Linkedin y el onanismo intelectual

Twitter tiene sus riesgos, pero Linkedin es un jardín de infancia para adultos


Periódicamente, algunas figuras notables de nuestro paisanaje anuncian con gran prosopopeya que abandonan Twitter. Traduzcamos la locución «figuras notables»: gentes que se tienen a sí mismas por notables, más allá de que lo sean o no; gentes convencidas de que el mundo les debe algo y llevan tiempo empeñadas en cobrárselo, sea en bitcoins, en votos, en contratos publicitarios o en reputación. Hace pocas semanas han sido una periodista y una política las que han dado el portazo a la red del pajarito y nos han dejado a todos -y todas, naturalmente- huérfanos de su sabiduría.

Según estas dos preclaras figuras de nuestro panorama público, y algunas otras que de vez en cuando salen con la misma soflama, Twitter es un sitio insoportable, cargado de un aire irrespirable y poblado de gentuza, odiadores y canallas.

No digo yo que no, pero…

Tengo cuenta en Twitter desde 2012, es decir, que estoy a las puertas, como el 15-M, de celebrar el décimo aniversario de mi tuiterizaje. En todo este tiempo he sostenido algunos debates y he exhibido algunas discrepancias. También he aprendido mucho y he enseñado, quiero pensar, algo. Solo una vez el debate se me torció: fue a cuenta de una colleja que lancé contra una conocida editorial por los desmesurados precios de las ediciones digitales de sus libros, pensados, sin ninguna duda, para desincentivar su consumo en beneficio del tradicional formato de papel. Más allá de la sustancia del asunto, a mí se me fue un poco la mano en un tuit y me contestaron desabridamente un reconocido escritor y un imbécil. El imbécil se sabía que lo era porque, amparándose en un ridículo pseudónimo, se dedicó a insultarme a palo seco. El escritor sí polemizó como mandan los cánones (es decir, con argumentos) y a partir de ahí establecimos un diálogo en el que yo terminé matizando mi excesiva posición inicial.

¿Qué fue del imbécil? Ni idea: lo despaché con un bufido, me negué a seguirle el juego, y supongo que desde entonces vaga por el éter de las redes sociales intentando enfangar todo lo que se ponga a tiro. Como él hay muchos: en Twitter y en las barras de los bares (cuando las barras de los bares marcaban el eje cenital de nuestro diálogo social: volverán pronto). El mundo está lleno de imbéciles y la clave de la supervivencia consiste en saber esquivarlos. Si uno (o una, naturalmente) es una figura pública, la tarea resulta un poco más complicada, pero el esfuerzo va en el sueldo. Y si, como se hace en ocasiones, se acude al enfrentamiento porque proporciona seguidores, porque da visibilidad o porque reporta réditos de algún tipo, entonces, pues eso: que la vida es muy dura. Es como cuando los niños juegan al fútbol, y a uno lo zurran, y abandona el juego, y decide pasarse al ajedrez. ¡Hombre o mujer de Dios! ¡Qué culpa tiene el fútbol de que haya desaprensivos en todas partes! Pues Twitter, a estos efectos es el fútbol: un terreno pantanoso en el que hay que saber desenvolverse.

Cuando todo es bondad, sin mezcla de mal alguno

Hay en cambio otras redes sociales mucho más educadas, dónde va a parar. Instagran, un poner, que he dejado de frecuentar porque tanto amanecer y tanta puesta de sol me deslumbran. Facebook: a mí no me había interesado nunca, pero entendí perfectamente su función el día que vi La red social, la película de David Fincher, que narra con buen pulso y bastante precisión el invento de Marck Zuckerberg. Facebook fue originariamente un sitio para ligar desde unos parámetros sexistas, y a partir de ahí solo tenía margen de mejora. Se ha convertido en un sitio como de botellón perpetuo, donde uno va, está un rato, se encuentra gente, parlotea, cotillea, «fuese y no hubo nada».

