Un periódico nuevo

Me encontré el otro día con un afamado escritor y periodista y entablamos la siguiente conversación:

-Y ahora que ya has triunfado y lo eres todo en la profesión, ¿por qué no haces un periódico digital? Si todos lo hacen, ¿por qué no tú?

-Todo el mundo me hace esta pregunta últimamente y, es verdad, me digo, ¿por qué no he de publicar un periódico digital yo también? En todos los países cultos y despreocupados todo se encierra ya en las columnas de los digitales. La moda del día prescribe los libros cortos, si han de ser libros. Y si hemos de hablar en razón, convengamos en que todo está dicho en un tuit. Los adelantos materiales han ahogado de un tiempo a esta parte las disertaciones metafísicas y las divagaciones científicas. Las opiniones han desterrado a las ideas. Los blogs y los digitales, a los libros. La prisa, la rapidez, diré mejor, es el alma de nuestra existencia, y lo que no se hace deprisa, no se hace de ninguna manera; razón por la cual es muy de sospechar que no hagamos nunca nada en España. Así que, ¿por qué no?

-¿Y cómo lo concibes?, ¿cómo te gustaría que fuera?

-Si el periódico digital es un síntoma de la vida moderna, no nos admiremos si, fieles a su origen, los periódicos han conservado la afición a mentir, que los distingue de las demás publicaciones desde los tiempos más remotos; en lo cual no han hecho nunca más que administrar una herencia. El mío, pues, no ha de ser distinto..

-Pero un periódico tiene muchas ventajas…

-Innumerables, en efecto; habiendo periódicos, en primer lugar, no es necesario estudiar, porque a la larga, ¿qué cosa hay que no enseñe un periódico? Sabes por un periódico la hora a que empieza el teatro, y algunas veces la función que se representa, es decir, siempre que la función que se representa es la misma que se anuncia; esto, al fin, sucede algunas veces. Por los periódicos sabes de día en día lo que sucede en Navarra, cuando sucede algo; verdad es que esto no es todos los días; pero para eso muchas veces sabes también lo que no sucede. Por un periódico sabes que hay Cortes reunidas para elevar sobre el cimiento el edificio de nuestra libertad. Por ellos se sabe que hay dos cámaras, el Congreso y el Senado. Por los periódicos sabes, mutatis mutandis, es decir, quitando unas cosas y poniendo otras, lo que hablan los oradores, y sabes cuándo una discusión es tal discusión, y cuándo es meramente conversación, para repetir la frase feliz de un orador. Convengamos, pues, en que el periódico es el grande archivo de los conocimientos humanos, y que si hay algún medio en este siglo de ser ignorante, es no leer un periódico.

-¿Entonces tienes ya un proyecto montado?

-Por supuesto. El periódico se titulará Fígaro, un nombre propio que no significa nada y a nada compromete. Con sólo contar nuestras cosas lisa y llanamente, ellas llevan ya la bastante sal y pimienta. He aquí una de las ventajas de los que se dedican a graciosos en nuestro país: en sabiendo decir lo que pasa, cualquiera tiene gracia, cualquiera hará reír. Sea esto dicho sin ofender a nadie.

-¿De qué tratará? ¿Será un periódico especializado?

-El periódico tratará… de todo. ¿Qué menos? Pero como no ha de ser ni tan grande como nuestra paciencia, ni tan corto como nuestra esperanza, y como han de caber mis artículos, no pondremos los decretos del gobierno ni las leyes. Por otra parte, no gusto de afligir a nadie; por consiguiente no se pondrán los nombramientos; menos gusto de estar siempre diciendo una misma cosa; por lo tanto, fuera los partes oficiales. Estoy decidido a no gastar palabras en balde; mi periódico ha de ser todo sustancia; así, cada sesión de Cortes vendrá en dos líneas; algunos días en menos; muchas veces no ocupará nada.

– Pero ¿política?

-Artículos de política los habrá. Éstos, en no entendiéndolos nadie, estamos al cabo de la calle. Y eso no es difícil: sobre todo quien no los ha de entender es el que paga la publicidad. Oposición, eso por supuesto: a mí, cuando escribo, me gusta siempre tener razón.

-¿Economía?

-De eso, largamente, pero siempre en broma, para nosotros será un juego esto; no nos faltará a quien imitar. Los asuntos de cuentas sólo son serios para quien paga; pero para quien cobra… Desentrañaremos esto; y tanto queremos hablar de esta materia, que no nos detendremos en enumerar lo que se ha hecho; sólo hablaremos de lo que falta por hacer.

-Tendrá una sección de Cultura…

-Por supuesto.. En cuanto se publique un libro bueno lo analizaremos; por consiguiente, no seremos pesados en esta sección. De teatro no diremos nada mientras no haya nada que decir. Felizmente va largo. De música, buscaremos un literato que sepa música, o un músico que sepa escribir; entretanto, Fígaro se compondrá como se han compuesto hasta el día los demás periódicos. Felizmente pillaremos al público acostumbrado; y él y nosotros estaremos iguales.

-¿Habrá en tu periódico un espacio para la moda y para otras secciones, digamos, frívolas?

-¿Y cómo no? Habrá una sección en la que hablaremos de corrupción, de procesos, de denuncias…, en una palabra, todo lo que está de moda… a la última siempre…. y hablaremos de costumbres. Por supuesto: malas; lo que hay. Fígaro hablará, bajo este título, de paciencia, de tinieblas, de mala intención, de atraso, de pereza, de apatía, de egoísmo. En una palabra, de nuestras costumbres… También habrá anuncios. Queriendo hacer lo más corta posible esta parte del periódico, sólo anunciará las funciones buenas, los libros regulares, las reformas, los adelantos, los descubrimientos. Ni se pondrán las pérdidas, ni menos todo lo que se vende entre nosotros. Esto sería no acabar nunca.

-Entonces ya está todo….

-Ya está concebida la idea. Ahora falta el dinero. Si lo tuviera, no sería yo el que me pusiera a escribir tonterías para divertir a otros; o tener empleo con sueldo…, pero si tuviera empleo, y jefe, y horas fijas, y expedientes, y el riesgo del despido al ojo, no tendría yo humor de escribir periódicos…; o ser catedrático…, pero si fuera catedrático sabría algo, y entonces no serviría para periodista… Así que tendré que pedirlo…

-¿Y la tecnología? ¿El software? ¿Todo eso que se necesita para un digital?

-He visitado a varios proveedores. Unos me dicen que tienen mucho lío. Otros, que lo que quiero es muy difícil; el de más allá, que hay que trabajar muchas horas.

–¿Conque es imposible hacer un digital?

–Poco menos; y si acaso te lo hacen, será caro y mal. Pondrán unas letras por otras. Y si te enfadas algún día por una errata, te dejarán plantado, y si no te enfadas, también.

