Contra Jane Austen

Hace pocas semanas me topé en un babelia cualquiera un elogioso artículo sobre Jane Austen y, despistado como soy en lo que se refiere a fechas y onomásticas, deduje o que Netflix estaba preparándole un biopic o que algún editor avispado tenía un ingente stock de obras suyas y le había pedido al director del suplemento que le echara una mano.

Pero en días posteriores me topé a Austen en todos los babelias del mundo, e incluso en algún periódico de verdad, y entonces caí en la cuenta de que celebrábamos el aniversario de no me acuerdo qué y había que conmemorar a la gran escritora inglesa.

Tocaba, vamos. Igual que toca comer turrón en Navidad o derretirse en las terrazas cuando la canícula aprieta.

Leí algunas de las cosas que se escribieron en esos días sobre la buena de Jane y no me pareció que nadie descubriera nada nuevo. La ventaja de esta mujer es que cuenta con una vida y una obra bastante transparentes y no hace falta estar sacando cada dos por tres manuscritos olvidados o cartas desconocidas. A los admiradores de Jane Austen no nos pasa como, por ejemplo, a los de Roberto Bolaño, que viven en el sinvivir constante de descubrir una nueva mala obra maestra del artista adorado, como mínimo cada Feria del Libro, y una nueva donación de cartas cada vez que no hay modo de rellenar las páginas de cultura.

Ella no. Ella hizo lo que hizo, escribió lo que escribió, y se murió, joven también como Bolaño, pero sin hacer ruido ni llamar la atención.

Lo que pasa es que es buena, Jane Austen. Muy buena. Con una capacidad de percepción y análisis envidiables, con una prosa certera y con un sentido del humor tan fino que, probablemente, ni ella misma era capaz de percibírselo. Tenía madera suficiente para ser reconocida como una gran escritora y además, era chica, lo que, si tiempo atrás fue un hándicap para llegar a algo, hoy es, por el contrario, una ventaja.

De manera que yo me hubiera sumado al homenaje merecido, de no ser porque apenas un mes antes de mi babélico descubrimiento me había metido entre ojo y cerebro cuatrocientas páginas de novela que me habían indispuesto contra doña Jane.

La obra en cuestión es de una autora para mí plenamente desconocida, Jo Baker, y tiene un título de reminiscencias complicadas, Las sombras de Longbourn. Hay que ser muy friki de las obras de Jane Austen como para recordar de golpe que Longbourn es el nombre de la residencia de los Bennett, la hilarante familia que protagoniza la obra maestra de nuestra autora conmemorada, Orgullo y prejuicio. Yo, al menos, no lo recordaba cuando compré en una librería de lance el libro de Jo Baker y no estoy seguro de saber cuáles fueron las razones que me impulsaron a hacerlo. Menos aún sería capaz de explicar por qué empecé a leerlo (comprar un libro y leerlo no son acciones que, al menos en mi caso, vayan necesariamente aparejadas), pero sí puedo explicar el deslumbramiento que me produjo. Un deslumbramiento tal que me obliga, no solo a cambiar de epígrafe sino también de autor.

Preguntas de un obrero que lee

Bertolt Brecht (1898-1956) fue cualquier cosa menos un obrero pero tuvo la perspicacia, la habilidad y, posiblemente también, la convicción, de poner su pluma y su palabra al servicio de la clase social que hasta entonces no había encontrado espacio en las obras de literatura.

El poema Preguntas de un obrero que lee es una declaración de principios que se explica por sí misma:

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?
Y Babilonia, tantas veces destruida,
¿Quién la construyó otras tantas? ¿En qué casas
de Lima, la resplandeciente de oro, vivían los albañiles?
¿Adónde fueron sus constructores la noche que terminaron
la Muralla China?
Roma la magna está llena de arcos de triunfo.
¿Quién los construyó?
¿A quiénes vencieron los Césares? Bizancio, tan loada,
¿Acaso sólo tenía palacios para sus habitantes?
Hasta en la legendaria Atlántida, la noche que fue devorada
por el mar,
los que se ahogaban clamaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él sólo?
César venció a los galos;
¿no lo acompañaba siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota,
¿Nadie más lloraría?
Federico Segundo venció en la Guerra de Siete Años: 
¿Quién más venció?
Cada página, una victoria.
¿Quién guisó el banquete del triunfo?
Cada década, un gran personaje.
¿Quién pagaba los gastos?
Tantas historias,
tantas preguntas.

