Covid-19 y SGAE: dos aniversarios

Se cumple un año de la declaración del Estado de Alarma y diez de la detención de Teddy Bautista.

Soy poco de aniversarios. Los asuntos importantes hay que recordarlos por sí mismos, porque son importantes, y, si no, pues nada, pasando, que es gerundio, como decían los clásicos. Pero algunas veces, hay que reconocer a los aniversarios la función que cumplen de recordatorio, de asiento mental para detenerse un momento y hacer balance.

Hace un año, por ejemplo, el 14 de marzo, cuando Pedro Sánchez decretó el estado de alarma y todos fuimos al fin conscientes de que la pandemia desatada por el SARS-CoV-2 no era una broma. Qué año, qué de cosas. Por fortuna, no hace falta que me ponga ahora a recopilarlas porque ya lo han hecho un montón de periodistas, analistas y escribidores de toda laya y condición y no hace falta repetirse a cada momento. Kiko Llaneras, por ejemplo, -ya saben que yo tengo debilidad por Kiko, una de las cabezas mejor amuebladas de nuestro andamiaje intelectual- escribía el otro día en su newsletter un análisis realmente prodigioso del primer año de pandemia. Ni un pero que ponerle.

¿Ni un pero? Bueno, quizá esta frase, escrita como al desgaire al enumerar los errores más flagrantes que se cometieron: “Me interesan poco las responsabilidades de estos problemas (creo que serán históricas y a repartir)”.

A ver si lo entiendo: los responsables de gestionar la pandemia fallaron -lo dice Kiko, no yo- en detectar, en atender y en organizar. No sabemos por qué, pero fallaron. Y como consecuencia de ello, el número de muertos se disparó hasta alcanzar cifras que ni siquiera hemos acertado a precisar.

¿De verdad no hay que determinar qué culpas ha habido? ¿Será “la historia” quien juzgará a los responsables? Caramba.

Si alguien se encuentra a otro alguien accidentado, herido o abandonado y lo desatiende y muere como consecuencia de esa desatención, ese primer alguien puede y debe ser juzgado, entre otras cosas, por denegación del deber de socorro. Si además es un funcionario público quien obra de este modo, el delito se agrava. ¿Pero si son setenta mil, o cien mil, los abandonados y los muertos, eso ya es un asunto que solo compete a la historia? Alguien me lo tendría que explicar. Porque el problema no es que yo, esta vez, esté en desacuerdo con Kiko Llaneras, sino que todo el mundo parece estar de acuerdo con él.

Con siempre andamos corriendo sin saber a dónde, ya se nos ha olvidado que en la gestión de este disparate puede que se hayan cometido -eso sí, presuntamente- delitos muy graves. Y no estaría mal indagar en los nombres y apellidos sin necesidad de remitirnos al Juicio Final.

10 años del caso SGAE

El día 1 de julio de 2011, la guardia civil, con ese estilo tan suyo de cuerpo policial especializado en la persecución de bandoleros, entró en la sede la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) y se llevó detenidos a su presidente y a un puñado de colaboradores a los que puso a disposición del juez y a los que la fiscalía acusó de un sinfín de delitos en la gestión de la sociedad. A partir de aquel día, Teddy Bautista, un mito en la historia del rock español, que llevaba treinta años trabajando por el reconocimiento profesional de los artistas, recibió, por parte de los telediarios, la condena a muerte civil. La opinión pública, pero más aún la opinión publicada, sentenció a Bautista (y a Caco Senante, y a Ramoncín, y a otros cuantos más) con esos argumentos tan castizos de “yo lo sospechaba hace tiempo”, “esto se veía venir” y “menuda gentuza, cómo se lo han llevado crudo”. En aquellos primeros momentos de conmoción, no recuerdo haber leído, fuera de su círculo más próximo ninguna defensa de estos hombres a partir del argumento de la presunción de inocencia. Después, el tema se olvidó.

A los pocos años, empezaron a gotear las sentencias sobre los distintos delitos de los que se acusaba a Teddy y a sus colaboradores. Distintas sentencias: todas absolutorias. Finalmente se ha dictado la última, la más mollar, la que se ocupa de los delitos de apropiación indebida, administración desleal, falsedad de documento mercantil y asociación ilícita. También absolutoria.

Diez años de muerte civil son muchos años. El problema de la lentitud de la justicia no es un problema para la justicia sino para los inocentes con los que se cruza en su camino. Y como alguno de los afectados ha declarado, a ver cuántos de los que los dieron por culpable salen ahora a rectificar.

