El enigma de la tumba de Joseph Brodsky

Tengo pasión por Joseph Brodsky. Inmenso poeta, admirable traductor, riguroso ensayista, fue más que todo eso: fue un hombre que se alimentaba de palabras y que con ellas construía su recorrido vital en busca de la verdad definitiva.

Se alimentaba, para ser exactos, de palabras y de cigarrillos.

Con una vida basculada, geográfica y sentimentalmente, entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, la relación de Brosdsky con Venecia fue muy extraña. Llegó a la ciudad en una Navidad cualquiera, cuando ya vivía exilado en Nueva York, invitado por un improbable amigo. Aquella visita resultó fallida y desagradable pero la ciudad lo fascinó de tal modo que viajó a ella las diecisiete navidades siguientes, sin perder una. Nunca conoció Venecia con calor, ni siquiera, creo, con esa luz incierta de primavera nueva que la hace tan hermosa.

Nunca vivió en Venecia: fue apenas un visitante, poco más que un turista.

Fruto de aquellos diecisiete años de extraña indagación en las arterias venecianas es el libro Marca de agua, un prodigioso ensayo, brevísimo y condensado, en el que, bajo el influjo de la ciudad de los canales, y usándola de pretexto, Brodsky despliega su visión de la vida y del arte, su ética y su estética, para él sinónimos.

Cuando, con poco más de cincuenta años, su corazón reventó en Nueva York, tal y como había predicho que ocurriría, pidió ser enterrado en Venecia, en el cementerio de la isla de San Michelle, ese capricho napoleónico que añade a la ciudad uno más de sus fascinantes rincones.

Bolígrafos o cigarrillos

Cuando hace unos meses visité el territorio mágico de Vivaldi, incluí San Michelle en mi ruta. Siempre visito los cementerios de las ciudades por las que paso, porque la arquitectura y el urbanismo funerarios son un buen reflejo de la sociedad en la que se insertan, de su visión del arte y de la vida, de su manera de ser. Pero además, en este caso, estaban Brodsky y Ezra Pound y suelo acercarme a las tumbas de los buenos escritores por si consigo que me contagien algo de la calidad de su prosa.

No fui capaz de encontrar la tumba de Pound, pese a la existencia de algunos voluntariosos carteles. Lo sentí: el autor de los Cantos tiene una bien ganada mala fama por su fascismo irredento y su pésima cabeza, pero todos le debemos algún buen poema, una excelente labor crítica y, por encima de todo, el descubrimiento de Eliot, la cumbre poética del siglo XX. Me encomendé a su recuerdo.

Sí encontré, en cambio, la modesta tumba de Joseph Brodsky. Nada del otro mundo: austera pero cuidada, con textos en inglés y en ruso proporcionando la información escueta y necesaria: nombre, fechas, esas cosas.

Y al pie de la tumba, algo arrugados, con manchas de humedad y sucios, pero perfectamente reconocibles, un puñado de cigarrillos, depositados acaso por varias manos en distintos momentos pero todos con cuidado, con orden, de forma homogénea.

El tabaco, para Brosdsky, lo había sido todo. Había fumado incansable y compulsivamente y algo había tenido que ver con su prematura muerte, más allá de su congénita cardiopatía.

Todo hubiera quedado ahí, en esa curiosa anécdota, de no ser porque días después, indagando en las hemerotecas al hilo de la visita, me encontré con este artículo de Jorge Carrión. En él, el escritor catalán rememora un viaje similar al mío y una visita a San Michelle parecida a la mía –él tampoco encontró la tumba de Pound-, pero cuando habla de la de Brodsky se refiere a ”la sepultura en la que algunos visitantes depositaron lápices y bolígrafos formando un ramillete de utensilios de escritorio”. La mención me dejó perplejo. Donde yo había visto cigarrillos, Carrión había visto bolígrafos. No podía ser, tenía que tratarse de un error de apreciación mío. Por fortuna, había sacado fotos: las comprobé, las amplié, las escruté con cuidado: eran cigarrillos, sin lugar a dudas.

¿Qué había sucedido? Solo hay dos posibilidades: o Carrión no percibió bien los objetos –me extrañaría, pero cabe pensarlo- o alguien, en algún momento, ha pegado el cambiazo y ha pensado que Brodsky se sentiría mejor con la compañía del tabaco.

¿Alguien tiene respuesta a este enigma?

 

Ha cerrado bez.es

Bez era un buen periódico y, además, sus dos directores son amigos míos. Así que nada puedo decir, sino que lo siento enormemente. Porque mezclar el análisis con la amistad no da buenos resultados.

Es además costumbre generalizada escribir, en estos casos, que el cierre de un periódico es siempre doloroso. Bueno, sí, de algún modo: como el cierre de una mercería o de una fábrica de churros. Cualquier cierre es siempre doloroso (despidos, pérdida de riqueza), pero a mí no me apenó nada la desaparición de El Alcázar, por ejemplo, y eso que trabajaba allí un buen amigo mío. Como siempre, cuidado con las generalizaciones.

Los motivos del cierre de bez los han explicado ellos mismos con lucidez y claridad: aún están ahí colgadas sus dos piezas de despedida, como toallas al sol, y sería una necedad repetirlas. Basta con ir a ellas.

Lo que pasa es que más allá de esta circunstancia concreta, conviene darle una pensada a lo que está pasando con los medios, fanés y descangayados casi todos ellos y con poca perspectiva de futuro.

Una bobada, claro, eso de que internet y las redes sociales están acabando con los periódicos. De acuerdo con esa lógica simplista, internet debería estar acabando también con los comercios, con los supermercados, con los lugares de ocio y esparcimiento físico, con las artes plásticas y visuales, con los restaurantes y hasta con el transporte por carretera: todo eso lo ha transformado, pero no solo no ha acabado con ello sino que lo ha potenciado.

También los periódicos. Internet ha terminado con un modelo de periodismo clásico pero ha abierto las puertas a otro que ya tiene algunos modelos exitosos nacidos gracias a la red.

Estamos en plena transición de un modelo a otro, y de ahí tanta convulsión y tanto lío. Pero a mí no me cabe duda de que una sociedad compleja como la nuestra necesita instrumentos y profesionales que nos informen, a los ciudadanos de a pie, de cuanto nos rodea. Y eso es periodismo.

No hay que darle muchas más vueltas: terminaremos dando con la fórmula (algunos ya están dando con ella).

Y lo único que conviene, siempre, en los fracasos, en cualquier fracaso, es ser muy autocrítico y preguntarse qué ha fallado. Puede que el entorno tenga mucha culpa, pero puede que dentro también haya alguna responsabilidad.

Y no lo digo por mis amigos Juan Zafra y Braulio Calleja, que saben analizar las cosas con rigor y extraerán las conclusiones oportunas para afrontar el próximo reto, sino por algún elemento que al rebufo del cierre de bez se puso a escribir tonterías. Y, lo que es peor, falsedades.

Así no hay manera de relanzar el periodismo.