-Te veo desanimado, amigo mío.

-En absoluto, en absoluto. Me siento, mutatis mutandis, como aquel personaje de Beaumarchais que decía: «Se ha establecido en Madrid un sistema de libertad que se extiende hasta a la imprenta; y con tal que no hable ni de la autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de los empleados, ni de las corporaciones, ni de los cómicos, ni de nadie que pertenezca a algo, puedo imprimirlo todo libremente, previa la inspección y revisión de dos o tres censores. Para aprovecharme de esta hermosa libertad anuncio un periódico…»

–¿Cuándo se escribió esto?

– En 1784.

–Bien. Y tú, ¿cuándo empezaste a pensar en todo esto?

–El 22 de enero de 1835.

-En fin… Pues te agradezco la charla, amigo Larra.

-Un placer. Pero prefiero que me llames Fígaro.

[Recreación bastante libre pero muy fiel del artículo Un periódico nuevo, 
de Mariano José de Larra)

 

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Contra los necios, contra los fanáticos

Un mes antes de morir, plenamente consciente de que se encontraba en los minutos de descuento, Leonardo Sciascia entregó a la imprenta dos libros, los últimos que habrían de sumarse a su extensa producción.

Uno de ellos era la novela Una historia sencilla, injustamente ninguneada cuando se citan las grandes ficciones del autor siciliano. Es verdad que esta novelita de apenas un centenar de páginas carece de la profundidad cinceladora de El contexto, donde la Italia democristiana de los sesenta aparece desnudada en toda su crudeza; no está el implacable retrato inmisericorde de la Sicilia eterna de A cada cual lo suyo; ni siquiera contiene la ironía trágica de El Archivo de Egipto, en la que la impostura se convierte en protagonista y gana la batalla. En Una historia sencilla no hay nada de eso, o, mejor, dicho, está todo, pero tan concentrado, tan elidido, tan implícito, que solo cuando uno termina de leer empieza a entender lo que ha leído. En esta novela terminal y mágica Sciascia pone en juego toda su maestría para trenzar un relato de mafia y tráfico de drogas en el que jamás aparecen la palabras mafia o tráfico de drogas, en el que un suceso extraño transcurre con sorprendente normalidad, en el que hay de todo -asesinatos, policías corruptos y legales, curas e impostores- pero parece que no hay nada y en el que el título es la primera trampa que se tiende al lector, porque la historia que se cuenta es, pese a su apariencia, cualquier cosa menos sencilla.

Si la memoria tiene un futuro

Pero si el colofón de la narrativa sciasciana lo pone, cum laude, esta obra, yo prefiero quedarme, a modo de última voluntad del maestro, con el otro libro publicado al final de su vida: Para una memoria futura (si la memoria tiene un futuro). Objetivamente, este volumen tiene menos interés editorial porque se trata de una recopilación de artículos publicados en la prensa italiana entre 1979 y 1988, es decir, casi en los diez últimos años de la vida del autor, y ya se sabe que las compilaciones de artículos son, por lo general, un recurso facilón de hacer libros para aumentar el currículum o para cumplir compromisos con el editor. Pero Sciascia no necesitaba ya ninguna de las dos cosas y sin embargo se empeñó en ello.

Y se empeñó porque él sabía que no se trataba de una compilación cualquiera. El potente título, con resonancias brechtianas, es ya una advertencia al lector de que no se encuentra ante un libro coyuntural sino ante un auténtico testamento, el testamento civil de un hombre que ha dedicado su vida a poner, negro sobre negro, sus convicciones como demócrata por encima de los intereses personales. Cuando las introducciones suelen ser piezas perfectamente prescindibles en la mayoría de los casos, choca la dureza con la que en la de este libro Sciascia se revuelve “contra los necios, contra los fanáticos” que “gozan de tan buena salud que pueden pasar de un fanatismo a otro con perfecta coherencia, permaneciendo, sustancialmente, inmóviles en el eterno fascismo itálico”. Estaba muy enfadado nuestro autor cuando compiló estos artículos. Muy enfadado y a las puertas de la muerte, así que se sentía muy libre para expresarse. Y se nota.

La treintena de artículos recopilados en Para una memoria futura tratan de un solo tema que se repite de forma insistente y machacona, por más que el pretexto algunas veces varíe: la lucha contra la mafia no puede ser el pretexto que sirva para recortar el estado de derecho; la persecución del terrorismo no puede servir para conculcar la ley. Y aún más claro: el fascismo de Mussolini venció a la mafia, pero si ese es el precio para vencerla, es un precio demasiado caro.

El Estado ante la mafia

Recordemos brevemente. La Sicilia posterior a la Segunda Guerra Mundial se había reconstruido en buena medida con el apoyo de la mafia, y el nuevo Estado italiano, bien respaldado en los Estados Unidos y en la Iglesia católica, había correspondido a ese apoyo con una permisividad hacia la organización criminal que, visto fuera de contexto, sería difícil de entender. Siempre hubo nombres aislados, funcionarios, servidores del orden, agentes de la ley, que intentaron alertar contra lo que representaba el cáncer mafioso en el desarrollo de Italia, pero su eco era generalmente ahogado por el propio Estado, poco interesado en aclarar las cosas.

El primer intelectual, sensu stricto, que levanta la voz contra esta situación es, precisamente, Leonardo Sciascia que, en sus primeros recopilatorios de cuentos de los finales de los cincuenta, Las parroquias de Regalpetra y Los tíos de Sicilia, despoja por primera vez a los mafiosos de su hálito de folclorismo buenista y los sitúa en el ámbito que les corresponde de organización criminal. Cuando en 1961 publica El día de la lechuza, la primera novela expresamente antimafia de la literatura italiana, el stablishment político y judicial se empieza a poner nervioso. Acusan a Sciascia de exagerado, de fabulador, de mentiroso incluso: la mafia no existe, le vienen a decir, eso no es más que un invento de los que no entienden la realidad siciliana.

Casi veinte años transcurren hasta que las tornas cambian. Las cosas han llegado demasiado lejos, ha corrido demasiada sangre y las extorsiones han alcanzado cotas demasiado altas y la administración de justicia empieza a entender que hay que poner nombre a las cosas. La lucha contra la mafia se convierte, casi de buenas a primeras, en una prioridad del Estado italiano, y los nombres de Falcone y Borsellino, del general dalla Chiesa y de tantos otros pasan a ser la punta de lanza del compromiso por su erradicación. La lucha ya es abierta y sin cuartel: la mafia mata sin reparo a cuantos se le ponen por delante y el Estado echa mano de recursos ingentes y de toda su capacidad legislativa para derrotar a ese enemigo que hasta hacia cuatro días se negaba a reconocer.

