Dos retratos de un embajador

Este que ven aquí, con ropaje ritual, rostro sereno y posición de activo reposo, es el samurái Hasekura Tsunenaga, quien hace ahora cuatrocientos años encabezó la misión Keicho, la primera embajada oficial japonesa ante el rey de España.

La relación entre ambas culturas se había iniciado casi ochenta años antes. Portugueses y españoles andaban obsesionados, a mediados del XVI, con abrir rutas comerciales a través del océano para conseguir el suministro de especias y más pronto que tarde tenía que suceder que una nave encallara en alguna de las islas del imperio nipón. Como era usual, tras los marinos y los comerciantes aparecían los misioneros, decididos a convertir a la verdadera fe a todo lo que se moviera. Entre unos y otros, es así como tenemos, a principios del XVII, en distintos puntos de Japón, una destacada colonia de occidentales, jesuitas la mayoría, portugueses y españoles casi todos, aunque también franciscanos y laicos, incluido algún inglés, como el famoso William Adams, el primer occidental que obtiene el nombramiento de samurái y al que encarnó Richard Chamberlain en una exitosa serie televisiva de los ochenta.

En una primera etapa, en lo referido a las relaciones entre ambas culturas, los japoneses jugaron siempre en casa. Hubo alguna excepción, como la comitiva que llegó a Roma en 1582 para formar como sacerdotes a cuatro jóvenes japoneses que habían ingresado en la Compañía de Jesús o la que encabezó poco después el franciscano Luis Sotelo, junto a veintidós nativos, para entrevistarse con el virrey de Nueva España.

Pero la primera vez que Japón envía una delegación oficial de carácter diplomático para entrevistarse con el rey, es esta que encabeza Hasekura.

Japón tenía por aquel entonces un lío descomunal. Por hacerlo fácil: el emperador era una figura más emblemática que efectiva (como ahora, pero con carácter divino) y el poder ejecutivo recaía en el sogún, a quien cabría calificar como una especie de dictador militar, siempre que seamos conscientes de que la traslación de imágenes y conceptos entre el mundo japonés y el nuestro no puede hacerse con exactitud y se quedan muchos flecos colgando. El sogún efectivamente gobierna, pero en el marco de una estructura feudal controlada por los daimios, señores de la guerra poseedores de tierras y poblaciones, con un poder de decisión sobre unas y otras que ya hubieran querido, aunque estuvieron cerca, nuestros señores feudales.
Háganse cuenta del cóctel: daimios y sogunes llevaban enredados entre sí, peleando por cuotas de poder, unos cuantos siglos, y aún siguieron así prácticamente hasta el XIX. A ello hay que sumar la guerra de jesuitas y franciscanos por convertirse en los verdaderos representantes de la iglesia católica en el imperio nipón, las conversiones que unos y otros fueron consiguiendo entre daimios influyentes, la aparición de ingleses protestantes y, poco después, de holandeses con un descarado espíritu comercial… No era el mejor escenario para quien quisiera llevar una vida pacífica y sin sobresaltos.

La embajada Keicho –llamada así por el nombre del periodo de tiempo en que se llevó a cabo- fue una decisión del sogún Tokugawa Ieyasu, muy animado para este asunto por un daimio del norte, Date Masamune, un tipo poderoso, un poco periférico y dispuesto a hacerse un lugar bajo el sol naciente. Se construye un barco ex profeso, basado en el know how marítimo del samurái Adams, y se compuso una delegación de 180 personas, cuarenta de las cuales eran españoles y portugueses.

No sabemos por qué el marrón se lo tuvo que comer Hasesura y no cualquier otro de los miles de samuráis que estaban al servicio del daimio. Es sabido (porque el cine en esto ha jugado un papel didáctico extraordinario) que los samuráis eran, al tiempo, guerreros poderosos y simples siervos, hombres cuya única misión era empuñar las armas y entregar la vida en el servicio a su señor, a cambio, eso sí, de tener sus necesidades materiales cubiertas por la gran masa de campesinos que ocupaban el último eslabón de la cadena. Hasesura era un héroe de las dos guerras contra Corea que Japón acababa de ganar, pero héroes como él lo eran seguramente todos los que habían sobrevivido. Por el retrato que conservamos, era un hombre aún joven, saludable e impecable en su vestimenta y en su disposición, pero es que sería absurdo pensar que pudiera ser de otro modo porque ni su daimio ni su honor se lo hubieran permitido.

El viaje duró siete años. La comitiva empezó por La Habana; siguió hasta Nueva España, donde el virrey atendió a los visitantes convenientemente aunque sin entusiasmos, y, ya en España, fueron recibidos por Felipe III, el 15 de enero de 1615. Tampoco parece que el rey se volviera loco con la visita, probablemente porque el imperio español tenía todos los flancos abiertos y por todos le entraba agua, de manera que tal vez al monarca no le pareció el momento de abrir nuevas relaciones diplomáticas que tarde o temprano pudieran degenerar en más bronca.