Poetas andaluces de hace poco

En los primerísimos ochenta tuve la fortuna de ser galardonado en uno de los premios andaluces más renombrados de entonces y tal honor me dio pie para conocer y tratar en años sucesivos a un buen número de poetas de aquella región. Conocía bien el poema que Rafael Alberti había escrito en 1953 reclamando poetas andaluces de ahora y aquella inmersión me dio la tranquilidad de comprobar que la proclama de nuestro marinero en tierra había sido escuchada. Después, por esas cosas de la vida, he perdido contacto con todos ellos –y por eso los referiré en pasado, pese a seguir todos, por suerte, vivos y en activo-, pero conservo un buen recuerdo, alguna sabiduría y la convicción de que, siendo todos bien distintos en calidad y estilos, los unía, y seguramente los une, el rasgo común de su andalucismo.

Uno de los primeros que conocí fue el poeta cordobés Manuel de César, el más joven exponente del grupo Cántico, impulsor de un sinfín de iniciativas culturales y literarias en su comarca y cocreador del premio de poesía Ricardo Molina. De Manuel he leído poco, porque él es de poco escribir y de menos publicar, pero me ha parecido siempre que su poesía es un fiel trasunto de sí mismo: breve, melancólica, mohína, una como ensimismada búsqueda juanramoniana de la palabra exacta.

En el extremo opuesto, al menos aparente, se encuentra Pedro Rodríguez Pacheco, con el que compartí caseta de firmas en una feria del libro de provincias. Esto fue hace muchos, muchísimos años, y me asombraba entonces qué capacidad, la de Rodriguez Pacheco, de hacerse con el público a base de dedicatorias vibrantes y frases acertadas. Nunca se me han dado bien ninguna de las dos. Al contrario que Manuel de César, Rodriguez Pacheco ha ido acumulando durante años una obra ingente y sólida, dicho sea esto último valiéndome de las distintas acepciones que la Academia le concede a este adjetivo. No me disgusta cuando lo leo, aunque tengo la sensación, dios me perdone, de leer siempre lo mismo.

De tarde en tarde me reencuentro con la figura insólita y extravagante de Pablo del Barco, sevillano, profesor, editor y estudioso de las vanguardias. Vanguardista él mismo, admiré en él, cuando tuve el honor de conocerlo, su atrevimiento formal en un tiempo y un espacio en el que los poetas andaluces se aferraban al endecasílabo como a un tinto de verano en pleno ferragosto. La vanguardia de Pablo, cuando uno profundizaba en ella, tampoco daba para mucho pero al menos era honesta. Editaba a gente joven y necesitada –a mí nunca me consideró ninguna de las dos cosas- en formatos atrevidos y ediciones raras. Estaba siempre enfadado, pero eso lo entiendo: ni siquiera entonces era fácil nadar contracorriente.

Sevillana era también María Sanz, de la que siempre admiré su sosiego y su modestia. Hace tiempo que no encuentro nada suyo, pero la he visto mantenerse en un buen tono de poesía personalista y mística, introspectiva y refinada, sostenida sobre buenas lecturas y sobre mucha honestidad intelectualidad. Hablamos un par de veces por teléfono, al hilo también de algún premio literario, pero no nos vimos nunca.

Tampoco he conocido personalmente a Javier Salvago, pero he convivido con él y con su poesía durante tantos años que parece como que sí. Quien se haya movido en los círculos de la poesía de la experiencia ha tenido que rendir pleitesía a este maestro del prosaísmo, uno de los tipos más capaces que conozco de decir cosas interesantes del modo más llano y más vulgar. Si Salvago se hubiera propuesto ser Góngora nunca lo hubiera conseguido: su acierto ha sido no proponérselo ni por asomo. Y su poesía sigue manteniendo una vigencia sorprendente.

No cabe decir lo mismo del que fue, sin duda, el gran líder de la poesía de la experiencia en su vertiente andaluza. Al granadino Luis García Montero lo empecé a leer y a admirar cuando los dos éramos unos críos y los dioses premiaron mi devoción y mi entrega cuando el gran poeta, ya sobradamente consagrado, leyó un poema mío en una televisión pública. El poema no era malo –quizá un poco ingenuo, solamente-, de manera que no tengo motivos para avergonzarme si un día lo encuentro circulando por ahí. En cuanto a Luis, bueno, todos nos hacemos mayores…

El también sevillano Pedro Torres Curiel hubiera podido llegar muy lejos de no ser por su perfeccionismo rayano en lo obsesivo y por su pesimismo hipocondriaco. Profesoral, analítico, obcecado, más que escribir poemas los cincelaba, y ya se sabe que trabajar sobre mármol lleva mucho tiempo. Visto con distancia, echo de menos en su poesía de los años en que nos tratamos algo más de riesgo formal y algo menos de clasicismo impostado. Pero era bueno, Pedro, muy bueno. Y tiene publicada una novela, Bajo la absolución de los árboles, que alguien con criterio y capacidad debería ocuparse de rescatar del olvido.

Pero mi ídolo, de entre los poetas andaluces que he tenido la fortuna de conocer, no es andaluz sino extremeño, aunque sus largos años de residencia en Sevilla le han proporcionado la pátina y la legitimidad suficientes para figurar entre ellos. José Antonio Ramírez Lozano es un caso admirable: casi sesenta libros publicados, la mitad poesía y ficción la otra mitad, escritos todos ellos sobre dos premisas a las que ha sido fiel toda su vida: el juego con las palabras y la imaginación aplicada a lo cotidiano. La clave de Ramírez Lozano, tal como a mí me ha parecido siempre, ha estado en no tomarse nunca nada en serio: no me refiero a la vida, que eso es bastante fácil, sino ni siquiera a sí mismo, a su papel de escritor, al tinglado este, tremendo y engolado, de la literatura y sus mundos. José Antonio ha escrito como quien respira y, como los que practican yoga o pilates, ha respirado muy bien, con hallazgos envidiables a los que ha sabido darles la importancia justa. Hace años, un ensayista de tecla en ristre de cuyo nombre me acuerdo perfectamente lanzó un durísimo ataque contra Ramírez Lozano por la ligereza con la que este utiliza materiales, recicla personajes o poetiza fragmentos que en otras ocasiones fueron prosa. El sesudo ensayista no había entendido nada sobre el juego perpetuo en el que José Antonio transcurre. Sí lo entendió mi hijo, cuando era bien pequeño, y se quedó prendido en algunos guiños de aquel poeta calvo y barbudo que cuando venía por casa dejaba los poemas jugando por el aire:

La carcoma, qué glotona.
De mañana desayuna su poquito de caoba.
Para almuerzo, lapicero.
Para cena, virutillas del palito de la escoba.
Y en el día de su santo,
¿sabes qué?
Caballitos de ajedrez.

Contra Jane Austen

Hace pocas semanas me topé en un babelia cualquiera un elogioso artículo sobre Jane Austen y, despistado como soy en lo que se refiere a fechas y onomásticas, deduje o que Netflix estaba preparándole un biopic o que algún editor avispado tenía un ingente stock de obras suyas y le había pedido al director del suplemento que le echara una mano.

Pero en días posteriores me topé a Austen en todos los babelias del mundo, e incluso en algún periódico de verdad, y entonces caí en la cuenta de que celebrábamos el aniversario de no me acuerdo qué y había que conmemorar a la gran escritora inglesa.

