En defensa del tabaco

Recientemente, el veterano periodista Miguel Ángel Belloso ha publicado un vehemente artículo en defensa del tabaco con el esclarecedor título de ¿Por qué no dejáis en paz a los fumadores? Por su tono y su mensaje, me ha recordado mucho el que hace algunos años escribió el académico Francisco Rico que, con título engañosamente equilibrado (Teoría y realidad de la ley contra el fumador), era también una feroz diatriba contra la tendencia reglamentista actual.

Los dos artículos –y alguno más que ahora no viene a cuento- tienen un inconveniente: sus autores son fumadores activos y en su defensa del tabaco actúan por tanto con escasísima neutralidad.

Yo, en cambio, no fumo. Lo hice, es verdad, y abundantemente, pero hace casi veinte años que lo dejé y estoy, por lo tanto, en condiciones de escribir en favor del tabaco con algo más de ecuanimidad. Es lo que voy a hacer en las siguientes líneas.

La humanidad y las drogas

Para referirse al tabaco hay que empezar hablando de la categoría que lo contiene: las drogas o, por decirlo de un modo algo más técnico, las sustancias cuyo consumo actúa sobre el sistema nervioso bien para potenciar el desarrollo físico o intelectual, bien para alterar el estado de ánimo, bien para conseguir que el consumidor experimente nuevas sensaciones.

Comprenderán ustedes que, después de Antonio Escohotado y su monumental obra, ya quede poco que decir sobre este tema. Desde los tiempos de los dinosaurios, e incluso antes, el ser humano ha consumido drogas en busca de la curación, de la transcendencia, de la placidez, de la euforia, de la alienación o del desenfreno festivo, y todo indica que así seguirá siendo por los siglos de los siglos, se pongan como se pongan las autoridades competentes.

Si nos saltamos algunos siglos de civilización y llegamos a nuestros días, nos encontramos las drogas catalogadas en tres grandes grupos: a) las que no se llaman drogas, sino medicinas, y aparecen bendecidas por los sacerdotes laicos a los que se conoce como médicos; b) las denominadas drogas ilegales, cuya ilegalidad viene marcada por la normativa vigente, sin que estén del todo claras las razones, y en cuyo saco caben un número casi infinito de sustancias muy diversas; y c) las drogas legales, conformadas a su vez por tres categorías específicas: el alcohol, el tabaco y los estimulantes cafeínicos (café y té, particularmente).

Los griegos, que eran unos tipos listos pero vagos, usaban una misma palabra para referirse a veneno y a medicina, phármacos, de donde proceden palabras como farmacia o farmacopea, que se refieren a la vertiente curativa de las sustancias. Pero no es raro que usaran la palabra en el doble sentido: cualquier droga, en su acepción genérica, puede ser utilizada para distintos usos (buenos o malos, por decirlo en términos morales), en función del interés del usuario y de los hechiceros designados por la sociedad para gestionar su uso.

Las drogas legales

El alcohol es la más antigua y generalizada de los tres tipos de drogas legales de nuestra sociedad. Cuando Noé se emborrachó de mala manera y lio una bastante gorda, ya circulaban el vino y la cerveza entre los seres humanos con bastante profusión. También los destilados aparecieron pronto. Y así hasta hoy día, en que el alcohol se ha convertido en una pieza esencial de nuestra civilización, donde nadie duda de su necesidad y de sus bondades, hasta el punto de que hay países como el nuestro en que los alcoholes que producen en abundancia han sido incorporados a la categoría de alimentos, para verse con ello favorecidos por las bendiciones que el Estado otorga a quienes nos dan de comer.

Todo el mundo sabe que el alcohol produce efectos indeseables. Consumido en exceso, por supuesto (como ocurre también con una sustancia tan benéfica como el nolotil), pero incluso en cantidades morigeradas hay algunos individuos que se ven negativamente afectados, y no hace falta ser Galeno para comprender que el consumo recurrente y continuado tiene algunas contraindicaciones evidentes.

Solo que, socialmente, hemos entendido que los inconvenientes derivados del consumo del alcohol se ven compensados por el efecto positivo de socialización, apoyo psíquico e impulso económico que aporta.

Del café y del té, ¿qué quieren que les cuente? Drogas euforizantes por excelencia, se consumen en todo el mundo con una abundancia asombrosa y hasta un tipo tan prudente como Bach se vino arriba en relación con este tema. Efectos secundarios también tienen, y de hecho son muchas las personas que dejan de consumir teína o cafeína a partir de determinada edad a consecuencia de ellos. Pero no oirán ustedes una palabra contra estas sustancias, nimbadas de un aura de santidad que ya quisieran para sí muchos titulares del acta de canonización.

El tabaco también fue bien visto hasta hace muy poco. Fue usado como droga ritual en su momento, como medicina en ocasiones, como apoyo para el bienestar personal en diferentes formatos, pero lo que realmente triunfó fue el cigarrillo, que a lo largo del siglo XX se convirtió en un icono de la sociedad moderna hasta un extremo que ninguna otra droga, en la historia, había conseguido.

Hasta que un buen día, al tabaco empezaron a surgirle enemigos. Desde el campo de la medicina, sobre todo, pero también desde el sentimiento de una sociedad cada vez más sensible a un discurso sobre la salud y el bienestar general no siempre coherente, pero sí cargado de cierta lógica.

El tabaco es malo, dijeron de pronto, muy malo, pero como se ha convertido en una industria poderosa, que aporta muchos recursos a los Estados en forma de empleo y de impuestos, no se le puede arrojar de buenas a primeras a la noche oscura de la ilegalidad.

El tabaco es muy malo, dijeron de pronto todos los que tenían algo que decir al respecto, pero lo vamos a seguir permitiendo, si bien cada vez con más trabas, cada vez con más cargas, cada vez con más estigmas. Usted fume, si quiere, pero está muy mal que lo haga. Y fueron apretando cada vez un poco más el torniquete.

El error de la industria

Y es evidente que el tabaco es malo. A mí me lo van a decir, que fumé incansablemente a lo largo de casi treinta años cantidades ingentes de cigarrillos sin ninguna tasa ni control. No me quedaba otra que dejarlo porque llegó un momento en que se trataba de él o de mí.

Pero también he bebido alcohol desde el mismo momento en que empecé a fumar y no he dejado de hacerlo. En cantidades mucho menores, naturalmente, con control médico cuando ha sido preciso y con algunos periodos de abstinencia, pero con la más absoluta naturalidad y, por supuesto, sin ninguna amenaza de exclusión social sobre mi cabeza.

Ser buen consumidor de vino, en cuanto español, me convierte incluso en un ciudadano modelo que impulsa con su actividad una de nuestras industrias básicas. Tampoco le parece mal a nadie que sea un firme partidario de los gin tonics o un modesto catador de whiskies de malta, bebidas con mucho predicamento entre lo más florido de la modernidad vigente.

Ni me lo prohíben ni me estigmatizan: a lo más, me dicen en las etiquetas de las botellas que consumo, que “beba con moderación”.

