Reivindicación del Premio Planeta


Ahora que en España apenas hay asuntos de interés y nadie es capaz de señalar ningún problema relevante, aquí vengo yo con uno que, me consta, no deja conciliar el sueño a los españoles y, naturalmente, a las españolas.

Ahí va la pregunta: ¿Cuántos premios literarios se conceden anualmente en nuestro país? Y las preguntas derivadas: ¿Cuánto dinero se destina a ellos?, ¿cuántos escritores se presentan? ¿cuántos obtienen algún tipo de reconocimiento?

Y la gran pregunta final, la pregunta traca, la recojopregunta: que solo puede responderse desde el sesudo análisis de estas páginas: ¿para qué sirven?

En la estupenda página que la web escritores.org dedica a los concursos literarios pueden ustedes repasar el muestrario, verdaderamente inabarcable, de la oferta que se presenta a los plumíferos que se manejan en nuestra hermosa lengua. No me he parado a contarlos, pero les aseguro que son varios centenares y que responden a una taxonomía más variada de lo que pudiera parecer.

Por ajustarnos solo a los concursos convocados en España -en Latinoamérica se convocan muchos, pero tienen características distintas que no son del caso- la gran mayoría de ellos están abiertos a quien quiera participar, sin límite ninguno, lo que hace muy variada la calidad y el perfil de los participantes. A veces, pocas, se acotan por edad. Son frecuentes los premios dirigidos a jóvenes, entendiendo dentro de este colectivo márgenes muy generosos: entre 20 y 35 años, digamos por aproximación. Pero contra lo que se pueda pensar (que sería una limitación lógica para primar el descubrimiento de nuevos valores con dificultades para hacerse un hueco en la industria literaria) no son muchos los concursos con este requisito.

Puestos a acotar, se acota también por género, si bien no conozco un solo certamen dirigido solo a hombres. Cuando se introduce la marca de género es siempre para buscar talento femenino. No digo que me parezca mal (ni bien), porque ahora no estamos hablando de eso: solo lo constato.

No todos los géneros son iguales

Hablando de género, los géneros literarios más valorados por los convocantes de concursos literarios son el cuento y la poesía. Cuentos cortos, cuentos largos, microcuentos, cuentos de temática específica, cuentos de temática abierta… Es admirable la cantidad de cuentos que se premian en un país en el que no se leen cuentos. Y es llamativo el hecho de que se premien las piezas sueltas de narrativa corta, pero apenas haya concursos para premiar libros de cuentos, pese a ser este formato más adecuado para juzgar la calidad de un escritor, que debe mantener el pulso en alto de un modo sostenido

¿Poesía? Se premian poemas de determinada extensión, entre catorce y cien versos por lo general. ¿Por qué catorce? Porque esa es la extensión canónica de un soneto, que suele considerarse la extensión mínima adecuada para construir un poema con sentido en sí mismo. ¿Quién ha determinado eso? Algún descerebrado, sin duda, hace mucho tiempo, al que un sinfín de sucesores han copiado la idea por una mezcla de desconocimiento y vagancia, porque hay en la historia de nuestra literatura un sinfín de poemas maravillosos que tienen menos de catorce versos y sus autores no habrían podido presentarlos a un premio mediano de un municipio cabeza de partido.

En cambio, así como hay pocos certámenes dirigidos a encontrar buenos libros de cuentos, hay muchos que buscan libros de poesía. Muchos, docenas, puede que centenares. Y es muy de analizar -pero no lo voy a hacer hoy, no se me asusten- el empeño en acotar el número de versos que se exigen para que un libro de poesía pueda ser calificado de tal. Hay quien con trescientos versos lo da por válido y hay quien exige mil. En mitad de ese arco, cuantas variaciones quieran. Pero siempre se acota. Es como si los convocantes desconfiaran de un poeta que se presentara, por ejemplo, con un libro de seis versos y demandara el derecho a ser premiado. En fin.

Después de los cuentos y la poesía, abundan también los premios de novela: larga, corta, mediopensionista, histórica, negra, romántica. Y después, relegados ya a la cola de los géneros más demandados por los convocantes, el teatro -micro o macro- y el ensayo o las diversas formas de no ficción, que despiertan entre las entidades convocantes un escasísimo interés.