Tocaba, vamos. Igual que toca comer turrón en Navidad o derretirse en las terrazas cuando la canícula aprieta.

Leí algunas de las cosas que se escribieron en esos días sobre la buena de Jane y no me pareció que nadie descubriera nada nuevo. La ventaja de esta mujer es que cuenta con una vida y una obra bastante transparentes y no hace falta estar sacando cada dos por tres manuscritos olvidados o cartas desconocidas. A los admiradores de Jane Austen no nos pasa como, por ejemplo, a los de Roberto Bolaño, que viven en el sinvivir constante de descubrir una nueva mala obra maestra del artista adorado, como mínimo cada Feria del Libro, y una nueva donación de cartas cada vez que no hay modo de rellenar las páginas de cultura.

Ella no. Ella hizo lo que hizo, escribió lo que escribió, y se murió, joven también como Bolaño, pero sin hacer ruido ni llamar la atención.

Lo que pasa es que es buena, Jane Austen. Muy buena. Con una capacidad de percepción y análisis envidiables, con una prosa certera y con un sentido del humor tan fino que, probablemente, ni ella misma era capaz de percibírselo. Tenía madera suficiente para ser reconocida como una gran escritora y además, era chica, lo que, si tiempo atrás fue un hándicap para llegar a algo, hoy es, por el contrario, una ventaja.

De manera que yo me hubiera sumado al homenaje merecido, de no ser porque apenas un mes antes de mi babélico descubrimiento me había metido entre ojo y cerebro cuatrocientas páginas de novela que me habían indispuesto contra doña Jane.

La obra en cuestión es de una autora para mí plenamente desconocida, Jo Baker, y tiene un título de reminiscencias complicadas, Las sombras de Longbourn. Hay que ser muy friki de las obras de Jane Austen como para recordar de golpe que Longbourn es el nombre de la residencia de los Bennett, la hilarante familia que protagoniza la obra maestra de nuestra autora conmemorada, Orgullo y prejuicio. Yo, al menos, no lo recordaba cuando compré en una librería de lance el libro de Jo Baker y no estoy seguro de saber cuáles fueron las razones que me impulsaron a hacerlo. Menos aún sería capaz de explicar por qué empecé a leerlo (comprar un libro y leerlo no son acciones que, al menos en mi caso, vayan necesariamente aparejadas), pero sí puedo explicar el deslumbramiento que me produjo. Un deslumbramiento tal que me obliga, no solo a cambiar de epígrafe sino también de autor.

Preguntas de un obrero que lee

Bertolt Brecht (1898-1956) fue cualquier cosa menos un obrero pero tuvo la perspicacia, la habilidad y, posiblemente también, la convicción, de poner su pluma y su palabra al servicio de la clase social que hasta entonces no había encontrado espacio en las obras de literatura.

El poema Preguntas de un obrero que lee es una declaración de principios que se explica por sí misma:

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?
Y Babilonia, tantas veces destruida,
¿Quién la construyó otras tantas? ¿En qué casas
de Lima, la resplandeciente de oro, vivían los albañiles?
¿Adónde fueron sus constructores la noche que terminaron
la Muralla China?
Roma la magna está llena de arcos de triunfo.
¿Quién los construyó?
¿A quiénes vencieron los Césares? Bizancio, tan loada,
¿Acaso sólo tenía palacios para sus habitantes?
Hasta en la legendaria Atlántida, la noche que fue devorada
por el mar,
los que se ahogaban clamaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él sólo?
César venció a los galos;
¿no lo acompañaba siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota,
¿Nadie más lloraría?
Federico Segundo venció en la Guerra de Siete Años: 
¿Quién más venció?
Cada página, una victoria.
¿Quién guisó el banquete del triunfo?
Cada década, un gran personaje.
¿Quién pagaba los gastos?
Tantas historias,
tantas preguntas.

Una de estas preguntas para unas de estas historias es la que se hace la joven escritora Jo Baker y a la que trata de responder en su novela Las sombras de Lounbourg. Para que la familia Bennett pudiera desarrollar la actividad que Jane Austen describe en sus novelas, para que los caballeros que cortejan a las hijas puedan ir y venir en su incesante traqueteo entre Londres, fiestas y fincas, para que la condesa pueda decir sus bobadas y el párroco primo de la familia pueda exhibir su vaciedad, alguien tiene que haber en el trasfondo haciendo las comidas, vaciando los orinales, preparando el té, lavando los vestidos y la ropa interior, cuidando los caballos, dando de comer a los cerdos… Pero en las novelas de Jane Austen ninguno de esos personajes aparece.

Vivir en la Inglaterra rural de principios del XIX no era cosa fácil y, sin embargo, uno lee a Jane Austen y parece que sus personajes solo tienen penas de amor y desajustes sentimentales. Hablan, es verdad, a veces, de la poquedad o la abundancia de sus rentas, pero ni por asomo se vislumbra la consecuencia obvia de que deberían ponerse a trabajar, ni la más obvia aún, de que alguien tenía que trabajar por ellos. Los personajes de Austen viven por y para el ocio y ello solo es posible si, por debajo de ellos, en su subsuelo, otras personas, a modo de sombras, se encargan de resolverles las necesidades cotidianas de la vida.

Estas sombras, estos personajes ninguneados y anónimos son los que busca Jo Baker y a los que da vida en su novelita. Lo hace imitando el estilo de Jane Austen, recreando su mundo y fantaseando dentro de él desde una perspectiva, digámoslo así, brechtiana.

Consigue así un libro bellísimo, muy recomendable, que se publicó hace ya unos cuantos años y que, sospecho, ha tenido muy poco éxito.

Lo encontré por casualidad, lo leí casi con desgana y, ya ven ustedes, me ha arruinado el centenario de Jane Austen. Porque, ahí la tienen: inteligente, protofeminista, demoledoramente crítica, excelente prosista… pero incapaz de brindar un reconocimiento a las personas que, a su lado, le hacían la vida fácil.

Por lo menos, qué sé yo, una nota al pie de agradecimiento a la muchacha que le lavaba las bragas.

 

 

La tormenta

Se desploma el cielo, vomita fuego y ruge,
y un agua rabiosa encenaga los campos.
Es como el enfado de un niño consentido
o como la ira de un asesino en serie.
Callan las encinas, desde antiguo advertidas,
y los lilos, cautos, disimulan su aroma.
Se acuesta la ardilla, a falta de alimento,
como el petirrojo, como la lagartija.
No duermen los hombres, sin embargo, en sus casas.
La luz encendida, la provisión de whisky;
conversación, risas, y música agradable.
No hay razón alguna para temer al cielo.
Son cosas que ocurren, salvajes, milenarias.