Este es un asunto, el de los falsos culpables, el de los que cumplen penas de telediario, del que no tenemos que cansarnos nunca de escribir.

Yo tengo previsto volver pronto a la carga.

Publicado en La Política Online 20/03/21

Sobre héroes sanitarios y humanismo teocrático

Dos preguntas a Josep Maria Margenat


Mi admirado y viejo amigo Josep Maria Margenat publicaba en el número de agosto de esta revista un sugerente artículo, El porvenir de una ilusión o the white-coat people, cargado, como todo lo que él escribe, de una sabiduría hipotáctica y generosa que suscribo casi en su totalidad, pero de cuya lectura me han brotado dos preguntas que no puedo evitar formularle y formularme.

La primera -y que nadie, por favor, busque en ella argumentos ad hominem- tiene que ver con su encendido aplauso a los profesionales de la salud y a “la comunidad científica mundial”. Se trata, claro, de dos colectivos muy diferentes, con intereses y características bien distintos, y que solo en un grado mínimo confluyen en una especie de subconjunto sobre el que incluso habría mucho que matizar. De modo que, aunque nuestro autor los agrupa, a efectos metodológicos hablaremos de cada colectivo separadamente, para no enredarnos.

Dice Margenat que la covid nos ha permitido descubrir a la “gente de la bata blanca”, que ellos son “nuevos héroes, nuestros héroes”. Es curioso: se trata de un lugar común que se ha instalado entre nosotros con solidez y que me crea una cierta perplejidad. Porque a mí, que fui pionero en esto de ser enfermo de covid y, en ese contexto, he tratado con muchos sanitarios, me sucede lo que a Churchill con los franceses: que no los conozco a todos, solo a unos cuantos. Y en esos que conozco -desde los que me salvaron la vida hasta los que me trataron con desdén- hay lo mismo que entre los barrenderos, los poetas y los ingenieros industriales: de todo. Se trata de profesionales que eligieron ese oficio por vocación, por imposición o por casualidad y que se desempeñan en él con más o menos entusiasmo y eficiencia. Como los bomberos, como los militares, sujetos siempre al drama y al imprevisto, tienen un oficio por el que, mal o bien, se les retribuye. Podemos introducir los matices o excepciones que queramos, pero, en cuanto colectivo, no veo la heroicidad por ningún lado. Héroes me parecen, esos sí, los autónomos arruinados en estos meses, los pequeños empresarios que se están dejando el alma por salir adelante, los trabajadores de cuarenta, de cincuenta años, que se han quedado sin empleo y ahora se preguntan qué va a ser de sus vidas, los viudos y las viudas de tanto muerto imprevisto. Estos son los héroes y los mártires de esta dolorosa historia.

Aún más asombroso es lo de los científicos. Tampoco los conozco a todos, aunque se da la circunstancia de que sí a unos cuantos de los mejores que se despachan por aquí. Dice JMM que “hemos redescubierto la libertad, la generosidad y el servicio a la verdad como valores posibles en la comunidad científica mundial” y nos anima a que aprendamos de ellos. Puede ser, yo no lo sé, que (todos) los científicos sean muy libres, muy generosos y muy amantes de la verdad, pero no me importaría nada que fueran también un poco autocríticos. Desde que el SARS-CoV-2 se instaló entre nosotros no he escuchado a un solo investigador reconocer de manera explícita que este asunto se les escapó, que los virólogos llevan decenios trabajando en torno a los coronavirus y no vieron que una variante asesina se expandía por todo el mundo, que la covid-19 nos iba a arrasar. Si hay algo que debe caracterizar a un intelectual es la pasión crítica, y la pasión crítica debe empezar por uno mismo. La echo de menos en este caso -aunque puede ser, no lo descarto, que el miope sea yo.