Una de estas preguntas para unas de estas historias es la que se hace la joven escritora Jo Baker y a la que trata de responder en su novela Las sombras de Lounbourg. Para que la familia Bennett pudiera desarrollar la actividad que Jane Austen describe en sus novelas, para que los caballeros que cortejan a las hijas puedan ir y venir en su incesante traqueteo entre Londres, fiestas y fincas, para que la condesa pueda decir sus bobadas y el párroco primo de la familia pueda exhibir su vaciedad, alguien tiene que haber en el trasfondo haciendo las comidas, vaciando los orinales, preparando el té, lavando los vestidos y la ropa interior, cuidando los caballos, dando de comer a los cerdos… Pero en las novelas de Jane Austen ninguno de esos personajes aparece.

Vivir en la Inglaterra rural de principios del XIX no era cosa fácil y, sin embargo, uno lee a Jane Austen y parece que sus personajes solo tienen penas de amor y desajustes sentimentales. Hablan, es verdad, a veces, de la poquedad o la abundancia de sus rentas, pero ni por asomo se vislumbra la consecuencia obvia de que deberían ponerse a trabajar, ni la más obvia aún, de que alguien tenía que trabajar por ellos. Los personajes de Austen viven por y para el ocio y ello solo es posible si, por debajo de ellos, en su subsuelo, otras personas, a modo de sombras, se encargan de resolverles las necesidades cotidianas de la vida.

Estas sombras, estos personajes ninguneados y anónimos son los que busca Jo Baker y a los que da vida en su novelita. Lo hace imitando el estilo de Jane Austen, recreando su mundo y fantaseando dentro de él desde una perspectiva, digámoslo así, brechtiana.

Consigue así un libro bellísimo, muy recomendable, que se publicó hace ya unos cuantos años y que, sospecho, ha tenido muy poco éxito.

Lo encontré por casualidad, lo leí casi con desgana y, ya ven ustedes, me ha arruinado el centenario de Jane Austen. Porque, ahí la tienen: inteligente, protofeminista, demoledoramente crítica, excelente prosista… pero incapaz de brindar un reconocimiento a las personas que, a su lado, le hacían la vida fácil.

Por lo menos, qué sé yo, una nota al pie de agradecimiento a la muchacha que le lavaba las bragas.

 

 

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El caso Antígona (1): Un mito tramposo

El caso de Antígona es asombroso. Se trata, probablemente, del personaje de ficción que ha sido capaz de mantener, a lo largo de los siglos, su reputación y su reconocimiento en el punto más alto por encima de modas y avatares. La obra de Sófocles sobre la que se fundó su mito es permanentemente citada, traducida, leída y representada; en cada época, en cada estilo, han surgido nuevos autores que han reescrito su historia, la han reinterpretado y la han mantenido como elemento cimero de la heroicidad y la resistencia cívica… No hay año en que falte alguna Antígona en algún teatro del mundo y no hay actriz que se precie que no haga todo cuanto esté en su mano por encarnarla alguna vez. Y si no es la de Sófocles, es la de alguno de sus incontables discípulos.

A mí, francamente, me irrita esta sobrevaloración de la heroína, entre otras razones porque deja en muy mal lugar a la que en mi opinión merece un verdadero sitial en la consideración de las gentes: su hermana Ismene.

Los hijos de Edipo

En la mitología griega, Edipo llegó a rey de la ciudad-estado de Tebas tras casarse con Yocasta, de la que ignoraba que era su madre, y con la que tuvo cuatro hijos: dos varones, Eteocles y Polinices, y dos mujeres, Antígona e Ismene. Cuando Edipo descubrió su pecado, dimitió a su manera, y aquello sí que era dimitir: se sacó los ojos y cedió el trono a sus hijos varones con la condición de que se alternaran cada año. Empezó a reinar Eteocles pero, cuando le tocó renunciar para dar paso a su hermano, se negó, como si fuera un precursor de algunos cantamañanas actuales. Polinices, lógicamente enfadado, se marchó a Argos, un estado vecino, se alió con su rey y se lanzó a conquistar Tebas por la fuerza. Ambos hermanos se enfrentaron a la puerta de la ciudad y se mataron mutuamente.