Visto lo visto, y antes de emprender camino a Roma, Hasekura, no sabemos si aconsejado o motu proprio, con convicción espiritual o en un brillante acción de marketing, da un golpe de efecto y se convierte, con todo su séquito, al cristianismo. Se bautiza como Felipe Francisco y se cambia el look de un modo bastante espectacular, a juzgar por el nuevo retrato.

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Abreviemos: el papa lo recibe, le da buenas palabras, envía saludos al sogún y al daimio y lo manda de nuevo a España.

El viaje toca a su fin y va siendo hora de volver. A la que se dirigen a la costa de Huelva, para embarcar, les llegan rumores de que las cosas en Japón se han complicado, el sogún está mosca con los enredos de los cristianos y decreta una persecución de estos y un cierre de fronteras que sumirá al país en un aislamiento internacional notable durante otro par de siglos. La comitiva, con el bautizo todavía reciente, se lo piensa y buena parte de ella se planta en Coria del Río y se queda allí, dispuesta a perpetuar el apellido Japón en el occidente cristiano.

Hasekura, no. Hasekura es un samurái como es debido y regresa a Japón, a rendir cuentas de su embajada, tan vacía de resultados como de detallados testimonios. No se sabe lo que sucedió con él. Unas fuentes dicen que fue encarcelado, otros que abandonó el cristianismo, pero no hay muchos rastros sobre el resto de su vida, como es lógico por otra parte, tratándose de un samurái más entre tantos miles.

Publicado en Vozpópuli entre 2016 y 2017

La crisis del 14


En el año 32 antes de nuestra era, el joven Cayo Julio César Octaviano, al que la historia habría de conocer como César Augusto, puso fin a la fracasada experiencia del Segundo Triunvirato, venciendo a su socio Marco Antonio a las puertas de Alejandría y obligando a Cleopatra al suicidio. Octaviano regresó a Roma, con apenas treinta años, heredero único del legado de César y poseedor de las inmensas riquezas de Egipto.

El oro egipcio llega en un momento en el que Roma ya es inmensamente rica y poderosa, dueña de casi todo el mundo entonces conocido y poseedora de una eficiente administración, capaz de extraer lo mejor de cada territorio para mayor gloria y bienestar de la Urbe. Con los nuevos tesoros, el imperator Octaviano se aplica a la liquidación del ejército (casi medio millón de hombres a los que compra tierras para cultivar), la anulación de las deudas de los particulares al Estado y la ejecución de grandes obras públicas, al tiempo que acomete una profunda reorganización administrativa. Contaba para ello con dos hombres excepcionales: Marco Agripa, su mejor general, que se demostró en la paz como un excelente burócrata, y Cayo Mecenas, un gran financiero, por más que su nombre perdure por uno de los aspectos más tangenciales de su actividad.

Las riquezas puestas en circulación en aquellos primeros años del mandato de Augusto provocaron una espiral inflacionista, que estimuló el comercio, pero también los precios, que subieron de manera astronómica. Cuando, en el año 14 de nuestra era, Tiberio es nombrado nuevo emperador en sustitución de su padrastro, se encuentra una situación económica insostenible y decide interrumpir bruscamente la espiral, reabsorbiendo la moneda circulante.

Aquellos que se habían endeudado contando con la continuación de la inflación se encontraron faltos de liquidez y corrieron a retirarla de los bancos. Según cuentan los historiadores de la época, hubo banqueros, como Balbo y Olio, que tuvieron que hacer frente, en un solo día, a trescientos millones de obligaciones y terminaron cerrando. Las industrias y comercios afectados no pudieron pagar a sus proveedores y cerraron también. Cundió el pánico. La retirada de depósitos se generalizó. El banco de Máximo y Vibón, el líder bancario de la época, no pudo satisfacer las demandas y pidió ayuda al banco de Pettio. Pero cuando la noticia se difundió, fueron los clientes de éste quienes se precipitaron a retirar su dinero e impidieron el salvamento de los colegas. Los bancos de Lyon, Alejandría, Cartago y Bizancio cayeron de forma simultánea, dando pruebas de una globalización bancaria efectiva. Las quiebras se desataron en cadena, y también los suicidios. Muchas pequeñas propiedades, cargadas de deudas, no pudieron esperar a la nueva cosecha para pagarlas y tuvieron que ser vendidas en provecho de los latifundios más preparados para resistir. Volvió a florecer la usura, los precios se derrumbaron y la situación quedó al borde del desastre.

Tiberio tuvo que rendirse a la evidencia y asumir que la deflación no es más sana que la inflación. La primera medida que adoptó –y casi la única– consistió en el reflotamiento del sistema bancario: distribuyó cien mil millones entre las entidades financieras para que los pusieran en circulación, con orden expresa de que los prestaran, sin intereses, por un periodo máximo de tres años. Bastó esta medida para revigorizar la economía, descongelar el crédito y devolver la confianza.

Publicado en el diario Negocio en 2009