Qué humanismo

La segunda pregunta que me asalta ante el texto de JMM tiene que ver con su alegato en pro de un “humanismo teocéntrico”, locución que, al pronto, tal como la leo, me parece un perfecto oxímoron. No tengo nada contra esta figura retórica, tan fértil, como acreditó la famosa música callada de Fray Luis, pero cuando se trata de preguntarnos por el mejor modo de construirnos un futuro común, en el que quepamos todos, creyentes y no creyentes, el teocentrismo me desconcierta un tanto. Dice Margenat que el humanismo que se empezó a fraguar en Europa hace más de quinientos años es reduccionista. Supongo, por las fechas, que se refiere al humanismo nacido del Renacimiento en su vertiente artística y cultural, pero también al surgido del intercambio comercial, de la movilidad de los bienes y las personas, del emprendimiento industrial, de la eclosión de las universidades, proveedoras del necesario talento, del surgimiento de una burguesía capaz de crear riqueza y, como consecuencia, bienestar para todos. Supongo que se refiere al humanismo impulsado por la curiosidad y por el afán de aprender. ¿Reduccionista? ¿El humanismo que impulsó las ciencias y las artes hasta horizontes nunca imaginados es un humanismo reduccionista? ¿Seguro que ese humanismo -y cito textualmente- “ya no sirve”?

Comparto, por supuesto, con JMM su interés por un mundo más sostenible, su invitación a lo que llama “la conversión ecológica”, a la “reintegración en el tejido social de las edades no productivas y no consumidoras”. Lo comparto, pero dudo que ese nuevo mundo deba ser la consecuencia de un cambio: será, más bien, la lógica de una evolución. La evolución del espacio por el que los seres humanos hemos transitado a lo largo de nuestra existencia, pero en particular, y al menos en Occidente, a lo largo, precisamente, de los últimos quinientos años. Los datos brutos, las estadísticas escuetas acreditan que la humanidad ha progresado de manera exponencial en términos de bienestar y de sabiduría. Hoy mismo, mientras mantenemos este debate y el mundo está aquejado de una pandemia terrible -coyuntural, en todo caso, por larga que sea-, vivimos inmersos en una revolución tecnológica y digital de unas dimensiones y unas consecuencias asombrosas. No está todo resuelto, claro. No hay líneas rectas ni atajos. Lo imprevisible y lo inesperado forman parte de nuestro devenir y la historia -la historia del siglo veinte, sin necesidad de remontarnos más- está cargada de momentos terribles y de retrocesos vergonzosos. Pero si algo ha caracterizado a la especie humana es su prodigiosa capacidad para sobreponerse a los obstáculos valiéndose de sus tres grandes ventajas adaptativas: su condición de homo faber, su gran movilidad ambiental… y su tendencia innata a la cooperación y al intercambio, que nos permite, de un modo casi genético, y con permiso de los Hitler y Stalin de este mundo, avanzar por la senda de la solidaridad y el bien común.

Así las cosas, en mi condición de ateo convencido, agradezco a Josep Maria Margenat su invitación al humanismo teocéntrico, pero me pregunto, y le pregunto, qué necesidad tengo de él.

Escrito en noviembre de 2020 y publicado en El Ciervo en el número de marzo-abril de 2021.

Firmado por Juan A. Torres

Núñez de Balboa



En mis muchos años como consultor solo he tenido dos clientes que, por propia voluntad y sin dificultades económicas relevantes, optaron por no pagarme las facturas derivadas de mis servicios. Uno era un tipo vinculado al mundo del fútbol, que, más pronto que tarde, terminará donde se merece. El otro, un empresario recio, hijo de la Castilla profunda, que se hizo rico hace años utilizando la política como palanca de influencia y puerta de negocios. Con los dos dejé de hablar a partir del momento en que me la jugaron, pero el mundo de las redes sociales es tan conexo que de vez en cuando me llegan noticias de ambos y, a veces, algo más que noticias: sus propias palabras, opiniones y propuestas a través de algún tuit o algún rebuzno semejante.

Un tuit del castellano recio fue el primer aviso que me llegó de las caceroladas y los plantes de la calle Núñez de Balboa. Como a él no lo sigo -solo faltaría- lo suyo transitó hasta mí a través de algún otro. No sé de quién, así que no tengo manera de rastrear ni la fecha ni el texto ni el vídeo que lo acompañaba. Pero sí sé que fue pocos días antes de que el tema saltara a la prensa nacional, que la imagen estaba tomada en la misma calle y que el tuit lanzaba el mensaje, más o menos aproximado, de que los españoles de bien se alzaban por fin contra el gobierno de Pedro Sánchez para recuperar la libertad. En la fotografía se veía un nutrido grupo de ciudadanos de diversas edades y un número elevado de banderas de España tanto en los balcones como en las manos de los peatones, así como en las vestimentas de algunos viandantes que las usaban a modo de bufandas o de echarpes.