El periodista David González decía hace poco que «si hoy no publicas contenido ‘feliz’ en Facebook, no funciona. ¿Qué es feliz? Contenido aspiracional, de superación, que no atente contra los anunciantes». Eso es verdad, pero es que Facebook siempre ha apostado por el contenido feliz. Más me preocupa el caso de Linkedin, la red social para profesionales por antonomasia, que ha terminado convertida en un jardín de infancia para adultos.

Linkedin es, con mucho, la red social que más me ha defraudado. Tardé en entrar en ella por pereza estética. Es fea y poco amable. Pero todo el mundo decía que era el lugar de encuentro en el que los profesionales de cualquier disciplina estábamos llamados a encontrarnos, y a intercambiar, y a debatir, y a enriquecernos intelectualmente… O yo no me sé mover, o lo que he encontrado en Linkedin es uno de los ejercicios de onanismo intelectual más desvergonzados de los que se despachan por ahí. Felicitaciones entusiastas, recomendaciones sin fin, alabanzas desmedidas. Linkedin es una pasarela automática de empresas encantadas de haberse conocido, de empleados de esas empresas que no tienen ni un pero que ponerle a su empleador, de colegas que se quieren mucho y se respetan aún más, y entre los que no hay ni envidias ni rencores… Es un saco sin fondo de aportaciones intelectuales de valor dudoso, pero que, en todo caso, nadie discute, ni nadie falsea, ni nadie rebate. De vez en cuando se sube algún material de interés (yo mismo, mis artículos), pero para encontrar alguna joya es preciso adentrarse en un fango de baboseo verdaderamente pringoso.

En Linkedin todo es bondad, sin mezcla de mal alguno. Una bondad más falta que un billete que dos mil euros y con un problema sobrevenido, el más grave de todos: sin el más mínimo sentido del humor Porque en Linkedin no cabe la ironía, ni la pasión crítica, ni siquiera la broma. Todo es hueco y orondo, como un balón de playa.

Y en ese plan, ya me dirán ustedes: mucho mejor Twitter.

Publicado en La Política Online el 17 de mayo de 2021

Pegatinas

Hace muchísimos años, en los inicios de la ahora malhadada Transición, se lanzó un eslogan, supongo -aunque no estoy seguro- que con motivo de la Feria del Libro de Madrid, extraordinariamente hermoso y eficaz: «Más libros, más libres», decía, y todos cuantos aspirábamos a que la ansiada libertad se instalara definitivamente en España, nos pusimos la pegatina en el pecho desde la convicción de que habíamos dado con la solución a todos nuestros problemas.

Este procedimiento del eslogan ramplón y simple es uno de los más queridos por la mayoría de los que circulan por la plaza pública. Especialmente en el campo de la política, de las demandas sociales y de las filias y fobias deportivas: es de admirar la ingente cantidad de ripios y rebuznos en los que se sintetizan reivindicaciones, aspiraciones ideológicas, deseos, exigencias, alabanzas e insultos.

El gran Sánchez Ferlosio, uno de los escasos intelectuales vivos que no se rinde a las simplezas, sostiene que lo que le salvó de caer en los eslóganes de pegatina y lo liberó del «grotesco papelón del literato» fue la hipotaxis, es decir, la incansable subordinación de frases encaminada a construir párrafos complejos en los que cupiera la exposición de una idea con todos los matices necesarios para captar su complejidad.

Es un método, desde luego, y estaría muy bien que todos los que le damos a la tecla supiéramos aplicarnos a la filosofía normativa de Ferlosio. Pero basta con algo más fácil: basta con salir de la simpleza adolescente con que suelen abordarse la mayoría de los debates, encaminados por lo general a obtener la victoria de lo blanco sobre lo negro antes que a describir pormenorizadamente la complejidad de lo gris.

Hay quien dice que la culpa de este revival de los eslóganes la tiene Twitter y las redes sociales, que han acotado la formulación del pensamiento a unos pocos caracteres. Es  un clásico: culpar a las nuevas tecnologías de nuestros errores se parece mucho a cuando se culpaba a la imprenta de despertar a las masas, o a la máquina de vapor de incrementar el paro o  a la revolución industrial de fomentar la desigualdad: menos cargar cada uno con sus responsabilidad, todo lo demás vale.

