El hombre puso nombre a los animales


Hace unos días leí que el Instituto Leibniz para la Lengua Alemana había recopilado 1200 nuevas palabras nacidas durante la pandemia, muchas más que las 200 de promedio que viene recopilando cada año.

Una noticia similar se había publicado en los medios españoles algunos meses antes, pero con una diferencia importantísima en el verbo principal de la oración. Mientras que la institución alemana se limita a “recopilar”, la Real Academia de la Lengua Española (la RAE para los amigos) “acepta” o “autoriza” o, a veces, cuando está más permisiva, “recomienda”.

Fíjense ustedes: los alemanes, a los que tenemos por el sumun del rigor y el autoritarismo, parece que en esto de la lengua son más de describir que de opinar, como gustaba al maestro Pla.

Y no es que lo de la RAE me parezca mal (que me lo parece), es que lo encuentro un esfuerzo inútil, de esos que solo conducen a la melancolía. Por mucho que nuestros preclaros próceres se empeñen, la lengua tiene sus propios mecanismos de funcionamiento y autorregulación, que no pasa por autorizaciones ni permisos, sino por las necesidades del hablante. Por supuesto que la lengua no tiene vida propia, como se dice muchas veces por parte de lingüistas, poetastros dolientes y demás gentes de bien vivir. Los que tenemos vida propia somos los que la utilizamos, los que nos valemos de ella para decir, para entender, para satisfacer nuestra curiosidad o para expresar nuestros más hondos y nuestros más superficiales deseos. El uso de la lengua es uno de los mejores aprendizajes en los que se puede engolfar el ser humano porque ella le va a conducir por todas las vías necesarias para el conocimiento intelectual, para el control de las emociones y para la transmisión de los sentimientos. A través de la lengua se conoce el mundo y se comparte con los demás.

Diccionarios y normas

Y la lengua, claro, tiene sus reglas y sus mecanismos, que hay que conocer todo cuanto se pueda. Sintaxis y morfología, por supuesto. Palabras, cuantas sea posible. Pero las palabras recogen el mundo, lo nombran, lo describen, y el mundo cambia, y es muy complejo. No digamos en los tiempos de ahora -los últimos cuarenta años, por ejemplo- inmersos en plena revolución tecnológica y digital: realidades que aparecen de pronto, de un día para otro, y que hay que nombrar, como Kiko Llaneras, un tipo que seguramente tendrá defectos, pero al que nadie puede negar su rigor y su valentía intelectual, explicaba el otro día en esta piececita por qué utiliza un anglicismo determinado que tiene su equivalente en español. Impecable su argumentación, me parece. Algo así le ocurrió, un poco antes, a Garcilaso de la Vega, cuando algunos intelectuales de su época le tildaron de italianizante (¡mira lo que me han llamado!) y le reprocharon el uso del lexema “súbito”. Jacinto Benavente (Premio Nobel, miren por dónde, si es que eso sirve para algo) incorporó la palabra meeting en uno de sus poemas para referirse a concentraciones políticas masivas, cuando los mítines hasta entonces se habían llamado vaya usted a saber cómo… En fin, los ejemplos son infinitos.

Por supuesto, no me opongo a los diccionarios -cómo podría- sino al empeño en normativizar el vocabulario. Una vez que la gran María Moliner y don Julio Casares pasaron a mejor vida, sus espléndidas obras perdieron pie. La RAE tuvo intuición y dinero para hacerse, casi de manera monopolista, con el fascinante campo del diccionario de uso, pero cometió el error de mezclarlo con su afán regulador y ahí sigue empeñada en determinar lo que está bien y lo que está mal con criterios más que dudosos. Siempre doy cuenta, cuando hablo de esto, de la risa que me produjo el día que el DRAE acogió en su seno la palabra “carroza” en su acepción de “persona vieja o anticuada”. Tal uso de este término había tenido, en efecto, una gran aceptación durante unos cortos años, allá por la década de los ochenta del pasado siglo. Cuando la RAE le otorgó carta de naturaleza y admitió, como ella dice, su uso, ya nadie la utilizaba, pero ahí la tienen ustedes, como una campeona, en la acepción quinta de esa entrada, sin añadirle siquiera el indicativo de que es palabra en desuso. Pocos años después. los académicos nos autorizaron a decir “almóndiga”, palabra que solo usa en ese formato el que ya la usaba antes de que fuera incluida en el santoral.