Le di poca importancia al asunto. Desde que me estafó, e incluso antes, en el tiempo en que lo traté con alguna intensidad, tengo a este personaje por muy poco digno de crédito y por muy dado a confundir la realidad con sus deseos. La foto era engañosa, como casi todas las fotos, y del encuadre que ofrecía no se extraía otra conclusión que la de que ahí y en ese momento se estaban incumpliendo algunas normas de seguridad sanitaria, pero seguramente más por inconsciencia que por mala fe.

La oposición al gobierno legal la señalizan, a modo de identidad específica, con la bandera de España en la mano.

Después, la cosa empezó a ir a más y, en pocos días, nos hemos encontrado con una locución nueva en el vocabulario político. Hasta ahora, Núñez de Balboa era un conquistador español del siglo XV de vida azarosa y final desgraciado; era también una calle madrileña ubicada en pleno corazón del emblemático barrio de Salamanca, y era, además, una estación de metro de la línea 5 en la misma ciudad ( y supongo que en otras localidades españolas existen más topónimos que conmemoran al ilustre personaje). Ahora hay que añadir un nuevo significado: «Núñez de Balboa» es la locución que expresa un determinado modo de protesta de un concreto sector de la sociedad madrileña contra la gestión de la crisis sanitaria de la pandemia del SARS-CoV-2 por parte del gobierno de coalición presidido por Pedro Sánchez.

Lo ignoro todo sobre la personalidad de cada manifestante en esas concentraciones diarias. Solo sé que mi excliente-estafador es partidario de ellas, pero no quiero hacer con ello una generalización extensiva a todos los asistentes. Ignoro los posicionamientos ideológicos específicos de cada uno de ellos y tampoco termino de saber qué es exactamente lo que demandan, ni como individuos ni en cuanto colectivo. No he leído ningún manifiesto, ni ningún programa, ni ningún discurso de alguien que los represente. He visto que algunos dirigentes políticos están a favor y otros en contra, y el perfil de estos me da una pista de por dónde va el cotarro.

Solo sé que se oponen a la gestión legítima y legal del gobierno de la nación en relación con uno de los asuntos más graves al que nos hemos enfrentado en mucho tiempo. Y que esa oposición al gobierno legal la señalizan, a modo de identidad específica, con la bandera de España en la mano.

Caramba.

Banderas y patrias
A mí lo de las banderas siempre me ha incomodado un poco. En el mundo del lenguaje, la bandera es una forma simple de transmitir un mensaje: representa un territorio y a las personas que habitan en él. Los mensajes simples tienen la ventaja de ser simples -se entienden con facilidad- y la desventaja de ser simples- no hay manera de matizar nada-. Como yo soy muy de matices, esta simplicidad me perturba.

Y me perturba, porque entonces aparece la engorrosa cuestión del patriotismo.

Yo mismo, por ejemplo. Yo soy español como soy enfermo de covid, por casualidad, y de ninguno de esos dos rasgos biográficos podré librarme ya nunca. No entro a valorar si me parecen bien o mal, porque ya no tengo manera de desprenderme de ellos. En tanto que español, la bandera roja y amarilla me representa, igual que me representa, como enfermo de covid, la foto que encabeza este blog, más allá de si ello me enorgullece o no.

Que una bandera represente a todos los habitantes de un país es una cosa sensata siempre que no haya unos cuantos que se la apropien y otros cuantos que la utilicen como arma arrojadiza. A mí no me emociona especialmente, pero sí me produce una sana envidia democrática ver a otros ciudadanos de países vecinos enarbolar la suya, en eventos cívicos o deportivos, como símbolo de su unidad y de su identidad, y jamás como elemento de protesta partidista contra su legítimo gobierno. Lo hemos visto en Italia recientemente, en Francia, en Gran Bretaña, en Alemania… Lo hemos visto toda la vida en todos los países sensatos. La imagen de Núñez de Balboa en nuestros países vecinos es muy rara de ver.

Así que, ya digo: no sé, ni me importa, lo que pretende esa gente (además de infectarse) en su protesta contra el gobierno de Pedro Sánchez. No sé si quieren que los dejen salir antes o después, que los dejen tomar cañas o viajar a Pernambuco. Lo que sé es que, una vez más, para reivindicar lo que sea que reivindiquen han hecho de la bandera de todos su bandera, y eso se llama usurpación.

Voy a decir algo que no he dicho nunca: es hora de empezar a buscar una que nos represente a todos. Y esta, por mí que se la queden.

Entrada publicada en el blog Enfermo de covid el día 17/05/2020