¿Por qué el café y el alcohol han sobrevivido a estos tiempos de buenismo obsesivo y sin embargo el tabaco lleva camino de ser arrastrado hacia la condenación eterna? Creo sinceramente que el error lo ha cometido la industria. Y que ya tiene mal remedio.

Ha sido la industria tabaquera la que no ha sabido establecer un diálogo, ni con la sociedad, ni con el estamento sanitario, ni con las autoridades, para encontrar un terreno de entendimiento. Cuando en las décadas centrales del pasado siglo empezaron a aparecer las primeras conclusiones incuestionables sobre los daños del tabaco y su incidencia en el cáncer de pulmón, la industria tabaquera echó mano del talonario para acallar esa evidencia. Todo valió: publicidad, contrainformes, investigadores a sueldo, grupos de presión… Menos reconocer la evidencia, los fabricantes de cigarrillos hicieron de todo. Y así, sin ceder un milímetro, se han mantenido hasta que la realidad de los nuevos tiempos se les ha venido encima.

Justo al revés de lo que hicieron los fabricantes de alcoholes destilados, quizá porque estos habían vivido nada menos que el peligroso experimento de la ley seca estadounidense, desde la que otearon, con pavor, lo oscuro y tenebroso que es para todos el infierno de la ilegalidad. Salvados el vino y la cerveza en su condición de alimentos, los restantes alcoholes han encontrado su hueco y en él se han acomodado no solo con éxito económico sino incluso con glamur.

¿Qué hubieran debido hacer las tabaqueras para encontrar también su hueco? Probablemente (y es una hipótesis) dos cosas: a) haber sido menos soberbias y b) haber gastado más en investigación.

Jean Cocteau, ese extraordinario artista polifacético de las vanguardias francesas de principios del XX, escribió un librito extraordinario, un diario de una desintoxicación, que estaba referido al opio, la droga que él consumió desaforadamente durante años. Hay que leerlo, pero yo me permito traer aquí un párrafo iluminador y prodigioso al que le he introducido algún levísimo cambio para adaptarlo a nuestro tema:

“No esperéis de mí que traicione. El tabaco sigue siendo único, naturalmente, y su euforia superior a la de la salud. Le debo mis horas más perfectas. Es lástima que, en vez de perfeccionar la desintoxicación, la industria no intente hacer inofensivo el tabaco”.

Me temo que a la industria tabaquera ya se le ha hecho tarde para afrontar este reto. Y es lástima, porque, si fuera posible, a mí no me importaría volver a fumar. De un modo, por supuesto, inofensivo.

 

 

 

Una sobredosis de soberbia

En 1895, Oscar Wilde se encuentra en el vértice de su carrera. Es el autor teatral de moda, no solo en Londres, donde simultanea dos obras en cartel, sino también en París y en Nueva York. Es el máximo exponente de la modernidad y del glamur, la encarnación del artista triunfador y diletante, la plasmación más conseguida del esteta y el bon vivant.

Hasta entonces, Wilde, nacido en la Irlanda británica cuarenta y un años antes, de padres intelectuales y políticamente comprometidos, había vivido de éxito en éxito, caminando siempre en el borde del precipicio pero sin despeñarse en él. Provocador, sarcástico, demoledoramente crítico con la puritana y prosaica sociedad victoriana, había, sin embargo, mantenido las formas que cabía esperar de un caballero de su posición. Se había graduado en las mejores escuelas, se había casado con Constance Lloyd, una mujer culta y respetable con la que tuvo dos hijos, había dirigido una publicación y ejercido el papel que le correspondía por clase y por formación.

Lo que sucedió en aquel infausto 1895 es difícil de entender. Wilde, de cuya homosexualidad nadie hablaba pero todo el mundo sabía, vivía una apasionada y tormentosa relación con el joven e insufrible Lord Alfred Douglas, más conocido como Bosie. El padre de éste, el marqués de Queensberry, en un acceso de rabia motivado por el odio que sentía hacia su hijo, escribió a Wilde una nota acusándolo de sodomita –lo cual, en aquellos años de rígida moral victoriana, era de una gravedad extraordinaria: algo así como, en nuestros días, acusar a alguien de violador. La nota, en todo caso, era privada y, si Wilde hubiera sido sensato, debiera haberse llamado a andanas. En lugar de eso, azuzado por Bosie, llevó al marqués ante los tribunales, acusándolo de difamación.

Queensberry era un hombre rico, brutal y despiadado. Le había dejado su mujer y le habían abandonado sus hijos, así que es fácil hacerse una idea de su manera de actuar en la vida. La línea que sus abogados emprenden, siguiendo sus propias indicaciones, es la que en términos futbolísticos se resume con el principio de que la mejor defensa es un buen ataque y, sin parar en barras de gastos y de ética, acumulan contra Wilde un aluvión de pruebas, más o menos reales, para poner en evidencia que la afirmación del marqués estaba basada en hechos probados. Hay un momento, en mitad del juicio, cuando las tornas empiezan a volverse contra el escritor, en que sus buenos amigos –el gran Bernard Shaw, por ejemplo- le aconsejan que dé marcha atrás, que renuncie al juicio y que salga discretamente del país. Un hombre de su talla, de su reconocimiento internacional, podría haberse ido tranquilamente a París, por ejemplo, ciudad que él adoraba y en la que le adoraban, y donde su permisividad y tolerancia hubiera admitido sin problemas los comportamientos heterodoxos del escritor.

Wilde se niega. Sus argumentos son flojos: tanto los que da en el momento, como los que años después desarrolle para justificar aquel error. Lo cierto es que sigue adelante, pierde el juicio por difamación y, como consecuencia, el fiscal entabla un proceso contra él acusándolo de sodomita. El final: dos años de brutales trabajos forzados, y una caída en picado que culmina, tan solo cinco años después, y, cómo no, en París, con su prematura muerte.

El nieto de Oscar Wilde, Merlin Holland, publicó hace unos años las actas completas de aquel delirante juicio. Es un libro estremecedor, implacable, que disecciona sin contemplaciones una etapa especialmente absurda de la sociedad británica y que ahonda con pasión de entomólogo en los circuitos mentales de uno de los tipos más lúcidos de aquella época, que, sin embargo, arruinó su vida y la de los suyos por una sobredosis de soberbia.

No es el aniversario de Wilde, ni el libro está recién publicado. No existen razones objetivas para referirme hoy a este asunto, pero estos días hay en los periódicos muchas noticias sobre juicios y me ha venido a la memoria este, uno de los más absurdos de cuantos se hayan podido celebrar.

