La amnesia como delito


Uno de los libros más sobrecogedores que he leído este año (fue hace unos meses: antes de que empezara todo) es el titulado Los amnésicos. Historia de una familia europea, de la periodista francoalemana Géraldine Schwarz. Se trata de un documentado reportaje, a lo largo de toda la historia europea, desde el surgimiento del nazismo, en los años treinta del pasado siglo hasta prácticamente nuestros días. (Y cuando escribo historia europea me refiero, ay, a una Europa sin España, porque España en Europa es prácticamente una parvenue y a punto está de desaparecer de nuevo).

El libro arranca de la indagación personal de la periodista en la rama alemana de su familia y en la pregunta, un poco circunstancial y anodina, de cómo y cuándo había conseguido su abuelo enriquecerse. Esa indagación la llevó a descubrir el colaboracionismo de su familia con los nazis, pero, más allá de la anécdota personal, y adentrándose en un desgarrador viaje por toda Europa, la comprobación documentada de que el colaboracionismo fue generalizado en todos los países importantes de Europa (en Alemania, claro, pero en Austria más aún; en Italia, en Francia, en Suiza…, incluso la proamericana Gran Bretaña tuvo sus veleidades). Un colaboracionismo político, militar, empresarial e ideológico que tiznó a toda la Europa de los años treinta y primeros cuarenta del pasado siglo, convirtiéndola en un territorio perfectamente sintonizado con los colores de la cruz gamada.

Hasta que los nazis perdieron la guerra, Hitler se suicidó y Mussolini fue ahorcado. De pronto, la amnesia se apoderó de todos los europeos –solo los alemanes lo tuvieron más difícil porque alguien tenía que pagar el pato-. Como por arte de birlibirloque, a todos se les olvidó su colaboración con el fascismo y todos se volvieron demócratas y proamericanos. El mundo se horrorizó ante Auschwitz –como si Auschwitz hubiera podido existir sin la complicidad de tantos– e incluso se le perdonaron a Stalin sus infinitos crímenes con tal de que se volviera también amnésico.

Géraldine Schwarz supo así que su abuelo se había enriquecido pactando con los nazis para quedarse con empresas de judíos perseguidos y aniquilados. Pero también supo que historias como la de su abuelo hubo miles, y silencios, millones, y que el espanto nazi solo pudo ocurrir por la connivencia de los ciudadanos, de los mismos ciudadanos que, una vez acabada la guerra, se olvidaron de todo.

Cuidado con los amnésicos de todo signo

Me acuerdo mucho de este libro estos días, cuando no paro de darle vueltas al horror de la covid-19, que, cuando escribo estas líneas, se ha llevado ya por delante a más de 25.000 españoles y a 240.000 ciudadanos del mundo entero, solo según las cifras oficiales. Me acuerdo mucho, porque pienso que la amnesia debería tipificarse como delito cuando veo que se utiliza con tanta frivolidad y soltura.

Piénsese, por ejemplo, en la llegada de la pandemia a España. Parece cada día más claro que el gobierno miró para otro lado y que tardó más de la cuenta en tomar medidas serias. Pero, ¿y los ciudadanos? ¿De verdad somos todos inocentes? ¿Nos hemos olvidado de las risas, y las bromas, y la frivolidad con que afrontamos aquellos días de enero, febrero y marzo, desde que empezaron a llegar las primeras noticias de China, y después de Italia, y después a nuestro lado? ¿Nadie se acuerda ya de la cantidad de eventos (sociales, políticos, deportivos…) que se celebraron aquel lamentable fin de semana del 7 y 8 de marzo, cuando toda la España machadiana de charanga y pandereta se lo pasaba tan requetebién en sus respectivas juergas? ¿Nadie recuerda que cuando el 9 de marzo el gobierno regional de Madrid cerró los colegios, miles de madrileños se lanzaron a las carreteras como si no hubiera un mañana para llevar el virus, a modo de buena nueva, a todos los rincones de la península? ¿Nadie se acuerda del acto de Puigdemont en Perpignan? ¿O de la salida de vascos a sus segundas residencias en las comunidades limítrofes también en aquellas fechas?