Hasta aquí, todo más o menos normal. No digo yo que ocurra todos los días, pero no es  nada que no estemos hartos de ver en películas y series de televisión.

Muertos los herederos, el trono de Tebas pasa, por conducto natural, a Creonte, hermano de Yocasta y, por tanto, tío de los cuatro hermanos. Una herencia lógica, legítima y que nadie, hasta donde se sabe, cuestionó. Y la primera decisión que Creonte toma, como legítimo monarca,  no es otra que aplicar la ley: ordena enterrar a Eteocles, que ha muerto defendiendo la ciudad y, por el contrario, decreta que el cadáver de Polinices, que se enfrentaba a ella, sea abandonado a merced de los buitres.

Era la ley, ya digo, la ley de la ciudad de Tebas.

Las hijas de Edipo

Y aquí es donde aparecen las hermanas de los muertos. Antígona, la mayor, muy dispuesta, de mucho carácter, dice que a ella la ley le da lo mismo y que tiene que enterrar a su hermano Polinices, el traidor, porque así lo quieren los dioses. Ismene, la menor, más apocada, más prudente, pero nada tonta, lo tiene muy claro: “Yo no hago desprecio de los dioses, pero nací incapaz de oponer resistencia a nuestros conciudadanos”. Se ve incapaz de incumplir la ley, nada menos. La ley de la ciudad, aquella de la que entre todos se han dotado.

El conflicto entre las dos hermanas estalla y, puesto que son seres de ficción y nada pueden hacer más allá de lo que quiera el poeta, gana la primera. Es lo que tienen los poetas: a ellos el discurso laico, prosaico, constitucionalista y simplón de esta Ismene  les aburre una barbaridad. ¡Cumplir la ley, qué simpleza! A los poetas les va mejor la actitud rompedora e indignada de Antígona y, para que cuadre, nada más oportuno que tachar al pobre Creonte de tirano.

¿Tirano, Creonte? Ciertamente, la gestión de las ciudades-estado de la antigua Grecia –y más cuando estamos metidos en plena mitología- no era un modelo de democracia participativa tal y como la entendemos hoy (¡que ni siquiera tenemos claro cómo la entendemos!). Pero sin meternos en grandes honduras, Creonte llega al trono de Tebas sin violencia, por vía hereditaria, con plena aquiescencia de sus conciudadanos, y se dispone a gobernar conforme a los usos y costumbres de la ciudad. ¿Tirano, Creonte? Me parece que aquí Sófocles se vio necesitado de forzar el personaje para que la heroína le saliera redonda.

La ronda de los poetas

A partir de aquí, Antígona ha servido para un drama y para una tragedia. Desde que en el año 430 a.d.C. Sófocles estrenara su obra, han sido centenares, miles los poetas y dramaturgos que en Occidente han reescrito y representado el mito. El estudioso y crítico literario George Steiner tiene publicado un estupendo ensayo dedicado exclusivamente a recorrer, a lo largo de doscientas densas páginas, todas la Antígonas que, en formato de teatro, poesía, ópera o novela han surgido desde entonces. Asombra comprobar lo que ha podido dar de sí y asombra percatarse de que prácticamente todos se han hecho trampas en el solitario.

Creonte ha pasado a la posteridad como un tirano, sin serlo, y, hecha la primera trampa es lógico que Antígona aparezca ante el pueblo como la gran heroína que se enfrentó a una dictadura. Este enfoque ha dado mucho juego y bellísimas páginas, porque la literatura de lucha y resistencia se presta siempre al lucimiento. El francés Jean Anouilh, que escribió su versión cuando algunos compatriotas, pocos, luchaban contra los nazis, es uno de los autores más notables de este enfoque. Brecht… ya sabemos todos lo espabilado que era Brecht para estas cosas. Con lo que ambos tenían encima (Hitler, Stalin, la lucha encarnizada por un nuevo orden mundial), había razones sobradas para que utilizaran el mito. En este plan reivindicativo y progre, mi Antígona favorita es la de Espriu, una versión extraordinariamente hermosa de un catalán al que le dolía la España lóbrega de la dictadura.

Pero, ya digo, todo esto tenía trampa, y alguien tenía que desenmascararla. Así que me puse a ello. (Continuará)

Para la escritura de este post he reutilizado parte del que publiqué aquí hace un par de años. La continuación, la próxima semana, será de nueva creación.