Y aquí es cuando Sciascia se encuentra, de pronto, al otro lado de la orilla. No porque él haya cruzado, sino porque le han movido el río. Él, que se ha pasado media vida pidiendo que la ley actúe contra los mafiosos, tiene ahora que dedicar la otra media a exigir que la ley sea justa, que la ley sea democrática, que la ley sea ley. Y los que lo acusaban, unos años antes, de fabular con la mafia, lo acusan ahora de aliarse con ella. De esto va Para una memoria futura, de dejar claro que él está donde siempre ha estado y de que los que se han movido son los otros.

Leonardo Sciascia murió al mes siguiente de editar este libro, hace ya casi treinta años. Y no es mal momento, en esta España nuestra tan atribulada, de refrescar las postreras páginas de este intelectual terco, que nunca tuvo pelos en la pluma por más que se fuera quedando cada vez más solo.

(Este artículo se publicó, con leves variaciones, en Vozpópuli, el 24 de octubre de 2014)

El bochornoso espectáculo anual

(Publicado en el diario Vozpópuli el 25 de octubre de 2013)

Hace un año publiqué en estas mismas páginas un artículo sobre el Premio Planeta. Aún me siento orgulloso de él: era preciso e incontestable y remitía a fuentes autorizadas cuya validez se mantiene. Tan satisfecho me quedé con mi trabajo que no me cupo duda alguna de que obtendría efectos inmediatos. No que el Grupo Planeta, tras un ejercicio público de autocrítica, renunciara a convocarlo en años sucesivos: mi inocencia no podía llegar a tanto. Pero sí pensaba que los quinientos ingenuos que anualmente remiten su trabajado manuscrito al celebrado certamen decidirían destinar el coste de ese dispendio a tomarse una caña a mi salud. O que las decenas de periodistas rigurosos y eficientes que pierden tres días en Barcelona loando la mascarada optaran este año por dedicar su tiempo a cosas serias y productivas.

No solo no fue así, sino que la entidad convocante encontró –supongo que sin buscarlo- quien salió a la plaza pública en su defensa.

Por aquel entonces comenzaba yo mi andadura en Twitter y, encantado con la buena nueva de haber puesto al tramposo en su sitio, lancé, a los cuatro seguidores que por entonces tenía, el siguiente trino: “El #PremioPlaneta me preocupa como síntoma de la estafa #cultural que nos rodea. Escribo sobre ello en (y aquí el enlace de más arriba)”.

Un intercambio epistolar 2.0

Para mi sorpresa, uno de los galardonados con el premio pocos años antes me contestó. Su tuit decía: “Dime la verdad, ¿cuántos ganadores del Planeta has leído?”. Simpleza por simpleza, contesté: “Un fraude es un fraude, lo gane Agamenón o su porquero”, trino que me pareció mucho más al hilo de la cuestión que el que lo motivaba. Recibí respuesta, claro, en menos de 140 caracteres: “Juan, creo que muchas veces se habla de esta historia sin conocerla de verdad. Y se generaliza demasiado. Saludo”.

Llegados a ese punto, me pareció que debatir en formato telegrama resultaba un poco espeso, así que me esforcé en buscar el correo electrónico del conocido autor y le puse unas líneas:

“Estimado X: Lejos de mí la intención de agredir a los autores implicados. Seguro que hay excepciones, y matices, y anécdotas. Pero precisamente el pensamiento avanza porque somos capaces de elevar la anécdota a categoría. El Premio Planeta está trufado de irregularidades de las que el propio Lara alardea. Y en todo caso a mí no me preocupa el premio, sino el eco mediático que recibe –completamente desmesurado- y el juego trucado con el que se simultanea la búsqueda del máximo beneficio y la exigencia de la máxima protección estatal. Un tema fascinante, en todo caso. Mea culpa: no te he leído, pero prometo remediarlo.”

Obtuve educada respuesta, que edito ligeramente para respetar al máximo la privacidad del autor:

“Juan, ya lo sé, tu artículo era totalmente respetuoso en lo que a los autores se refiere. En cuanto a las irregularidades del Premio, yo sólo puedo certificar mi caso concreto. […] En cuanto al juego mediático, creo que es fácil de entender cuando es el premio de Novela (sic) mejor dotado en lengua castellana, y también en atención a sus más de sesenta ediciones. Ningún periodista asiste a punta de pistola, sino porque el fallo suscita interés, y está además concebido como un excelente espectáculo (sic de nuevo). La existencia del Planeta no perjudica a nadie, y el dinero del premio sale de las arcas de una empresa privada. El dinero que mueve, que es mucho, beneficia a la editorial, pero también a autores y a libreros. Los anuncios de las novelas ganadoras suponen ingresos para distintos medios, y todo lo que rodea a la gira representa ingresos para otros sectores. Entiendo que a ti no te guste esa maquinaria, pero no veo cómo puede hacer daño a alguien el que exista. Hablas de “protección estatal”, pero no existe ninguna que sea exclusiva del Premio. Hay algo en lo que me gustaría que pensases: hay en España miles de personas que el único libro que compran al año es el ganador del Planeta. Posiblemente, si no existiese el Premio no comprarían ninguno. Gracias a la editorial en muchas, muchísimas casas españolas hay ejemplares de Vargas Llosa, de Cela, de Millás, de Álvaro Pombo… Quizá el que los compró no los lea, pero un día alguien lo hará. Sólo por eso, Juan, creo que hay que estar satisfechos del indudable papel que ha jugado el Planeta en el mundo de la lectura en España. Te mando un abrazo, y hasta cuando quieras”.

Nuestro intercambio siguió, pero lo importante ya estaba escrito por ambas partes y no les quiero aburrir con menudencias.

Vivir de falacias

Transcribo los comentarios de este autor porque en él aparecen perfectamente reflejados los tres argumentos básicos en los que se sustentan las falacias del Planeta.

Primero: Es un premio surgido de la iniciativa privada, así que cada uno hace en su chiringuito lo que quiere, máxime cuando produce beneficios que se reparten entre muchos.

Segundo: Hay premios Planeta buenos y malos y los primeros hacen mucho bien a la comunidad lectora.

Tercero: Gracias a la enorme promoción de los premios Planeta, en muchos hogares han entrado libros.

Estos mismos argumentos los llevamos oyendo edición tras edición, sustentados en el viejo principio de que una mentira mil veces repetida termina convirtiéndose en verdad. No es cierto, naturalmente: una mentira mil veces repetida termina convirtiéndose en mil mentiras, las diga el presidente de Planeta o cualquiera de sus acólitos.

El Premio Planeta es una iniciativa privada dentro de un sector extremadamente regulado. Ya he escrito sobre esto, pero basta con observar la nómina de autoridades de primerísimo nivel que asisten a su entrega para darse cuenta de la dimensión pública que tiene. O, si quieren mirarlo de otro modo, echen un ojo a las ayudas públicas de que disfrutan las empresas del Grupo y verán que no es del todo fácil deslindar en su actividad lo público de lo privado. (En este excelente artículo, que concluye con una bibliografía contundente, pueden ustedes ver a qué me refiero).