Mis poetas muertos

El primer poeta consagrado al que di la mano se llamaba Federico Muelas. Era ya muy mayor cuando vino a mi colegio a pronunciar una conferencia y yo andaba transitando en los primeros cursos del bachillerato elemental. Muelas era, para mi percepción de entonces, inmensamente viejo, hosco de tez, monótono y tedioso, pero estoy seguro que nada de esto era cierto y todo se debía a la lóbrega escenografía de aquel salón de actos. Recuerdo lejanamente que habló de Cuenca sin que viniera a cuento -luego he sabido que siempre hablaba de Cuenca- y que leyó algunos poemas sencillamente incomprensibles. Leía sin gracia, con mucha solemnidad y aplomo, y yo, que debía andar por los once años y ya empezaba a tontear con los versos, me asombraba de que un hombre tan mayor se tomara en serio aquel juego. Al terminar, se acercó a unos cuantos de nosotros y nos dio la mano. No entendí aquel gesto. Federico Muelas, que murió pocos años después, era un nombre que no me decía nada entonces y después me ha dicho poco, aunque soy capaz de reconocerle un buen dominio de la técnica y cierta sensibilidad descriptiva un poquito pastosa. Tal que así:

Alzada en bella sinrazón altiva
-pedestal de crepúsculos soñados-,
¿subes orgullos, bajas derrocados
sueños de un dios en celestial deriva?
¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!
¡Oh, aventura de cielos despeñados!
Cuenca, en volandas de celestes prados,
de peldaño en peldaño fugitiva.
Gallarda entraña de cristal que azores
en piedra guardan, mientras plisa el viento
de tu chopo el audaz escalofrío.
¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
Hilván dorado al aire del lamento.
Cuenca cierta y soñada, en cielo y río.

Dos

A José García Nieto, casi contemporáneo del anterior, lo conocí muchos años después, en un acto cultural pretencioso e insípido auspiciado por un ayuntamiento próximo a la capital, cuando los ayuntamientos próximos a la capital empezaban a dárselas de cultos. Habían premiado a un excelente poeta amigo mío, a quien le resultaba imposible asistir, y allá que fuimos, mi mujer y yo, a recoger en su nombre el cheque y la placa -”sobre todo el cheque”- de manos del complaciente alcalde de turno. Lo que no sabíamos era que el plato fuerte del acto lo marcaba la conferencia de don José de la que no recuerdo nada salvo su engolamiento y su longitud. En el cóctel lo saludé en mi condición vicaria de agasajado e intercambiamos algunos tópicos del oficio. No nos caímos bien, no puedo negarlo, y eso que yo apreciaba por aquel entonces su garcilasiana capacidad de escribir bien sin decir gran cosa. Cuando en el 96 le dieron el Cervantes me quedé un poco perplejo (¡aún no lo había recibido Ferlosio!) pero comprendí, pese a mi insultante juventud de entonces, que en este mundo de los grandes vates los favores son moneda de cambio. Cuando murió, cinco años después, la obra de García Nieto empezó, me temo, a difuminarse. Un suponer:

Erraba sin sosiego… Nadie sabe…
Verde su corazón era, y ardía
coronando a la piedra. Le pedía
vecindades al sol, júbilo al ave.
Era un arco hacia Dios. La forma grave
espuma, vuelo, soledad se hacía,
y el sueño, el aire, el agua repartía,
sola estrella, fiel ala, incierta nave.
Corceles desbocados de la tierra
le pusieron la voz y el alma en guerra;
quedó el verso flotando sobre el ruido,
y, abajo, el hombre, en su mortal estrecho,
con una rosa abierta por el pecho
y en pájaro sonoro convertido.

Tres

Rafael Morales, solo ligeramente más joven que los anteriores, tuvo el valor, allá por los ochenta, de hacerse conmigo un viaje desde algún lugar de Andalucía hasta Madrid, en mi achacoso 127 de segunda mano. Yo pisaba el acelerador como si estuviera compitiendo en un rally y él disertaba, con placidez y sosiego, y me cubría, con elegancia y sin sacarme los colores, mis muchas lagunas sobre su obra. No sé muy bien en qué evento habíamos coincidido, y no habíamos cruzado palabra hasta que yo comuniqué a los organizadores que me volvía en mi coche antes de que aquello acabara. Tímidamente, casi con rubor, me pidió que lo trajera arguyendo también algunas prisas genéricas (tengo para mí que el evento en cuestión había dado de sí todo lo que podía). Cruzar Despeñaperros y La Mancha en un 127 hace treinta años da para charlar largo y tendido, y en aquel viaje yo aprendí mucho de aquel hombre que tenía por entonces casi setenta años y las había visto de todos los colores. Me invitó a su tertulia del Gijón, pero, tonto de mí, nunca encontré hueco en mi apretada agenda. Le envié algún libro mío y me contestó, a mano, con tinta verde, letras enormes y firmes, en papel de la Academia, dando muestras de habérselo leído y de no parecerle mal del todo. No nos volvimos a ver, pero tras su muerte en 2005 aún a veces lo rememoro con piezas como este tierno poema al cubo de la basura:

Tu curva humilde, forma silenciosa,
le pone un triste anillo a la basura.
En ti se hizo redonda la ternura,
se hizo redonda, suave y dolorosa.
Cada cosa que encierras, cada cosa
tuvo esplendor, acaso hasta hermosura.
Aquí de una naranja se aventura
la herida piel silente y penumbrosa.
Aquí de una manzana verde y fría
un resto llora zumo delicado
entre un polvo que nubla su agonía.
Oh, viejo cubo sucio y resignado,
desde tu corazón la pena envía
el llanto de lo humilde y lo olvidado.

Cuatro

A Jaime Gil de Biedma no llegué a conocerlo personalmente, pero sí nos carteamos. Era, cuando entonces, mi ídolo y aún sigue figurando en el top ten de mis grandes poetas. En los estertores de los ochenta tuve la osadía de pedirle que me presentara un libro que estaba próximo a publicar y cuyas galeradas le adjuntaba. Me contestó con rapidez y amabilidad, con indicaciones muy certeras sobre el libro, con recomendaciones concretas de mejoras, con exaltación de algunos logros y mención detallada de chirridos. Fue un máster para mí, aquella carta. Al final, el maestro declinaba la invitación con argumentos plausibles, pero a mí me los dio para mantener la correspondencia. Argumentos que se derrumbaron bien pronto porque en enero del noventa Gil de Biedma murió. Su obra, tan viva como siempre, resuena cada día con renovada actualidad:

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.

Cinco

Con Gonzalo Rojas coincidí por casualidad, él ya octogenario y sin que el Cervantes aún lo hubiera ungido. Cuando andaba por Madrid se pasaba casi a diario por una librería con la que yo andaba entonces profesionalmente enredado. Sabía de él, claro. Ya había recibido el Reina Sofía y era una referencia obligada para todo el que quisiera estar al tanto de la poesía en español digna de tal nombre, pero confieso que apenas lo había leído y mis ideas sobre él era bastante tópicas. Venía a la librería en horarios tranquilos de días laborables, así que era perfecto para pegar la hebra. Hablaba un castellano exacto con el acento sedoso de los chilenos viajados y era divertido e irónico, y estaba cargado de anécdotas y de bromas. Me dedicó sus libros y los leí fascinado: esa poesía fragmentaria y frugal, juguetona y en apariencia dislocada… Dejé la librería y no lo volví a ver. Cuando le dieron el Cervantes dudé en felicitarlo, pero siempre he pensado que en esos casos conviene no abrumar. Hace tres años murió, pero lo sigo oyendo:

Tanto hablar de libertad para parar en esto, el barrial
le llegaba a la cintura y yo soñando con su pureza, lo más
que me gusta ver son las estrellas
al mediodía pero es difícil, no hay
arcángeles, ¿qué va a haber arcángeles?, se habría
oído decir, el juego es otro, el balbuceo,
el silabeo, el centelleo, el parpadeo es otro: cosa de cutis
y arrogancia, desplante
y desparpajo
y nada más, le pregunté cien veces
para venirse a vivir conmigo si era valiente,
pero no era valiente.