¿Qué tal dotados, económicamente hablando, están todos estos certámenes? La variedad es infinita: desde los que entregan un diploma y, con suerte, un lote de libros, hasta los que aportan cantidades de dinero enormemente atractivas.

Las mejor dotadas son las novelas, por las que es fácil conseguir cantidades de cuatro y cinco dígitos. Hay libros de poesía que tampoco están mal retribuidos y cuentos sueltos por los que te puedes llevar un buen pellizco. En este asunto, el criterio es muy claro: ninguno. Por la misma obra puedes obtener quinientos euros en Villanueva de Abajo y dos mil en Villanueva de Arriba. Lo mejor es presentarse a los dos y rezar a San Roque para que ganes el segundo.

Y con el párrafo anterior, ya he avanzado una cuestión crucial: ¿quiénes son los convocantes? En ocasiones, editoriales que buscan con esta fórmula la manera de encontrar obras y autores por un procedimiento alternativo a sus canales habituales. A veces es una fórmula promocional para su sellos. A veces son serios. A veces.

Hay algunas docenas de convocatorias que nacen de fundaciones, asociaciones o instituciones culturales de diferente jaez. Hay de todo y cada uno tiene sus motivaciones: imposible detenernos en ellas.

Todas las instituciones con premios literarios dicen perseguir el fomento de la cultura y todas se limitan a entregar un cheque y a repartir unos canapés

En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, los convocantes son ayuntamientos e instituciones locales, de todo tamaño, presencia y condición. Esta es la parte que me fascina de esta historia. El ayuntamiento de Villapardillo, un poner, convoca un premio de cuentos para fomentar la cultura (todos los premios persiguen el fomento de la cultura), al que se presentan tropecientos escritores -y, sobre todo, escritoras- del mundo entero. Un jurado compuesto por brillantes cabezas de nuestra literatura decide el ganador (no nos detengamos ahora en los procedimientos) y algunos meses después se celebra un acto en el centro cultural del municipio (omitamos la pandemia en este análisis) al que asiste la concejala de cultura (el alcalde suele pasar de estas cosas) y, por lo general, el agraciado o agraciada, que para ese día ha sacado algunas de sus mejores galas. Acompañando a la autoridad y al galardonado, unas cincuenta personas, entre familiares, amigos, funcionarios del ayuntamiento a lo que se les insiste que vaya para hacer bulto y canaperos profesionales que acuden los primeros para comprobar la calidad del jamón. Tópicos de unos, tópicos de otros, una periodista de la comarca que entrevista al ganador, acaso la televisión autonómica para su desconexión local, y todos a casa tan contentos.

Entre unas cosas y otras, al pueblo en cuestión la broma le cuesta unos cuantos miles de euros.(a la dotación del premio hay que sumar el coste del jurado, gastos de organización, algunas cenas…). El premiado se va para casa tan contento con un cheque (ahora la cosa va más de transferencia) que no le arregla la vida, pero se la alegra un poco. Y en su casa se queda, tan desconocido como hasta entonces, porque la obra premiada no se publica o se publica en unas condiciones tan infames que pasa a ser desconocida desde el momento mismo de su publicación.

Es todo tan absurdo, tan miserable, tan irrelevante, tan tosco que a veces pienso que el único certamen literario digno de aplauso es el Premio Planeta. Porque es el único que no engaña a nadie que no se quiera dejar engañar y que consigue lo que busca: publicidad para la editorial y para el premiado. A ver si aprenden los ayuntamientos.

Publicado en La Política Online el 14/03/2021

Dos patrias

No conozco a Fernando Aramburu de nada. Lo había (mal)leído y lo tenía en la lista de autores en observación, a la espera de comprobar si se venía arriba y escribía la Gran Obra que lo consagraría para siempre o si se quedaba en esa medianía que nos está destinada  al común de los mortales. Por fin, se anunció el lanzamiento de Patria con el boato que las editoriales del grupo Planeta (ah, ¿es que hay otras?) reservan para sus apuestas más notables y, vista la reseña, decidí que era el momento de hincarle el diente al autor.

Diré, como observación inicial, que en cuanto supe de qué iba la novela se me vino a la cabeza la que tengo para mí por la mejor novela escrita hasta ahora sobre el País Vasco y sus años de terror: La carta, de Raúl Guerra Garrido.