(Artículo publicado en Vozpópuli el 23 de marzo de 2013)

Distintas disposiciones ante la vida

Como cuando en la esgrima los dos contendientes
inician el asalto con mucha cautela,
y antes del ataque se aseguran de que
la defensa está en orden y el riesgo es el mínimo,
de la misma manera todas las mañanas
hay que levantarse: con firmeza, con garra,
pero también con mucha precaución. No siempre
hay que echarse a la calle a comerse el mundo.
Basta, en ocasiones, con mirar, con estar,
con discurrir sin prisa entre los cascotes
igual que quien busca refugios antiaéreos.
Otras veces, en cambio, hay que estar despierto.
Sin saber para qué, pero hay que estar despierto.

Los que pasaban por allí

“Está en tu mano no cometer un delito, pero no lo está evitar que te condenen por ello”. Esta frase, pronunciada por uno de los abogados de Steven Avery, resume en su esencia la demoledora y actualísima enseñanza de Making a Murderer, la sobrecogedora serie documental de Netflix que narra en diez sólidos episodios la increíble y triste historia de un ciudadano anónimo en los muy poderosos y civilizados Estados Unidos de América.

El argumento ya ha sido contado mil veces y la Wikipedia lo resume bien: “Steven Avery (nacido el 9 de julio de 1962) es un hombre estadounidense del Condado de Manitowoc, Wisconsin, que pasó 18 años en prisión por una sentencia errónea por agresión sexual en 1985. Fue exonerado cuando la mejorada prueba de ADN demostró su inocencia y liberado de prisión el 11 de septiembre de 2003. En 2005, Avery fue arrestado por el asesinato de la fotógrafa de Wisconsin Teresa Halbach y condenado en 2007 y sentenciado a cadena perpetua sin libertad condicional”. También el sobrino de Avery, Brendan Dassey, fue condenado como cooperador en el mismo delito.

Dos estudiantes de cine, Laura Ricciardi y Moira Demos, se acercaron al caso casi por casualidad y se enredaron en él hasta construir una pieza de narrativa judicial como seguramente no se había hecho hasta ahora. Fabricando un asesino (el título, escrito en español, golpea con más fuerza) quedará para siempre como un referente obligado en el conocido género de la indagación periodística sobre el mundo de la justicia.

Hay que decir que las dos jóvenes directoras hacen muy bien su trabajo pero cuentan a su favor con una ventaja de partida: en el estado de Wisconsin hay muy pocas cortapisas para la libertad de prensa, hasta el punto de que los medios tienen acceso a las conversaciones telefónicas del preso con sus abogados y familiares, a las pesquisas policiales y a las conversaciones de los investigadores. Durante los casi dos años que transcurren entre la segunda detención de Avery y su definitiva condena, todos los participantes en el caso (fiscales, investigadores, abogados defensores, especialistas forenses y, por supuesto, familiares y amigos tanto del acusado como de la víctima) no tienen reparo ni pudor en ofrecer ruedas de prensa o declaraciones a cámara con una soltura a la que al menos por estos pagos no estamos acostumbrados. De tal manera que si alguna pega se le puede poner a esta serie es la del exceso: acaso con la mitad de los episodios hubiera podido contarse lo mismo.

La tesis de la serie está resumida en la frase con la que arranco este artículo. Avery mantuvo desde el primer momento, y sigue manteniendo desde la cárcel, que él es inocente del crimen por el que se le ha condenado, como lo fue del anterior, que lo tuvo 18 años injustamente encerrado. Las directoras del documental no son neutrales a este respecto: se ponen del lado del acusado y apoyan la tesis de sus abogados de que las débiles pruebas en su contra fueron deliberadamente construidas por la policía. El mismo abogado de la citada frase pronuncia otra igual de clarificadora: “No creo que la policía quisiera incriminar a un inocente: estaba convencida de que era culpable y puso los medios para que lo pareciera”.

Moraleja

Hablaba hace unos días con algunos amigos sobre esta fascinante experiencia televisiva y había quien decía que era poco creíble, que acaso las directoras habían manipulado el material más allá de lo razonable hasta distorsionarlo. En concreto, los fiscales y los investigadores policiales, alguno de los peritos y, en general, lo que cabría calificar como el bloque de los “contrarios a Avery” transmiten una imagen de trapaceros y chapuzas que contrasta con el hecho de que fueran capaces de convencer a los doce miembros del jurado a partir de pruebas extremadamente débiles.

Yo no comparto esas prevenciones. Tengo la sensación de que Ricciardi y Demos han narrado lo que han visto, un terrible chapuza judicial, y lo han hecho desde el rigor y desde el asombro que logran transmitir al telespectador.

¿Por qué lo creo? Porque disparates así se han visto ya unos cuantos y se verán todavía muchos. Me permito recordar aquí –por citar solo algunos, y de suelo patrio- el caso Raval de 1997, “la mayor red de pederastia descubierta en Europa” al decir de la policía, que arrambló con la fama y el sosiego de un puñado de padres, educadores y dirigentes políticos y vecinales, absueltos finalmente por los jueces tras haber sido condenados sin remedio por la sociedad y los medios de comunicación. Hubo, ciertamente, dos pederastas condenados, pero el daño que se causó a los inocentes no tuvo justificación alguna.

Más escandaloso aún fue el caso Ahmed Tommouhi y Adderrazak Mounib, acusados y encarcelados por unos delitos que no cometieron. El segundo murió en la cárcel, en tanto que el primero cumplió íntegra su condena desde 1991 hasta 2006. Pese a las evidencias en contrario –incluidos los marcadores genéticos y las pruebas de ADN- los magistrados –uno de los cuales era la siempre progresista y hoy entregada diputada socialista Margarita Robles- condenaron a los dos marroquíes con la ayuda de un colectivo de policías, abogados y expertos a cual más incapaz.

La historia de Avery encontró en Laura Ricciardi y Moira Demos a las dos narradoras que la verdad necesitaba. El caso Raval tuvo en Arcadi Espada al autor de la investigación y el libro que puso en evidencia aquel disparate. Y Braulio García Jaén se dejó las pestañas y algunos años de su vida y su carrera en construir en Justicia Poética la evidencia del disparate urdido contra Tommouhi y Mounib.

Solo por citar algunos casos. Dicho sea en unos tiempos en que los cuerpos policiales españoles se han soltado la mano con una gran desenvoltura para incriminar de los más diversos delitos a muchísima gente. Unos, probablemente, culpables, pero muchos, me temo, que pasaban por allí.

Tendremos ocasión de irlo viendo.

Pegatinas

Hace muchísimos años, en los inicios de la ahora malhadada Transición, se lanzó un eslogan, supongo -aunque no estoy seguro- que con motivo de la Feria del Libro de Madrid, extraordinariamente hermoso y eficaz: “Más libros, más libres”, decía, y todos cuantos aspirábamos a que la ansiada libertad se instalara definitivamente en España, nos pusimos la pegatina en el pecho desde la convicción de que habíamos dado con la solución a todos nuestros problemas.

Este procedimiento del eslogan ramplón y simple es uno de los más queridos por la mayoría de los que circulan por la plaza pública. Especialmente en el campo de la política, de las demandas sociales y de las filias y fobias deportivas: es de admirar la ingente cantidad de ripios y rebuznos en los que se sintetizan reivindicaciones, aspiraciones ideológicas, deseos, exigencias, alabanzas e insultos.