En segundo lugar, aunque todos los libros publicados bajo los auspicios del premio fueran obras maestras, seguiría estando contaminado por sus trampas y sus falacias. Pero ni siquiera es así: incluso los nombres rimbombantes que pueblan su nómina entregaron al Planeta sus obras más infames, en un acto más o menos inconsciente de su opinión sobre el premio.

Por último, que en algunos hogares españoles la biblioteca básica esté sustentada en los libros editados bajo el sello del Premio Planeta, me hace temer lo peor sobre las posibilidades de desarrollo intelectual de estas familias. Como he tenido ocasión de reiterar en muchas ocasiones, leer es un verbo transitivo: contra lo que muchos se empeñan en hacernos creer, la lectura en sí misma no proporciona sabiduría. Si así fuera, el millón largo de lectores diarios del Marca serían candidatos al Nobel.

Un año más

Pero un año más reitero que lo que me llena de estupor es la cobertura mediática, entusiasta y acrítica con que se rodea tanta desvergüenza. Me sorprende, porque muchos de los medios que hacen la ola a esta lamentable parafernalia están muy enfadados con nuestros políticos, con el gobierno y con el mundo entero porque falta honestidad y decencia. Y porque nadie dimite. Y porque nadie está en el cárcel.

Los mismos medios que despotrican cada día contra un sistema que necesita una regeneración ética adulan durante tres días al año a la empresa convocante –casualmente durante los tres días en que sus redactores pasean por Barcelona a expensas de su presupuesto de marketing-, publican con letras de molde sus declaraciones aun a sabiendas de que se trata de torpes obviedades y omiten la evidencia de una mentira institucionalizada bajo el argumento incontestable de que “es el premio mejor dotado en lengua castellana y está concebido como un excelente espectáculo”. Argumentos ambos harto peligrosos cuando estamos hablando de decencia y honorabilidad.

Escribo este artículo sin saber quién ha ganado este año. Aunque fuera el mismísimo Cervantes con la segunda parte de El Quijote todo cuanto antecede lo volvería a suscribir. Y, a menos que se rindan, lo seguiré suscribiendo.

Las limitaciones del big data

Tengo a Spotify por una de las más grandes aportaciones que el mundo digital ha hecho a nuestra calidad de vida. Cuando nació, hace ya un buen puñado de años, surgieron de inmediato los profesionales del lamento manriqueño –aquellos para los que, siempre, cualquier tiempo pasado fue mejor-, sosteniendo argumentos que oscilaban entre la calidad del sonido –donde esté un buen vinilo…-, las limitaciones del catálogo –los grandes nunca van a aceptar esto- o el quebranto a la industria. (Este último argumento del quebranto fue sobre todo impulsado por la propia industria, con autores y artistas a la cabeza, ese colectivo de endiosados autocomplacientes que jamás, ni antes ni después, han tenido una palabra de autocrítica hacia el obsceno modelo sobre el que han estado instalados).

Spotify triunfó pronto porque tecnológicamente es impecable y porque comercialmente es muy sensato. Para el gran consumidor de música, como puede ser mi caso, las ventajas están fuera de toda duda: consumo al mes en esta faceta cultural diez veces menos de lo que gastaba antes y tengo a mi alcance una oferta infinitamente superior. Hasta Jorge Manrique hubiera tenido que reconocer que, al menos en esto, estaba equivocado.

Pero Spotify es algo más que un enorme almacén de música. Como todas las grandes plataformas digitales, se vale del big data para cumplir una función de prescripción que permite a cada cliente encontrar con facilidad aquella música que más se acerca a sus intereses y a sus gustos. Uno puede organizarse sus propias listas en función de sus apetencias, o compartir listas con otros, dentro de esa filosofía colaborativa tan propia de nuestro tiempo. Uno puede buscar lo que quiera, y escucharse un disco entero, o la obra completa de un autor. Pero también puede dejarse llevar por las recomendaciones de Spotify y sorprenderse por la calidad del algoritmo que establece, en función de lo que has escuchado hasta entonces, qué es lo que te apetecería seguir escuchando, qué novedades han surgido dentro de tus gustos o qué ocultos tesoros te pueden fascinar y sobre cuya existencia no tenías ni idea.

El último invento de Spotify se llama Tu Cápsula del Tiempo, “una playlista personalizada para ti con temas que te transportan al pasado”, según dice su propia definición en la neolengua del presente. La idea consiste no en recomendar cosas nuevas sino en proporcionar al cliente un listado básico de aquellos temas que han marcado su biografía. Cabría pensar que, para definir lo que a uno más le ha gustado a lo largo de su vida, sería suficiente con echar mano de la memoria. Pero la memoria es fallida y traicionera, sobre todo a partir de determinada edad y en cambio el algoritmo, que carece de emociones y de intereses personales, te enfrenta a la realidad de lo que musicalmente has sido, proporcionándote sorpresas impensables.

Me enfrenté por esto a mi personal “cápsula del tiempo” con una curiosidad malsana y cierta aprensión. Es verdad, además, que, en mi caso, la distorsión es inevitable: Spotify nació cuando yo ya tenía cincuenta años, de modo que, por mucho que sus algoritmos hayan querido esforzarse, carecen de información suficiente sobre la evolución de mis gustos musicales a lo largo de mi vida: basta con suponer que ha sido capaz de estudiar los actuales, que son muchos y variados.

Pues bien, sobre esta base Spotify considera que mi canción favorita, la número uno indiscutible de mi sensibilidad melómana, es el First We Take Manhattan, de Leonard Cohen. Puedo estar de acuerdo con el algoritmo, como puedo estar de acuerdo en el número dos, el Like a Rolling Stone, de Dylan.

Entre los diez primeros temas de mi cápsula aparecen otro par de veces tanto Cohen como Dylan, compartiendo con Tom Jobim el pódium de autores favoritos, toda vez que el gran autor brasileño coloca su Desafinado y sus Aguas de Março, en las extraordinarias versiones respectivas que grabó con Joâo Gilberto y con Elis Regina. No podía faltar el Born to Run de Springsteen en este primer puñado de elegidos, antes de entrar en terrenos algo menos trillados.

Por ejemplo, Norah Jones se cuela en los primeros puestos de la lista, pese a no tener yo mucha conciencia de mi interés explícito por esta artista. Sí tiene más sentido la presencia de Edith Piaf, y el excelente Azzurro de Celentano (aunque yo creía que mi preferencia se inclinaba por la versión original de Paolo Conte). Viene pronto Miles Davis –no podía faltar-, y la gran Nancy Sinatra, cuyo genio ha quedado opacado en la memoria de todos por la sombra de su padre.