La historia de la escritura de La carta, de su difícil difusión y del duro contexto en que fue escrita y publicada puede leerse de un modo sintético en el artículo enlazado más arriba, pero baste con decir, a efectos de lo que viene a continuación, que contiene algunas sorprendentes similitudes con la novela de Aramburu, la más importante de las cuales es, nada menos, que el eje en torno al cual se vertebran ambas historias: el impuesto revolucionario (traduciendo de la neolengua del buenrollismo: el chantaje y la extorsión) que la muchachada etarra  y sus adláteres imponían a los empresarios vascos para financiar su delirante marcha hacia ninguna parte.

El impuesto revolucionario, pues, como protagonista de ambas historias. Lo primero que sorprende es que, en las menciones que Aramburu hace de Guerra Garrido -en el contexto de todos aquellos, bien pocos,  que antes que él han escrito sobre el terrorismo etarra-  no menciona nunca esta novela, ni, por supuesto, la siempre ignorada y excelente La costumbre de morir, sino la muy anterior, premonitoria pero todavía insuficiente, Lectura insólita de El Capital, también referida al mismo tema pero publicada originariamente en 1977, con el cadáver del Caudillo aún fresco, es decir, en un contexto político, social y emocional radicalmente distinto al que reflejan las obras posteriores. Tampoco he leído ninguna alusión a esta notable coincidencia temática en los muchos artículos que ha provocado la publicación de Patria. (Bien es verdad que no he visto todas las entrevistas a Aramburu ni he leído todas la referencias a su novela porque, si algo consiguen las apuestas más notables de las editoriales del grupo Planeta -ah, ¿es que hay otras?-, es que los periódicos y las publicaciones de todo tipo se inunden, quién sabe por qué, de material encomiástico e intercambiable).

Lo más probable es que nadie haya reparado en el parecido de ambas obras simplemente porque Guerra Garrido es hoy un autor al que se presta poca atención y porque La carta, específicamente, fue una novela a la que se postergó cuanto se pudo y de la que casi nadie se acuerda. (Cómo será la cosa que hace poco tiempo un señalado periodista cultural que sabe de todo esto, y de más cosas, mil veces más que yo, me hizo ver que Guerra Garrido no debía figurar en la lista de autores vascos porque es un “escritor madrileño”, deslumbrante calificativo para alguien que, nacido efectivamente en Madrid, ha pasado en San Sebastián cincuenta años de su vida y es allí donde ha escrito la mayor parte de su obra, donde le han matado a sus amigos y donde le han quemado reiteradamente su farmacia). Es probable, por tanto, que sea una casualidad la ausencia de comparaciones entre La carta y Patria, pero a mí hay algo que, leídas las dos obras, se me vino encima con una claridad deslumbrante: los finales de ambas son tan opuestos que solo uno de los dos puede ser cierto.

A ver si me explico con claridad pero sin hacer espóiler. La novela de Aramburu es muy buena. Excelente. Deslumbrante. Nítida. Bien escrita. Muy bien desarrollada. Con un uso del lenguaje y del estilo narrativo que lo acreditan como uno de nuestros grandes narradores actuales. De las más de seiscientas páginas sobre las que está construida la historia, quinientas son sobresalientes. De lo mejor que he leído en los últimos años. Pero, ay, las cien últimas tienen trampa. La peor trampa del mundo, la más falaz, la que destierra la ficción al mundo de las fantasías: Aramburu se empeña en que Patria acabe bien, como las novelas rosas de Corín Tellado o las malas novelas policíacas en las que se encuentra y se condena al asesino sin resquicio alguno para la duda. Patria presenta el conflicto, lo explica ¡y lo resuelve! Como si la historia del País Vasco hubiera sido un mal sueño y el final de ETA el final de todos los problemas. Exactamente al revés de lo que sucedía en La carta, donde la resolución del conflicto no hacía sino anunciar otro conflicto más enraizado, más duro, más pertinaz. En Aramburu, el buenismo triunfa. En Guerra Garrido, cierra el amargor  de que esto tiene mal remedio.

Me temo que Alsasua , el Alsasua de 2016, está mejor reflejado en La carta de hace 27 años que en la Patria de hace unos meses. Me da la impresión.