El gran Sánchez Ferlosio, uno de los escasos intelectuales vivos que no se rinde a las simplezas, sostiene que lo que le salvó de caer en los eslóganes de pegatina y lo liberó del “grotesco papelón del literato” fue la hipotaxis, es decir, la incansable subordinación de frases encaminada a construir párrafos complejos en los que cupiera la exposición de una idea con todos los matices necesarios para captar su complejidad.

Es un método, desde luego, y estaría muy bien que todos los que le damos a la tecla supiéramos aplicarnos a la filosofía normativa de Ferlosio. Pero basta con algo más fácil: basta con salir de la simpleza adolescente con que suelen abordarse la mayoría de los debates, encaminados por lo general a obtener la victoria de lo blanco sobre lo negro antes que a describir pormenorizadamente la complejidad de lo gris.

Hay quien dice que la culpa de este revival de los eslóganes la tiene Twitter y las redes sociales, que han acotado la formulación del pensamiento a unos pocos caracteres. Es  un clásico: culpar a las nuevas tecnologías de nuestros errores se parece mucho a cuando se culpaba a la imprenta de despertar a las masas, o a la máquina de vapor de incrementar el paro o  a la revolución industrial de fomentar la desigualdad: menos cargar cada uno con sus responsabilidad, todo lo demás vale.

Pero no, amigos y amigas: las pegatinas han existido siempre y siempre han servido lo mismo: para fomentar la pereza intelectual y evitar los debates rigurosos y consistentes, esos que abren puertas y derriban dogmas a costa, eso sí, de desmontar tópicos y de arrancarnos de los lugares comunes en los que solemos encontrarnos instalados.

Lo diré más claro, al hilo de la Feria que se inaugura en los próximos días: los libros no hacen  libre más que a quien ya sabe serlo por su cuenta.

Pablo Iglesias y yo

No conozco de nada al secretario general de Podemos. Creo, hasta donde soy capaz de recordar, que ni siquiera hemos coincidido nunca bajo el mismo techo, por más que fuera en un evento o sarao de los que en Madrid le persiguen a uno como los pulgones a los cerezos. Como tampoco soy televidente  asiduo -excepción hecha de las series de culto- no le veo jamás ni en los informativos, ni en los debates, ni en las polémicas infinitas que al parecer -por lo que leo en los periódicos- sostiene a cada momento contra medio mundo.

Tengo mi opinión sobre él, naturalmente, porque es un personaje público con unas características que a nadie pueden dejar indiferente. Pero mi opinión sobre su persona es asunto que a nadie incumbe ni interesa.

Sí puede interesar, y en todo caso es bien sabido por quien me conozca incluso superficialmente, que entre él y yo las diferencias ideológicas son insalvables. Literalmente insalvables. En su visión de la vida, en su análisis de la sociedad y en sus objetivos políticos, no coincido ni en las preposiciones.

Pero hace unos días encontré en algún sitio, por mera casualidad, la referencia a una entrevista que Pablo Iglesias había hecho a Antonio Escohotado en su programa de La Tuerka. Con Escohotado me sucede como con Ferlosio: son los dos únicos intelectuales vivos de los que leo o veo cuanto se me ponga a mano aunque para ello tenga que desplazarme al mismísimo infierno. Y toda vez que La Tuerka no es para mí ni siquiera el purgatorio -sino simplemente un sitio que no frecuento-, no tuve inconveniente en buscar el podcast y prepararme a disfrutar con el maestro.

Porque entre las muchas virtudes que tiene Escohotado es que a él no le arredra ni el medio ni el interlocutor. Da igual que lo entreviste el más torpe de los plumíferos; da igual que lo ensalcen o que lo acorralen; da igual que estén de acuerdo con él o en contra: él sabe lo que quiere decir y lo dice con el mismo tono firme, profesoral y argumentativo de quien sabe de lo que habla y sabe cómo decirlo. De manera que a mí me importaba poco a quién tuviera enfrente porque lo que me interesaban era él y su sabiduría.

Pero voy a lo que voy, porque hoy no se trata de hablar de Escohotado. Mi gran sorpresa fue la calidad del anfitrión. Pablo Iglesias hizo una excelente entrevista, que había preparado con mimo, que condujo con acierto y en la que mantuvo siempre un tono equilibrado y altamente respetuoso, muy lejos de la imagen pública que se ha ido forjando como diputado y como secretario general. Escohotado estuvo excelente, por supuesto, pero también Iglesias, y el resultado es una hora de conversación que recomiendo a los que sostienen que la televisión es un arma del demonio.

Lo malo vino luego. Como la cosa me gustó, salí a las redes sociales a decirlo, que por algo aspira uno a ejercer de influencer. Poca cosa: dije en Twitter lo que aquí llevo dicho -pero más breve, claro, para que me entrara en los 140 caracteres- y se lio: muchos de mis seguidores se enfadaron y me acusaron de incoherente por aplaudir a alguien que se encuentra en mis antípodas. Por el contrario, muchos partidarios de Iglesias y lo que representa me jalearon con sus megustas y sus retuits y algunos de ellos se hicieron seguidores míos.

Esta es la parte que me preocupó: ¿qué sucedería cuándo, un par de tuits después, descubrieran que no soy de los suyos? Lo primero, en cambio, no me importó mucho: perder seguidores necios siempre me satisface.

Así que pensé que a partir de ahora voy a poner más filtros como este.

 

 

 

Lógica difusa

Como todo el mundo sabe, la lógica difusa, o lógica borrosa (fuzzy logic, para que nos entendamos), fue formulada en 1965 por el ingeniero y matemático Lotfi A. Zadeh. En el 65 yo estaba, como aquel que dice, saliendo del cascarón, así que tardé algunos años en descubrirla, y lo hice de un modo tan difuso que no recuerdo ni dónde ni cómo ni por qué. Lo único que sé es que me cambió el modo de ver la vida. Y hasta ahora.

La lógica borrosa parte del hecho de que el cerebro humano, y el lenguaje con que se expresa, se desenvuelve con bastante naturalidad en el terreno de la incertidumbre: aquello está lejos, este señor es alto, el café está caliente, son percepciones y afirmaciones que se manejan con toda naturalidad sin parar mientes en que lejos, alto o caliente son magnitudes imprecisas, en las que hay mucho de subjetivo y de no delimitado.

La gran intuición de Zahed al formular su teoría es que la incertidumbre derivada de esta falta de rigor tiene aplicaciones muy prácticas para el conocimiento, para la investigación y para la industria.

No sé si era consciente de que tiene también grandes aplicaciones para la vida.