Me extraña que haya que esperar hasta el puesto vigésimo primero para que aparezca Johan Sebastian Bach con un aria de su Pasión según san Mateo y me extraña mucho más que no aparezca reseñado Haendel, cuando desde hace muchos años es, con diferencia, mi autor de cabecera.

Por ahí están también, con más o menos relevancia, Tom Waits, y Silvio Rodríguez, y Serrat –con su Elegía y no con Mediterráneo, el algoritmo sabrá por qué-, y luego vienen Puccini, y McCoy Turner, y Amalia Rodrígues con un fado tristísimo, y Lole y Manuel naturalmente, y Alfredo Zitarrosa, con su Milonga para una niña.

Todo razonable, salvo, ya digo, la ausencia del gran Haendel, si no fuera por dos piezas que me han dejado literalmente boquiabierto. En el tercer puesto de la lista, nada menos que como medalla de bronce, Spotify sostiene que me gusta y que he escuchado mucho a Alberto Cortez y su No soy de aquí. Lo niego. Ni el cantante ni el tema me interesan lo más mínimo: su cursilería, su ñoñez insoportable, su aire de perdonavidas, su traición a la verdadera esencia del tango y la milonga, hacen de este cantante argentino uno de los personajes que menos he soportado nunca en el panorama musical. Pero es que en el puesto treinta y uno aparece nada menos que Julio Iglesias con su versión babosa y deleznable -como él mismo- del A media luz, que no creo haber escuchado nunca por mi propia voluntad, más allá de alguna consulta de dentista, algún taxi desinformado o algún fogonazo televisivo.

Que el algoritmo de Sptotify considere que en mi biografía musical Julio Iglesas y Alberto Cortez tienen la más mínima cabida me hace pensar que aún hay mucho que avanzar en el terreno del big data y desde aquí lanzo un llamamiento a los expertos en la materia para que se esfuercen algo más en un territorio al que, como queda demostrado, aún le queda mucho por explorar.

Vejez

Cuando sea viejo y no me queden ganas
de seguir labrándome un futuro; cuando
haya zanjado deudas y olvidado nombres
de enemigos y amantes; cuando me preocupe
solo de que el riego del jardín no se atore
y del cumpleaños de mis nietos (táchese
si no procediese); cuando me limite
a tomar una copa de vino mirando
la montaña y el cauce del nevero; cuando
en definitiva queden solo los títulos
de crédito pero me empeñe en querer verlos…,
al fin habré aprendido, o al menos lo espero,
a estar, puramente, sin aspavientos vanos.

Un poeta contra la independencia

Acaba de cumplirse un siglo del nacimiento de Aimé Césaire. Martinica, la isla caribe en la que vino al mundo, formaba parte del sólido entramado colonial francés que representaba, por aquel entonces, el 8,4% del territorio habitado del planeta.

El colonialismo de nuestros vecinos, fiel a la visión política de la Revolución de 1789, era brutalmente centralista en su organización administrativa, culturalmente uniformador e inevitablemente paternalista. En ese contexto, Césaire nació siendo, en cierto modo, un privilegiado. Perteneciente por raza al escalón más débil de la masa social de Martinica, era sin embargo nieto del primer profesor negro de la isla. Su padre era también profesor y su madre, una costurera que sabía leer y que jugó un papel importante en la alfabetización de las mujeres.

De los seis hijos del profesor Césaire, Aimé es el único que consigue una beca para estudiar en París, donde llega con dieciocho años. En la capital de la metrópoli estudia primero en el Liceo Louis-le-Grand para pasar después a la selecta Escuela Normal Superior, donde se forma la flor y nata de la clase dirigente francesa. En esos años encuentra dos compañeros que serán esenciales en su devenir: el senegalés Léopold Sédar Senghor y el guayanés Léon Damas. Los tres nombres quedarán para siempre unidos en la creación de un concepto esencial para el desarrollo del pensamiento político y cultural del siglo XX: la negritud.

Más que un programa político

La negritud, por decirlo con simpleza wikipédica, es la culminación de la toma de conciencia de los negros asentados en territorios dominados por los blancos y, más específicamente, por los europeos. Pero se trata de una toma de conciencia que va más allá de la liberación de la esclavitud o del puro dominio político y económico. La negritud implica también la liberación cultural, la recuperación de las señas de identidad específicas de las diferentes culturas africanas arrasadas, el descubrimiento, por parte de los ciudadanos negros de las colonias, de nuevos modelos, de modos propios de crear, de pensar, de avanzar, de construir el futuro.

El movimiento puesto en marcha por Césaire, Senghor y Damas cuajó porque en el caldo de cultivo de los años treinta había ya un serio debate en el pensamiento europeo más progresista sobre el sentido del colonialismo. El marxismo jugó un papel determinante en esta reflexión, lo que no deja de ser paradójico, puesto que su triunfo reciente en Rusia iba a servir para construir una nueva forma de explotación de los pueblos tanto o más opresora, pero lo cierto es que, al menos en Francia, el discurso de Marx, a través de Sartre y de algunos otros pensadores del momento, ayudó a los jóvenes estudiantes negros parisinos a dar forma a su teoría.

Eran tiempos también de vanguardias y no conviene olvidar que nuestros tres protagonistas eran, tanto o más que activistas, poetas. La condición de poeta y revolucionario es bastante frecuente -Neruda, Cardenal, Alberti, Maiakovski-, así que no hay de qué extrañarse. Lo extraño es que a la larga la combinación funcione, porque lo usual es que los poetas sean unos pésimos políticos o que su búsqueda de las esencias termine alejándolos de la realpolitik de sus camaradas. Los poetas políticos suelen acabar mal y recuerden, por no irnos muy lejos, el último poeta español que se sentó en el Consejo de Ministros. No es esto así en los casos que nos ocupan.

Marxismo, surrealismo, una buena formación intelectual y una formidable red de contactos y apoyos convirtieron a Césaire, todavía muy joven, en uno de los líderes destacados de la oposición colonialista en Martinica. No solo porque tenía un discurso sólido contra el dominio colonial, sino porque también había articulado un consistente relato en favor del nuevo tiempo que los antiguos esclavos, dueños de su destino, estaban en condiciones de construir. La obra poética de Césaire -una de las más fascinantes escritas en lengua francesa durante el siglo XX- había arrancado ya con el inmenso poema Cuaderno de un retorno al país natal y su relevancia y modernidad habían sido saludadas por André Breton como una de las más audaces novedades de la joven poesía francesa.

Rechazo a la independencia

Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, el destino de Aimé Césaire parecía ya escrito. Se afilia al Partido Comunista precisamente en 1945 y forma parte del conglomerado de líderes en todos los países de la francofonía que lucha denodadamente por acabar con el dominio colonial. Son años duros, terribles, para países como Vietnam, Camerún, Argelia, Marruecos, que avanzan de manera imparable hacia su independencia. O como Senegal, donde su amigo Sédar Senghor encabeza el enfrentamiento con el implacable De Gaulle. Todo el mundo espera que Césaire, alcalde ya de la capital de la Martinica y con un escaño recién alcanzado en la Asamblea Nacional francesa, rompa con la metrópoli y declare la independencia.