Seis. Y siete.

A Luis Rosales y a Félix Grande los conocí a la vez, lo cual está bien porque, pese a la diferencia de edad y de generación, llegaron a convertirse en hermanos gemelos. Los tres fuimos miembros del jurado de un premio literario en un sonado municipio manchego. El jurado lo presidía el alcalde, un hombre obeso y gritón, que lanzaba sin parar citas equivocadas del Quijote, y actuaba como secretario el director de la Casa de Cultura, que se admiraba de la capacidad de algunos para escribir sonetos en los que todos los versos, sin fallar uno, conseguían medir once sílabas. Rosales y Grande se tomaban aquel despropósito con una gran profesionalidad y demostraron que se habían leído la mayoría de los trabajos presentados aunque tenían muy claro a quién querían premiar. Yo era joven e inocente, así que, tras pelear inútilmente en pro de otro candidato, rendí mi voto al suyo para alcanzar la unanimidad.

Conocía la obra de los dos, y la admiraba. De Rosales creía, y aún creo, que hubiera podido ser uno de los más grandes de la generación del 27 si la guerra no le hubiera condenado a mantenerse en una posición tibia y cobarde del lado de los vencedores. Con todo, la calidad de su obra es incuestionable. Félix Grande había publicado ya sus dos obras maestras: Las rubaiyatas de Horacio Martín y la Memoria del flamenco. Hablamos aquella noche y aprendí de ambos -aunque Rosales, el hombre, ya estaba muy achacoso y tenía problemas con el habla: murió poco después-. Con Grande me carteé posteriormente, y hablamos por teléfono –no recuerdo con qué motivo- y nos vimos en un par de ocasiones. Era orgulloso, y vehemente, y tenía la autoestima acaso un punto subida. Pero era brillante, y sabio, y mantenía un empeño admirable en buscar la belleza. Su muerte me ha dolido y estos días, más que nunca, me resuenan sus lúcidas palabras:

He querido expresarme

Toda mi vida he querido expresarme.
No tengo otro destino, otro afán, otra ley.
Fui actos sucesivos
y el olvido que destilaban
los corroía a ellos y a mí.
Sobre los actos fui palabras
y ellas buscaban una lumbre
que no me calentaba a mí.
Palabras y actos juntos
nada son sin placer del cuerpo.
Ahora regreso de esa vida umbría
buscando siempre calor de mujer.
Palabras y actos sólo allí me expresan.
Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje.
Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea.

 

Publicado en Vozpópuli el 14 de febrero de 2014

 

El discurso del Rey

Todos los tratadistas coinciden en señalar la ciudad siciliana de Siracusa como el lugar donde nació la retórica como instrumento de persuasión. Alrededor del año 485 antes de nuestra era un par de tiranos malos como la quina habían expropiado las tierras de sus ciudadanos para entregárselas como botín de guerra a miembros de su ejército personal. Derrocados más o menos por esas fechas, y restablecida la democracia sui géneris que se estilaba entonces, los perjudicados por las expropiaciones acudieron a los jueces reclamando la devolución de sus bienes. Los pleitos generados por este lío (este lío colosal, que diría nuestro presidente) fueron tantos y tan complejos que los más espabilados se dieron cuenta de la importancia de la elocuencia para persuadir a los jueces. Aquí es donde se suele citar a Córax y a Tisias como inventores del género.

Más allá de las dudas que me provoca esta localización (seguro que los chinos la habían descubierto mucho antes, o los sumerios, o los egipcios: el etnocentrismo europeo es un poco irritante), nos vale ahora para determinar que el origen de la oratoria tiene una función perfectamente práctica y operativa: nada más útil que convencer a un juez de que falle a tu favor cuando es tu patrimonio lo que se dirime.

Los griegos y los romanos se pusieron a perfeccionar el invento, y a fe que lo consiguieron: al margen de otros usos más o menos populares, la oratoria fue una herramienta esencial para dirimir las diferencias de criterio en los ámbitos de decisión política, cuando las asambleas de ciudadanos libres en las polis griegas o cuando los senadores romanos tenían que adoptar decisiones en asuntos cruciales para las que había opiniones encontradas.

Tan importante fue la oratoria que los más sesudos pensadores de aquellos tiempos le dedicaron mucha reflexión y esfuerzo. Cicerón, que se las vio en una época difícil de la república romana, le dedicó tres libros al asunto porque entendía la retórica (el arte de bien decir) como una necesidad primordial del hombre público, si bien sostenía que “el fundamento de la elocuencia es la sabiduría” y que “sin la filosofía, nadie puede ser elocuente”.

Lo malo fue que, con la llegada del Imperio, la oratoria dejó de ser necesaria. Ya no había que convencer ni a jueces ni a senadores porque todas las decisiones estaban en manos del emperador, y a este no se le convencía con discursos. De manera que la retórica, que ya formaba parte del canon ineludible de la enseñanza reglada, se convirtió en una pieza más corpus humanístico, como la filosofía y la gramática, pero ahí se quedó, lustrosa pero inútil, apenas necesaria, hasta que hace menos de un siglo, anteayer como aquel que dice, desapareció de nuestras vidas y de nuestros planes de estudio.

De todo esto me acordé el otro día, oyendo el discurso del Rey con motivo de la conmemoración del cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones de nuestra era. Fue un discurso malo, seco, plomizo, cargado de lugares comunes y palabras vacías, aunque mejor entonado que los de su padre. Felipe VI dijo aquello de que había que cumplir la ley y todo el mundo se quedó perplejo ante tamaño atrevimiento, en estos tiempos en que no la cumplen ni los que por expreso mandato constitucional tienen que vigilar su cumplimiento. Pronunció la palabra dictadura como un adolescente que suelta su primer taco y rellenó el resto del tiempo que le habían asignado con palabras más o menos correctas, que para eso tiene asesores con estudios. Pero el conjunto careció de armonía, de estructura, de tono, de vitalidad. Un conjunto vacío, para entendernos.

Si Felipe VI hubiera tenido que convencer a alguien con su discurso, dudo que lo hubiera conseguido. Por fortuna, las intervenciones públicas de nuestros monarcas –tanto del actual como del anterior- son pura cosmética protocolaria que solo sirven para que algunos periodistas vivan del cuento hermenéutico de descifrar unas frases perfectamente vacuas e intercambiables. Si algún día –no lo quieran los dioses- le toca a don Felipe asumir el papel de Jorge VI en la situación que describe la película que da título a esta entrada, vamos a tener un problema.