Pongamos algún ejemplo. Hay sesudos intelectuales que sostienen que una cosa es la cultura (ellos la suelen escribir con mayúsculas) y otra el entretenimiento. La distinción es importante porque les lleva a concluir que los artículos pertenecientes a la primera categoría hay que quitarles el IVA, y subvencionarlos,  mientras que a los de la segunda se les debe cargar de impuestos y penalizar todo cuanto sea posible. No digamos nada de sus consumidores: un consumidor de cultura merece todos los parabienes y alabanzas, en tanto que un simple consumidor de entretenimientos debe ser considerado un ciudadano de segundo orden.

Bien: nada que objetar. Si así lo consideran los sesudos intelectuales, así tendrá que ser.

Y así es, en efecto, en un análisis sencillo: un señor (o señora, naturalmente)  que no tiene ojos más que para Homero y que solo sale del Museo del Prado para asistir, en vivo y en directo, a la audición de una sinfonía de Sostakóvich merece entrar en el olimpo de la cultura con letras de molde, en tanto que otro (u otra, por supuesto) que solo lee el Marca y se atonta con las necias nocturnidades de La Sexta, debe ir al infierno de los incultos para siempre. Ya digo: nada que objetar.

Pero, ¿qué ocurre cuando nos acercamos a la frontera que separa ambos territorios? ¿Es culto alguien que solo consuma novelas policiacas de tercera regional? ¿O no lo es aquel para quien la música lo es todo, pero solo música techno, dancing, electrónica y por ahí? ¿Merece aplausos quien se atiborra con la colección completa de los premios Planeta y una condena firme, por ignorante, un experto gourmet?

Alguien muy querido me contaba el otro día que, tras haber sido un gran lector durante años, ahora le dedica más tiempo a ver series porque las encuentra, comparando ofertas, mucho más sugestivas. Y me decía: comprendo que queda fatal decirlo, porque no es lo mismo la frase “he pasado la tarde leyendo” que “llevo toda la tarde viendo la televisión”. Le aconsejé que siguiera diciendo que lee mucho: nadie le va a preguntar qué, porque a nadie le importa: la cosa es mantener pulida la pátina de culto.

Precisemos aún más y sigamos analizando el binomio leer libros vs ver televisión. En abstracto este análisis es tan simple como apostar quién ganaría en una partida de ajedrez entre Carlsen y yo. Pero si bajamos de la anécdota a la categoría y convertimos el binomio en El libro de Ivanka Trump vs Los Soprano la frontera cambiaría de sitio.

“Hombre, no, -me dirían mis amigos intelectuales-, no hagas trampas: hablamos de buenos libros vs televisión basura…”. Y, voilà, aquí es donde entra la lógica difusa. Porque han aparecido dos calificativos (buenos y basura) dificilísimos de definir. Tanto, que podemos terminar por mantener ideas diferentes cada uno sobre sus límites y su alcance.

Habrá que seguir hablando de esto.

Cena a seis

 

Nos vemos muy poco, aunque, desde que Pablo
se instaló en Menorca, las distancias parecen
haber disminuido. Cada vez que viene
-y viene con frecuencia- buscamos un hueco,
o nos escribimos, o estamos muy pendientes
en fin, unos de otros, de un modo, al tiempo,
tierno y displicente, si así puede decirse.
Estuvo bien, la cena. Un sitio agradable,
ni engolado ni cutre, con la carta muy
en el justo punto de innovación y el tono
perfecto para una charla distendida.
Luego fuimos a un local de jazz. Hablamos
poco, pero se nos veía relajados.

Cuando la memoria hace trampas

Martin Guerre no era el hombre más feliz del mundo. Se había casado con Bertrande siendo ambos adolescentes y, aunque tenían un hijo, no habían aprendido a relacionarse ni sexual ni sentimentalmente. Tampoco con su padre se llevaba bien Martin porque pensaba que, pese a su condición de casado, se le exigía una dependencia económica y organizativa superior a lo que él entendía como razonable.

Estamos en el entorno rural de Toulouse, allá por 1548, y, aunque nos suene raro, ya entonces había gente que vivía situaciones de estrés insoportable.

Martin Guerre se lio la manta a la cabeza, lo dejó todo plantado y se marchó a la guerra sin decirle nada a nadie. Él no tenía más de 25 años y su mujer, alguno menos.

Ocho años después reaparece. O, al menos, reaparece uno que dice ser él. Viene de la guerra, ha sufrido mucho y ha pasado mucho tiempo, así que a todo el mundo le resulta plausible que existan algunas diferencias físicas entre este hombre y el que se fue. La familia lo reconoce, lo reconocen los vecinos y la que más, Bertrande, que desde el primer momento se muestra encantada con él.

Probablemente todo habría ido a pedir de boca si el nuevo Martin Guerre no se hubiera crecido pidiendo a su tío, nuevo cabeza de familia, la herencia que le correspondía tras la muerte de su padre. Han pasado tres años desde el regreso, Bertrande ha tenido dos hijas con su reencontrado esposo, pero el tío empieza a percibir detalles que le hacen pensar en una suplantación.

Denuncias, juicios, división de opiniones entre vecinos y familiares, Bertrande, eso sí, firme en defensa de su hombre… De nuevo probablemente, todo hubiera vuelto a la normalidad si no hubiera acaecido una sorpresa mayúscula: reapareció el verdadero Martin Guerre con una pata de palo y un cabreo considerable. Se reabrió el proceso, las pruebas contra el impostor empezaron a amontonarse (él sostenía que el impostor era el otro) y la enamorada Bertrande no tuvo más remedio que cambiarse de bando, visto lo que se le venía encima.

Arnaud du Thil, alias Pansette, fue ahorcado frente a la casa de Martin Guerre por suplantación de identidad.

El caso Bruneri-Canella

El 10 de marzo de 1926 un hombre es detenido en el cementerio judío de Turín por robar vasos funerarios de bronce. El hombre elude la cárcel merced a una aparente amnesia que le impide dar cuenta de su identidad. Encerrado en el manicomio de Collegno, las autoridades, temiendo que el Estado tenga que mantenerlo de por vida, publican una foto del desmemoriado (y así, como “el desmemoriado de Collegno”, se hará famoso).

Muchos se hicieron la ilusión de reconocerlo porque entre los años 1915 y 1918 Italia había librado una durísima guerra con numerosos desaparecidos. Pero fue una familia adinerada y notable quien creyó encontrar en el desmemoriado a Giulio Canella, filósofo, profesor y oficial del ejército, que había sido dado por desaparecido en Macedonia casi diez años antes.

El desmemoriado y el profesor se parecían más bien poco (no coincidían ni siquiera en la talla) pero, aunque con dudas, casi todos los amigos y colegas de Giulio Canella se inclinaron por el reconocimiento. La esposa, Giulia, no alberga duda alguna y desde el primer momento afirma la identidad del amnésico.

Sin mucha convicción, las autoridades entregan el desmemoriado a la familia. Tal vez todo hubiera terminado así de no ser porque, de pronto, otra mujer, esta de extracción baja, ninguna belleza y escasa formación, Rosa Negro, aparece de pronto para declarar que el pretendido profesor es en realidad su marido, el tipógrafo Mario Brunelli, un sinvergüenza con varias causas pendientes con la justicia. Las pruebas en favor de esta tesis se amontonan, las evidencias son casi irrefutables, pero los Canella tienen mucho dinero y contratan a los mejores abogados para mantener el caso vivo, instancia tras instancia y apelación tras apelación.