Pero lo que más me fascina es la diferencia entre palabras “autorizadas” y palabras “recomendadas”. Nunca he entendido ese matiz. Cuando una autoridad autoriza algo (valga, con permiso de la RAE, la redundancia), se entiende que tiene capacidad coercitiva para exigir su cumplimiento, pero que si solo lo recomienda el sujeto concernido puede hacer uso de su discernimiento para actuar. El caso de las normas de tráfico es un ejemplo perfecto: si en una curva hay una señal circular con el número 80 escrito sobre fondo blanco y rodeada de un círculo rojo, todos sabemos que sobrepasar esa indicación puede llevar aparejada una sanción. En cambio, si se trata de un cartel cuadrado con los mismos números escritos sobre fondo azul, sabemos que si la sobrepasamos nadie nos castigará por ello. ¿Cómo funciona esto en el caso de la Academia? Por ejemplo, en un artículo mío publicado hace unos días en estas mismas páginas, escribí la palabra lobi con las mismas cuatro letras con que lo hago ahora y pedí a los amables editores de este periódico que no me lo corrigieran. La Academia solo recoge este lexema como lobby, en cursiva, como corresponde a un extranjerismo (y, por cierto, con una definición absurda). ¿Mandarán los académicos a algún alguacilillo a que me detenga por desoír sus normas? ¿Me impondrán multa o pena de prisión? ¿No sería todo mucho más fácil si se limitaran a recopilar y acaso, como mucho, a atender consultas y esbozar recomendaciones en estos tiempos convulsos en los que no nos da la vida para dar nombre a las cosas?

Ah, que para algo así nació Fundéu, se me había olvidado. Claro, claro: otro día hablamos de Fundéu.

Publicado en La Política Online el 06/03/2021

Endesa, ZP y los lobis



Recientemente se han cumplido quince años de uno de los grandes sucesos económicos y empresariales acaecidos en la España contemporánea. Me refiero a la OPA que el 5 de septiembre de 2005 lanzó Gas Natural sobre Endesa y que desencadenó un frenético torrencial de actuaciones que finalizó tres años después, cuando la empresa eléctrica terminó en manos de los italianos de Enel.

Supongo que la mayoría de ustedes se acuerda porque entonces las series no tenían el tirón actual y seguir las tres temporadas de la OPA de Endesa era como un Succesion de andar por casa. Si no habían nacido todavía, o eran muy pequeños, o vivían expatriados en la Polinesia sin transistor a mano, les resumo en siete líneas: Endesa, la gran eléctrica del momento junto a Iberdrola, recibió una oferta de compra poco amistosa y a precio de saldo por parte de Gas Natural. Como el principal accionista de esta era La Caixa y el ministro de Industria se llamaba José Montilla, futuro presidente de la Generalidad y primer secretario del PSC al que la entidad bancaria había condonado un pico de millones, hubo malpensados que vieron en esta actuación un cierto interés del gobierno de Zapatero por la operación. Ya digo: malpensados

El presidente de Endesa, Manuel Pizarro, dijo que nones, que la oferta era una miseria y las maneras poco educadas, y en estas que aterrizaron los alemanes de E.ON lanzando una contraopa, esta sí, mucho más sabrosa. Lo de que la principal eléctrica española cayera en manos extranjeras (porque esto de la Unión Europea es así: nos queremos mucho cuando se trata de recibir fondos comunitarios, pero las fronteras nacionales siguen estando muy presentes) lo vio fatal el gobierno y se lanzó de lleno a defender la españolidad de la compañía. Tan de lleno que una tercera OPA y algunas maniobras sorprendentes terminaron entregando Endesa a la italiana Enel en una de las operaciones más chuscas, delirantes y desvergonzadas que se hayan urdido recientemente en nuestro suelo patrio.

Como yo no estoy aquí para ponerles las cosas fáciles, les animo a que busquen los detalles en otros sitios. Por ejemplo, en este excelente reportaje que Enrique Utrera firmó con motivo del quinto aniversario: una de las mejores síntesis que he leído sobre el suceso.

Ejército de lobistas

A mí, para lo que me sirve el recordatorio es para hablar de lobbies. Por aquel entonces en España no se hablaba de ellos. Ni siquiera de Asuntos Públicos. A lo sumo alguien, en alguna tarjeta (todos usábamos tarjetas: qué antiguos) incluía el concepto de “relaciones institucionales”, aunque con cautela. Pero lo cierto es que durante aquellos frenéticos tres años el ejército de lobistas que trabajaba para la causa -no importa para qué causa- fue incontable. Agencias de comunicación hubo unas cuantas, dedicadas a calentar la oreja de periodistas, opinadores, columnistas o señoras que pasaban por allí. Publicidad y marketing también hubo, aunque menos. Pero si nos ponemos a contar despachos de abogados, abogados sin despacho, despachos sin abogados, consultores de toda laya y condición y así por ahí derecho se nos terminarían los bits. Ni siquiera los que trabajaban para un bando se conocían entre sí porque, por ejemplo, un departamento de E.ON contrataba un equipo de asesores al margen de los que hubiera determinado la dirección de Comunicación -que teóricamente pilotaba aquello con mano de hierro-, de modo que un periodista recibía varios inputs no exactamente coincidentes procedentes de la misma firma.

