían ya muchos años, desde luego. El primero, bellísimo,  fue inaugurado en 1875 por el rey Alfonso XII, así que ya se pueden hacer ustedes una idea de su estado, aunque ciertamente ha sufrido remodelaciones notables con posterioridad. El segundo fue construido en los finales setenta del pasado siglo y, sin ser ninguna joya arquitectónica, cumplía, con su piscina cubierta y sus restantes instalaciones, un servicio esencial para zona.

La reforma de la plaza del cereal

A finales del siglo veinte la famosa plaza del cereal necesitaba, es verdad, una reforma. El barrio, que siempre había tenido fama por sus tradicionales fiestas y su mercadillo dominical, empezó a ponerse de moda y a atraer jóvenes y turistas a los establecimientos de restauración que empezaban, muy poco a poco, a abrirse. En paralelo, tomó el mando del municipio un alcalde empeñado en pasar a la historia como fuera y no se le ocurrió mejor método que destripar la urbe, cubrirla de zanjas y de grúas y cargar el presupuesto local con un endeudamiento del que no se verá libre hasta que nuestros tataranietos decidan refundar la ciudad en otra parte.

Este alcalde, cuyo padre había desempeñado un notable papel en la etapa de la Transición, alumbró la idea de que en la plaza del cereal era mejor hacer rupturas que reformas. Tuvo un sueño faraónico, encargó que se lo dibujaran, lo anunció por tierra, mar y tele, y encargó a la piqueta que fuera demoliendo el polideportivo para empezar cuanto antes a plasmar sus delirios. Los vecinos se quedaron sin piscina en horas veinticuatro, pero qué importancia tiene la natación cuando está en juego la gloria de un alcalde.

Al insigne regidor solo se le pasó por alto un detalle: Lehmann Brothers había dejado de existir, la crisis se había enseñoreado de todos, incluso de las arcas municipales, y no había posibilidad alguna de ejecutar el plan previsto.

Al alcalde… ya ves tú, como si te operan. Hubo elecciones, ganó su partido, y el nuevo presidente de gobierno encargó al ya exregidor que demoliera la justicia con la misma celeridad y el mismo encendido arrojo con que había demolido la ciudad. Allá se fue, siempre presto a servir al bien común, y a los vecinos del barrio les dejó un bonito erial de ruinas y cascotes para que vieran la posibilidad de nadar en él. Las ratas empezaron a hacerlo, así que por qué no los demás habitantes.

Tengo una convicción: si aquellas ruinas hubieran seguido algunos meses, algunos años más, la nueva alcaldesa se habría apresurado a dar una solución inmediata, porque aquella imagen, en uno de los puntos más céntricos y concurridos de la ciudad, era una sangría de votos para el partido en el gobierno.  Cada vez que un vecino, un ciudadano, ¡un votante!, pasaba por allí y veía aquel destrozo, un chip se activaba en su cerebro y le hacía reaccionar.

El campo del cereal

Pero, ay, llegó el pueblo. No el pueblo de verdad, claro, sino el que se hace llamar el pueblo. Ya saben: las asociaciones de vecinos, las asociaciones culturales, las organizaciones juveniles y feministas, las asambleas, los círculos y los cuadrados, los alternativos y los continuos, los hunos y los hotros. Todos juntos suman menos individuos de lo que se tarda en escribir los nombres de sus organizaciones, pero ellos se arrogan la representación del mundo y, sobre todo, se apropian de palabras y conceptos para enredar en ellos sus particulares bobadas. Cultura popular, lo llaman. Y pobre de aquel que se oponga a tan brillante hallazgo.

Llegaron, digo, se fueron al Ayuntamiento y convencieron a sus ediles de que aquel erial era un sitio estupendo para llevar a cabo lo que Mao intentó sin éxito: la revolución cultural. Todo era sencillo y, sobre todo, barato. Bastaba con quitar los cascotes, retirar, a ser posible, las ratas, echar una capa de cemento, colocar una ligera valla y ponerle a aquello un nombre sonoro, ecologista y contracultural: el Campo del Cereal, por ejemplo. La alcaldesa, supongo, debió de dar palmas con las orejas: por cuatro duros le encontraba salida a aquel marrón. Una salida provisional, por supuesto, pero una ciudad que tardó casi dos siglos en concluir la catedral de la religión dominante es una ciudad con gran visión de futuro, capaz de poner las soluciones definitivas en la línea final del horizonte.

Ahí están estos alternativos desde hace casi cinco años. ¿Qué hacen? Ruido, fundamentalmente. Disfrazado, por supuesto, de un bello e incomprensible discurso alternativo. Ya saben: presunta música, presunto teatro, cine-de-verano (locución perfectamente comparable a la famosa del pensamiento navarro) y muchas asambleas, muchas, en las que se decide el futuro de la humanidad a voz en grito. O sea, ya digo: ruido.

Pero lo peor está por venir. Lo peor es que tal vez un día llegue a la principal magistratura de la ciudad un alcalde normal. No un hombre de Estado, ni un genio, ni un líder inmarcesible. No: un tipo, o una tipa, normal, con un sentido del deber cívico razonable y una capacidad de gestión de primero de pianola. Este alcalde, o alcaldesa, normal, decidirá un buen día que los vecinos de aquel barrio, céntrico y entrañable, merecen, entre otras cosas, un polideportivo con piscina y un mercado que no se caiga a trozos. Dará orden de hacerlo y entonces todas las asociaciones y organizaciones cuyas infinitas siglas se agolpan en aquel antiguo erial dirán que ni hablar, que aquello no se toca, que qué se han creído la casta y los fascistas, que aquello es un derecho adquirido por el pueblo y que en aquel espacio es donde se concentra, de verdad de la buena, la cultura popular.

Y el alcalde, o alcaldesa, si es un tipo normal, se volverá sus técnicos y a sus asesores, se encogerá de hombros, extenderá las manos abiertas, como quien se las lava, y dirá con sosiego: “Con su botellón se lo coman”. Y se dedicará a cosas serias.