No solo no lo hace sino que hace todo lo contrario: negocia con el gobierno francés una vieja reivindicación de algunos líderes criollos del XIX: el estatuto de departamento para la isla, es decir su transformación en una pieza más del territorio francés, al mismo nivel administrativo, para entendernos, que París, con su mismo estatus, con sus mismos derechos e incluso con más dinero, habida cuenta de sus componentes de insularidad y extraterritorialidad. La petición es insólita y atrevida porque supone exigir ciudadanía de pleno derecho para quienes hasta ese momento han sido súbditos de tercera división, pero De Gaulle se lo concede como se lo concede a Guayana, Guadalupe y Réunion, en un momento en el que necesita presentarse ante los franceses con algo más que un montón de fracasos coloniales.

Entre su amigo Senghor y él se abre un abismo. Para el que pronto será flamante presidente de un Senegal libre, la negritud solo puede plasmarse en oposición a Europa, abriendo un frente nítido contra los valores y la cultura de los opresores. Césaire en cambio piensa que ya no hay división posible, que las culturas se han entremezclado inexorablemente y que lo que ahora deben hacer los territorios explotados es recuperarse del expolio exigiendo a la metrópoli la devolución de cuanto se han llevado. Césaire tiene las ideas muy claras: una Martinica independiente es inviable porque carece de recursos propios suficientes y se encuentra sembrada de una inextricable red de corruptelas, ineficiencias y mala administración. Una Martinica independiente -por más que él estaba llamado a ser su presidente- estaría condenada a ser uno más de los pobres países del continente americano, un reducto del Caribe tan pintoresco como miserable, al modo de Haití. Martinica, piensa Césaire, necesita desarrollo y ese desarrollo debe pagarlo quien se lo arrebató: no hay mejor modo de cobrárselo que formando parte de él.

Fruto de este discurso insólito y atrevido, a contracorriente del pensamiento dominante, estos departamentos franceses de ultramar son hoy territorios de la Unión Europea en el continente americano, espacios ampliamente desarrollados en un entorno de calamidades y carencias, lugares donde el encuentro de culturas va más allá del folclorismo y donde la inversión tecnológica e industrial se mide en tasas europeas.

Aimé Césaire mantuvo la alcaldía de Fort-de-France y su escaño en París hasta pocos años antes de su muerte en 2008, lo que algo dice de la consideración política que le tuvieron sus conciudadanos. En el campo internacional, es un poeta conocido y ponderado. Sin embargo, la lucidez política que le hizo abandonar las posiciones independentistas de su juventud nunca ha sido reconocida como se merece.

(Este artículo apareció publicado por primera vez en el diario Vozpópuli el 3 de enero de 2014)

Cobardía de baja intensidad

El joven dramaturgo dedicó los días previos a la ceremonia a cincelar su discurso. No era la primera vez que tenía que recoger un premio literario, pero este era el más relevante de su carrera y el primero que obtenía como escritor teatral. El certamen en el que había resultado ganador era uno de los más importantes de España y estaba convocado por una entidad financiera con sede en una de las capitales vascas.

Para el joven dramaturgo también esto era una novedad. Como poeta y como narrador había ganado premios en distintas localidades de Andalucía, en las dos Castillas, en Madrid, pero nunca en el País Vasco, y menos en aquella ciudad tan exquisita. La conocía, por supuesto, la conocía muy bien, y tenía en ella buenos amigos que asistirían a la ceremonia para que se sintiera arropado. Pero al joven dramaturgo no dejaba de producirle una rara aprensión la paradoja de un territorio en el que todo el mundo parecía desenvolverse con naturalidad y desenvoltura mientras que unos cuantos asesinos, respaldados por sus fanáticos seguidores, descerrajaban tiros y secuestraban ciudadanos con la misma naturalidad con la que el barrio viejo de aquella capital se tomaban chiquitos.

Las veces que el joven dramaturgo había viajado a aquella ciudad y a sus alrededores, unas veces por motivos profesionales, otras por ocio o por turismo, siempre había encontrado entre sus interlocutores un muro de silencio respecto a las acciones de aquellos asesinos. No estaba bien hablar de ello, era como de mal gusto, como de pésima educación. Se hablaba de política, sí, y se criticaba al gobierno –sobre todo al gobierno de la nación- y todo el mundo se quejaba de lo mal que iban las cosas. Pero de los asesinos no se hablaba.

Pocos meses antes de que el joven dramaturgo acudiera a recoger su premio, los asesinos habían declarado una tregua. Se comprometieron a dejar de matar durante una temporada, con el fin de demostrar su buena disposición hacia la concordia, hacia aquella concordia que ellos mismos habían laminado. Aquel anuncio fue acogido por las autoridades y por los medios con grandes alharacas, con mucha celebración, con sonadas expresiones de que la paz estaba cerca. (Alguien que hubiera visto aquello desde fuera, no lo habría entendido bien: qué paz, si no había ninguna guerra; por qué se aplaudía a los asesinos en vez de detenerlos… Pero este es otro asunto en el que ahora no vamos a meternos).

Y es cierto que los asesinos dejaron de matar, pero sus seguidores más jóvenes, aquellos que aspiraban a ser como ellos cuando llegaran a mayores, se dieron –impulsados por los mismos asesinos- a emularlos en las calles de un modo extremo pero también siniestro: quema de coches, vuelcos de autobuses, rotura de escaparates, destrozo de mobiliario urbano… Es lo que se vino a llamar “terrorismo de baja intensidad”, y los medios ponían el acento en la palabra “baja”, eludiendo casi del todo la relevancia del sustantivo. Había terror, sí, pero no había cadáveres, así que todo el mundo estaba tan contento, casi eufórico.

También el joven dramaturgo, que se dejaba llevar por el discurso oficial y generalizado. Así que, cuando preparó el suyo, pensó que aquel nuevo clima era idóneo para pronunciar unas palabras emotivas, cívicas, relativamente valientes y conmovedoras, con las que invitar a todos a reunirse en el concierto ciudadano. La obra con la que el joven dramaturgo había ganado el certamen era un drama político, fuertemente comprometido e incluso un punto polémico, de modo que se sentía perfectamente legitimado para introducir en su discurso un leve encaje con la actualidad. Leve, desde luego, y bien inoculado de ironía, porque bien sabía el joven dramaturgo que el mejor modo de no correr riesgos es meter distanciamiento irónico en cualquier toma de posición.