Luego estaba el palco del Bernabéu, claro, y sitios así -en el Palace a veces se apelotonaban los unos y los otros-, en los que, como entonces no había que llevar mascarilla ni guardar distancias de seguridad, todos se entrelazaban en un maremágnum del que todavía nadie ha podido dar cuenta detallada.

¿Se hacía lobby entonces y en aquel asunto? Ahora que hemos mencionado el fútbol de pasada, aquello era como un partido reglamentario que de pronto se convierte en un gol regañao donde se trataba de introducir el balón en la portería: cualquier balón en cualquier portería. Se hacía lobby, claro, aunque nadie lo llamara así, y el primero que lo hacía era el gobierno, empeñado, al principio, en hacer el juego a Gas Natural y, luego, cuando vio que eso no era posible, en liquidar a los alemanes al precio que fuera. Sería interesante escuchar al entonces poderoso jefe de la Oficina Económica del Gobierno y luego ministro de Industria, Miguel Sebastián -excelente analista, ahora, de la actualidad pandémica-, explicar qué movimientos hizo, que alianzas forjó y qué zancadillas puso en esta historia. El presidente de E.ON, Wulf Bernotat, visitó La Moncloa algunas veces y salió de ella cada vez más espantado. Incluso el director general de la Casa de América intervino ante uno de los infinitos asesores de E.ON, amigo suyo, para explicarle que estaba en el error y que por aquel camino se llegaba al precipicio.

Aquel caos terminó como terminan estas cosas en las que hay gente viajada y con dinero: en un campo de golf. Alguien propuso al presidente de Acciona una operación brillante: pedir prestado el dinero para lanzar una tercera opa, quedarse con la compañía y revenderla, cuatro días después como quien dice, a los máximos competidores de E.On: la compañía pública Enel. Es decir, el patriota gobierno español de Rodríguez Zapatero no tuvo inconveniente en que la operación se cerrara con la venta de Endesa al gobierno italiano, a quien le faltó tiempo, por cierto, para desmantelar la compañía y trocearla.

No hubo lobbies en aquella operación: hubo gobiernos intervencionistas y grandes empresarios dados al enredo. Hubo opacidad. Hubo trampas. Lo de casi siempre cuando las actividades no están reguladas.

Publicado en La Política Online el 02/03/2021

Cien canciones esenciales



Hace unos días, un buen amigo me envió una lista con las 100 canciones más importantes del siglo XX. Dentro de lo que cabe, claro. Era pop y rock, sobre todo, con incursiones en terrenos contaminados y contaminantes como el soul, el rythm and blues, el country, la bossa nova o el flamenco.

Tranquilos: no les voy a referenciar las 100 piezas ni voy a abrir un proceso de votación en estas páginas.. Sí les diré que la lista me dejó un poco frío -a mí, en cuanto no está Haendel, las listas de música se me caen de las manos-, de modo que le pregunté a mi amigo por la metodología utilizada, por ver si me daba alguna clave interpretativa en la que yo no hubiera caído. “Nada”, me dijo, “un fruto más de la pandemia: durante el confinamiento me dio por ahí y dediqué mucho tiempo a pensar en las cien canciones que han marcado mi vida… Puro ocio”. Visto que el asunto no tenía mayor consistencia científica, me puse también a opinar y apunté algunas observaciones, que omito aquí para no aburrirles y porque no tienen ninguna relevancia. Pero una carencia me pareció especialmente destacable y así se la señalé: “Jobim, tío -le dije-, falta Jobim”. Mi amigo contestó, raudo e implacable: “A mí es que Jobim no me dice nada”. Y aunque no le contesté, me dije para mis adentros: aquí hay artículo.