Ahora que todo el mundo parece estar de acuerdo en que el gobierno es un desastre, conviene no olvidar que en el origen de todo los ciudadanos también pusimos de nuestra parte. Unos más que otros, naturalmente, y puede que algunos nada. Pero cuidado con la amnesia.

Y cuidado con la amnesia también en el futuro. Porque cuando todo esto pase -que pasará, de eso no me cabe duda- convendrá que nos detengamos a pensar con hondura, con profundidad, con rabia, en qué ha pasado aquí. Porque el riesgo que corremos, muy español también, es que empecemos a decir que es mejor olvidarnos de todo, que para qué nos vamos a obsesionar, que lo pasado, pasado y que vamos a otra cosa.

Y eso puede ser terrible. Dejarse caer en brazos de la amnesia y olvidar a los muertos es una barbaridad moral y un despropósito ético que en España ya hemos vivido.

Si no lo está, el delito de amnesia habría que tipificarlo.

03/05/2020

Una serie envidiable (es decir, que produce envidia)

The Crown es una serie británica. Y utilizo en este caso el adjetivo no tanto como un gentilicio al uso, sino como un calificativo de grado. En otras palabras: decir de una serie que es británica es decir que es buena, incluso muy buena y, muchas veces, magistral.

Pues eso: The Crown es muy buena.

Reúne todos los requisitos de las series británicas: excelente producción, muy buenos actores, un guion sólido y pertinente. Estas cosas es difícil que fallen cuando en el Reino Unido se meten en faena.

The Crown es buena, pero no una obra maestra. Eso no. En absoluto. A los responsables del producto se les ha ido esta vez la mano en el ritmo, premioso como nunca, tan sosegado que conviene verla con el estómago vacío, porque, visto cualquiera de sus capítulos en pleno proceso de digestión, puede convertirse en una invitación a la siesta.

Además, el guion resulta un poco insulso y da a veces la impresión de que los guionistas no encuentran materia suficiente para construir la historia.

Pero, caramba, qué valor le echan. Y qué envidia dan.

Porque tomar la figura de la actual soberana y contar su llegada al trono y sus primeros años de reinado no es un reto del que resulte fácil salir airoso.

O te pones blandengue, o creas un conflicto institucional. Estos son los dos riesgos.

Los creadores de The Crown caminan entre ambos bordes con gran soltura y buenos resultados. Hablan de personajes cruciales en la historia de  la reciente Gran Bretaña (algunos aún tan vivos como la misma protagonista) con la suficiente veracidad y verosimilitud como para participar dignamente en el juego. La ‘suspensión de la incredulidad’, que Coleridge propuso para abordar el acercamiento a una obra de ficción, es aquí fácil porque todo resulta creíble.

De paso, los diez capítulos de la serie constituyen un curso acelerado de adentramiento en el derecho británico, en sus usos constitucionales y en sus modos de gobierno.

Yo he visto The Crown autoplanteándome un enigma diabólico: ¿Cómo funcionaría una serie española que abordara los primeros años del reinado de Juan Carlos I? ¿O los últimos suyos y los primeros de Felipe VI, en la que incluso salieran retratados los asistentes  al cóctel de coronación?  ¿Quiénes serían los actores, los directores, los guionistas? ¿Cuál sería el relato -el storytelling- de la serie: su arranque, su transcurso, sus anécdotas, sus hitos? ¿Con quién habría que hablar, qué resistencias habría que vencer, qué muros infranqueables habría que franquear?

Ya, ya sé que ha habido algunas series españolas sobre don Juan Carlos y don Felipe. Y sobre la Transición y etcétera. Pero mi delirio llega muy lejos: pretendo series sobre esos temas que, sin llegar a ser The Crown , no nos produzcan bochorno.

No sé si me explico.