Finalmente, tras más de cinco años y dos hijos, el pleito se resuelve con la decisión de que el desmemoriado de Calegno es el tipógrafo Mario Brunelli, pero para entonces Giulia Canella y su reinventado marido se han instalado en Brasil y desde allí mantendrán una sorda lucha contra la justicia, la opinión pública y el sentido común en defensa de su tesis.

El caso Barclay-Bourdin

El 13 de junio de 1994, Nicholas Barclay, un niño de trece años de San Antonio, Texas, desapareció sin dejar rastro. Tres años después, alguien que no se parecía a él ni en el color de los ojos, ni en el acento y ni siquiera en la edad, llamó a la puerta de la familia y convenció a todos sus miembros y amistades de que era Nicholas y de que regresaba muy cambiado desde un infierno de prostitución infantil. El impostor, Frédéric Bourdin, vivió casi cinco meses con la familia hasta que un investigador privado local comenzó a sospechar y logró que el FBI obtuviera una orden judicial para registrar el ADN y las huellas dactilares del joven, que revelaron su verdadera identidad.

Bourdin pasó seis años en la cárcel por esta estafa, pese a lo cual continuó luego suplantando más personalidades.

La naturaleza humana… A estas historias les he dado alguna vuelta y siempre regreso a la misma reflexión: de acuerdo, la posición del impostor, en los tres casos, es más o menos comprensible (más dudosa en Bourdin, evidente en Bruneri, razonable en Du Thil); la posición de las esposas abandonadas, en los dos primeros casos, y de la madre y hermanas en el tercero, tiene también su lógica, mucho más implacable y dolorosa cuanto más atrás nos remontemos, habida cuenta de la dependencia de la mujer respecto al hombre para su supervivencia y la de sus hijos.

Pero, en todos los casos, ¿qué clase de memoria tenían los allegados, los vecinos, los familiares de segundo orden? ¿Cómo podía ser que gentes a los que la emotividad no tenía por qué cegarlos entraran al engaño con semejante simpleza y entusiasmo?

No es cosa de alargarme. Solo pretendo dejar constancia de que, cuando desde cualquier trinchera nos agarramos desesperadamente a la memoria para justificar determinadas posiciones, cuando nosotros mismos nos escudamos con tanta frecuencia en el antes para rechazar el ahora… en fin, recordemos a cuantos estaban seguros de haber reconocido a Martin Guerre, a Giulio Canella y a Nicholas Barclay en la figura de tres vulgares impostores.

(Publicado en Vozpopuli el 7 de junio de 2013)

Amazon no, Amazon sí: un diálogo ficticio

JORGE CARRIÓN.- Amazon no es una librería, sino un hipermercado. En sus almacenes los libros están colocados al lado de las tostadoras, los juguetes o los monopatines. En sus nuevas librerías físicas los libros están colocados de frente, porque solo exhiben los cinco mil más vendidos y valorados por sus clientes, muy lejos de la cantidad y del riesgo que caracterizan a las auténticas librerías. Ahora se plantea repetir la misma operación con pequeños supermercados. Para Amazon no hay diferencia entre la institución cultural y el establecimiento alimenticio y comercial.

BERNAT RUIZ.- Que un libro esté al lado de una tostadora no importa; ni el libro pierde un ápice de ‘libricidad’ ni la tostadora se ‘destostifica’, pero se optimiza la gestión de los pedidos. ¿Qué es una ‘auténtica librería’? yo tengo mi propia respuesta y la tuya la encontramos en tus libros y artículos pero uno no se puede poner estupendo esperando que el Orbe añada el contexto necesario. Laie, Nollegiu, la Calders, la Trescatorce, Atticus Finch o Tipos Infames son librerías pero ¿qué hacemos con Casa del Libro, FNAC, El Corte Inglés o Vips? ¿Qué hacemos con las librerías-papelerías que poco aportan en las grandes ciudades pero que son las únicas librerías en los pueblos? ¿Qué sucede en esas zonas remotas del primer mundo, en esos municipios españoles en los que, según el Mapa de Librerías 2013 (pág. 22), más de 11 millones de personas no disponen de un triste comercio de libros? No seré yo quien les diga que vuelvan al siglo XX y renuncien a su única opción de comprar libros –y muchas otras cosas– con cierta comodidad.

JORGE CARRIÓN.- La historia de Jeff Bezos es la de una larga expropiación simbólica. Escogió la venta de libros y no de aparatos electrónicos porque vio un nicho de mercado: no todos los títulos disponibles cabían en las librerías y él sí podía ofrecerlos todos. Por eso hizo un curso de la Asociación de Libreros Americanos y se apropió en un tiempo récord del prestigio que los libros habían ido acumulando durante siglos…

BERNAT RUIZ.- La realidad es todavía más prosaica: eligió los libros porque son objetos pequeños, ligeros, resistentes, de fácil manipulado y de expedición económica. Aprovechó las ineficiencias de la distribución y se concentró en ellas, buscó la formación de la ALA porque de conocimiento empresarial tenia de sobra. Las mismas condiciones e ideas estaban al alcance de otros competidores, también de los distribuidores, libreros y editores de toda la vida. Pero hablar del prestigio acumulado es confundir churras con merinas; ¿a qué deben los libros su prestigio, a su contenido o a su continente? ¿Sólo el papel tiene prestigio? ¿Todos los libros, incluso los peores y más abyectos, participan de dicho prestigio? ¿El libro pierde ‘libricidad’ en Amazon?

JORGE CARRIÓN.- Hay más: el trabajo que deben realizar los empleados de Amazon es robótico. Lo ha sido desde el principio: en 1994, cuando eran cinco personas trabajando en el garaje de la casa de Jeff Bezos en Seattle, ya estaban obsesionados con la rapidez. Lo ha sido durante veinte años, llenos de historias de estrés laboral y de acoso y de trato inhumano para lograr la maldita eficiencia extrema que solo es posible si eres una máquina.

BERNAT RUIZ.-  Cierto, pero, ojo, en el mundo del libro la explotación no es nada nuevo; en la antigua Roma se producían libros en serie y, a falta de imprenta, se usaban esclavos que sabían leer y escribir. No lo pasaban mucho mejor los amanuenses medievales: algunos apenas sabían leer pero copiaban lo que veían con gran fidelidad. Quien crea que Gutenberg nos trajo una Arcadia editorial se equivoca: las imprentas fueron lugares muy duros, sucios y ruidosos hasta principios del siglo XIX; a partir de entonces lo fueron tanto o más porque, aunque buena parte del trabajo estaba mecanizado gracias al vapor y más tarde a la electricidad, muchas tareas eran manuales a una escala industrial inédita. En cuanto al autor, su remuneración era nula en la antigüedad, precaria el resto de la historia y hoy… bueno, hoy ya sabemos cómo andan los autores. ¿Es este el cuento de concordia, amor y paz al que aludes cuando hablas del prestigio del libro acumulado durante siglos? Amazon ha eliminado el factor humano como ya hizo el resto de la industria desde que Gutenberg inventó la imprenta. La diferencia es la rapidez.