La democratización de las opiniones se tiene por un gran avance de la humanidad, pero habría que ser más cuidadosos con lo que jaleamos

Vivimos en el tiempo de las opiniones. Nunca como ahora se ha opinado tanto y con tan poca competencia. O mejor: siempre se ha opinado mucho, pero en el pasado no había tantos canales para transmitir la opinión. Entre redes sociales y medios de comunicación más o menos solventes, cualquiera puede decir hoy lo que le parezca y pregonarlo a los ocho vientos sin otro aval que él mismo y la credibilidad que haya conseguido acreditar. La democratización de las opiniones se tiene por un gran avance de la humanidad porque todo lo que incluye el concepto de democracia es siempre muy aplaudido, pero habría que ser más cuidadosos con lo que jaleamos. Un poner: cuando se celebran elecciones se dice aquello de que el pueblo ha hablado y el pueblo no puede equivocarse, pero no hay más que ver cómo se desempeñan luego los parlamentos elegidos y los gobiernos derivados de él para sospechar que algunas veces al pueblo se le va la pinza. Ocurre con todo: alguien se preguntaba el otro día que si alguna obra maestra de la literatura habría pasado inadvertida sin llegar ni siquiera a publicarse. Desde luego: del mismo modo que todos los días se publican obras perfectamente prescindibles de las que no se acordará nadie un minuto después de haberse puesto a la venta. La democracia -y el mercado- es lo que tienen, aunque peor es cuando la decisión depende de Dios o de Lenin.

En el mundo de la creación artística y literaria el gran debate sobre el gusto y el canon no solo no está resuelto sino que cada vez va a más. Stendhal escribió sus obras maestras sabedor de que no iban a ser apreciadas hasta medio siglo después de su muerte. Pero el mérito no era suyo sino del editor que arriesgó su dinero en publicarlas aún sabiendo que no iba a recuperarlo. Stravinsky recorrió los grandes escenarios de la música clásica de entresiglos provocando una brutal división de opiniones entre los que veían en él la vanguardia y los que pensaban que todo lo suyo era solo ruido y desconcierto. Vino seis o siete o veces a Barcelona y recibió, punto arriba punto abajo, tantos denuestos como aplausos. Él no se inmutaba, porque estaba convencido de lo que hacía, pero el empresario que explotaba entonces el Liceo tuvo mucho valor y demostró convicciones muy firmes para hacer aquella apuesta. El gusto y la opinión personal son inevitables y un modo lógico de desenvolvernos por el mundo, donde hay tanto para elegir. Pero el gusto y las opiniones hay que trabajarlos

Recuerdo una entrañable anécdota de la que no daré muchos detalles para no sacar los colores a nadie. Hace unos diez años se celebró, en el marco de un evento más amplio, una mesa redonda con dos o tres jóvenes poetas de la “generación del 90”. Tenían por tanto, los vates y las vates (espero que nadie me pida que escriba “las vatas”) apenas veinte años y las sólidas convicciones que a esa edad se suelen tener. Cuando alguien les preguntó por su canon en materia de poesía española contestaron sin dudarlo que como Lorca no había habido nadie. Y cuando se les animó a precisar la obra lorquiana que tenían por indiscutible afirmaron, sin que les temblara una ceja, que el Romancero gitano era lo más grande que había producido nuestro estro. Que no digo yo que no (¿o sí lo digo?), pero me gustaría reencontrarme con aquellos muchachos y muchachas para preguntarles si ya han tenido tiempo de leer algo más.

Ir por la vida sembrando opiniones sin parar mientes en criterios objetivos solo ayuda a incrementar el alto grado de desconcierto que nos inunda

Abarcar todo lo que se produce, en cualquier materia es imposible. Atenerse a lo que que señalan las autoridades (civiles, militares, eclesiásticas o académicas) tampoco es plan. Pero ir por la vida sembrando opiniones sin parar mientes en criterios objetivos solo ayuda a incrementar el alto grado de desconcierto que nos inunda.

A lo que íbamos, que se me había ido el hilo. Guste o no, no puede haber una lista de música del siglo veinte en la que no aparezca Jobim. No puede haberla si quien la hace pretende aportar conocimiento solvente y público, el cual no es caso de mi amigo, periodista financiero bien acreditado, que se cuida mucho de no escribir sobre música, pese a que él mismo anduvo en el mundillo en su ya lejana juventud.

Publicado en La Política Online 26/02/2021

Lobby vs populismo



“Cuando uso una palabra, quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos”. Esta prodigiosa formulación de los problemas del lenguaje que Lewis Carroll pone en boca de Humpty Dumpty en su encuentro con Alicia contiene la clave de casi todos los debates intelectuales y señala, de modo descarnado, la dificultad de hablar con rigor de uno de los asuntos que más incumben a nuestra convivencia.