Pero ese sería un problema de futuro. El problema presente es que la oratoria ha desaparecido de nuestra escena pública y no tiene aspecto de que vaya a recuperarse. Nuestros parlamentarios se expresan a cacerolazos; los debates no persiguen convencer a nadie porque antes de que se celebren ya está cada uno convenientemente convencido; las polémicas no se sustentan en la retórica sino en el trazo grueso; nadie busca transmitir sabiduría mediante el buen uso de las palabras sino, a lo sumo, conseguir algún efecto puramente cosmético.

Decía Cicerón que “será elocuente el que en el foro y en las causas civiles hable de tal manera que pruebe, deleite o convenza”. Pero me temo que, en nuestro actual escenario público –no solo político: también la sociedad civil tiene un problema al respecto- nadie se propone probar nada, ni menos deleitar ni, por supuesto, convencer. Tenemos cada uno nuestras posiciones tan tomadas y nuestras convicciones tan firmes que ni nosotros sentimos la necesidad de expresarnos bien ni nos importa mucho que los demás no lo hagan. Nos basta con manejarnos con unas cuantas frases hechas, que no persiguen argumentar adecuadamente sino hacer algo de ruido, para que parezca que hablamos.
Algo así como el rey, en el discurso del otro día.

Tomando café con Bach

El único pero que se le puede poner a Bach es que no compuso ninguna ópera. Nunca explicó por qué. Puede ser, en parte, porque su formación luterana le disponía mal contra la propia idea del teatro, pero en parte también, y seguramente sobre todo, porque siempre tuvo demasiado trabajo y ninguno de sus clientes se la encargó.

Cabe pensar que alguna vez acarició la idea. Es una conjetura razonable porque, cuando su coetáneo Haendel arrasaba en la escena inglesa, fueron varios los intentos de ambos por verse e intercambiar experiencias. De algún modo se sabían complementarios y se buscaban. Finalmente no se vieron, y resulta fascinante aventurar si no será este uno de esos encuentros frustrados que, de haberse producido, hubieran transformado la historia.

Componer, dirigir y enseñar

No escribió ópera, digo, pero estuvo muy cerca de ella: sus grandes oratorios -las cuatro Pasiones que han llegado hasta nosotros, por ejemplo- así como las cantatas son piezas a las que les falta muy poco para estar en condiciones de dar el salto a la escena. Y hay una en concreto que lo da y que puede encuadrarse sin demérito alguno en el paquete de la opereta cómica, tan querida en la cultura germana. Me refiero a La Cantata del Café, compuesta por Johann Sebastian cuando tenía 49 años y ya llevaba once a las órdenes del Ayuntamiento de Leipzig como cantor y director musical en la iglesia luterana de Santo Tomás, un cargo que en la práctica lo convertía en el máximo responsable de cuanto tuviera que ver con la música en la cosmopolita capital sajona. Con la música y con su enseñanza, lo cual es mucho decir porque, en aquella sociedad precientífica y profundamente calvinista, la música era una disciplina a la que se dedicaba mucho más interés y esfuerzo que a otras más ilustradas, como las ciencias o la gramática.

La faceta didáctica de Bach ha sido siempre bien conocida. Su segunda esposa, Anna Magdalena Wilche, con la que, viudo y treintañero, se casó cuando era ella una jovencísima soprano, ha documentado bien la dedicación terca e incansable del músico en la formación de sus numerosos hijos. Pero más importante aún es la tarea que desarrolló en el Collegium Musicum de Leipzig donde impulsó actividades y métodos con una capacidad inagotable.

Por ejemplo, los miércoles del verano Bach cogía a sus muchachos y se iba al Café Zimmermann (mis dylanianos lectores, que los tengo, sufrirán en este punto una ligera conmoción) a animar las veladas de los satisfechos burgueses que paladeaban el brebaje de moda en toda Europa.

La hora del café

El café como infusión, tal como lo tomamos ahora, era muy reciente en Europa y apenas un recién llegado en las ciudades-estado del antiguo imperio germánico. También el té y el chocolate eran relativamente nuevos y andaban aún buscándose un lugar al sol en las modas del consumo europeo. Europa llevaba siglos manteniéndose a base de vino y de cerveza y las bebidas calientes -excepción hecha de la leche- le resultaban ajenas. Estas tres además eran poderosas, de destacados efectos euforizantes y consecuencias desconocidas aún.

El café, en particular, fue imponiéndose en un clima enrevesado de entusiasmo y sospecha. En Rusia, el zar cortaba las orejas a sus consumidores. El rey de Inglaterra lo prohibió también, aunque con poco éxito porque su implantación en la isla fue vertiginosa. Los poderes establecidos lo miraban como una droga que provocaba excitación y descontrol, pero no dejaban de apreciar sus cualidades para favorecer una noche en vela de oración o para disminuir la fatiga del trabajo y aumentar el rendimiento… Por esto, quizá, fue la joven burguesía protestante la que empezó a hacerle al café un lugar entre sus hábitos de consumo y, así, no extraña encontrarlo en una ciudad como Leipzig, donde sus constantes ferias y su continuo trasiego comercial la hacían idónea para cualquier novedad.

Llegados a este punto, tenemos los tres ingredientes que necesitamos: la cercanía de Bach a los jóvenes, que le hacía, sin ser la alegría de la huerta, entenderlos y apoyarlos; la moda del café, y el flirteo, modesto, del músico con la escena. La Cantata del Café es el resultado de estos tres ingredientes mezclados por un genio.

Conflicto generacional

El argumento de la pieza es simple, pero contiene más enjundia de lo que nos puede parecer hoy. Una joven, Lieschen,perfectamente asimilable a alguna de las hijas del maestro, se ha aficionado al café con un entusiasmo propio de la edad; su padre, Schlendrian, preocupado por los riesgos que entraña el consumo descontrolado de la bebida, se lo prohíbe, pero la hija se niega a aceptar tal prohibición. El padre la amenaza con todos los castigos posibles con tal de rendir su obcecación, pero la muchacha insiste en que ella no quiere privarse de sus tres tazas diarias de café. Finalmente, Schendrian esgrime la amenaza máxima: no le buscará marido. Lieschen se rinde ante la espantosa perspectiva de la soltería y abdica, pero para sí misma se dice que solo aceptará un marido que le permita beber cuanto café quiera. La breve pieza, en la que junto a los personajes interviene un narrador, termina con un trío que pone en evidencia la arrolladora llegada de las nuevas generaciones y el triunfo indiscutible de la bebida emergente: “El café entusiasma a las señoritas… La madre lo prepara a menudo, y la abuela también lo bebe. ¿Quién podrá pues, censurar a las hijas?”.

El libreto –la leyenda atribuye los últimos versos citados al propio Bach- está escrito por un colaborador habitual del músico, autor, por ejemplo, del texto de La Pasión según San Mateo. Christian Friedrich Henrici, más conocido como Picander, al que los entusiasmos enciclopédicos modernos tienden a calificar de poeta, no era en realidad más que un abogado de Leipzig, un funcionario público, modesto aficionado a la poesía, muy devoto, como Bach, y buen amigo suyo. Sus textos para música sacra son apenas adaptaciones eficientes de pasajes bíblicos apropiados para el caso y de su obra profana seguramente solo destaca esta bellísima cantata que, si en lo musical es perfecta, en lo literario cuenta con unos toques de humor, de ternura y de ingenio que no desmerecen junto a las notas del maestro.