JORGE CARRIÓN.- En Amazon hay a la venta multitud de ediciones de Mein Kampf, muchas de ellas con prólogos y notas la mar de cuestionables. De hecho en 2013 el Congreso Mundial Judío alertó a la empresa de las decenas de libros negacionistas de que disponen sin cortapisas. En Barcelona se cerró la librería Europa por, entre otros delitos, incitar al odio, pero Amazon lo hace sin ninguna cortapisa.

BERNAT RUIZ.- Sorprende la contradicción entre esta afirmación y la alusión al prestigio del libro. ¿Se supone que el libro de papel (concepto) tiene prestigio pero que ciertos libros de papel (texto) no lo tienen? La clásica reductio ad Hitlerum es propia de quien se queda sin argumentos o, como en tu caso, prefiere pasar de puntillas sobre océanos de matices. Es evidente que el Mein Kampf es un libro aborrecible pero también lo es que su contenido, bien empleado, es más una vacuna que un acicate; así lo ha considerado la institución alemana cuyo objetivo es documentar la historia del nazismo, el Institut für Zeitgeschichte, con su edición crítica Hitler, Mein Kampf. Eine kritische Edition. No es tan evidente lo que sucede con otros libros políticamente controvertidos como El capital, de Marx; el Libro Rojo, de Mao; el Libro Verde, de Gadafi; toda la obra de Milton Friedman o toda la literatura del creador de la cienciología, L. Ron Hubbard, por no hablar de otras obras fundamentales para cientos de millones de personas como el sanguinario Antiguo Testamento, el texto en el que muchos basan todavía su racismo, xenofobia y homofobia. Yo no tengo ningún problema con todos estos libros porque su bondad o maldad sólo depende de la interpretación y el uso que se haga de ellos.

JORGE CARRIÓN.- Pero lo cierto es que Amazon censura o privilegia los libros según le interesa. Durante su controversia con el grupo editorial Hachette de hace un par de años, la escritora Ursula K. Le Guin denunció que sus libros fueron más difíciles de encontrar en Amazon mientras duró la disputa.

BERNAT RUIZ.- ¡Cielos! ¡Una empresa privada mantiene un conflicto con uno de sus grandes proveedores y decide usar su poder de recomendación para presionarlo! No diré que me guste pero es el mismo mecanismo que lleva a muchos libreros a cuidar de tu obra mientras que ningunean la de otros; como sabes, suelen hacerlo en función de los gustos de su público y, a veces más importante, del margen comercial que consigan. Es legítimo. Amazon no estaba extorsionando a un infeliz e indefenso editor independiente, estaba negociando con Hachette, uno de los diez grupos editoriales más grandes del mundo que, por cierto, lo notó en su cuenta de resultados. De hecho Amazon ni siquiera pierde el tiempo extorsionando a los pequeños, se limita a publicar sus condiciones; lo toman o lo dejan. Sólo negocia con los grandes.

JORGE CARRIÓN.- Pero detrás de todas esas operaciones individuales existe una gran estructura económica y política. Una estructura que presiona a las editoriales para obtener el máximo beneficio del producto, como hace con los fabricantes de monopatines o con los productores de pizzas congeladas. Una macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia: que está moldeando nuestro futuro.

BERNAT RUIZ.- Si acudimos a los artículos que has publicado, vemos que has colaborado con medios como El País (PRISA), La Vanguardia (Godó) o MujerHoy (Vocento), pertenecientes a grupos que forman parte de una macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia y que pretenden moldear nuestro futuro.

JORGE CARRIÓN.- En Amazon no hay libreros. La prescripción humana fue eliminada por ineficaz. Por torpedear la rapidez, el único valor de la empresa. La prescripción está en manos de un algoritmo. El algoritmo es el colmo de la fluidez. La máquina convierte al cliente en prescriptor. «Los clientes que compraron este producto también compraron…».

BERNAT RUIZ.- El principal prescriptor ha sido siempre el lector. Antes de Amazon era así, es así con Amazon y sospecho que seguirá siendo así tras Amazon. El algoritmo no es más que un facilitador, un simplificador y agregador de procesos. Está diseñado por seres humanos. Lo que hace el algoritmo junto con una buena gestión de bases de datos es acumular experiencia sobre las compras, consultas y gustos del cliente para devolverle una experiencia de usuario lo más personalizada posible. ¿Acaso no hacen lo mismo los libreros con sus clientes más fieles? La diferencia entre el algoritmo y el librero es de sistematización, de capacidad de gestión de datos. Algoritmo y librero persiguen el mismo objetivo: ofrecer la mejor experiencia, el mejor servicio, para que el cliente compre y repita. Vender. La diferencia cualitativa más relevante es que puedo hacerme amigo del librero pero no del algoritmo; a mucha gente eso no le importa.

JORGE CARRIÓN.- Todo empezó con un dato. En 1994 Bezos leyó que la World Wide Web crecía a un ritmo mensual de nuevos usuarios del 2300%, dejó su trabajo en Wall Street, se mudó a Seattle y decidió empezar a vender libros por internet. Desde entonces los datos se han ido multiplicando, se han ido agrupando orgánicamente en forma de monstruo con tentáculos o de nube tormentosa o de segunda piel: nos hemos ido convirtiendo en datos. Los dejamos en las miles de operaciones cotidianas que dibujan nuestras huellas dactilares por internet. Los emiten los sensores de nuestro móvil. Estamos escribiendo constantemente nuestra autobiografía con nuestros teclados, con nuestras acciones, con nuestros pasos.

BERNART RUIZ.- ¡Cáspita! ¡Córcholis y recórcholis! ¡Jeff Bezos, pérfido entre pérfidos, inventor del Big Data! Falso, claro está. El ‘desde entonces’ de la tercera línea se olvida de más de un siglo de proceso sistematizado de datos; ya la monarquía ptolemaica creó un sistema de indexado –los llamados pinakes– para ordenar el caos potencial en el que podría haber degenerado la Biblioteca de Alejandría pero es en el siglo XIX en el que damos, por primera vez, con los primeros sistemas de almacenamiento de datos realmente ambiciosos, desde la banca –cómo no– pero también –una vez más– desde la biblioteconomía. No hay un año cero del mal encarnado en el Big Data. Jeff Bezos no inventó nada. Amazon no hace nada distinto a Google, Facebook, Twitter, Telefónica, Vodafone, El Corte Inglés, la FNAC, Planeta, Penguin Random House, los Gremios de Libreros mediante su sistema LibriRed, la Agencia Tributaria, los ayuntamientos o las redes públicas de bibliotecas que registran los préstamos de sus usuarios. Puede que lo haga mejor y haya conseguido, además, que intelectuales como tú les hagan la rosca convirtiéndolos –sin querer y erróneamente– en bestias negras de inenarrable poder y dimensión.