Porque esta es la cuestión: de qué hablamos cuando hablamos de democracia. El gran Churchill, que tenía frases para casi todo, tuvo también una para esto: La democracia es el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás. Se refería, claro está, a la democracia representativa, la que actualmente está en vigor, al menos formalmente, en casi todos los países del mundo, la que también se expresa con la locución democracia liberal y que, detalle más o menos, se caracteriza por unos pocos rasgos esenciales: sufragio universal, separación de poderes, igualdad de derechos, propiedad privada…

Aunque, cuando nos ponemos estupendos -los europeos sobre todo, que somos muy de ponernos estupendos- retrotraemos la invención de la democracia a los míticos atenienses de Pericles -aquel sistema que dotaba de derechos civiles a apenas el diez por ciento de la población-, lo cierto es que esta ha tenido un lento deambular hasta abrirse paso en nuestras convicciones más profundas. Hemos llamado democracia a muchos regímenes aparentemente participativos, pero, con los rasgos esbozados en el párrafo anterior, la democracia, en sentido pleno, es cosa de ayer mismo: échese un vistazo, por ejemplo, a las fechas en que el sufragio femenino se introdujo en los sistemas parlamentarios modernos (la ejemplar Suiza no lo incorporó hasta 1971) y ya me dirán ustedes si no es para abochornarse.

Pero una vez instalados aquí -es decir, en el mejor sistema posible, una vez vistos todos los demás- convendría detenerse en sus debilidades para poder luego darle una pensada a su futuro. La principal debilidad -iba a escribir “en mi opinión”, pero se trata de una locución perfectamente prescindible puesto que todo lo que aquí escribo lo es- estriba en el hecho incuestionable de que el sistema parlamentario, tal como se ha establecido en los países en que está asentada, responde a necesidades de un mundo que ya no existe. Un mundo de hace varios siglos -del diecinueve en los casos más recientes-, en el que la movilidad era un asunto difícil, y las comunicaciones, vistas con los parámetros de ahora, lentísimas. Un mundo en el que al ciudadano de a pie le resultaba poco menos que imposible participar en las cosas del común si no era, en el mejor de los casos, delegando su voto en señores a los que apenas conocía para que decidieran asuntos que solo le concernían por aproximación.

No es que lo diga yo, que no soy nadie: es que basta con echar un ojo a los sistemas parlamentarios vigentes para darse cuenta de que son antiguallas perfectamente desengrasadas: el sistema electoral de los Estados Unidos, en el que el ciudadano delega en los representantes de su Estado para que vaya a Washington, un día diciembre, a votar al presidente de la nación; el sistema parlamentario español, con unos periodos de sesiones pensados aparentemente para vagos (¡quién sabe!), pero herederos en realidad de unas épocas en las que los diputados necesitaban tiempo para desplazarse y relacionarse con su circunscripción. Y no serían demasiado graves estos desajustes si no fuera porque, en paralelo, la vida real avanza exactamente en la dirección contraria: un mundo digital vertiginoso y líquido en el que los algoritmos mandan y las cosas suceden simultáneamente y sin fronteras.

En una sociedad así de compleja y con un Estado tan herrumbroso solo hay dos vías para buscar eficiencias, es decir, para acercar la Administración a los ciudadanos, y viceversa. La vía más fácil es el populismo. No me hagan explicarles lo que es: basta con que se asomen a los informativos un ratito cada día y ya lo ven ustedes mismos sentado en el banco azul. El populismo se expresa a través del ruido y persigue el ejercicio del poder para poder emitir más ruido y seguir ejerciendo el poder. El populismo es la más inútil y costosa de las herramientas que se manejan en un Estado, pero tiene su público, como lo tiene el heavy metal.

La otra vía de acercamiento del Estado a la sociedad es la mediación profesional en cualquiera de sus formas. La más importante, por supuesto, el periodismo, contra el que hay muchas pestes que echar, pero sin el cual no existiría la democracia. Pero también el lobby es una herramienta esencial para la democracia porque, cuando se hace bien (y todo en esta vida conviene hacerlo bien) ayuda a acercar posiciones, favorece el diálogo, impulsa el conocimiento recíproco de las partes y dota de transparencia las relaciones entre empresas, ciudadanos y representantes públicos.

Los lobistas, por lo menos los que yo conozco y con los que me desenvuelvo, carecen, carecemos, de glamur, y como además no damos voces en las tribunas públicas, ni insultamos, ni alentamos algaradas de ningún tipo, parecemos perfectamente prescindibles. Pero, cuidado: un sistema con tan poco fuelle como el que tenemos, con las instituciones tocadas y los dirigentes desfondados, necesita de la actuación de profesionales que ayuden a recomponer los hilos y a facilitar los diálogos. De lo contrario, los populismos seguirán viniéndose arriba y cambiando el significado de las cosas. Porque, como Humpty Dumpty le deja muy claro a la ingenua Alicia: La cuestión no es lo que significan las palabras; la cuestión es saber quién manda.