Pero no, amigos y amigas: las pegatinas han existido siempre y siempre han servido lo mismo: para fomentar la pereza intelectual y evitar los debates rigurosos y consistentes, esos que abren puertas y derriban dogmas a costa, eso sí, de desmontar tópicos y de arrancarnos de los lugares comunes en los que solemos encontrarnos instalados.

Lo diré más claro, al hilo de la Feria que se inaugura en los próximos días: los libros no hacen  libre más que a quien ya sabe serlo por su cuenta.

Pablo Iglesias y yo

No conozco de nada al secretario general de Podemos. Creo, hasta donde soy capaz de recordar, que ni siquiera hemos coincidido nunca bajo el mismo techo, por más que fuera en un evento o sarao de los que en Madrid le persiguen a uno como los pulgones a los cerezos. Como tampoco soy televidente  asiduo -excepción hecha de las series de culto- no le veo jamás ni en los informativos, ni en los debates, ni en las polémicas infinitas que al parecer -por lo que leo en los periódicos- sostiene a cada momento contra medio mundo.

Tengo mi opinión sobre él, naturalmente, porque es un personaje público con unas características que a nadie pueden dejar indiferente. Pero mi opinión sobre su persona es asunto que a nadie incumbe ni interesa.

Sí puede interesar, y en todo caso es bien sabido por quien me conozca incluso superficialmente, que entre él y yo las diferencias ideológicas son insalvables. Literalmente insalvables. En su visión de la vida, en su análisis de la sociedad y en sus objetivos políticos, no coincido ni en las preposiciones.

Pero hace unos días encontré en algún sitio, por mera casualidad, la referencia a una entrevista que Pablo Iglesias había hecho a Antonio Escohotado en su programa de La Tuerka. Con Escohotado me sucede como con Ferlosio: son los dos únicos intelectuales vivos de los que leo o veo cuanto se me ponga a mano aunque para ello tenga que desplazarme al mismísimo infierno. Y toda vez que La Tuerka no es para mí ni siquiera el purgatorio -sino simplemente un sitio que no frecuento-, no tuve inconveniente en buscar el podcast y prepararme a disfrutar con el maestro.

Porque entre las muchas virtudes que tiene Escohotado es que a él no le arredra ni el medio ni el interlocutor. Da igual que lo entreviste el más torpe de los plumíferos; da igual que lo ensalcen o que lo acorralen; da igual que estén de acuerdo con él o en contra: él sabe lo que quiere decir y lo dice con el mismo tono firme, profesoral y argumentativo de quien sabe de lo que habla y sabe cómo decirlo. De manera que a mí me importaba poco a quién tuviera enfrente porque lo que me interesaban era él y su sabiduría.

Pero voy a lo que voy, porque hoy no se trata de hablar de Escohotado. Mi gran sorpresa fue la calidad del anfitrión. Pablo Iglesias hizo una excelente entrevista, que había preparado con mimo, que condujo con acierto y en la que mantuvo siempre un tono equilibrado y altamente respetuoso, muy lejos de la imagen pública que se ha ido forjando como diputado y como secretario general. Escohotado estuvo excelente, por supuesto, pero también Iglesias, y el resultado es una hora de conversación que recomiendo a los que sostienen que la televisión es un arma del demonio.

Lo malo vino luego. Como la cosa me gustó, salí a las redes sociales a decirlo, que por algo aspira uno a ejercer de influencer. Poca cosa: dije en Twitter lo que aquí llevo dicho -pero más breve, claro, para que me entrara en los 140 caracteres- y se lio: muchos de mis seguidores se enfadaron y me acusaron de incoherente por aplaudir a alguien que se encuentra en mis antípodas. Por el contrario, muchos partidarios de Iglesias y lo que representa me jalearon con sus megustas y sus retuits y algunos de ellos se hicieron seguidores míos.

Esta es la parte que me preocupó: ¿qué sucedería cuándo, un par de tuits después, descubrieran que no soy de los suyos? Lo primero, en cambio, no me importó mucho: perder seguidores necios siempre me satisface.

Así que pensé que a partir de ahora voy a poner más filtros como este.