Y basta ya. Ahora toca relajarse, disponer de veinticinco minutos y entrar en el Zimmermann a vivir una experiencia única. A tomarnos un café con Bach. Merece la pena.

(Publicado en Vozpópuli el día 3 de abril de 2013)

 

En defensa del tabaco

Recientemente, el veterano periodista Miguel Ángel Belloso ha publicado un vehemente artículo en defensa del tabaco con el esclarecedor título de ¿Por qué no dejáis en paz a los fumadores? Por su tono y su mensaje, me ha recordado mucho el que hace algunos años escribió el académico Francisco Rico que, con título engañosamente equilibrado (Teoría y realidad de la ley contra el fumador), era también una feroz diatriba contra la tendencia reglamentista actual.

Los dos artículos –y alguno más que ahora no viene a cuento- tienen un inconveniente: sus autores son fumadores activos y en su defensa del tabaco actúan por tanto con escasísima neutralidad.

Yo, en cambio, no fumo. Lo hice, es verdad, y abundantemente, pero hace casi veinte años que lo dejé y estoy, por lo tanto, en condiciones de escribir en favor del tabaco con algo más de ecuanimidad. Es lo que voy a hacer en las siguientes líneas.

La humanidad y las drogas

Para referirse al tabaco hay que empezar hablando de la categoría que lo contiene: las drogas o, por decirlo de un modo algo más técnico, las sustancias cuyo consumo actúa sobre el sistema nervioso bien para potenciar el desarrollo físico o intelectual, bien para alterar el estado de ánimo, bien para conseguir que el consumidor experimente nuevas sensaciones.

Comprenderán ustedes que, después de Antonio Escohotado y su monumental obra, ya quede poco que decir sobre este tema. Desde los tiempos de los dinosaurios, e incluso antes, el ser humano ha consumido drogas en busca de la curación, de la transcendencia, de la placidez, de la euforia, de la alienación o del desenfreno festivo, y todo indica que así seguirá siendo por los siglos de los siglos, se pongan como se pongan las autoridades competentes.

Si nos saltamos algunos siglos de civilización y llegamos a nuestros días, nos encontramos las drogas catalogadas en tres grandes grupos: a) las que no se llaman drogas, sino medicinas, y aparecen bendecidas por los sacerdotes laicos a los que se conoce como médicos; b) las denominadas drogas ilegales, cuya ilegalidad viene marcada por la normativa vigente, sin que estén del todo claras las razones, y en cuyo saco caben un número casi infinito de sustancias muy diversas; y c) las drogas legales, conformadas a su vez por tres categorías específicas: el alcohol, el tabaco y los estimulantes cafeínicos (café y té, particularmente).

Los griegos, que eran unos tipos listos pero vagos, usaban una misma palabra para referirse a veneno y a medicina, phármacos, de donde proceden palabras como farmacia o farmacopea, que se refieren a la vertiente curativa de las sustancias. Pero no es raro que usaran la palabra en el doble sentido: cualquier droga, en su acepción genérica, puede ser utilizada para distintos usos (buenos o malos, por decirlo en términos morales), en función del interés del usuario y de los hechiceros designados por la sociedad para gestionar su uso.

Las drogas legales

El alcohol es la más antigua y generalizada de los tres tipos de drogas legales de nuestra sociedad. Cuando Noé se emborrachó de mala manera y lio una bastante gorda, ya circulaban el vino y la cerveza entre los seres humanos con bastante profusión. También los destilados aparecieron pronto. Y así hasta hoy día, en que el alcohol se ha convertido en una pieza esencial de nuestra civilización, donde nadie duda de su necesidad y de sus bondades, hasta el punto de que hay países como el nuestro en que los alcoholes que producen en abundancia han sido incorporados a la categoría de alimentos, para verse con ello favorecidos por las bendiciones que el Estado otorga a quienes nos dan de comer.

Todo el mundo sabe que el alcohol produce efectos indeseables. Consumido en exceso, por supuesto (como ocurre también con una sustancia tan benéfica como el nolotil), pero incluso en cantidades morigeradas hay algunos individuos que se ven negativamente afectados, y no hace falta ser Galeno para comprender que el consumo recurrente y continuado tiene algunas contraindicaciones evidentes.

Solo que, socialmente, hemos entendido que los inconvenientes derivados del consumo del alcohol se ven compensados por el efecto positivo de socialización, apoyo psíquico e impulso económico que aporta.

Del café y del té, ¿qué quieren que les cuente? Drogas euforizantes por excelencia, se consumen en todo el mundo con una abundancia asombrosa y hasta un tipo tan prudente como Bach se vino arriba en relación con este tema. Efectos secundarios también tienen, y de hecho son muchas las personas que dejan de consumir teína o cafeína a partir de determinada edad a consecuencia de ellos. Pero no oirán ustedes una palabra contra estas sustancias, nimbadas de un aura de santidad que ya quisieran para sí muchos titulares del acta de canonización.

El tabaco también fue bien visto hasta hace muy poco. Fue usado como droga ritual en su momento, como medicina en ocasiones, como apoyo para el bienestar personal en diferentes formatos, pero lo que realmente triunfó fue el cigarrillo, que a lo largo del siglo XX se convirtió en un icono de la sociedad moderna hasta un extremo que ninguna otra droga, en la historia, había conseguido.

Hasta que un buen día, al tabaco empezaron a surgirle enemigos. Desde el campo de la medicina, sobre todo, pero también desde el sentimiento de una sociedad cada vez más sensible a un discurso sobre la salud y el bienestar general no siempre coherente, pero sí cargado de cierta lógica.

El tabaco es malo, dijeron de pronto, muy malo, pero como se ha convertido en una industria poderosa, que aporta muchos recursos a los Estados en forma de empleo y de impuestos, no se le puede arrojar de buenas a primeras a la noche oscura de la ilegalidad.

El tabaco es muy malo, dijeron de pronto todos los que tenían algo que decir al respecto, pero lo vamos a seguir permitiendo, si bien cada vez con más trabas, cada vez con más cargas, cada vez con más estigmas. Usted fume, si quiere, pero está muy mal que lo haga. Y fueron apretando cada vez un poco más el torniquete.

El error de la industria

Y es evidente que el tabaco es malo. A mí me lo van a decir, que fumé incansablemente a lo largo de casi treinta años cantidades ingentes de cigarrillos sin ninguna tasa ni control. No me quedaba otra que dejarlo porque llegó un momento en que se trataba de él o de mí.

Pero también he bebido alcohol desde el mismo momento en que empecé a fumar y no he dejado de hacerlo. En cantidades mucho menores, naturalmente, con control médico cuando ha sido preciso y con algunos periodos de abstinencia, pero con la más absoluta naturalidad y, por supuesto, sin ninguna amenaza de exclusión social sobre mi cabeza.