Le quedó muy bonito el texto, que retocó en el avión y volvió a retocar en el hotel, por la noche, y en la mañana misma del acto, mientras desayunaba. Vinieron por fin a recogerlo. Lo acompañaron –maravillosa mañana de primavera, caminando por el paseo marítimo, junto a una de las playas más hermosas del mundo- hasta las instalaciones municipales donde se celebraba el acto. Pasaron al joven dramaturgo a una salita donde se encontraban otros galardonados: el de poesía en castellano, el de poesía en euskera, el de teatro en euskera…, puede que alguno más que él no acertó a ver, porque el joven dramaturgo solo estaba para sí mismo y su discurso.

Una persona de la organización les pidió que esperaran. Al cabo de unos minutos, llegó alguien importante, alguien de la entidad financiera que sostenía aquella juerga. Los saludó muy amablemente, les explicó cómo iba a transcurrir aquello, les describió el protocolo básico, y finalmente, tras una pausa medida, con un tono muy tajante y mirando a cada uno a los ojos, dijo algo parecido a lo siguiente:

-Mirad. Por último os quiero decir lo más importante. No es necesario que soltéis ningún discurso. Nos os lo vamos a prohibir, naturalmente, pero os aconsejamos que no lo hagáis. Es un acto muy largo, donde va a hablar mucha gente, y vosotros sois muchos, así que es mejor que no habléis. Cuando se os nombre, subís, saludáis, recogéis el premio y, en el atril, ante el micrófono, dais las gracias y os volvéis a vuestro sitio… Si alguien quiere decir algo más… no podemos impedírselo, pero es mejor que no.

El joven dramaturgo tenía su papel en el bolsillo de la americana, y la mano en el bolsillo. El texto hervía, le saltaban las letras entre los dedos y las palabras bailoteaban. El hombre calló, y de nuevo los miró uno a uno, a los ojos, inquiriendo dudas o demandas. Nadie dijo nada.

El acto empezó. Habló el alcalde, habló el presidente de la entidad financiera, habló alguien más, seguramente, porque en efecto, el acto era interminable. Cuando el joven dramaturgo escuchó al fin su nombre y la invitación a subir al estrado, aún no sabía qué hacer. Con el papel pesándole en el bolsillo como una bola de acero, recibió el trofeo, estrechó manos, se dirigió al micrófono, dijo con voz firme “muchas gracias” y regresó a su sitio.

 

Cuando el fútbol era un deporte

Darle patadas a una pelota es actividad que se remonta a los comienzos de la civilización. Sobre la base de algún antecedente más o menos pintoresco, cualquier nación actual puede intentar hacerse con la paternidad del fútbol moderno, pero lo cierto es que fueron los británicos, a lo largo del siglo diecinueve, los que de verdad hicieron el trabajo y lo culminaron brillantemente.

Los antecedentes los habían puesto en las islas británicas las legiones romanas de Julio César y durante toda la edad media y la edad moderna el pueblo llano se había distraído con variedades bastante bruscas del golpeo de pelotas y adversarios. Cómo sería la cosa que, en tiempos tan broncos como aquellos, hubo intentos incluso de prohibir estos juegos, pero sin éxito.

Jugar entre varios con un objeto esférico golpeado con los pies tiene varias ventajas: es una forma barata de ocio, es una manera fácil de hacer ejercicio, muy necesario para quien no lo practica en su vida ordinaria, y es un buen modo de fomentar la camaradería. Estas ventajas las tuvieron tan claras en las escuelas secundarias y en los colleges británicos que todos ellos terminaron por desarrollar fórmulas propias de practicar este deporte.

Fútbol asociación

Al principio hubo tantos tipos de fútbol como escuelas. El desarrollo industrial vino en ayuda de su unificación porque el ferrocarril acortó las distancias y permitió que las diferentes escuelas pudieran competir. Esto era esencial para impulsar el factor de identificación del grupo, así que todas lo fomentaron. Pero durante un tiempo la situación era tan absurda que, cuando dos equipos se retaban, tenían que echar largas horas de negociación para determinar las reglas de cada partido.

Hay una fecha esencial. Entre el 26 de octubre y el 8 de diciembre de 1863 se realizaron seis reuniones en la Taberna Freemason’s a la que asistieron doce clubes de distintas escuelas de Londres. Se trataba de fijar unas reglas definitivas y de crear un órgano que regulara su cumplimiento. El acuerdo se alcanzó y se creó la Football Association –término que le diferenciaba de otros formatos en vigor-, aunque la prohibición expresa de los placajes y algunos otros detalles hicieron que uno de los clubes abandonara para impulsar la Rugby Football Union, el máximo órgano del rugby inglés. Desde entonces, esta escisión ha pesado para siempre en la dicotomía de “un deporte de caballeros practicado por salvajes y un deporte de salvajes practicado por caballeros”. Adivinen cuál es cuál y desde qué lado se pronunció la frase.

Hay que entender algo para poder seguir. En el fútbol inventado por los escolares británicos victorianos ganar no era lo importante: lo importante era cohesionar el grupo y practicar el fair play, los dos valores esenciales sobre los que los ingleses terminaron por construir un imperio. Obsérvese lo que decía al respecto un diplomático español de la época (entendiendo a este respecto que “español” y “época” son dos términos que producen bastante melancolía):

El deporte representa en Inglaterra el más avanzado y eficaz de los métodos pedagógicos. Veamos cómo en un partido de foot-ball, pongamos por caso, se advierte a los jugadores que en el equipo, lo mismo que en la vida, lo que menos interesa son los alardes individuales, el exhibicionismo fanfarrón, incluso cuando sea fruto de excelentes cualidades futbolísticas. Lo que hace falta, lo mismo en el deporte que en la vida pública, es el espíritu de equipo, de colaboración, sacrificando la brillantez personal a la eficacia colectiva.

Esta férrea voluntad de fair play se reflejó desde el primer momento en las reglas, pensadas por lo general no para hacer el juego más vistoso ni para conseguir más goles (de hecho, los marcadores eran ridículamente bajos en los inicios del fútbol) sino para garantizar la limpieza del juego, la igualdad de oportunidades y la cohesión del grupo.

El fuera de juego

El caso de la regla del fuera de juego es especialmente clarificador. El fuera de juego se creó para evitar que nadie se colocara en la portería contraria descaradamente y esperara allí sin esfuerzo la llegada del balón. Era una medida pensada para evitar la trampa y el escaqueo. En una primera formulación, la regla exigía que, cuando un jugador estuviera en posesión de la pelota, ninguno de sus compañeros pudiera posicionarse por delante de esta. Ello obligaba a pasar el balón únicamente hacia atrás y dificultaba hasta extremos absurdos la llegada a la portería contraria. De modo que, pronto, el organismo regulador del Football Association cambió la regla para dejarla en que el fuera de juego se comete cuando entre el último jugador sin balón y la portería contraria hay menos de tres jugadores del equipo que defiende. Esta regla, que luego redujo a dos el número de jugadores y como tal se ha mantenido hasta la actualidad, define la esencia del fútbol tal y como hoy lo conocemos, porque es la que permite que los jugadores se interrelacionen en el campo con una mezcla fascinante de fuerza y de pericia.