Y ese camino no conduce a nada bueno.

Publicado en La Política Online el 24/02/2021

Así no se ahorra, señor ministro



Yo, ya sabrán ustedes perdonarme, soy muy de lectura digital. Entiendo a los bibliófilos y culturetas, porque yo también lo fui en mi lejana juventud, y aún soy capaz de extasiarme ante la belleza de un libro de papel bien editado, pero, para lo que podríamos llamar el día a día, para la lectura obligada del autobús, del presueño, del ratito en el sofá, para la novela obligatoria o el ensayo recién salido del horno que hay que ingerir con cierta urgencia, el libro digital es muy cómodo: pesa poco -según el dispositivo que se utilice-, se puede ajustar el tipo y el tamaño de las letras -lo que no es baladí a partir de según qué edades-, no come espacio en las paredes… y no huele a nada, lo cual es una garantía de que nos evitamos ácaros y microscópicos bichitos en estos tiempos en los que uno mira a los bichitos microscópicos con cierta prevención.

Si además te prestan el librito sin moverte de tu casa y sin tener que abonar ni un euro, ya me contará usted dónde están las pegas.

Esto es lo que me dije hace ya unos cuantos años cuando me enteré de la existencia de EBiblio, la gran biblioteca digital pública que el Ministerio de Cultura (se llamara entonces como se llamara) puso en marcha allá por 2014.

Me gustaría decirles cuántos libros me he leído por este procedimiento del préstamo digital, pero, ay, no puedo saberlo ya porque el historial donde se acumulaba mi paso por este servicio se borró en diciembre del pasado cuando sucedieron las desgracias que voy a contarles ahora. Pero fueron muchos, muchísimos, y le estoy muy agradecido a EBiblio por el dinero que me ha permitido ahorrar y por la satisfacción que he sentido al ver mis impuestos utilizados en algo útil.

Así estaba yo, feliz como un gorrión, cuando el Ministerio de Cultura (o como ahora se llame) sacó a licitación pública la renovación del servicio, una vez cumplido el plazo de la primera adjudicación. Ahí se acabó mi felicidad. El concurso lo perdió Odilo -una empresa española especializada en servicios digitales de educación y cultura- y lo ganó Libranda, una firma que impulsó Planeta en su día y que hoy es de la australiana De Marque.

Bien: así son las cosas. Los concursos públicos (y los privados) se ganan y se pierden en justa competencia y si uno cree en el mercado, con sus regulaciones pertinentes y sus mecanismos de control, no hay nada que objetar.

El problema surge cuando, nada más entrar el nuevo adjudicatario, el servicio empieza a hacer aguas por todas partes. El sistema se derrumba, desaparecen los históricos y las reservas, no hay manera de acceder al catálogo, libros que antes estaban disponibles dejan de estarlo, novedades que antes se conseguían con facilidad requieren ahora de largas esperas, de meses en ocasiones… Es la adaptación, te dicen; es que la plataforma es muy compleja, te dicen, hay que darles un margen de adaptación, te dicen. En esto llevamos tres meses: el buen servicio que fue Ebiblio -tampoco perfecto, no se vayan ustedes a creer, pero ¡ay cuánto se lo añora!- se ha ido a pique. Ahora es una plataforma caótica, inmanejable, con un catálogo de chiste, con errores constantes y con escasísimas razones para volver a entrar en él.

Los más fanáticos de esto de la lectura digital a cuenta del Estado (o sea, tres, contando por lo alto) nos dimos a indagar para entender qué estaba pasando. Estos de Libranda tienen un historial de dudosa eficacia -me han contado de primera mano por qué rechazó sus servicios el gobierno vasco en los lejanos tiempos de Patxi López como lehendakari, y ya prometían-, pero no se explicaba con facilidad el alcance del despropósito. Movimos el asunto en redes; pedimos a algunos parlamentarios que se interesaran por el asunto (y se interesaron a ritmo parlamentario: es decir, ya si eso); escribimos incansablemente a nuestra red de bibliotecas y a la propia Libranda (excelentes profesionales todos: tristes, apenados, disculpándose a cada paso) y yo mismo me dirigí a la Dirección General del Libro pidiendo explicaciones.