Ser buen consumidor de vino, en cuanto español, me convierte incluso en un ciudadano modelo que impulsa con su actividad una de nuestras industrias básicas. Tampoco le parece mal a nadie que sea un firme partidario de los gin tonics o un modesto catador de whiskies de malta, bebidas con mucho predicamento entre lo más florido de la modernidad vigente.

Ni me lo prohíben ni me estigmatizan: a lo más, me dicen en las etiquetas de las botellas que consumo, que “beba con moderación”.

¿Por qué el café y el alcohol han sobrevivido a estos tiempos de buenismo obsesivo y sin embargo el tabaco lleva camino de ser arrastrado hacia la condenación eterna? Creo sinceramente que el error lo ha cometido la industria. Y que ya tiene mal remedio.

Ha sido la industria tabaquera la que no ha sabido establecer un diálogo, ni con la sociedad, ni con el estamento sanitario, ni con las autoridades, para encontrar un terreno de entendimiento. Cuando en las décadas centrales del pasado siglo empezaron a aparecer las primeras conclusiones incuestionables sobre los daños del tabaco y su incidencia en el cáncer de pulmón, la industria tabaquera echó mano del talonario para acallar esa evidencia. Todo valió: publicidad, contrainformes, investigadores a sueldo, grupos de presión… Menos reconocer la evidencia, los fabricantes de cigarrillos hicieron de todo. Y así, sin ceder un milímetro, se han mantenido hasta que la realidad de los nuevos tiempos se les ha venido encima.

Justo al revés de lo que hicieron los fabricantes de alcoholes destilados, quizá porque estos habían vivido nada menos que el peligroso experimento de la ley seca estadounidense, desde la que otearon, con pavor, lo oscuro y tenebroso que es para todos el infierno de la ilegalidad. Salvados el vino y la cerveza en su condición de alimentos, los restantes alcoholes han encontrado su hueco y en él se han acomodado no solo con éxito económico sino incluso con glamur.

¿Qué hubieran debido hacer las tabaqueras para encontrar también su hueco? Probablemente (y es una hipótesis) dos cosas: a) haber sido menos soberbias y b) haber gastado más en investigación.

Jean Cocteau, ese extraordinario artista polifacético de las vanguardias francesas de principios del XX, escribió un librito extraordinario, un diario de una desintoxicación, que estaba referido al opio, la droga que él consumió desaforadamente durante años. Hay que leerlo, pero yo me permito traer aquí un párrafo iluminador y prodigioso al que le he introducido algún levísimo cambio para adaptarlo a nuestro tema:

“No esperéis de mí que traicione. El tabaco sigue siendo único, naturalmente, y su euforia superior a la de la salud. Le debo mis horas más perfectas. Es lástima que, en vez de perfeccionar la desintoxicación, la industria no intente hacer inofensivo el tabaco”.

Me temo que a la industria tabaquera ya se le ha hecho tarde para afrontar este reto. Y es lástima, porque, si fuera posible, a mí no me importaría volver a fumar. De un modo, por supuesto, inofensivo.

 

 

 

Una sobredosis de soberbia

En 1895, Oscar Wilde se encuentra en el vértice de su carrera. Es el autor teatral de moda, no solo en Londres, donde simultanea dos obras en cartel, sino también en París y en Nueva York. Es el máximo exponente de la modernidad y del glamur, la encarnación del artista triunfador y diletante, la plasmación más conseguida del esteta y el bon vivant.

Hasta entonces, Wilde, nacido en la Irlanda británica cuarenta y un años antes, de padres intelectuales y políticamente comprometidos, había vivido de éxito en éxito, caminando siempre en el borde del precipicio pero sin despeñarse en él. Provocador, sarcástico, demoledoramente crítico con la puritana y prosaica sociedad victoriana, había, sin embargo, mantenido las formas que cabía esperar de un caballero de su posición. Se había graduado en las mejores escuelas, se había casado con Constance Lloyd, una mujer culta y respetable con la que tuvo dos hijos, había dirigido una publicación y ejercido el papel que le correspondía por clase y por formación.

Lo que sucedió en aquel infausto 1895 es difícil de entender. Wilde, de cuya homosexualidad nadie hablaba pero todo el mundo sabía, vivía una apasionada y tormentosa relación con el joven e insufrible Lord Alfred Douglas, más conocido como Bosie. El padre de éste, el marqués de Queensberry, en un acceso de rabia motivado por el odio que sentía hacia su hijo, escribió a Wilde una nota acusándolo de sodomita –lo cual, en aquellos años de rígida moral victoriana, era de una gravedad extraordinaria: algo así como, en nuestros días, acusar a alguien de violador. La nota, en todo caso, era privada y, si Wilde hubiera sido sensato, debiera haberse llamado a andanas. En lugar de eso, azuzado por Bosie, llevó al marqués ante los tribunales, acusándolo de difamación.

Queensberry era un hombre rico, brutal y despiadado. Le había dejado su mujer y le habían abandonado sus hijos, así que es fácil hacerse una idea de su manera de actuar en la vida. La línea que sus abogados emprenden, siguiendo sus propias indicaciones, es la que en términos futbolísticos se resume con el principio de que la mejor defensa es un buen ataque y, sin parar en barras de gastos y de ética, acumulan contra Wilde un aluvión de pruebas, más o menos reales, para poner en evidencia que la afirmación del marqués estaba basada en hechos probados. Hay un momento, en mitad del juicio, cuando las tornas empiezan a volverse contra el escritor, en que sus buenos amigos –el gran Bernard Shaw, por ejemplo- le aconsejan que dé marcha atrás, que renuncie al juicio y que salga discretamente del país. Un hombre de su talla, de su reconocimiento internacional, podría haberse ido tranquilamente a París, por ejemplo, ciudad que él adoraba y en la que le adoraban, y donde su permisividad y tolerancia hubiera admitido sin problemas los comportamientos heterodoxos del escritor.

Wilde se niega. Sus argumentos son flojos: tanto los que da en el momento, como los que años después desarrolle para justificar aquel error. Lo cierto es que sigue adelante, pierde el juicio por difamación y, como consecuencia, el fiscal entabla un proceso contra él acusándolo de sodomita. El final: dos años de brutales trabajos forzados, y una caída en picado que culmina, tan solo cinco años después, y, cómo no, en París, con su prematura muerte.

El nieto de Oscar Wilde, Merlin Holland, publicó hace unos años las actas completas de aquel delirante juicio. Es un libro estremecedor, implacable, que disecciona sin contemplaciones una etapa especialmente absurda de la sociedad británica y que ahonda con pasión de entomólogo en los circuitos mentales de uno de los tipos más lúcidos de aquella época, que, sin embargo, arruinó su vida y la de los suyos por una sobredosis de soberbia.

No es el aniversario de Wilde, ni el libro está recién publicado. No existen razones objetivas para referirme hoy a este asunto, pero estos días hay en los periódicos muchas noticias sobre juicios y me ha venido a la memoria este, uno de los más absurdos de cuantos se hayan podido celebrar.

(Artículo publicado en Vozpópuli el 23 de marzo de 2013)