JORGE CARRIÓN.- Cuando lees un libro en papel la energía y los datos que emites a través de tus ojos y tus dedos son solo tuyos. El Gran Hermano no puede espiarte. Nadie puede quitarte esa experiencia ni analizarla ni interpretarla: es solo tuya. Por eso Amazon ha lanzado la campaña mundial «Kindle Reading Fund»: supuestamente para incentivar la lectura en los países pobres, en realidad para acostumbrar a una nueva generación de consumidores a leer en pantalla, para poder estudiarlos, para tener datificados los cinco continentes. Por eso el Grupo Planeta —corporación multimedia que aglutina a más de cien empresas y que es el sexto grupo de comunicación del mundo— está invirtiendo en escuelas de negocios, academias e instituciones universitarias: porque quiere mantener niveles altos de alfabetización que aseguren las ventas en el futuro de las novelas que hayan ganado el premio Planeta. A ver quién gana.

BERNAT RUIZ.- El Grupo Planeta no es el sexto del mundo y nunca ha estado entre los diez primeros; a finales de 2015 andaba en el puesto 83. Puede que te refieras al ranking de grupos editoriales mundiales en el que hace tiempo sí fue el sexto; hace un lustro que esto ya no es así: en 2016 era el décimo grupo editorial mundial, subiendo un puesto desde 2015, aunque la tendencia acumulada de los últimos diez años es descendente. Si un error en un dato como este tiene una importancia relativa, sorprende mucho más tu peregrina idea acerca de la estrategia de digitalización de los contenidos de formación del Grupo Planeta. En Planeta se habrán partido de risa.

JORGE CARRIÓN.- Di lo que quieras, pero ha llegado nuestro momento. Amazon se apropió de nuestros libros. Nosotros nos apropiaremos de la lógica Amazon. Primero, convenciendo al resto de lectores de la necesidad del tiempo dilatado. El deseo no puede ser inmediatamente colmado, porque entonces deja de ser deseo, se vuelve nada. El deseo debe durar. Hay que ir a la librería; buscar el libro; encontrarlo; hojearlo; decidir si el deseo tenía razón de ser; tal vez abandonar ese libro y desear el deseo de otro; hasta encontrarlo; o no; no estaba; lo encargo; llegará en veinticuatro horas; o en setenta y dos; podré echarle un vistazo; lo compraré finalmente; tal vez lo lea, tal vez no; tal vez deje que el deseo se congele durante días, semanas, meses o años; ahí estará, en el lugar que le corresponde en la estantería correspondiente; y siempre recordaré en qué librería lo compré y cuándo.

BERNAT RUIZ.- Sí, yo también he pensado en Agustín de Hipona y en el taoísmo. Intelectualmente estoy de acuerdo pero la vida a veces es otra cosa y nos recomienda el carpe diem de Horacio, la capacidad de gozar del aquí y el ahora, como hago una vez al año en la orgiástica bibliomanía a la que me entrego en la Feria del Libro de Madrid. Lo del deseo congelado queda fetén en un poemario con pupila azul incluida pero dudo que conmueva a alguien que vive en un pueblo junto a algunos cientos o pocos miles de vecinos. Díganle que se lo tome todo con lentitud acelerada y relativa proximidad y puede que les responda, como me contaba un librero de un pueblo de cuatro mil habitantes, que hay quien debe desplazarse doce kilómetros para comprar una simple goma de borrar. Si no queremos que la España vacía se quede todavía más vacía más nos vale fomentar ciertos servicios. En cualquiera de las ciudades españolas de más de cien mil habitantes se vive con una abundancia de la que uno sólo es consciente cuando se aleja varias semanas.

JORGE CARRIÓN.- Mira, olvidemos las categorías nacionales como olvidamos los géneros aristotélicos. No existen ya las unidades de tiempo ni las de espacio. En el siglo XXI no tienen sentido las fronteras. Ordenemos los anaqueles temáticamente, mezclemos en ellos los libros con los cómics, los DVD con los CD, los juegos con los mapas. Apropiémonos de la mezcla de los almacenes de Amazon, pero creando sentidos. Itinerarios de lectura y de viaje. Porque, aunque dependamos de las pantallas, no somos robots. Y necesitamos las librerías de cada día para que sigan generando las cartografías de todas esas lejanías que nos permiten ubicarnos en el mundo.

BERNAT RUIZ.-.- ¿No habíamos quedado que Amazon mezclaba alegremente los libros con los juguetes y eso era un síntoma de su maldad? Pues resulta que debemos hacer lo mismo aunque sin un sistema parecido al de Amazon –¡rayos y truenos! ¡el algoritmo, la gestión de bases de datos, el almacén informatizado!– será una suicida pesadilla logística y comercial.

JORGE CARRIÓN.- No soy ingenuo. Veo series de Amazon. Compro libros que no se pueden conseguir de otro modo en iberlibro.com, que pertenece a abebooks.com, que en 2008 fue comprada por Amazon. Busco constantemente información en Google. Y le regalo constantemente mis datos, más o menos maquillados, a Facebook también. Pero creo en la resistencia mínima y necesaria. En la preservación de ciertos rituales. En la conversación, que es arte del tiempo; en el deseo, que es tiempo hecho arte. En silbar, mientras paseo entre mi casa y una librería, melodías que solo yo escucho, que no pertenecen a nadie más.

BERNART RUIZ.- Permíteme que te diga, querido Jorge, que eres un antisistema de salón; haces el mínimo esfuerzo para sacar a pasear tu romanticismo mientras te permites el lujo –sobre todo moral– de señalar el mal que anida en un Lado Oscuro en el que retozas cuando te conviene. Y que conste que creo que se puede competir con y contra Amazon. En su terreno lo están consiguiendo las alemanas Tolino y Thalia; Google y Apple, dos gigantes de similar vocación totalizante pero de estilos muy distintos la siguen de cerca. Rakuten y Alibaba, dos gigantes del comercio electrónico, se lo ponen difícil en Asia. En el entorno del libro digital, Kobo –propiedad de Rakuten– le disputa algunos mercados importantes, creciendo poco a poco, recortando distancias. Esto en lo digital. En lo más cercano, en las librerías de toda la vida, es donde Amazon lo tiene más difícil porque su modelo de negocio está basado en enormes factores de escala y se pierde en lo pequeño, incluso en lo mediano. Por eso florecen nuevas librerías en muchos países del mundo en los que hace sólo seis o siete años parecía imposible cualquier recuperación. Nuevas librerías muy distintas de sus predecesores, más pequeñas, con menos libros, menos personal, menos facturación pero con un potencial de creación de público mediante la cultura y la gestión de medios sociales que permiten abrigar esperanzas. Compiten ofreciendo lo que Amazon no puede ofrecer.

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