Me las dieron, las explicaciones, digo, a través de unos correos electrónicos perfectamente inocuos y sin firma en los que se me explicaba que todo había sido legal y transparente. ¡Imagínense la inversa: que me hubieran dicho que todo había sido ilegal y opaco!

Finalmente, se fue sabiendo la verdad y lo cuenta maravillosamente bien Luis Alemany en esta pieza estupenda cuya lectura les recomiendo: La adjudicación del servicio, que en 2015 se había previsto con un coste de 320.000 euros, se había producido esta vez por la bonita cantidad de 3.800 euros. Repito: de 320.000 a 3.800. Por emplear una expresión muy tuitera: no hay más preguntas, señoría. El desastre es obligado.

Como ya saben mis lectores que odio juzgar intenciones, aparto de mí la tentación de preguntarme por qué Libranda acepta gestionar un servicio no ya deficitario sino imposible de gestionar con ese dinero. Ellos sabrán lo que pretenden. Pero sí me siento obligado a preguntar al Ministro de Cultura (o como ahora se llame) a qué viene esa pulsión ahorrativa de más del 98 por ciento. Hágase una idea, señor Ministro: es que como si en el gobierno del que usted forma parte preocupara de pronto el alarmante déficit del Estado y decidieran reducir las 33 secretarías de Estado actualmente existentes (tan útiles todas, y tan eficientes) en un 98 por ciento: apenas alcanzarían los restos para un par de direcciones generales y ya me contará usted cómo vamos a cambiar España de esa manera.

A usted, señor Ministro, no tengo el gusto. (Me pasa como a los miembros del jurado del Certamen Internacional de Comedia del Teatro Español: yo es que no conozco a nadie). De modo que le otorgo, faltaría más, el beneficio de la duda y pienso que no quiere usted cargarse la gran biblioteca digital pública, sino solo optimizar sus recursos. Vale: digno esfuerzo ahorrador, pero equivocado. Y si no tiene usted a nadie cerca que se lo diga, para eso estoy desde estas páginas. Se equivoca, señor Ministro, así no se ahorra: así se dilapida el patrimonio y se deja al pobre contribuyente con afanes culturales sin saber cómo reaccionar: entre apenado, perplejo y muerto de vergüenza.

Publicado en La Política OnLine el 19/02/21

Los rojos no contestan los correos


Hace unos años, a los pocos meses de que Manuela Carmena se alzara con la alcaldía del Ayuntamiento de Madrid, una asociación empresarial de cierta relevancia se puso en contacto con un amigo mío que por aquel entonces empezaba a desempeñarse en la procelosa actividad del lobismo.

-Tenemos un problema -le dijeron-. Necesitamos ponernos en contacto con la Concejalía de Equis, y no hay forma. Hemos enviado un montón de correos y nadie nos contesta. Ya sabes cómo son estos rojos: en cuanto huelen a empresarios, no quieren saber nada… Con los sindicatos y las oenegés están todos los días hablando e intercambiando papeles, pero con nosotros no hay forma.

Mi amigo se sentó con aquella asociación. En efecto, el nuevo equipo de gobierno había anunciado la regulación de un asunto concreto que los afectaba y ellos querían ser escuchados porque, estaban convencidos, tenían ideas sensatas que aportar.

Mi amigo los escuchó, vio los papeles, le pareció todo bien armado y sensato, de manera que fijó unos honorarios -que le regatearon, como siempre-, y aceptó el encargo. Con todo ya en marcha, hizo la pregunta crucial:

-¿Adónde habéis escrito? ¿A quién? ¿Me podéis pasar esos correos, por favor?

El interlocutor de mi amigo no supo responder con precisión.

-No sé -le dijo-. Ha sido el administrativo de la asociación el que ha estado en ello. Le pregunto y te digo…

Le dijeron: habían escrito, insistentemente y con perseverancia, a un correo genérico del tipo info@ayuntamientodemadrid.es, o cosa parecida, esas direcciones electrónicas de las que están llenas todas las webs institucionales y que cualquiera que haya cursado segundo de primaria sabe que no lee nadie. Mi amigo no hizo ningún comentario: agradeció la información, buscó en la web del Ayuntamiento, telefoneó a la secretaría de aquella delegación, donde lo atendieron con exquisita amabilidad, y cerró un encuentro con la concejala de manera casi inmediata porque ella también tenía interés en sentarse con la patronal de aquel sector.

El resto de la historia tiene menos interés: todo se resolvió a plena satisfacción de ambas partes, mi amigo consiguió impresionar a sus clientes por su capacidad de llegada a los centros neurálgicos del poder municipal y la asociación lo mantuvo trabajando para ellos una buena temporada aunque, por desgracia, según me fue contando, no logró otro milagro como aquel y sus clientes, poco a poco, lo fueron viendo como un vulgar mortal al que, finalmente, terminaron despachando por falta de utilidad.