Una vez convertido el fútbol en el fenómeno de masas que llegó a ser a lo largo del siglo XX, los británicos han sido poca cosa en el escalafón mundial, entre otras razones por su admirable empeño de mantener independientes las cuatro federaciones correspondientes a las naciones integradas en el Reino Unido. Solo Inglaterra tiene un cierto nivel y su liga y sus clubes se codean con lo mejorcito de la Europa continental. Como selección, Inglaterra tuvo su momento de gloria en 1966 cuando ganó su propio Mundial con un fútbol ejemplarizante de las lecciones fundacionales sobre las que había creado este espléndido juego.

Después vinieron los Havelange, los Villar, los Florentinos y toda esa caterva interminable que ha hecho del fútbol un lamentable espectáculo de egolatría y despilfarro y que ha conseguido convertirme en un exaficionado. Pero eso ya es otra historia.

(Una versión algo diferente de este artículo fue publicada en el diario Vozpopuli el 20 de junio de 2014)

 

Nota sobre “El joven papa”

Uno se enfrenta a El joven papa con una mezcla de fascinación y reticencia, y esa intersección de sentimientos se mantiene durante los diez capítulos de la serie hasta que se alcanza a entender de qué va la cosa.

En un primer momento asombra que este producto peculiar de la HBO no haya provocado ningún tipo de escándalo, ni condena, ni rechazo por parte de la muy sensible Iglesia Católica. El Vaticano, y sus representantes en el resto de la Tierra, suelen tomarse muy a mal las críticas que se les hacen, y al amparo del respeto que al parecer merecen las creencias religiosas –particularmente las suyas- tienen una facilidad pasmosa para descalificar a cualquiera que se permita acusar a alguno de sus miembros de cualquier menudencia. No digamos nada del intento de someter a escrutinio público a su primer ejecutivo, que, amparado en su condición de vicario de Cristo, elude con una soltura inimitable el juicio político que le correspondería en su condición de Jefe de un Estado pequeño pero influyente.

Pues esta vez no. Esta vez la Iglesia no se ha rasgado la sotana ante una ficción que en su arranque resulta directamente blasfema, en la medida en que parece una permanente “expresión injuriosa contra alguien o algo sagrado”, por ceñirnos a la estricta, aunque floja, definición de la RAE.

No sé si están ustedes al corriente de la trama, que les resumo en dos patadas evitando en la medida de lo posible incurrir en pecado de espóiler.

Un papa excéntrico

Como consecuencia de esas carambolas que al parecer ocurren en los cónclaves, los cardenales han elegido papa, de forma sorpresiva, a un cardenal muy joven (no ha cumplido aún los cincuenta), norteamericano, fumador y excéntrico, que se sienta en la silla de Pedro con el nombre de Pío XIII, y de tal guisa nos lo encontramos cuando la serie comienza.

Para que quede claro de qué va el personaje, los créditos se presentan en una secuencia en la que el joven papa pasea por los pasillos vaticanos de forma muy desenvuelta hasta que en un punto derriba la estatua, sobrecargada y tétrica, de san Juan Pablo II: toda una declaración de intenciones.

En efecto, el tal Pio XIII es la antítesis de sus supuestos antecesores. Es frívolo y dogmático, misántropo y egoísta, autoritario y ciclotímico. Un hombre cargado de traumas infantiles, que proyecta en sus decisiones las carencias emocionales de una maduración mal resuelta.

Es además, medio ateo, es decir, en unos capítulos cree en Dios pero en otros lo pone en duda y en algunos manifiestamente expresa su incredulidad absoluta.

Y la Iglesia, sin reclamar la hoguera para semejante serie. ¿Dónde está la trampa?

La trampa Sorrentino

La trampa está en la habilidad del director, Paolo Sorrentino, para hacer malabarismos y salir indemne.

Sorrentino es un extraordinario director. No he visto ninguna de sus películas, ni siquiera La gran belleza, que se me atragantó de tanto aplauso previo, pero en El joven papa demuestra que tiene una capacidad hipnótica para captar imágenes y unas prodigiosas facultades para hilvanarlas con un hilo narrativo magistral. Sorrentino sabe hacerse con el espectador, sabe llevárselo a su terreno y fascinarlo. Sorrentino aporta –una vez que se le perdona cierta querencia a la cursilería- una nueva forma de narrar, eficaz y sorprendente.

Es, además, provocador. Sabe epatar cuando es preciso, arranca una sonrisa en los momentos tensos, crea tensión cuando no se espera.

Dirige a los actores extraordinariamente. (Que Dios me perdone lo que voy a escribir, pero hasta Javier Cámara me parece bueno).

Y la belleza de las imágenes, el tratamiento de la luz, la exactitud de los encuadres asombran por su calidad.

Una macedonia mal resuelta

Y todas estas virtudes, ¿para qué?

Pues para marcarse una presunta reflexión sobre el poder, sobre la trascendencia, sobre el perdón y la misericordia, sobre el pecado y la culpa, sobre el amor y la venganza, sobre el ser y la nada, que termina por convertirse en una macedonia mal resuelta de presuntas reflexiones profundas que no llevan a ninguna parte.

A mí, qué quieren que les diga, el guion de El joven papa me ha parecido escrito por Rodríguez Zapatero: un aluvión de buenismo infestado de frases huecas pretendidamente profundas.

Anoté algunas al vuelo: “Amo a Dios y a la ausencia de Dios, pero siempre de forma firme y decidida”. “El poder es una banalidad pero hay que ejercelo”. “La ficción nos cambia”. “Los que creen en Dios no creen en nada”.

Y así a lo largo de diez densos capítulos en los que no me quedó más remedio que descabezar algún leve sueñecito.

(Espóiler) A todo esto, Pio XIII, a medida que la ficción avanza, va demostrando que es más bueno de lo que parecía y más creyente de lo que le gustaba decir, y termina haciendo milagros y siendo querido por todos, en medio de un vacío conceptual que ya quisieran para sí los más acendrados amantes del budismo zen.

Todo lo cual me ha llevado a entender por qué la Iglesia no ha rechistado, pese a los aparentes ataques al status quo que la serie anuncia en su inicio y que finalmente no resultan otra cosa que levísimos pellizcos de monja muy apropiados para el caso.

Al final, Pio XIII y Francisco I coinciden: formas nuevas para decir lo de siempre. Sorrentino juega a enfant terrible cuando en realidad añora a la Democracia Cristiana. Vaya por Dios.

Anuncian segunda temporada, con otro papa y otro enredo: como ya he pillado la trampa es posible que la vea. Pero sin sonido.