Cuando leo artículos sobre los lobbies, sobre los grupos de presión, sobre sus peligrosas actividades, me acuerdo siempre de esta historia, no muy épica, desde luego, pero real como la vida misma.

Publicado en La Política Online el 17/02/2021

Fue una pena que se muriera Lope


En los últimos meses del pasado año, la entidad municipal que gestiona el Teatro Español y las Naves del Matadero convocó el I Certamen Internacional de Comedia. La idea fue acogida con entusiasmo por el sector e incluso yo mismo, que soy muy poco de acoger con entusiasmo nada que provenga de los poderes públicos, me dije para mis adentros: “¿Ves, descreído, como algunas veces nuestros gobernantes tienen grandes ideas y saben ejecutarlas?”.

Para quien no esté muy metido en el mundillo teatral conviene señalar que el acierto de esta peculiar convocatoria radicaba en que, por primera vez de manera oficial desde que España es España, se abría un canal específico para promover en los espacios cultos, el género teatral menos valorado por las mentes sesudas que estampan membretes de calidad. No es nada nuevo: desde Aristófanes para acá, los comediógrafos han tenido siempre un público al que dirigirse -generalmente un público simple, llano, sin ganas de complicaciones- pero les ha costado mucho entrar en los libros y verse registrados en las historias de la literatura. Incluso los más grandes del género -Lope de Vega, un poner- tuvieron que conquistar su hueco a base de conseguir que el público los aupara a gritos y aun, para verse plenamente reconocidos, tuvieron que condimentar su condición de comediantes con la de autores de dramas épicos, mitológicos e históricos más homologables con los requerimientos del poder.

Tampoco los tiempos modernos fueron buenos para la comedia: en el siglo XIX la cosa iba de dramones y naturalismos y en el veinte, los muy buenos escritores de comedias que ha habido en España terminaron por desplazarse al mundo del cine que, siempre más democrático, ha sabido darle al género un reconocimiento en igualdad de condiciones con los dramas y las tragedias.

Comedias, lo que se dice comedias, en España las han hecho Lina Morgan, Arturo Fernández, un sereno debajo de la cama y por ahí. La gente seria admite que sí, que Lope fue bueno, pero que se murió hace mucho.

¿Entienden ahora por qué en el mundillo teatral se aplaudió tanto la convocatoria del Certamen?. Un certamen auspiciado nada menos que por el Teatro Español, que es tanto como decir por una de las piezas claves del entramado teatral de nuestro país…

El asombro llegó cuando el día 22 de diciembre la entidad convocante anunció mediante un comunicado que el jurado había decidido declarar el premio desierto. Habían concurrido 320 escritores (y, naturalmente, escritoras), pero el jurado estimaba que ninguna de las obras presentadas tenía la calidad suficiente para recibir los 7.000 euros anunciados para el ganador. Ninguna. Por unanimidad.

El jurado lo componían Natalia Menéndez, María José Gamboa, María Ruiz y Antonio Simón. No tengo el gusto, francamente. Me van a perdonar que sea así de ignorante. He leído sus currículos, claro, y veo que son personas solventes. Pero, insisto, no conozco a ninguno de ellos. Conozco, eso sí, a algunos de los autores que se presentaron al certamen. A dos, para ser exactos. He leído las obras que presentaron y ambas me parecen buenas. Me parecen muy buenas. Deduzco que entre las 318 restantes las habría peores, pero imagino que también -aunque no fueran de amigos míos- las habría mejores. Pero el jurado consideró, por unanimidad, a través de un texto delirante, insultante y denigrante para el honor de los 320 autores presentados, que ninguno de ellos había escrito una “Comedia con “C” mayúscula”, como, al parecer hay que escribir las comedias.

Hubo algo de enfado en el sector, algunos tuits dolidos y breves reseñas en prensa sobre este disparate. No oí a la concejala de Cultura dar ninguna explicación ni vi que a ninguno de los cuatro miembros del jurado se le cayera la cara de vergüenza. En este país que engulle con naturalidad decisiones políticas desastrosas mucho más graves, a los tres días nadie recordaba este asunto.

Como no me debo a la rabiosa actualidad y los grandes temas hace tiempo que me resbalan, he rescatado este episodio reciente para que se recuerde lo que nuestros próceres culturales piensan de la comedia como género teatral: que fue una pena que se muriera Lope.

Publicado en La Política Online 11/02/2021